El matrimonio: ¿Un éxito o un fracaso?

Abril de 1982
El matrimonio: ¿Un éxito o un fracaso?
por el élder Hugh W. Pinnock
del Primer Quorum de los Setenta

Hugh W. PinnockEstos comentarios se dirigen a todos aquellos que estén dispuestos a dedicar una buena parte de su vida terrenal a la tarea de lograr que su matrimonio tenga éxito.

Hace varios años, tuve la oportunidad de conversar con Frank Shorter, corredor de maratón olímpico, que ganó en las Olimpíadas de 1972, se clasificó segundo en las de 1976 y ha ganado muchas otras carreras de fondo. Al hablar de su programa de entrenamiento, me enteré de que ha dedicado gran parte de su vida a lograr el éxito como deportista; sabe exactamente qué debe comer, cuántos kilómetros debe correr por día (son alrededor de treinta y dos), qué actitud debe tener si espera alcanzar la victoria, y otros varios detalles importantes que se relacionan con el perfeccionamiento del deporte que ha elegido.

Al pensar en él, y en muchos otros que han tenido éxito en su trabajo o profesión, me pregunté por qué no podría haber más parejas que empleen una dedicación similar para lograr el éxito en su vida matrimonial.

No conozco nada de valor en la vida que se pueda conseguir fácilmente… y no puede haber nada que tenga más valor que un matrimonio seguro y feliz, con hijos que se sientan de la misma manera. Me dirijo aquí a todos los que desean alcanzar ese éxito, incluyendo a aquellos que han estado casados más de una vez. Mis comentarios no serán de beneficio para nadie que esté en procura de soluciones fáciles, ni tampoco para aquellos que se sientan satisfechos con limitarse a tolerar una relación matrimonial que les disgusta.

matrimonioLa mayoría de los matrimonios fuertes y estables han pasado por severas pruebas. Los cónyuges que se enfrentan y se sobreponen al dolor, la incomprensión y la tentación pueden disfrutar luego de una relación matrimonial hermosa y eterna. No me propongo aquí mirar hacia el pasado, sino al presente y hacia el futuro.

Lamentablemente, la mayoría de los libros en los que se enseña a mejorar las relaciones conyugales no son de gran beneficio para los Santos de los Ultimos Días, puesto que nuestro matrimonio y nuestra familia se basan en principios y conceptos celestiales, y no en ideas o soluciones mundanas. Por lo tanto, quisiera compartir algunos conceptos que han ayudado a mejorar numerosas uniones conyugales, sin tener en cuenta el tiempo que la pareja haya estado casada. Muchas de las personas a quienes he entrevistado han compartido conmigo el gozo que sienten ante la verificación de un principio que quizás ya vosotros conozcáis: el de que el matrimonio mejora año tras año. A menudo el verdadero amor se encuentra sólo después de cierto tiempo, de enfrentar dolores, gozo y aflicciones y, ciertamente, después de soportar muchos problemas.

La primera idea que sugiero es fundamental: Debemos dar cabida en nuestro hogar y nuestro corazón al Salvador y sus enseñanzas. Un matrimonio eterno sólo puede tener éxito si se centra completamente en Cristo. Aunque la sección 121 de Doctrina y Convenios está dirigida a los poseedores del sacerdocio, sus principios se aplican a ambos cónyuges:

200102_Liahona_Febrero_Página_07“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por la persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero;

por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia . . .

Deja también que tus entrañas se llenen de caridad. . . para con los de la familia de la fe, y deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se hará fuerte en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.” (D. y C. 121:41-42, 45.)

En la misma forma en que un edificio necesita un cimiento firme para permanecer en pie, una familia necesita el fundamento seguro del Salvador y sus enseñanzas. Nosotros los mormones creemos que debemos resolver nuestros problemas por medio del Espíritu. Por este motivo, es obvio que orar juntos — por lo menos una vez, y con preferencia dos veces por día— nos conducirá a alcanzar este éxito.

Segundo, no penséis que los desacuerdos conyugales indican que vuestra unión está destinada al fracaso. Si realmente deseamos la comunicación, debemos ser prudentemente honestos cuando no estamos de acuerdo y, con sumo tacto, expresar nuestros sentimientos y aquello que nos ha desagradado. Podemos hacerlo sin enojarnos o ser desconsiderados. Las personas que mantienen sus sentimientos aprisionados dentro de sí y jamás hablan de ellos preparan así terreno fértil para diversas enfermedades; y, lo que es peor, su actitud no resuelve ningún problema.

Debéis siempre ser sinceros el uno con el otro. Demasiadas veces reaccionamos ante un problema marital guardando silencio o yéndonos a dar un paseo. Una vez, una joven esposa me pidió que hablara con su marido y le aconsejara que debía comunicarle a ella sus pensamientos. “Todo lo que hace cuando tenemos un desacuerdo”, me dijo, “es encerrarse en sí mismo y salir de casa. Cuando se calma, regresa; pero es como un bloque de hielo hasta que yo me encargo de tratar de hacer las paces. Si yo no tomo la iniciativa, él puede pasarse días, y hasta una o dos semanas, sin dirigirme la palabra.”

matrimonioLos desacuerdos entre consortes sólo indican que ambos son humanos y que todavía no han alcanzado la perfección. Si reconocen sus diferencias con una actitud madura, podrán resolverlas sin poner en peligro su unión y reconocerán que aunque su relación es buena, en ese caso particular no pudieron lograr la comunicación.

Hace algunos años, mientras ejercía mi llamamiento como obispo, me alarmó sobremanera la cantidad de jovencitos que iban a consultarme porque, al notar que había desacuerdos entre sus padres, pensaban que éstos ya no se querían y estaban en camino al divorcio. Como yo conocía bien a los padres y sabía lo mucho que se amaban, me esforzaba por hacerles comprender a los hijos que, no obstante lo desagradables que les resultaran esas diferencias, son a veces parte del matrimonio, y no significan que el hogar esté a punto de desintegrarse.

Tercero, jamás os pongáis en ridículo el uno al otro, ni en privado ni mucho menos en público. Quizás algunas personas piensen que esta costumbre demuestra sentido del humor. Pero no es así. Se trata de algo degradante y peligroso en la relación matrimonial, y la víctima se siente profundamente herida. Hacer bromas a una persona sobre acciones o asuntos privados que han tenido lugar en la intimidad del hogar revela falta de sensibilidad, o una mal disimulada malicia que puede ser resultado de sentimientos frustrados o heridos. Los cónyuges que se respetan mutuamente no recurren a estas degradantes tretas.

Cuarto, no os sofoquéis uno al otro con excesivas restricciones. Una hermana que había estado casada muchos años me contó una vez uno de los secretos de su hermosa relación matrimonial. “Siento que tengo el deber de mantener en nuestro hogar”, me dijo, “una atmósfera en la cual mi marido pueda desarrollar todo su potencial. Ya sabe usted lo ocupado que es como padre, obispo y hombre de negocios. Pero él también me ayuda a mí a lograr mis metas.”

Gracias a la forma en que ella lo alentaba, él llegó a sobresalir en su llamamiento de obispo. La esposa, a su vez, fue consejera en la presidencia de dos organizaciones y luego la llamaron como presidenta de la Sociedad de Socorro de la estaca. En la casa, contaba con un cuarto de trabajo donde cosía, pintaba y escribía poesías; por su parte, a él le gustaba pescar y le interesaba también la pintura. Ninguno de los dos se sentía sofocado por el egoísmo del otro, y ambos respetaban los gustos y necesidades de su compañero.

DivorcioLas uniones matrimoniales más satisfactorias parecen ser aquellas en las que los cónyuges deciden de común acuerdo dejar que el Salvador se encargue de cuidar de su amor. Son solícitos el uno con el otro, pero se permiten mutuamente la libertad de desarrollarse y madurar, de establecerse nuevos cometidos y perseguir nuevos intereses. Por supuesto, esta libertad no indica que sean libres de flirtear con otra persona. Los celos son una sutil forma de esclavitud y una de las pasiones humanas más sofocantes.

Los cónyuges que temen perder el amor de su compañero debilitan la relación matrimonial ejerciendo en ella un injusto dominio. Un marido que piensa: “No la dejaré un instante fuera de mi vista”, expresa con su actitud un temor que puede terminar por alejar a su esposa. Marido y mujer deben permitirse mutuamente el privilegio de la evolución personal y la libre expresión. Cuando ambos pueden desarrollar sus intereses y talentos, existe menos posibilidad de que su unión sufra por causa del aburrimiento y la estrechez mental.

Quinto, elogiaos sinceramente y a menudo. Una hermana de edad madura me dijo en una oportunidad: “Alguien tendría que hablarle a mi marido para que sea más humilde. Se da demasiada importancia”. ¡Qué triste es una actitud así! Todo nombra necesita una esposa que lo aliente y le haga sentir su valía, y toda mujer necesita un marido que la honre y la respete. Alentarse mutuamente con sinceros elogios no es nunca una demostración de debilidad; es lo que debe hacerse. Cualquiera que se arrodille frente a un sagrado altar y cambie votos eternos con su compañero ciertamente podrá ver en esa persona suficientes rasgos buenos que puede hacer resaltar cuando habla con otros, e incluso con el mismo cónyuge.

Cuando se aconseja a personas divorciadas, es muy frecuente oírles decir: “Hace tres años que nos separamos y, ¡cómo quisiera que volviera a mí! Hubo tantas cosas que nunca le dije. Y la soledad es insoportable.” “¡Si le hubiera hecho notar todas sus buenas características! Hice una gran tontería al no ser capaz de expresarle nunca un elogio. Pero siempre me encargaba de hacerle notar sus errores. Cuando veo a otros cónyuges que se tratan fríamente, con indiferencia, quisiera gritarles que despierten a la realidad antes de que sea demasiado tarde, que dejen a un lado el sarcasmo y traten de alentarse mutuamente.”

Los casados tienden a convertirse en la clase de personas que sus cónyuges les hacen pensar que son, y harían cualquier cosa por estar a la altura de ios elogios que les ha expresado su compañero.

Hace muchos años, un amigo nuestro que no se había casado en su juventud eligió una joven por esposa. Su decisión nos sorprendió mucho porque podíamos ver que ella no era tan perspicaz y socialmente adaptable, m tenía el conocimiento que él tenía. En realidad, nos parecía una pareja muy desigual. Luego empezamos a observar cómo, en reuniones sociales, de la Iglesia y en otros lugares, él hablaba con ella con respecto a todo lo que estaba pasando; llevaba a la casa libros que leían juntos, y en muchas otras formas la ayudó a evolucionar y convertirse en una encantadora mujer. Por supuesto, al mismo tiempo, él también progresó. Esa pareja está actualmente en una misión para la Iglesia, con una vida plena que es el resultado del deseo que él tuvo de ayudar a su esposa y del profundo amor que tienen el uno por el otro.esterilidad-e-infertilidad

Sexto, jamás recurráis al “tratamiento del silencio”. Es completamente erróneo decir al compañero: “Aléjate de mí. Estoy pasando por un período difícil y quiero resolver mi problema sin ayuda. No me siento con deseos de estar con nadie.” No sólo es injusto y suena como un insulto, sino que también es una tontería. ¿Qué es el matrimonio, sino compartirlo todo y ayudarse mutuamente a atravesar las crisis? Hemos oído todo tipo de excusas: “Estoy pasando por un cambio…” “No me siento bien.” “La situación es difícil en el trabajo.” “Los chicos me han vuelto loca hoy.” Pero ninguna de ellas nos da el derecho de cerrarle la puerta a quien nos ama.

Mantened abierta la puerta de vuestro corazón. Los momentos en que cerramos la puerta a los demás a menudo son aquellos en que más necesitamos de su ayuda. Claro que todos necesitamos nuestros momentos de intimidad para pensar, meditar y orar; y debemos respetar en los demás esta misma necesidad. No obstante, nunca debemos ser desconsiderados ni desagradecidos hacia el compañero que está tratando de ayudamos, especialmente si hay problemas.

Séptimo, aprended a decir sinceramente: “Perdóname”. Muy a menudo, cuando cometemos errores, aun cuando haya sido inocentemente, el daño ya está hecho y se hace imprescindible una disculpa. Además, junto con el “Perdóname”, los cónyuges tienen que aprender a decir: “Te perdono”. Jesús enseñó que, si deseamos ser perdonados por nuestro Padre Celestial, debemos aprender a perdonar a aquellos que nos ofenden (véase Marcos 11:25, 26). Algunos de los mejores matrimonios que conozco están compuestos de personas que saben perdonar.

Conozco una pareja que se casó siendo los dos ya mayores; ella había estado casada, pero él no. Después de unos meses de gran felicidad, tuvieron un serio desacuerdo que hirió al marido en tal forma que le fue, imposible seguir cumpliendo bien con su trabajo. Medio atontado todavía por el impacto, se detuvo a analizar el problema y se dio cuenta de que él había tenido parte de la culpa; así que fue a hablar con su mujer y, tartamudeando torpemente le dijo, varias veces: “Perdóname, querida”. Ella estalló en lágrimas diciendo que gran parte de la culpa era suya, y también le pidió perdón. Más tarde ella dijo que no había tenido nunca la experiencia de escuchar de su cónyuge palabras de disculpa o de pronunciarlas ella misma, y que sabía que no habría problemas que no pudieran ser resueltos por ambos a partir de ese momento. Se sentía segura al saber que los dos habían aprendido a decir “Perdóname” y a perdonar a su vez.

Además de poder disculparse sinceramente por los errores cometidos, los cónyuges deben tratar de evitar los reproches sobre dichos errores, y hasta el hablar de ellos. Miles de matrimonios han podido sobreponerse a problemas realmente serios porque han sido capaces de poner en práctica, al mismo tiempo que el arrepentimiento por los errores cometidos, el divino don de saber perdonar.

Octavo, nunca os volváis a otra persona cuando tenéis problemas conyugales, a excepción, por supuesto, de un familiar muy cercano que os pueda aconsejar bien, y del obispo o el presidente de estaca. Si se necesita un consejero profesional, estas personas se encargarán de aconsejároslo en una forma inspirada. Ciertamente, siempre habrá alguien bien dispuesto a consolar a un consorte afligido. Y, lamentablemente, cuando marido y mujer no cuentan el uno con el otro para ventilar sus problemas, a menudo recurren a una persona de su amistad. En esa forma es como comienza el adulterio algunas veces. Puede ocurrir entre vecinos, entre los miembros del coro, entre compañeros de oficina, etc. Muchos amoríos secretos comienzan inocentemente, sólo por compartir problemas de ese tipo; a continuación viene un período en que ambas personas comienzan a depender emocionalmente de esa amistad y terminan por transferirse mutuamente la lealtad y el afecto que deben a sus respectivos cónyuges; a esto puede seguir fácilmente el adulterio.

Jamás confiéis vuestros problemas matrimoniales a ninguna otra persona, a no ser, como ya lo mencioné, a un familiar de gran confianza, al obispo o al presidente de estaca; ni siquiera lo hagáis con la persona de vuestro mismo sexo con quien tengáis amistad más íntima, pues ésta puede ser la primera en contárselo a otra persona. Apoyaos en el Señor, y confiad en el obispo o el presidente de estaca; éste es el sistema que el Señor nos ha dado, y aunque simple, es eficaz.

Noveno, esforzaos por mantener el gozo en vuestro matrimonio. Dios desea que encontremos el gozo en esta vida (véanse 1 Nefi 8:10; 2 Nefi 2:25). La mayoría de las parejas comienzan su vida de casados con ese gozo, y si lo retienen, el matrimonio tiene éxito. Guando se pierde la felicidad, la relación matrimonial se vuelve débil y vulnerable. En cualquier hogar feliz encontraréis al timón una pareja que siente gozo en su unión. Los cónyuges que ya no ríen y no se divierten el uno con el otro poco a poco van perdiendo su amor y su capacidad para permanecer juntos. El verdadero amor tiene una característica juguetona, parecida a la que existe en los niños. En otras palabras, divertios juntos.

34Décimo, orad a menudo. En un período de inseguridad, Adán y Eva agravaron el error cometido al esconderse de la presencia de Dios. Pero Dios no se esconde; sólo el hombre lo hace. El formaba una parte vital de aquel primer matrimonio, y sigue actualmente formando parte, en la misma manera y con igual interés, de toda unión matrimonial. Lo ideal sería que padres e hijos se arrodillaran juntos para orar. Pero si eso os es imposible, aseguraos de hacerlo por lo menos vosotros dos, y rogad que podáis tener una unión conyugal fuerte y la felicidad que merecéis.

Pienso que nuestras debilidades y las dificultades propias de la vida son suficientes para afectar el matrimonio hasta el punto de que sea imposible que esta unión sea fuerte sin la ayuda de Dios. El Salvador puede ayudarnos a sanar esta relación y a mantenerla saludable.

El futuro depende del presente; por lo tanto, debemos vivir bien hoy. La vida pasa rápidamente; no nos engañemos diciéndonos que algún día seremos felices, después que ya no tengamos deudas, o cuando los chicos hayan crecido, o después de jubilamos. Hoy es el día de empezar a gozar lo bueno de la vida… y recordemos que siempre lo bueno sobrepasa a lo malo. Que podamos reconocerlo, y brindamos como compañeros mutuo gozo.

Hablad al respecto.

Después de leer este artículo, quizás queráis analizar juntos y solos los siguientes puntos:

  1. Puesto que la actitud mental es importante para lograr el éxito en cualquier empresa, ¿cuáles creéis que son las necesarias para mantener una unión feliz?
  2. ¿Qué actitudes pueden ofender al Espíritu del Señor y hacer que se retire de vuestro hogar?
  3. Ya que los problemas parecen tomar proporciones exageradas cuando se guardan en silencio, ¿de qué medios podéis valeros para comunicaros mejor cuando surgen esos problemas?
  4. Si os es difícil admitir vuestros errores ante otra persona, ¿qué podéis hacer para sobreponeros a esa dificultad?
  5. Aparte de la expresión verbal, ¿en qué otra forma podéis expresarle amor y estima a vuestro cónyuge?
  6. De las diez ideas que hemos presentado en este artículo, ¿cuáles os parecen más valiosas, dado vuestro caso?
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