Sé humilde

Conferencia General abril 2016
Sé humilde

De los Setenta

Steven E. SnowLa humildad nos permite ser mejores padres, hijos e hijas, esposos y esposas, vecinos y amigos.

En la Iglesia tenemos la bendición de contar con una colección de himnos que nos ayudan a adorar a través del canto. En nuestras reuniones de la Iglesia, “[los] himnos invitan la presencia del Espíritu del Señor, inducen a la reverencia, nos ayudan a sentirnos más unidos y nos dan la oportunidad de alabar al Señor. El canto de los himnos muchas veces es en sí un elocuente sermón”1.

Solo unos meses después de que se organizara la Iglesia, el profeta José Smith recibió una revelación para su esposa Emma. El Señor le mandaba “… hacer una selección de himnos sagrados, de acuerdo con lo que te sea indicado, para el uso de mi iglesia, lo cual es de mi agrado”2.

Emma Smith recopiló una colección de himnos que apareció por primera vez en este himnario de Kirtland, en 18363. Había solo noventa cantos en este pequeño y delgado libro, muchos de los cuales eran himnos de iglesias protestantes. Por lo menos veintiséis de ellos fueron escritos por William W. Phelps, quien posteriormente preparó y ayudó en la impresión del himnario. Solo aparecía escrita la letra, sin notas musicales que acompañaran los textos. Este pequeño y humilde himnario resultó ser una enorme bendición para los primeros miembros de la Iglesia.

Página del himnario de Emma Smith

Portada del himnario de Emma Smith
La última edición de nuestro himnario en inglés se publicó en 1985 y aún incluye muchas de las selecciones que hizo Emma tantos años antes, como “Yo sé que vive mi Señor” o “Qué firmes cimientos”4.

Una de las nuevas canciones del himnario de 1985 es: “Sé humilde”5. Este himno apacible fue escrito por Grietje Terburg Rowley, quien falleció el año pasado. Ella se unió a la Iglesia en 1950 en Hawáii, donde enseñaba en la escuela. La hermana Rowley prestó servicio en el Comité General de Música y ayudó a adaptar los himnos en muchos idiomas. Basó el texto de “Sé humilde” en dos pasajes de las Escrituras: Doctrina y Convenios 112:10 y Éter 12:27. El versículo de Éter dice: “y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; … porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos”.

Como todos los himnos de la Iglesia, “Sé humilde” enseña verdades puras y sencillas. Nos enseña que, si somos humildes, recibimos respuesta a nuestras oraciones, gozamos de paz interior, servimos de manera más eficaz en nuestros llamamientos y, si seguimos siendo fieles, finalmente regresaremos a la presencia de nuestro Padre Celestial.

El Salvador enseñó a Sus discípulos que debían humillarse como un niño pequeño para poder entrar en el Reino de los Cielos6. Al criar a nuestros hijos, debemos ayudarles a permanecer humildes a medida que maduran hacia la edad adulta. No hacemos esto anulando su voluntad mediante la descortesía o siendo demasiado duros en nuestra disciplina. Mientras nutrimos su confianza en sí mismos y su autoestima, debemos enseñarles las cualidades del altruismo, la bondad, la obediencia, el no ser orgullosos, la urbanidad y la sencillez. Deben aprender a alegrarse por el éxito de sus hermanos y amigos. El presidente Howard W. Hunter enseñó que “debemos tener interés en el éxito de los demás”7. De no ser así, puede que a nuestros hijos les llegue a obsesionar el elogiarse a sí mismos, el ser mejores que los demás, los celos y el resentimiento por el triunfo de sus compañeros. Estoy agradecido por una madre quien, cuando veía que comenzaba a envanecerme demasiado cuando era niño, me decía: “Hijo, un poco de humildad ahora te vendría muy bien”.

Pero la humildad no es algo que debe enseñarse solo a los niños. Todos debemos esforzarnos por llegar a ser más humildes. La humildad es esencial para obtener las bendiciones del Evangelio. La humildad nos habilita para tener un corazón quebrantado cuando pecamos o cometemos errores, y hace posible que podamos arrepentirnos. La humildad nos permite ser mejores padres, hijos e hijas, esposos y esposas, vecinos y amigos.

Por otra parte, el orgullo innecesario puede dañar las relaciones familiares, romper matrimonios y destruir amistades. Es especialmente importante recordar la humildad cuando sienten que surge contención en el hogar. Piensen en todo el dolor que pueden evitar si se humillan y dicen: “Lo siento”; “eso fue desconsiderado de mi parte”; “¿qué te gustaría hacer?”; “simplemente no estaba pensando”; o “estoy muy orgulloso de ti”. Si usáramos con humildad estas pequeñas frases, habría menos contención y más paz en nuestros hogares.

La vida puede ser, y a menudo es, una experiencia que nos llena de humildad. Los accidentes y la enfermedad, la muerte de seres queridos, los problemas en las relaciones e incluso las dificultades financieras, pueden hacer que nos arrodillemos. Si esas experiencias difíciles vienen sin que tengamos culpa, o por malas decisiones y falta de juicio, todas esas pruebas nos llenan de humildad. Si elegimos estar a tono con el Espíritu y seguimos siendo humildes y enseñables, nuestras oraciones serán más sinceras, y nuestra fe y testimonio aumentarán al vencer las tribulaciones de la existencia terrenal. Todos deseamos alcanzar la exaltación, pero antes de que eso suceda, debemos perseverar a lo largo de lo que se ha llamado el “valle de humildad”8.

Hace muchos años, nuestro hijo de quince años, Eric, sufrió una grave lesión en la cabeza. El verlo estar en coma por una semana nos rompió el corazón. Los doctores nos dijeron que no sabían lo que sucedería. Obviamente, estábamos muy felices cuando comenzó a recobrar el conocimiento. Pensamos que todo estaría bien, pero nos equivocamos.

Al despertar, no podía caminar, ni hablar ni comer solo; y lo que era peor, perdió la memoria a corto plazo. Podía recordar casi todo lo que había pasado antes del accidente, pero no podía recordar nada de lo que ocurrió después, ni siquiera lo que sucedía solo unos minutos antes.

Por un tiempo, estábamos preocupados de que tendríamos un hijo que permanecería atrapado en la mente de un joven de quince años. Antes del accidente, las cosas le resultaban fáciles; era atlético, popular y le iba muy bien en el colegio. Antes, su futuro se veía brillante; ahora nos preocupaba que quizás no tuviera un gran futuro, al menos uno que pudiera recordar. Ahora tenía que luchar para volver a aprender las cosas muy básicas; eso lo hizo sentir muy humilde. También fue una época de gran humildad para sus padres.

Con toda honestidad, nos preguntábamos cómo había sucedido eso. Siempre habíamos tratado de hacer lo correcto; vivir el Evangelio había sido una importante prioridad para la familia. No podíamos comprender cómo podía pasarnos algo tan doloroso. El darnos cuenta de que la rehabilitación llevaría meses, incluso años, nos hizo ponernos de rodillas. Más difícil fue la comprensión gradual de que no llegaría a ser como era antes.

Durante esa época, derramamos muchas lágrimas y nuestras oraciones fueron aún más sentidas y sinceras. A través de los ojos de la humildad, gradualmente comenzamos a ver los pequeños milagros que nuestro hijo vivía durante ese periodo doloroso. Comenzó a mejorar poco a poco; su actitud y perspectiva eran muy positivas.

Hoy, nuestro hijo Eric está casado con una maravillosa compañera y tienen cinco hermosos hijos. Es un apasionado educador y contribuidor a la comunidad y a la Iglesia; y lo que es más importante, continúa viviendo con el mismo espíritu de humildad que obtuvo hace años.

¿Pero qué pasaría si pudiéramos ser humildes antes de caminar por ese “valle de humildad”? Alma enseñó:

“… benditos son aquellos que se humillan sin verse obligados a ser humildes…”

… sí, [serán bendecidos] mucho más que aquellos que se ven obligados a ser humildes…”9.

Estoy agradecido por los profetas, como Alma, que nos han enseñado el valor de este gran atributo. Spencer W. Kimball, el duodécimo presidente de la Iglesia dijo: “¿Cómo se llega a ser humilde? A mi criterio, una persona debe ser constantemente consciente de su dependencia. ¿Dependencia de quién?; del Señor. ¿Y cómo se puede tener esto presente siempre? Mediante la oración sincera, agradecida, reverente y constante”10.

No es de extrañar que el himno favorito del presidente Kimball fuera “Señor, te necesito”11. El élder Dallin H. Oaks dijo que este era el himno de apertura que con más frecuencia cantaban las Autoridades Generales en el templo durante sus primeros años en el Cuórum de los Doce. Él dijo: “Imaginen la fuerza espiritual de un grupo de siervos del Señor cantando ese himno antes de orar pidiendo Su guía para cumplir las serias responsabilidades que tienen”12.

Testifico de la importancia de la humildad en nuestra vida. Estoy agradecido por las personas, como la hermana Grietje Rowley, que han escrito palabras y música inspiradoras que nos ayudan a aprender la doctrina del evangelio de Jesucristo, que incluye la humildad. Estoy agradecido por tener un legado de himnos que nos ayuda a adorar por medio del canto, y estoy agradecido por la humildad. Es mi ruego que todos nos esforcemos por alcanzar la humildad en la vida para que lleguemos a ser mejores padres, hijos e hijas, y seguidores del Salvador. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. “Prólogo de la Primera Presidencia”, Himnos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1992, pág. IX.
  2. Doctrina y Convenios 25:11.
  3. La portada de la primera edición del himnario de los Santos de los Últimos Días data de 1835, aunque no se completó ni estuvo disponible hasta principios de 1836.
  4. Nuestro himnario actual incluye veintiséis de los himnos que aparecieron en el himnario de 1835 (véase de Kathleen Lubeck, “The New Hymnbook: The Saints Are Singing!Ensign,septiembre de 1985, pág. 7).
  5. “Sé humilde”, Himnos, nro. 70.
  6. Véase Mateo 18:1–4.
  7. Howard W. Hunter, “El fariseo y el publicano”, Liahona, julio de 1984, pág. 110.
  8. Anthon H. Lund, en Conference Report, abril de 1901, pág. 22.
  9. Alma 32:16, 15.
  10. Doctrina y Convenios, Manual para el alumno, manual del Sistema Educativo de la Iglesia, 1985, pág. 26.
  11. “Señor, te necesito”, Himnos, nro. 49; véase también de Brent H. Nielson, “I Need Thee Every Hour”, Ensign, abril de 2011, pág. 16.
  12. Dallin H. Oaks, “Adoremos por medio de la música”, Liahona, enero de 1995, pág. 11.
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