Ora, escucha y medita

Diciembre de 1981
Ora, escucha y medita
Por el obispo H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente

H. Burke PetersonEl propósito más grande y la meta más loable que podamos tener en esta vida es aprender a conocer al Salvador, lo cual lograremos a medida que sigamos su ejemplo guardando sus mandamientos. Este conocimiento aumenta cuando testificamos de Él; pero a menos que obedezcamos los mandamientos y testifiquemos de EL no lograremos nuestro propósito en la vida. El mundo está lleno de personas buenas que hacen muchas cosas maravillosas, pero que, sin embargo, no tienen un testimonio del Salvador y de su misión.

En nuestra búsqueda de una vida recta, todos nos enfrentamos a pruebas, desilusiones, desalientos y frustraciones. Parecería que los problemas no terminaran jamás. Todos estamos expuestos a ellos, sin ninguna coraza que nos proteja o nos exima de tenerlos.

Cuando era obispo y luego presidente de estaca en Anzona, sinceramente pensaba en lo afortunadas que eran las Autoridades Generales porque, a excepción de lo relacionado con la administración de la Iglesia, no tenían nada de qué preocuparse. Más tarde recibí mi llamamiento y pude comprender que todas las Autoridades Generales tienen problemas, en su vida personal, en su núcleo familiar, y con su salud; y esto requiere el mayor esfuerzo de su parte. Algunas son pruebas que ciertamente no me gustaría intercambiar con ellos.

Todos conocemos los problemas de salud del presidente Kimball. Recuerdo un día, varios años atrás, cuando se me llamó a servir en el Obispado Presidente y fuimos invitados a un cuarto’ del templo donde se apartaría a las nuevas Autoridades Generales. Antes de la ceremonia los hermanos iban a darle una bendición al presidente Kimball, quien en ese entonces era Presidente del Quorum de los Doce, pues a los pocos días debía someterse a una intervención quirúrgica al corazón.

Mientras lo contemplaba sentado en la silla, con las manos de los Apóstoles sobre su cabeza, me preguntaba “¿Por qué? ¿Por qué un nombre que ha tenido que soportar todo lo que él ya ha soportado ahora tiene que pasar por una operación al corazón?” Sabía que el Señor lo podría curar en un instante si así lo hubiera deseado, y me preguntaba por qué no lo hacía. Pero ahora entiendo, como estoy seguro de que vosotros también lo entendéis; el Señor estaba preparando a un hombre, a un apóstol, para que fuera su Profeta. Él quería un profeta y un presidente que le escuchara, que pudiera captar los susurros del Espíritu y estar alerta a ellos.

Estas son las razones por las cuales continuamente estamos enfrentándonos a las pruebas. Necesitamos estas experiencias para poder acercarnos más al Señor y aprender a depender de El en todas las cosas. Eso es lo que El desea de nosotros; más que cualquier otra cosa, quiere que lo conozcamos.

Quizás os sea difícil orar porque no estáis seguros de que el Señor esté escuchando; tal vez ni siquiera estéis seguros de que Él esté en algún lugar; o quizás os sintáis culpables o indignos; pero cualquiera que sea la razón, vuestra comunicación no es lo que debería ser.

¿Os habéis arrodillado alguna vez a solas y pedido al Señor algo que haya sido realmente importante para vosotros, y luego os habéis levantado sintiendo que vuestra oración no recibió la contestación que esperabais? A mí me ha sucedido. ¿Habéis orado continuamente, varios días, por algo en especial y luego os habéis dado cuenta de que las cosas no resultaron como lo esperabais? Yo también lo he experimentado. En el pasado, en más de una oportunidad, me he levantado después de orar al Padre y me he preguntado con desesperación “¿Qué gano con orar? Ni siquiera me escucha”, o “Quizás yo no sea digno”, o “Es que no soy capaz de entender las respuestas”.

Hace unos pocos años, después de una de estas experiencias desalentadoras relacionadas con la oración, estuve pensando en mi padre, que había fallecido un tiempo atrás. Recordé que antes yo podía recurrir a él para conversar sobre cualquier cosa y siempre estaba dispuesto a escucharme. No era un hombre perfecto, pero me escuchaba. Quiero que sepáis que cada vez que un hijo de nuestro Padre Celestial se arrodilla a conversar con Él, El escucha. Una de las cosas de las que estoy más seguro en este mundo es que nuestro Padre Celestial escucha cada oración de sus hijos. Sé que nuestras oraciones llegan hasta el cielo, y, no obstante el error que hayamos cometido, Él nos escucha.

También creo que nos contesta y que no ignora a sus hijos cuando se dirigen a Él. El principal problema en nuestra comunicación con Él es que no todos hemos aprendido a escuchar sus respuestas, o quizás no estemos preparados para escucharlas. Creo que podemos recibirlas si nos preparamos para ello.

A medida que avanzamos por el sendero de la vida, a menudo construimos un muro de piedras entre nosotros y el cielo, y lo hacemos con aquellos pecados de los cuales no nos hemos arrepentido. Por ejemplo, en nuestro muro puede haber piedras de diferentes tamaños y formas. Podría haberlas porque hemos sido poco amables con alguien; la crítica a los líderes o maestros puede agregar otra piedra al muro; la incapacidad de perdonar puede agregar otra; los pensamientos y las acciones vulgares pueden agregar algunas bastante grandes; la deshonestidad agregará otra; el egoísmo otra; etc.

A pesar del muro que edificamos frente a nosotros, cuando clamamos al Señor, Él siempre envía sus mensajes desde el cielo; pero en vez de penetrar hasta nuestro corazón, se estrellan contra el muro que hemos formado y rebotan. Su mensaje no penetra y nosotros estamos listos para decir: “Él no me escucha”.

A veces este muro es formidablemente grande, y el gran cometido de nuestra vida es destruirlo, o, con otras palabras, limpiamos purificándonos interiormente para poder ser susceptibles al susurro del Espíritu.

Permitidme dar algunos ejemplos. Supongo que todos hemos tenido alguien que nos ha hecho algo que no nos ha gustado y nos ha enojado. No podemos olvidarlo y no queremos acercamos a esa persona. Ésta es la característica de la persona que no perdona; sin embargo, el Señor se ha referido con palabras bastantes fuertes a las personas que no saben perdonar a sus semejantes (véase D. y C. 64:9-10). Hace muchos años tuve una experiencia con ese sentimiento de rencor. Alguien se había aprovechado de mí, y me disgusté con esa persona. No quería estar cerca de ella; si venía en dirección opuesta a la que yo iba, prefería cruzar la calle; ni siquiera le dirigía la palabra. Mucho tiempo después que se terminó el problema, el mal sentimiento seguía como una llaga en mi alma. Esto me hizo tomar la decisión de orar pidiendo ayuda, hasta que pudiera lograr tener un mejor sentimiento hacia esa persona. Aquella noche me arrodillé y abrí mi corazón al Señor; sin embargo, al levantarme, todavía no me gustaba esa persona. A la mañana siguiente me arrodillé y oré pidiendo tener un sentimiento bondadoso hacia ella, pero al terminar la oración todavía no me gustaba. Así sucedió esa noche y la semana y el mes siguiente. Seguía sin que me gustara, a pesar de que había estado orando al respecto todas las mañanas y todas las noches. Continué orando, y finalmente empecé a rogar, no a orar solamente sino a implorar. Después de muchas oraciones, llegó el momento en que sin duda ni reservas supe que podía ir ante el Señor, si se me pidiera hacerlo, y que El sabría que por lo menos en ese caso mi corazón se había purificado. Había experimentado un cambio después de un buen período de tiempo, y quitado del muro la piedra que representaba aquel rencor.

La forma en que vivimos determina nuestra capacidad de captar la inspiración del Espíritu y escuchar las respuestas a nuestras oraciones. Repito nuevamente para evitar un malentendido: Nuestro Padre Celestial contesta nuestras oraciones, pero a menudo no estamos preparados para escuchar las respuestas. Algunas las recibimos de inmediato; otras demoran más, y es entonces cuando nos desalentamos.

Algún tiempo atrás me dieron una asignación que me llevó a Alemania. Antes del viaje había estado con una fuerte gripe y no estaba muy seguro de si quería viajar, pero sentí que era mejor hacerlo por todo lo que se había planeado y por toda la gente que dependía de mí. Después del vuelo desde Nueva York a Francfort, Alemania, estaba agotado y no me sentía bien; me encontraba solo y no hablaba alemán, así es que me registré en el hotel del mismo aeropuerto. Antes de ir a mi cuarto fui a la farmacia a comprar un medicamento para la garganta; éste venía en un recipiente de metal con un botón que, al apretarlo, rociaba el líquido en la garganta por intermedio de un tubo de plástico del largo de un dedo.

Me dirigí a mi habitación y me dispuse a descansar un rato; pero cuando traté de rociarme la garganta, el tubo de plástico se soltó, me pasó por la laringe y lo tragué. No podía sentirlo, pero sabía que tenía dentro un tubo de siete centímetros y medio de largo y no sabía qué hacer. Tosí, e hice todo lo que estuvo de mi parte para deshacerme de él. Pronto me empecé a preocupar, no porque pensara que iba a morir, pues estaba seguro de que la muerte estaba lejos todavía, sino porque sabía que había mucha gente esperándome en varios países por los que debería pasar durante las próximas tres semanas, y que si no solucionaba pronto ese problema terminaría en el hospital para que me sacaran el tubo por medio de una intervención quirúrgica. Necesitaba ayuda de inmediato. Me arrodillé al lado de mi cama y le dije al Señor que no tenía a dónde ir, no hablaba alemán, no conocía a ningún doctor, ni a nadie allí y que había gente esperándome en otras partes. Le pedí que por favor me sacara ese tubo. Me levanté al terminar la oración y en dos segundos el tubo salió. ¿Os dais cuenta? Hay respuestas que llegan de inmediato.

Hay otras oportunidades en que tal vez os preguntéis si alguna vez El contestará vuestras oraciones. Hace veintidós años nació nuestra cuarta hija, y después del nacimiento el doctor le dijo a mi esposa que no debía tener más hijos. Conversamos sobre esto y ella me dijo: “Siento que todavía hay otra criatura para nosotros”, y por supuesto decidimos que tendríamos otro bebé.

Así pasó un año y el bebé no llegó; pasó otro y nada; hasta que finalmente, después de ocho años de oraciones, un día mi esposa me dijo: “¡No te imaginas! Vamos a tener otro bebé”. Las oraciones, como podéis notar, a veces se contestan rápidamente, pero en otras oportunidades se debe orar por mucho tiempo antes de poder lograr lo que se desea.

A medida que aprendamos a escuchar al Espíritu y nos preparemos para recibir su inspiración, también debemos aprender a obedecer lo que Él nos indique. Uno de los cometidos más grandes que debemos tener es vivir de tal modo que recibamos el mensaje, y luego tener la valentía de obedecerlo.

A pesar de las circunstancias a que os enfrentéis en la actualidad, os suplico que hagáis lo siguiente:

Esta noche, si os es posible, dirigíos a un lugar donde podáis estar a solas. Si no podéis estar a solas, haced de todas maneras lo que os sugiero.

Pensad en la Persona a la que estáis orando, porque muchas veces nos arrodillamos a orar tan rápidamente que no tenemos en cuenta a quién oramos. Con frecuencia trato de traer a mi mente la imagen del Salvador. Es cierto que no estoy muy seguro de cómo es el Padre Celestial, pero el evocar a su Hijo me da una imagen para contemplar mientras me arrodillo.

Luego, cuando penséis en Aquel a quien estáis orando, habladle en voz alta, o si lo preferís, susurradle. Dirigíos a Él como a vuestro Padre y decidle todo lo que deseáis. Sed sinceros con El y hablad de las cosas que deseáis hablar. Agradecedle por lo que Él ha hecho por vosotros. Confiad en El, permitidle saber lo que hay en vuestro corazón. Pedidle ayuda; gozad de su Espíritu. Decidle que lo amáis. No sé cuántos de vosotros habréis orado en voz alta y en esa oración le habréis dicho al Señor que lo amáis; es una gran experiencia.

Después de que hayáis hablado con Él, escuchadlo. Debéis escuchar cuidadosamente o podéis pasar por alto sus respuestas. A veces las personas oran por un minuto, o dos, o cinco, o quince, y luego ni siquiera escuchan por un segundo. Quizás suceda algo diferente si, después de orar, os mantenéis arrodillados junto a la silla o a la cama por un minuto, o dos, o cinco, o quince, hasta obtener ese sentimiento grato y cálido de que recibisteis una respuesta. Así sabréis que el Señor escuchó vuestra oración. Sabréis que está allí y que hay una forma que permite que sus mensajes os lleguen. Es una gran experiencia la que viven las personas que sienten el Espíritu.

Testifico que el Señor está en los cielos. Sé que nos escucha y nos contesta. También sé que debemos estar preparados para escucharlo. Sin la oración jamás conoceremos realmente al Padre Celestial y a su Hijo, el Salvador. Y sin la oración no podremos regresar a Él.

Ezra Taft BensonUna de las armas más eficaces de Satanás es el orgullo; éste hace que un hombre o una mujer concentren tanta atención en sí mismos, que se hacen insensibles a su Creador o a sus semejantes. Esto es causa de descontento, divorcio, rebelión en los jóvenes, deudas familiares, y casi todos los otros problemas que tenemos.

Presidente Ezra Taft Benson

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s