Donde estén dos o tres congregados

Conferencia General Abril 2016
Donde estén dos o tres congregados

Primer Consejero de la Primera Presidencia

Henry B. EyringSi escuchan mediante el Espíritu, descubrirán que se les ha ablandado el corazón, se ha fortalecido su fe y ha aumentado su capacidad para amar al Señor.

Mis amados hermanos y hermanas, les doy la bienvenida a la Conferencia General Anual número 186 de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Me regocija estar con ustedes y les doy una cálida bienvenida.

Estoy agradecido de que hayan venido a la conferencia a sentir la inspiración del cielo y a sentirse más cerca de nuestro Padre Celestial y del Señor Jesucristo.

Congregados en esta reunión, que llega a todo el mundo, están millones de discípulos de Jesucristo que han hecho convenio de recordarle y servirle siempre. Mediante el milagro de la tecnología moderna se desvanece la separación del tiempo y de las vastas distancias, y nos reunimos como si todos estuviéramos en un gran auditorio.

Pero mucho más importante que estar todos reunidos es en nombre de quién lo hacemos. El Señor prometió que, aun con el gran número de Sus discípulos actualmente en la tierra, Él estaría cerca de cada uno de nosotros. Él dijo a Su pequeño grupo de discípulos en 1829: “De cierto, de cierto os digo… [donde] estén dos o tres congregados en mi nombre… he aquí, allí estaré yo en medio de ellos, así como estoy yo en medio de vosotros” (D. y C. 6:32).

Ahora si contamos en esta conferencia no hay uno ni dos, sino una multitud de Sus discípulos y, tal y como prometió, el Señor está en medio de nosotros. Como Él es un ser resucitado y glorificado, no está físicamente en todo lugar donde se reúnen los santos, pero por el poder del Espíritu podemos sentir que está aquí con nosotros hoy.

El lugar y el momento cuando sentimos la proximidad del Salvador depende de cada uno de nosotros. Él dio esta instrucción:

“Y además, de cierto os digo, mis amigos, os dejo estas palabras para que las meditéis en vuestro corazón, junto con este mandamiento que os doy, de llamarme mientras estoy cerca.

“Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá” (D. y C. 88:62–63).

Sé al menos de dos personas que están escuchando hoy que desean esa bendición de todo corazón y se esforzarán por acercarse más al Señor durante esta conferencia. Cada una de ellas me escribió —y sus cartas llegaron a mi oficina la misma semana— suplicando el mismo tipo de ayuda.

Ambas personas son conversas a la Iglesia y con anterioridad han recibido testimonios claros del amor de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo, el Salvador del mundo. Ellas saben que el profeta José Smith organizó la Iglesia por revelación directa de Dios y que se restauraron las llaves del santo sacerdocio. Cada una sintió un testimonio de que las llaves están activas actualmente en la Iglesia y me expresaron a mí su solemne testimonio por escrito.

Sin embargo, ambas lamentaban que sus sentimientos de amor por el Señor y del amor de Él por ellas estuvieran disminuyendo. Ambas querían, de todo corazón, que les ayudase a recuperar el gozo y el sentimiento de ser amadas que tenían cuando entraron al Reino de Dios. Ambas manifestaron el temor de que si no podían recuperar plenamente esos sentimientos de amor por el Salvador y Su Iglesia, las pruebas y tribulaciones que enfrentaban acabarían finalmente con su fe.

No son las únicas personas con esta inquietud, ni es esta una prueba nueva. Durante Su ministerio terrenal, el Salvador nos dio la parábola de La Semilla y el Sembrador. La semilla era la palabra de Dios y el sembrador era el Señor. La supervivencia de la semilla y su crecimiento dependían del estado de la tierra. Seguro que recuerdan Sus palabras:

“Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y se la comieron.

“Y parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó enseguida, porque no tenía profundidad de tierra;

“mas cuando salió el sol, se quemó; y se secó, porque no tenía raíz.

“Y parte cayó entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron.

“Y parte cayó en buena tierra y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno.

“El que tiene oídos para oír, oiga” (Mateo 13:4–9).

Como dije, la semilla es la palabra de Dios y la tierra es el corazón de la persona que recibe la semilla.

Todos nosotros tenemos mucho en común con las maravillosas personas que me escribieron para pedirme ayuda y seguridad. En alguna ocasión a todos se nos han sembrado semillas, o la palabra de Dios, en el corazón. Para algunos esto sucedió durante la infancia, cuando nuestros padres nos invitaron a ser bautizados y confirmados por alguien con autoridad; mientras que a otros nos enseñaron siervos llamados por Dios. Cada uno sintió que la semilla era buena y hasta la sentimos hincharse en el corazón, y experimentamos un gozo tal que nos parecía que se nos ensanchaban el corazón y la mente.

Todos hemos visto probada nuestra fe por la demora de bendiciones, los ataques despiadados de quienes querían destruir nuestra fe, la tentación a pecar o nuestros intereses egoístas que mermaron nuestros intentos por cultivar y ablandar las profundidades espirituales de nuestro corazón.

Benditos son los que están tristes por la pérdida del gozo que tuvieron, pues algunos no ven cómo se marchita la fe en su interior. Satanás es ingenioso y les dice a los que él desea que sean miserables que el gozo que sintieron fue un autoengaño infantil.

Mi mensaje de hoy para todos nosotros es que en los próximos días habrá una oportunidad preciada de escoger que se ablande nuestro corazón y de recibir y nutrir la semilla. La semilla es la palabra de Dios, la cual se derramará sobre todo el que escuche, mire o lea las sesiones de esta conferencia. La música, los discursos y los testimonios han sido preparados por siervos de Dios que han buscado el Espíritu Santo con diligencia para que los guiase en sus preparativos. Estas personas han orado por más tiempo y con más humildad a medida que se acercaban los días de la conferencia.

Han orado para tener el poder de animarlos a ustedes a tomar decisiones que hagan del corazón un terreno más fértil para que la buena palabra de Dios crezca y dé fruto. Si escuchan mediante el Espíritu, descubrirán que se les ha ablandado el corazón, se ha fortalecido su fe y ha aumentado su capacidad para amar al Señor.

La decisión de orar con íntegro propósito de corazón transformará su experiencia durante las sesiones de la conferencia y en los días y meses venideros.

Muchos de ustedes ya han empezado. Al comienzo de esta sesión hicieron más que escuchar la oración: sumaron su fe a la petición de que disfrutemos de la bendición de que el Espíritu Santo se derrame sobre nosotros. Al sumar su súplica silenciosa en el nombre de Jesucristo, se acercaron más a Él. Esta es Su conferencia. Solo el Espíritu Santo puede traer las bendiciones que el Señor desea para nosotros. En Su amor por nosotros, Él nos ha prometido que podemos sentir que:

“… lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación.

“He aquí, esta es la promesa del Señor a vosotros, oh mis siervos.

“Sed de buen ánimo, pues, y no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os ampararé; y testificaréis de mí, sí, Jesucristo, que soy el Hijo del Dios viviente; que fui, que soy y que he de venir” (D. y C. 68:4–6).

Ustedes pueden orar y sumar su fe cada vez que un siervo de Dios se acerque al púlpito a fin de que se cumpla la promesa que el Señor hace en la sección 50 de Doctrina y Convenios:

“De cierto os digo, el que es ordenado por mí y enviado a predicar la palabra de verdad por el Consolador, en el Espíritu de verdad, ¿la predica por el Espíritu de verdad o de alguna otra manera?

“Y si es de alguna otra manera, no es de Dios.

“Y además, el que recibe la palabra de verdad, ¿la recibe por el Espíritu de verdad o de alguna otra manera?

“Si es de alguna otra manera, no es de Dios.

“Por tanto, ¿cómo es que no podéis comprender y saber que el que recibe la palabra por el Espíritu de verdad, la recibe como la predica el Espíritu de verdad?

“De manera que, el que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente” (D. y C. 50:17–22).

Pueden orar cuando el coro vaya a cantar. El director del coro, los organistas y los miembros del coro han orado y ensayado con una oración en el corazón, y con fe en que la música y la letra ablandarán el corazón y magnificarán su poder para edificar la fe de los demás. Ellos cantarán para el Señor como si estuvieran ante Él y sabrán que nuestro Padre Celestial los oye tan ciertamente como oye sus oraciones personales. Juntos han trabajado con amor para que se haga realidad la promesa que el Señor hizo a Emma Smith: “Porque mi alma se deleita en el canto del corazón; sí, la canción de los justos es una oración para mí, y será contestada con una bendición sobre su cabeza” (D. y C. 25:12).

Si no solo escuchan sino que también oran mientras cantan, su oración y las de ellos serán contestadas con una bendición sobre la cabeza de ustedes y la de ellos. Sentirán la bendición del amor y la aprobación del Salvador. Todos los que se sumen a esa alabanza sentirán que su amor por Él crece.

Podrían decidir orar cuando un discursante se acerque al final de su mensaje. Ellos estarán orando en su interior al Padre para que el Espíritu Santo les dé palabras de testimonio que edifiquen el corazón y las esperanzas de los que escuchen y su determinación de recordar siempre al Salvador y guardar los mandamientos que Él nos ha dado.

El testimonio no será una frase más del mensaje, sino una afirmación de alguna verdad que el Espíritu puede llevar al corazón de aquellos que estén orando por ayuda, dirección divina o para recibir el amor puro de Cristo.

Los discursantes recibirán un testimonio verdadero. Puede que sus palabras sean pocas, pero serán llevadas al corazón del que escuche con humildad y que haya acudido a la conferencia hambriento de la buena palabra de Dios.

Sé por experiencia lo que la fe de las buenas personas puede hacer para inspirar palabras del Espíritu a la conclusión de un sermón. Alguien me ha dicho más de una vez después de mi testimonio: “¿Cómo sabía lo que yo tanto necesitaba oír?”. He aprendido a no sorprenderme cuando no logro recordar haber dicho esas palabras. Hablé palabras de testimonio, pero el Señor estuvo allí dándomelas en el momento. La promesa de que el Señor nos dará en el momento preciso las palabras que necesitamos se aplica especialmente al testimonio (véase D. y C. 24:6). Escuchen atentamente los testimonios que se compartan en esta conferencia y se sentirán más cerca del Señor.

Pueden percibir que me acerco al momento en que finalizaré el mensaje que he intentado transmitir con un testimonio de la verdad. Sus oraciones me ayudarán a recibir palabras de testimonio que puedan ayudar a alguien que anhela una respuesta a sus preguntas.

Les dejo mi testimonio firme de que nuestro Padre Celestial, el gran Elohim, nos ama y nos conoce a cada uno. Bajo Su dirección, Su Hijo, Jehová, fue el Creador. Testifico que Jesús de Nazaret nació siendo el Hijo de Dios. Él sanó a los enfermos, devolvió la vista a los ciegos y levantó a los muertos. Pagó el precio de todos los pecados de cada hijo del Padre Celestial que nace en esta vida. Rompió las ligaduras de la muerte de todos cuando se levantó de la tumba el primer domingo de Pascua. Él vive hoy, un Dios, resucitado y glorioso.

Esta es la única Iglesia verdadera y Él es la principal piedra del ángulo. Thomas S. Monson es Su profeta para todo el mundo. Los profetas y apóstoles que van a oír en esta conferencia hablan por el Señor; son Sus siervos, autorizados a obrar por Él. Él guía a Sus siervos en el mundo. Lo sé, y de ello testifico en Su nombre, aun el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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