Obtengamos un testimonio de Jesucristo

Liahona,Julio de 1981

Obtengamos un testimonio de Jesucristo

Por el eíder Bruce R. McConkie
Del Consejo de los Doce

élder Bruce R. McConkiePor varios años me he esforzado por aprender todo lo que esté al alcance de un ser mortal acerca de la vida de Jesucristo; me he esforzado por aprender de sus palabras, de sus acciones y de los hechos que llevó a cabo durante su vida terrenal; he tratado de obtener alguna enseñanza de la dignidad de su sacrificio expiatorio, así como de las distintas etapas de su gloriosa vida, de su muerte y su resurrección.

Su imagen despierta en mí sentimientos de reverencia y admiración. La gloriosa Majestad “de los cielos bajó a morar entre los hombres: se hizo mortal; nació de una mujer; se hizo siervo; accedió a dejar su trono eterno para abolir la muerte y dar al hombre la oportunidad de vida e inmortalidad por medio del evangelio. El gran Dios de esta tierra, el Jehová Eterno, el Señor Omnipotente, vino a nosotros como un hombre, como el hijo de María, como Hijo de David, como el Sufrido Siervo; vino como la manifestación perfecta del Padre.

En 1935, en el centenario de la organización del primer Quorum de los Apóstoles en nuestra dispensación, la Primera Presidencia de la Iglesia, los presidentes Heber J. Grant, J. Reuben Clark, hijo, y David O. McKay, declararon lo siguiente:

“Si la humanidad desea salvarse, deberá aceptar dos grandes verdades: Primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, el verdadero Hijo de Dios cuya sangre expiatoria y resurrección nos salvan de la muerte física y espiritual que heredamos por la caída de Adán y Eva. Segundo, que por medio del profeta José Smith, Dios ha restaurado sobre la tierra en estos últimos días su Santo Sacerdocio con la plenitud del evangelio eterno, para la salvación de todos los habitantes de la tierra. Sin estas dos verdades el hombre no tiene esperanza de disfrutar de las riquezas de la vida en el más allá.” (Improvement Era, ab. de 1935, pág. 205.) A continuación, la Primera Presidencia daba testimonio, que es también nuestro testimonio y el de toda la Iglesia, de que estos dos conceptos son verdaderos.

Tenemos en nuestras manos un mensaje glorioso para llevar al mundo: un mensaje espiritual de salvación, de alegría y esperanza. Por supuesto, muchos se preguntarán cómo pueden establecerse la verdad y la divinidad de un mensaje espiritual.

¿Cómo se demuestran las verdades espirituales? ¿Cómo se prueba la resurrección de Jesucristo? ¿Cómo se prueba que el Padre y el Hijo se aparecieron a José Smith, y que mensajeros celestiales le entregaron las llaves, los poderes y la autoridad para establecer la Iglesia?

Nos encontramos exactamente en la misma situación en que se encontraban los antiguos apóstoles. Ellos también tenían algo para proclamar al mundo; tenían que proclamar primero la divinidad del Señor Jesucristo, que El en verdad es el Hijo de Dios, que vino al mundo para cumplir con el infinito y eterno sacrificio expiatorio que permitirá a todo hombre resucitar de la mortalidad, y a todo el que crea y obedezca recibir la vida eterna. Segundo, que ellos mismos, Pedro, Santiago y Juan, junto con el resto de los Doce Apóstoles, los setentas y los demás, eran siervos llamados por Dios, quien les dio su poder, las llaves del reino, el derecho de proclamar las verdades de su evangelio y el poder para llevar a cabo sus ordenanzas. ¿Cómo es posible que once hombres y sus seguidores, once galileos que no habían recibido ninguna clase de capacitación como rabinos, que no eran considerados eruditos ante el mundo, salieran y cumplieran con la responsabilidad que Jesús les había dado: la de llevar el mensaje de salvación a cada criatura viviente?

Hay un gran acontecimiento de la vida de Cristo que utilizaré como ilustración, y como ejemplo, ya que pone de manifiesto el principio en el cual deseo hacer hincapié, demostrando cómo se proclamaba el mensaje de salvación en esos tiempos; y si podemos comprender lo que esto implica, sabremos lo que tenemos que hacer para llevar ese mismo mensaje a los otros hijos de nuestro Padre Celestial.

Creo que el obtener un testimonio de Jesucristo depende de la fe que tengamos en la resurrección: Si creemos que Jesús se levantó de entre los muertos, entonces sabremos que es el Hijo de Dios; y si estamos convencidos de que es el Hijo de Dios, sabremos que su evangelio es verdadero. Si su evangelio es verdadero, entonces las personas deben creer y ser obedientes, o de lo contrario están en serio peligro de no conocer la exaltación. Deben aceptar las verdades del evangelio, bautizarse y vivir la ley, o serán condenados. Esto nos lleva al razonamiento de que, si los apóstoles de aquella época tenían el poder y la persuasión para convencer a los hombres de que Jesús resucitó de entre los muertos, también los tenían para establecer la veracidad y la divinidad de la obra.

¿Cómo se puede probar que existe la resurrección? Tal como lo veremos, se prueba por medio del testimonio.

Pablo testificó que Jesucristo fue “declarado Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (véase Romanos 1:1-4). La resurrección prueba que Jesús es el Hijo de Dios. Veamos ahora estas otras palabras de Pablo:

“Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis.”(Lo que sigue es la clave fundamental del evangelio):

“por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.

Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras;

y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;

y que apareció a Cefas, y después a los doce.

Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.

Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles” (1 Cor. 15:1-7).

Consideraremos ahora el gran acontecimiento de la vida de nuestro Señor Jesucristo:

Comencemos después de la Ultima Cena y los sermones pronunciados en aquel aposento, después de la incomprensible agonía en el Getsemani, después de los juicios, y después de la crucifixión. Antes de la puesta de sol, en un día viernes, se colocó el cuerpo de Jesús en una tumba, v su espíritu fue y estuvo en el mundo de los espíritus por cerca de cuarenta horas.

A primeras horas de la mañana del domingo, Jesús se levantó de entre los muertos. No sabemos la hora, aunque los registros dicen: “siendo aún oscuro” (véase Juan 20:1), María Magdalena fue a la tumba de Jesús. Con excepción de María, la madre de Jesús, María Magdalena es la más prominente entre todas las mujeres del Nuevo Testamento. Ella es la única de quien se menciona que viajó con Jesús y los Doce Apóstoles cuando éstos viajaban a diferentes villas y ciudades de Galilea para predicar el evangelio. Cuando llegó a la tumba, encontró que el cuerpo de Jesús no estaba allí; los ángeles le dijeron que comunicara a Pedro que Jesús había resucitado y que se les iba a aparecer en Galilea, de acuerdo con la promesa que les había hecho.

No podemos saber con exactitud el orden en que se sucedieron los acontecimientos, pero sí tenemos la clara certeza de que, o ella fue inmediatamente a informar a Pedro y regresó, o vio al Cristo resucitado al salir ella de la tumba. Sea como fuere, ella fue la primera persona mortal que vio a un ser resucitado. En medio de su pena y ansiedad, con el rostro bañado por las lágrimas, pensó que se trataba del hortelano y le dijo: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré” (véase Juan 20:15). Entonces Jesús le dijo: “¡María!” Ella reconoció la voz del Señor inmediatamente, y exclamó: “¡Raboni!”, que es una forma más respetuosa de la palabra “Rabí”, y significa “mi Señor” o “mi Maestro”. Luego intentó abrazar a Jesús, pero Él le dijo: “No me toques porque aún no he subido a mi Padre” (véase Juan 20:17).

Es posible que hubiera otros acontecimientos que no aparecen registrados en las Escrituras, o que en el período de tiempo entre este episodio y el que le siguió inmediatamente, el Señor ascendiera a su Padre, porque según otros pasajes de las Escrituras, “al amanecer del primer día” (Mateo 28:1) llegaron otras mujeres y se dirigieron a la tumba, donde hablaron con los ministros celestiales. Cuando salieron, se encontraron con Jesús y se arrojaron a sus pies, que se interpretará como que lo tocaron, pudiendo palpar también las llagas de los clavos en sus manos. De lo que allí aconteció, sólo sabemos que Jesús dio el mismo mensaje que los ángeles habían dado a la mujer de Magdala. Jesús les dijo: “No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea” (véase Mateo 28:10). Esta fue la segunda aparición del Señor resucitado en la mañana de Pascua.

La siguiente aparición, a pesar de que no la podemos registrar con exactitud porque no tenemos el orden cronológico de los acontecimientos, fue a Pedro; y suponemos que se debiera a que Pedro iba a ser el Presidente de la Iglesia y tenía las llaves del reino. El Señor se le apareció obviamente para renovar y reafirmar el poder y la autoridad que ya le había conferido, y volver a darle el cometido de llevar a cabo la obra a la cual había sido asignado.

La siguiente aparición cuyos detalles conocemos ocurrió camino a la aldea de Emaús, la cual está ubicada a unos doce kilómetros de Jerusalén. En la tarde de aquel día, dos de sus discípulos se dirigían de Jerusalén a Emaús, siendo uno de ellos Cleofas. Mientras caminaban intercambiando ideas sobre los últimos acontecimientos, se les acercó un extraño y les preguntó acerca de lo que estaban hablando. Ellos se sorprendieron de que alguien se les acercara y les interrumpiera de esa manera, por lo que le preguntaron: “¿Eres tú extranjero aquí? ¿No sabes lo que ha sucedido en Jerusalén? ¿No has oído de que Jesús fue crucificado en el tiempo de Pascua y que prometió resucitar al tercer día?” (véase Lucas 24:18-21). Y también le dijeron que varias mujeres habían confirmado su resurrección.

Entonces Él les dijo: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!” (Lucas 24:25), y comenzando con Moisés, y siguiendo por todos los profetas y los Salmos, les habló acerca de lo que las Escrituras decían de Él. Es posible que esta conversación se haya prolongado por unas dos horas; al llegar a la aldea de Emaús, donde iban a quedarse los dos discípulos, le invitaron a que se quedara con ellos: “¡Quédate con nosotros!, porque se nace tarde, y el día ya ha declinado” (véase Lucas 24:29). El hizo como que iba a continuar, pero aceptó la invitación. Y estando sentado con ellos, partió pan y lo bendijo. Jesús debe de hacer hecho esto de una manera que era familiar para ellos, o debe haber sucedido algo más que hizo que las vendas cayeran de sus ojos, porque lo reconocieron inmediatamente. Entonces El desapareció de la vista de ellos. Esta fue la cuarta aparición.

Aquellos dos discípulos regresaron inmediatamente a Jerusalén y se dirigieron a un “aposento alto”.

Podemos pensar con certeza que ésa fuera la misma habitación en la que se llevó a cabo la Ultima Cena. Era grande y cómoda, y había allí una gran congregación. Usualmente nos referimos solamente a los apóstoles, pero había otras personas, lo que nos hace pensar que habría también mujeres. De cualquier manera, los dos discípulos fueron a ese lugar y comenzaron a contar al grupo lo que había ocurrido. Cuando entraron a la habitación, alguien estaba dando su testimonio de que el Señor había aparecido a Simón, demostrando que esa aparición había sido anterior al momento de la reunión.

Las Escrituras nos dicen que estaban hablando “de estas cosas”, cuando de pronto Jesús se presentó ante ellos. La escritura dice que “espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu” (Lucas 24:37), lo cual era una conclusión natural porque se encontraban en una habitación bien segura, con la puerta cerrada, de modo que el personaje que veían no podía haber venido por otro lugar que no fuera a través del techo o las paredes. Jesús entonces les dijo:

“¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?

Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.

Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies.”

E indudablemente ellos palparían las marcas de los clavos en sus manos y pies y tocarían la herida de lanza que tenía en el costado. Sabemos por los registros que esto fue exactamente lo mismo que sucedió en América cuando El apareció a los nefitas un poco después (véase 3 Nefi 11).

“Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?”

Fue una pregunta retórica, pues Él sabía que estaban comiendo.

“Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel.

Y él lo tomó, y comió delante de ellos.” (Lucas 24:36-43.)

En esa congregación se encontraban los Apóstoles, y no sabemos la razón por la cual Tomás se encontraba ausente. Cuando al verlo le dijeron lo que había acontecido, él respondió:

“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.” (Juan 20:25.)

La duda de Tomás no fue mayor que la de los otros cuando supusieron que Jesús era un espíritu. Por medio de su respuesta, el dejó ver que hasta ese momento no había comprendido la naturaleza corporal y divina de la resurrección, aun cuando debía haber aceptado el testimonio de los otros apóstoles. En realidad Tomás era uno de los más valientes de los Doce; cuando Jesús fue a levantar a Lázaro de la muerte, los otros dijeron que los judíos de ese lugar estaban buscando la oportunidad para matarlo, pero él fue el único que dijo: “Vamos también nosotros para que muramos con El” (Juan 11:16).

Sabemos que todos estos hombres eran valientes, capaces y devotos; pero estaban aprendiendo, progresando paso a paso y poco a poco.

Una semana más tarde, nuevamente en el día de reposo, se encontraban reunidos en el aposento alto el mismo grupo o uno similar. Jesús se apareció a ellos y le dijo a Tomás:

“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.” “(véase Juan 20:27.)

Aparentemente, Tomás cayó a los pies del Señor diciendo:

“¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:27-28).

Suponemos que él, al igual que los otros discípulos la semana anterior, palparía las llagas de las manos de Jesús.

De acuerdo con el orden cronológico de las Escrituras, la siguiente aparición ocurrió a orillas del lago Tiberias (el Mar de Galilea). Temprano por la mañana, estaban solamente siete de los apóstoles, aunque se mencionan los nombres de sólo cinco de ellos. Habían estado tratando de pescar toda la noche sin resultado alguno, cuando Jesús apareció a la orilla y los llamó, diciendo: “Hijitos, ¿tenéis algo de comer?”, pero ellos no tenían nada para ofrecerle. Entonces les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis” (Juan 21:5-6). Así lo hicieron, e inmediatamente las redes estuvieron repletas, casi al grado de romperse, lo cual nos recuerda el milagro que ocurrió durante su vida mortal, con Simón Pedro y los hijos de Zebedeo. (Véase Le. 5:4-10.)

Juan, con un sentimiento un poco más inclinado a lo espiritual que los otros, dijo: “¡Es el Señor!” (Juan 21:7). Pedro, en un ímpetu, se ciñó su ropa de pescador y nadó hacia la costa para ser el primero en saludarlo. Los demás llevaron el pescado y cuando llegaron a la orilla, vieron que Jesús había encendido el fuego y puesto un pescado y pan a cocinar. Él les dijo que llevaran algo de lo que acababan de pescar y lo agregaran a lo que estaba ya “cocido; y así comieron, y se presume —y más adelante explicaré el porqué— que Jesús también comió con ellos en esa ocasión.

Después, el Salvador le preguntó tres veces a Pedro si lo amaba, y luego le mandó que apacentara sus corderos. En esa oportunidad fue cuando le dijo a Juan que viviría para proclamar su testimonio a las naciones y reinos antes de que El volviera en su gloria. (Véase sección 7 de Doctrina y Convenios.)

La siguiente aparición fue en el monte de Galilea. Sabemos muy poco acerca de ella, pero se sobreentiende que fue una aparición grande y gloriosa, ya que se encontraban allí reunidos más de 500 personas (1 Cor. 15:6). Suponemos que debe de haber actuado en la misma forma que lo hizo entre los nefitas, y habrá predicado y enseñado a ese selecto grupo más doctrina que en otras circunstancias. Fue allí que mandó que se predicara el evangelio a toda criatura.

Esa fue la octava aparición, después de la cual se apareció a Jacobo (véase 1 Corintios 15:7).

La décima aparición de que habla el Nuevo Testamento es la ascensión, de la cual sólo sabemos que cuarenta días después de la resurrección, El apareció a los apóstoles. Aparentemente, fueron caminando hasta el Monte de los Olivos, y allí los apóstoles y Jesús conversaron acerca de la restauración del reino a Israel. Luego El ascendió, y las Escrituras nos dicen que había dos ángeles allí que dijeron:

“¿Por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros “al cielo, así vendrá como lo habéis visto ir al cielo.” (Hch. 1:11.)

De todo lo que he mencionado, aprendemos vanos conceptos importantes: Sabemos que los seres resucitados y rodeados de gloria pueden caminar con los seres mortales sobre la tierra; que pueden conversar, razonar y enseñar como lo hicieron en su etapa mortal; que pueden conservar y manifestar su identidad; que pueden pasar a través de solidas paredes con sus cuerpos físicos; que tienen cuerpos de carne y huesos, los cuales pueden tocarse y palparse. Aprendemos que, si es necesario, pueden conservar las cicatrices de heridas recibidas en su cuerpo mortal; que pueden comer y digerir alimentos; que pueden desvanecerse ante los ojos mortales y transportarse de un lado a otro por medios que desconocemos.

Ahora bien, ¿cómo se puede probar que el Padre y el Hijo aparecieron a José Smith? ¿Cómo se puede probar la veracidad del mensaje de salvación que Jesús dio a aquellos apóstoles? La forma de probarlo se puede ilustrar por medio de las palabras que son parte del sermón que Pedro predicó cuando fue el a casa de Cornelio, el cual había recibido la visita de un ángel y gracia especial ante la vista del Señor. Pedro dijo: “Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; a quien mataron colgándole en un madero.

A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase;

no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos.

Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos.

De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hechos 10:39-43; cursiva agregada.)

La manera en que Pedro y los antiguos apóstoles probaron que Jesús es el Hijo de Dios, y como consecuencia, que el evangelio que El enseñaba es el plan de salvación, fue establecer la realidad de que Él había resucitado de los muertos. La forma de probar que un hombre ha resucitado, lo cual es un concepto espiritual, es testificar por el poder del Espíritu del conocimiento real, literal, y personal que se posee. Pedro, al dirigirse a una congregación, diría algo así: “Yo sé que Jesús es el Cristo porque Isaías (o uno de los otros profetas) dijo esto y lo otro acerca de Él”. Pero lo más grandioso de Pedro fue pararse ante la gente y decir: “Yo sé que es el Hijo de Dios. Yo estuve con Él en el aposento alto; lo reconocí y comprobé que era el mismo que predicó entre nosotros durante más de tres años. Yo toqué las marcas de los clavos en sus manos y pies, y puse mi mano en la herida que la lanza dejó en su costado. Le vi participar de alimentos: comió pescado y un panal de miel. El Salvador tiene un cuerpo, y nos mostró que se trata de un cuerpo de carne y huesos. Yo sé que Él es el Hijo de Dios. ¡Testifico de ello!”

El mensaje de salvación deben proclamarlo los testigos; y estos acontecimientos de la vida del Salvador nos dan el ejemplo y nos indican que debemos hacer cuando llevamos el mensaje de la restauración a los otros hijos de nuestro Padre Celestial.

¿Cómo se prueba que el mensaje de la restauración es verdadero? Pues, predicamos el evangelio; debemos enseñar primeramente las doctrinas de la salvación, de lo contrario, la gente no podrá juzgar desde un punto de vista inteligente a fin de evaluar la veracidad de nuestro testimonio. Primero, debemos enseñar la obra maravillosa y gloriosa que Dios llevó a cabo en nuestra época; enseñar que los cielos se abrieron y que Él ha vuelto a hablar y ha restaurado la plenitud de su evangelio sempiterno enviando mensajeros celestiales para entregar las llaves del poder y autoridad a los hombres. Después que hayamos enseñado la verdad utilizando las Santas Escrituras y tratando de que el mensaje sea simple y fácil de entender, nos queda colocar el convincente broche de oro de nuestro testimonio.

Nosotros, como miembros de la Iglesia y reino de Dios sobre la tierra, hemos recibido lo que se llama el don del Espíritu Santo, lo cual es el derecho, de acuerdo con nuestra fidelidad, de tener la constante inspiración de ese miembro de la Trinidad; esto significa que el Espíritu Santo, un personaje de espíritu que está en armonía con las leyes eternas, hablará a nuestro espíritu y nos dará la confirmación de la verdad de nuestro conocimiento. A esa comprobación llamamos testimonio, y la recibimos por revelación del Espíritu Santo de Dios.

Un testimonio en nuestros días consiste de tres puntos: Consiste en el conocimiento de que Jesús es el Cristo, de que es el Hijo de Dios quien fue crucificado por los pecados del mundo; consiste en el hecho de que José Smith fue un Profeta de Dios, llamado por El para restaurar las verdades del evangelio y ser quien nos revelara el conocimiento de Cristo en nuestra época; y, por último, consiste en el conocimiento de que La Iglesia, de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única Iglesia verdadera sobre la faz de la tierra, el único lugar donde puede encontrarse la salvación; es la organización que administra el evangelio y, por lo tanto, administra la salvación a toda la humanidad.

Enseñamos el evangelio, y después de haberlo hecho de la manera más sencilla que podamos, expresamos nuestro testimonio y decimos: “Yo sé”. Decimos que el Santo Espíritu de Dios nos ha revelado a nosotros, los Santos de los Últimos Días, que ésta es Su obra. Y después de haber enseñado y ofrecido nuestro testimonio, toda persona que esté cerca del Señor, que se haya preparado espiritualmente para recibir la verdad, sentirá en lo profundo de su ser que decimos la verdad. En este caso no se tratará de un intercambio de ideas, ni del establecimiento de un debate, ni de una conversación intelectual, sino que será una revelación del Espíritu Santo de Dios.

Creo que este mismo procedimiento se ha seguido en todas las épocas y dispensaciones. También pienso que lo que tenemos nosotros actualmente está por encima y más allá de lo que los nombres de otras épocas poseyeron. El Señor nos ha dado el Libro de Mormón como testigo de la verdad, “para convencer al judío y al gentil de que JESÚS es el CRISTO, el ETERNO DIOS, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones” (portada del Libro de Mormón). Se nos ha dado el Libro de Mormón para probar que “las santas escrituras son verdaderas, y que Dios inspira a los hombres y los llama… en esta edad y generación, así como en las antiguas” (D. y C. 20:11).

Si no hay algo en la vida de Jesús que podamos aplicar a la nuestra, entonces no nos beneficiamos cómo podríamos hacerlo. Deberíamos tomar su vida como ejemplo para la nuestra; deberíamos estudiar sus distintas etapas en la tierra y aprender los conceptos y principios que en situaciones similares nos permitan cumplir lo que hemos sido llamados a hacer en nuestros días.

Cuando el Señor mismo dejó su testimonio de la veracidad del Libro de Mormón, utilizó el lenguaje más solemne conocido por la humanidad. El juró solemnemente; y dijo, refiriéndose a José Smith: “Y ha traducido el libro, sí, la parte que le he mandado; y vive vuestro Señor y vuestro Dios, que es verdadero” (D. y C. 17:6).

Si estamos en armonía para comprender todo aquello que se relaciona con las eternas verdades de las que hablamos, podremos testificar con respecto a la restauración de la verdad eterna en nuestros días. Podremos decir: “El Señor ha vuelto a restaurar y a establecer su reino entre los habitantes de la tierra”. Y poniendo a Dios por nuestro testigo, es la verdad.

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