Las bendiciones del ayuno

Diciembre de 1982
Las bendiciones del ayuno
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyUna de las enseñanzas importantes que el Señor nos ha dado es la de ser generosos en el pago de nuestras ofrendas de ayuno; por lo tanto, quiero que sepáis que al hacerlo recibiremos grandes recompensas, tanto de carácter espiritual como temporal. El Señor mismo dijo que la eficacia de nuestras oraciones dependía de nuestra generosidad hacia los necesitados (véase Alma 34:28).

En los días de Isaías las gentes murmuraban diciendo:

“. . . ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido.”

Y el Señor les contestó así:

“¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová?”

¡Cuán semejantes son nuestras acciones! Cuando ayunamos somos propensos a tener dolor de cabeza, y en ocasiones hasta fingimos estar muriéndonos de hambre. El Señor le hizo esta pregunta al antiguo Israel:

“¿No es más bien el ayuno que yo escogí. . .

“. . . que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras. . .?

“Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.

“Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. . .

“y si dieres tu pan al hambriento, y saciares el alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía.”

Pensad en esas maravillosas bendiciones que han sido prometidas a quienes contribuyan generosamente al cuidado de los pobres y los afligidos.

“Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan.” (Isaías 58:3, 5, 6-10, 11.)

Recuerdo que hace mucho tiempo, hace más de sesenta años, cuando el élder Melvin J. Bailará, que en ese entonces era miembro del Consejo de los Doce Apóstoles, me puso las manos sobre la cabeza para apartarme como misionero, me dijo en la bendición que me dio que una persona no podía darle al Señor una migaja de pan sin que Él le devolviera a uno toda una hogaza. Y hasta ahora ésa ha sido mi experiencia.

Hablando de la naturaleza y el propósito del ayuno y de las ofrendas de ayuno, el presidente Heber J. Grant dijo:

“Permitidme prometeros a los que estáis aquí hoy, que si los Santos de los Últimos Días desde hoy y para siempre ayunan como pueblo honesta y persistentemente todos los meses… y si además de eso pagan un diezmo íntegro, los problemas relacionados con su cuidado y bienestar quedarán resueltos. . .

“Todo Santo de los Últimos Días que se abstenga de dos comidas un día por mes y dé el dinero a la Iglesia recibirá grandes beneficios espirituales y progresará en la fe del Señor Jesucristo beneficiándose espiritualmente de una forma maravillosa; y mediante el dinero de las ofrendas en las manos de los obispos habrá los medios suficientes para cuidar de todos los pobres.” (Gospel Standards, comp. G. Homer Durham, Salt Lake City: Improvement Era, 1941, pág. 123.)

El beneficio espiritual que logren tanto el que da como el que recibe en la ayuda a los pobres y necesitados debe ser la pauta del grado de amor que se haya puesto en ello. Se debe dar con un corazón sincero y de buena voluntad y también recibir con agradecimiento y felicidad.

Después que el obispo haya evaluado las necesidades de una persona o familia, debe buscar la confirmación del Espíritu para saber quiénes son los que en verdad necesitan ayuda.

Si al participar en esta obra lo hacemos teniendo intenciones justas, nuestra alma será santificada y nuestra mente recibirá gran poder. A medida que maduramos espiritualmente por medio del cumplimiento de nuestras responsabilidades, cualesquiera que éstas sean, nos preparamos para “ser participantes de la naturaleza divina” (véase 2 Pedro 1:4). Que el Espíritu colme nuestra vida para que podamos ser atados con el vínculo de la caridad, del cual Moroni dijo:

“. . . es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien.

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo, Jesucristo; que lleguéis a ser hijos de Dios; que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; que tengamos esta esperanza; que podamos ser purificados así como él es puro…” (Moroni 7:47-48).

Todos debemos considerar seriamente el ayuno. Si no ayunamos ocasionalmente y oramos con frecuencia, no podremos llegar al Señor; además, muchos de nuestros problemas personales podrían resolverse si así lo hiciéramos. ¿Recordáis qué les dijo el Salvador a los discípulos que no pudieron arrojar fuera al espíritu maligno, después que éstos le preguntaron por qué ellos no habían podido hacerlo cuando para El, en cambio, había sido tan fácil? “. . . este género no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21).

Aumentemos nuestras ofrendas de ayuno e instemos a los santos en toda la Iglesia a hacer lo mismo.

“No permitamos que el rico, que sólo comparte con el pobre las migas que caen de la mesa, crea que él es digno de la gloria celestial.” (Hyrum M. Smith y Janne M. Sjodahl, The Doctrine and Covenants Commentary, Salt Lake City: Deseret Book, 1971, pág. 480.)

Para poder ser dignos de esa gloria debemos impartir generosamente de nuestra substancia a los pobres y los necesitados.

Sed generosos en vuestras dádivas para que así podáis progresar, y no deis solamente para beneficiar al pobre, sino por vuestro propio bienestar. Dad lo suficiente para poder obtener el reino de Dios por medio de la consagración de vuestro tiempo y de todos vuestros bienes. Si deseáis recibir la gloria y las bendiciones de los cielos, pagad un diezmo íntegro y una ofrenda de ayuno generosa, y yo prometo a todos los que así lo hagan que aumentará su prosperidad tanto espiritual como temporal. El Señor os recompensará de acuerdo con vuestras obras.

Es mi oración que cada uno de nosotros aprenda y aplique en su vida estos principios fundamentales y que por ello obtenga la recompensa prometida.

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