El Espíritu Santo

Conferencia General abril 2016
El Espíritu Santo

Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Expreso mi amor y agradecimiento al Padre Celestial por el don del Espíritu Santo, por medio del cual revela Su voluntad y nos sostiene.

Robert D. Hales

Mis amados hermanos y hermanas, hoy les hablo como un siervo del Señor y también como un bisabuelo. A ustedes y a mi amada posteridad les enseño y comparto mi testimonio acerca del extraordinario don del Espíritu Santo.

Empiezo por reconocer la Luz de Cristo, la cual se da a “a todo hombre [y mujer] que viene al mundo”1. Todos nosotros nos beneficiamos de esta santa luz. Está “en todas las cosas y a través de todas las cosas”2 y nos permite distinguir entre el bien y el mal3.

Pero, el Espíritu Santo es diferente de la Luz de Cristo. Él es el tercer miembro de la Trinidad, un personaje definido de espíritu, con responsabilidades sagradas y uno en propósito con el Padre y el Hijo4.

Como miembros de la Iglesia, podemos tener la compañía del Espíritu Santo de manera constante. Por medio del sacerdocio restaurado de Dios, somos bautizados por inmersión para la remisión de nuestros pecados y luego confirmados miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En esa ordenanza se nos concede el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos por parte de los poseedores del sacerdocio5. A partir de entonces, podemos recibir y conservar la compañía del Espíritu Santo al recordar siempre al Salvador, guardar Sus mandamientos, arrepentirnos de nuestros pecados y participar dignamente de la Santa Cena en el día de reposo.

El Espíritu Santo nos brinda revelación personal para ayudarnos a tomar decisiones importantes en la vida, tales como la formación académica, la misión, nuestra profesión, el matrimonio, los hijos, dónde viviremos con nuestra familia, etcétera. En estos aspectos, el Padre Celestial espera que usemos nuestro albedrío, que estudiemos la situación en la mente de acuerdo con los principios del Evangelio y que le presentemos una decisión a través de la oración.

La revelación personal es esencial, pero solo es una parte de la labor del Espíritu Santo. Como bien atestiguan las Escrituras, el Espíritu Santo también testifica del Salvador y de Dios el Padre6; nos enseña “las cosas apacibles del reino”7 y hace que “[abundemos] en esperanza”8; nos “induce a hacer lo bueno… [y] a juzgar con rectitud”9; da “a todo hombre [y mujer]… un don [espiritual]… para que así todos se beneficien”10; nos “da conocimiento”11 y nos “[recuerda] todo”12. Por medio del Espíritu Santo podemos “[ser] santificados”13 y recibir “una remisión de [nuestros] pecados”14. Él es el “Consolador”, el mismo que el Salvador prometió a Sus discípulos15.

Nos recuerdo a todos que no se nos da el Espíritu Santo para controlarnos. Algunos procuramos imprudentemente la dirección del Espíritu Santo en cada decisión menor de nuestra vida, lo cual trivializa Su función sagrada. El Espíritu Santo honra el principio del albedrío; Él habla apaciblemente a nuestra mente y corazón en cuanto a muchas cosas de importancia16.

Es posible que cada uno de nosotros sienta la influencia del Espíritu Santo de manera diferente. Sus impresiones se sentirán con diversos grados de intensidad, según sean nuestras necesidades y circunstancias personales.

En estos últimos días, afirmamos que solo el Profeta puede recibir revelación por medio del Espíritu Santo para toda la Iglesia. Algunas personas se olvidan de eso, como cuando Aarón y María intentaron convencer a Moisés para que estuviera de acuerdo con ellos. Pero el Señor les enseñó a ellos y a nosotros:

“Si hay profeta de Jehová entre vosotros, me apareceré a él…

“Cara a cara hablaré con él”17.

A veces el adversario nos tienta con ideas falsas que podemos confundir con los susurros del Espíritu Santo. Testifico que la fidelidad en la obediencia de los mandamientos y la observancia de nuestros convenios nos protegerá del engaño. Por medio del Espíritu Santo seremos capaces de discernir esos falsos profetas que enseñan por doctrina los mandamientos de los hombres18.

Al recibir la inspiración del Espíritu Santo para nosotros mismos, es prudente que recordemos que no podemos recibir revelación para otras personas. Sé de un joven que le dijo a una jovencita: “He soñado que debes ser mi esposa”. La jovencita meditó en esas palabras y entonces respondió: “Cuando yo tenga el mismo sueño, vendré y hablaré contigo”.

Todos podemos ser tentados a dejar que nuestros deseos personales prevalezcan sobre la guía del Espíritu Santo. El profeta José Smith suplicó al Padre Celestial permiso para prestarle a Martin Harris las primeras ciento dieciséis páginas del Libro de Mormón. José pensaba que era una buena idea. Al principio, el Espíritu Santo no le dio sentimientos de confirmación; al final, el Señor permitió que José le prestara las páginas de todos modos y Martin Harris las perdió. Por un tiempo, el Señor le quitó al Profeta el don de traducir, y José aprendió una lección dolorosa, aunque valiosa, que moldeó el resto de su servicio.

El Espíritu Santo es esencial para la Restauración. En cuanto a haber leído Santiago 1:5 durante su adolescencia, el profeta José dijo: “Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que este en esta ocasión, el mío”19. El poder descrito por José Smith era la influencia del Espíritu Santo. Como resultado de ello, José fue a una arboleda próxima a su hogar y se arrodilló para preguntarle a Dios. La Primera Visión que tuvo inmediatamente después fue verdaderamente memorable y magnífica, pero la senda hacia esa visita en persona del Padre y del Hijo comenzó con una impresión de orar por parte del Espíritu Santo.

Las verdades reveladas del Evangelio restaurado se recibieron mediante el modelo de buscar en oración y entonces recibir y seguir las impresiones del Espíritu Santo. Consideren estos ejemplos: la traducción del Libro de Mormón; la restauración del sacerdocio y sus ordenanzas, comenzando con el bautismo; y la restauración de la Iglesia, para mencionar unos pocos. Testifico que en la actualidad la revelación del Señor a la Primera Presidencia y a los Doce se recibe de acuerdo con este modelo sagrado. Ese es el mismo modelo sagrado que permite recibir revelación personal.

Rendimos tributo a todos los que han seguido el Espíritu Santo para recibir el Evangelio restaurado, comenzando por los propios familiares de José Smith. Cuando el joven José le habló a su padre sobre la visita de Moroni, su padre recibió un testimonio confirmante por sí mismo. De inmediato, José quedó libre de sus responsabilidades en la granja y se le instó a seguir la indicación del ángel.

Como padres y líderes, hagamos lo mismo. Instemos a nuestros hijos y a los demás a seguir la dirección del Espíritu Santo. Al hacerlo, sigamos nosotros mismos el ejemplo del Espíritu Santo y guiemos con dulzura, mansedumbre, bondad, longanimidad y amor sincero20.

El Espíritu Santo es el medio para realizar la obra de Dios en las familias y en toda la Iglesia. Con ese entendimiento, permítanme compartir unos pocos ejemplos de la influencia del Espíritu Santo en mi vida y en mi servicio en la Iglesia, Los ofrezco como un testimonio personal de que el Espíritu Santo nos bendice a todos.

Hace muchos años, la hermana Hales y yo planeamos ofrecer una cena especial en nuestro hogar para algunos de mis compañeros de trabajo. Al salir de la oficina, mientras iba camino a casa, tuve la impresión de detenerme en la casa de una viuda de quien era maestro orientador. Cuando llamé a la puerta de la hermana, ella me dijo: “He estado orando para que viniera”. ¿De dónde vino esa impresión? Del Espíritu Santo.

En cierta ocasión, tras una grave enfermedad, presidí una conferencia de estaca. Para conservar mis fuerzas, planeé dejar la capilla inmediatamente después de la sesión para líderes del sacerdocio. Sin embargo, al término de la última oración, el Espíritu Santo me susurró: “¿Dónde vas?”. Tuve la inspiración de estrechar la mano de todos a medida que salían del salón. Al acercarse un joven élder, tuve la impresión de darle un mensaje especial. Él estaba mirando hacia el suelo y esperé hasta que levantar la cabeza y me mirara directamente a los ojos; entonces le dije: “Ora al Padre Celestial, escucha al Espíritu Santo, sigue las impresiones que recibas y todo estará bien en tu vida”. Más tarde, el presidente de estaca me dijo que aquel joven acababa de regresar de la misión anticipadamente. El presidente de estaca, siguiendo una clara impresión, le había prometido al padre del joven que si lo llevaba a la reunión del sacerdocio, “el élder Hales hablará con él”. ¿Por qué me detuve a estrecharle la mano a todo el mundo? ¿Por qué hice una pausa para hablar con ese joven especial? ¿Cuál fue la fuente de mi consejo? Es sencillo: el Espíritu Santo.

A principios de 2005, se me indicó que preparase un mensaje para la conferencia general acerca de los matrimonios misioneros. Después de la conferencia, un hermano me comentó: “Al escuchar la conferencia… el Espíritu del Señor tocó mi alma de inmediato… El mensaje fue claro para mí y para mi amada; teníamos que servir en una misión y ese era el momento. Cuando… miré a mi esposa, me di cuenta de que ella había recibido las mismas impresiones del Espíritu”21. ¿Qué había provocado esa respuesta tan fuerte y simultánea? El Espíritu Santo.

A mi propia posteridad y a todo el que se halle al alcance de mi voz le expreso mi testimonio de la revelación personal y del flujo constante de la guía, la advertencia, el aliento, la fortaleza, la limpieza espiritual, el consuelo y la paz diarias que ha recibido nuestra familia por medio del Espíritu Santo. A través del Espíritu Santo experimentamos “la multitud de [las] tiernas misericordias de [Cristo]”22 y milagros que no cesan23.

Comparto mi testimonio especial de que el Salvador vive. Expreso mi amor y agradecimiento al Padre Celestial por el don del Espíritu Santo, por medio del cual revela Su voluntad y nos sostiene en la vida. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Doctrina y Convenios 93:2; véase también Juan 1:9.
  2. Doctrina y Convenios 88:6.
  3. Véase la Guía para el Estudio de las Escrituras, “Luz de Cristo”; véase también Moroni 7:12–19.
  4. Véase Juan 17.
  5. Véase la lección 5, “Cómo efectuar las ordenanzas del sacerdocio”, de Deberes y bendiciones del sacerdocio, Parte B, 2000, págs. 42–50.
  6. Véase Juan 15:26; Romanos 8:16.
  7. Doctrina y Convenios 39:6.
  8. Romanos 15:13.
  9. Doctrina y Convenios 11:12.
  10. Doctrina y Convenios 46:11–12; véanse también Moroni 10:8–17; Doctrina y Convenios 13–16.
  11. Alma 18:35.
  12. Juan 14:26.
  13. 3 Nefi 27:20.
  14. 2 Nefi 31:17.
  15. Véase Doctrina y Convenios 88:3.
  16. Véase Doctrina y Convenios 8:2–3.
  17. Números 12:6, 8.
  18. Véase José Smith—Historia 1:19.
  19. José Smith—Historia 1:12.
  20. Véase Doctrina y Convenios 121:41–42.
  21. Carta de Frederick E. Hibben.
  22. 1 Nefi 8:8.
  23. Véase Moroni 7:29.
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