El faro del Señor

Octubre de 1980
El faro del Señor
por el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce

Thomas S. MonsonMis queridas jóvenes hermanas, ésta puede ser muy bien la mayor reunión de jóvenes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Me siento sobrecogido y empequeñecido ante la responsabilidad de hablaros hoy; ruego que pueda tener la ayuda divina, a fin de estar a la altura de esta oportunidad que se me ha dado.

Sois un público mucho más atractivo que el que asiste generalmente a la reunión de sacerdocio, donde predominan los trajes oscuros, las camisas y corbatas; al miraros, acuden a mi mente las palabras de unos versos casi olvidados:

Retorna, retoma en tu vuelo, oh tiempo;
vuélveme a mi juventud aunque sea un momento.

Hace veinte años, muchas de vosotras todavía no habíais comenzado vuestra jornada mortal; vuestra morada era un hogar celestial. En realidad, conocemos muy pocos detalles de nuestra existencia allá; solamente sabemos que estábamos entre seres que nos amaban y que se interesaban por nuestro bienestar eterno, Después, llegó el momento en que la vida terrenal se hizo necesaria para continuar nuestro progreso; sin duda hubo despedidas, se expresó confianza en nosotros y alcanzamos nuestra graduación a la mortalidad.

¡Qué hermosa bienvenida esperaba a la mayoría de nosotros! Hubo amorosos padres que nos recibieron gozosamente en nuestro hogar terrenal; todos nuestros caprichos infantiles se vieron atendidos con tierno cuidado y solícitas muestras de afecto. Un escritor describió nuestra infancia con estas palabras:

Un dulce y nuevo brote de la humanidad,
recién caído desde el hogar de Dios para florecer en la tierra. . .

(Gerald Massey, “Wood and Won”, The Home Book of Quotations, Bur-ton, Stevenson, ed. Nueva York, Dodd, Mead, and Co., 1956, pág. 121.)

El admirado poeta William Wordsworth captó en unos versos una fugaz mirada a este glorioso plan, y tituló su poesía “Oda a la Inmortalidad”:

Un sureño y un olvido
Sólo es el nacimiento.
El alma nuestra, la estrella de la vida,
En otra esfera ha sido constituida
Y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido,
Ni de todas las cosas despojada, Pues al salir de Dios,
Qué fue nuestra morada,
Con destellos celestiales se ha vestido.

(The Complete Poetical Works of William Wordsworth, Londres, MacMillan, 1924, págs. .357-359.)

Aquellos primeros años fueron una época preciosa y especial; Satanás no tenía poder para tentamos; todavía no éramos responsables de nuestros actos, sino que éramos inocentes ante Dios. Aquéllos fueron años de aprendizaje.

Pronto entramos en el período que algunos gustan de llamar “la atroz adolescencia” (yo prefiero llamarlo “la adorable adolescencia”). Es una época de oportunidades, una época de crecimiento, un período de desarrollo marcado por la adquisición de conocimiento y la búsqueda de la verdad.

Nadie se atrevería a describir estos años como fáciles. Ciertamente, se están volviendo cada vez más difíciles; el mundo parece haberse zafado de sus amarras de seguridad e ir alejándose de su puerto de paz. El libertinaje, la inmoralidad, la pornografía y la fuerte influencia de aquellos que nos rodean hacen que muchas personas se vean lanzadas a un mar de pecado y aplastadas contra los afilados arrecifes de oportunidades perdidas, malogradas bendiciones y sueños destrozados.

Os preguntaréis ansiosamente: “¿Hay algún camino hacia la seguridad? ¿Puede alguien guiarme? ¿Existe una puerta de escape para la amenaza de destrucción?” La respuesta es un estruendoso ¡sí! El consejo que os doy es que busquéis el faro del Señor. No hay niebla que sea tan espesa, noche que sea tan oscura, tempestades tan furiosas, ni marinos tan perdidos que la luz de su faro no pueda iluminar, calmar y rescatar; ella nos guía a través de las tormentas de la vida; nos llama diciendo: Este es el camino a la seguridad, el sendero de regreso al hogar”. El faro del Señor envía señales que se reconocen fácilmente y que jamás fallan. Hay muchas de estas señales; indicaré tres y deseo que les prestéis atención, pues nuestra exaltación puede depender de ellas:

La oración nos brinda paz.

La fe precede al milagro.

La honestidad es el mejor plan de acción.

Hablemos por unos momentos de cada una de estas señales especiales.

Primero, la oración nos brinda paz. José oró; Jesús oró; todos conocemos el resultado de sus oraciones. Aquel a quien no pasa inadvertida la caída de un gorrión seguramente oye las dulces súplicas de nuestro corazón. Recordad la promesa:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Sant. 1:5.)

¡Qué maravillosa promesa! ¡Feliz de la joven que ora siempre a fin de ser librada efe la tentación!

Muchas jóvenes adolescentes ‘han ido a hablar con el obispo o con sus padres y en medio de las lágrimas y la confusión han exclamado: “¡Tengo tantos problemas, tantas preocupaciones! Me siento apabullada. ¿Qué puedo hacer?” Quisiera ofrecer una sugerencia específica: Buscad la guía celestial día a día, a medida que se os presenten los problemas.

Metro a metro, la vida es muy dura;
mas centímetro a centímetro, es segura.

(Véase The Christian Reader’s Golden Treasury, Maxwell Drake, ed. Indianápolis: Drake House, 1955, pág. 312.)

A cada uno de nosotros le es posible atenerse a la verdad tan sólo por un día… y volver a hacer lo mismo al día siguiente. Este sistema funciona bien y podéis probarlo por experiencia propia. La ayuda que necesitáis quizás no os venga en la forma en que esperáis, pero llegará. Si recordamos que cada uno de nosotros es literalmente un hijo de Dios, no nos será difícil acercarnos a Él.

Quisiera hablaros de la hermana Hansen, una dedicada maestra de la clase de Laureles en una pequeña rama de misión, en Canadá. Constantemente oraba pidiendo inspiración, a fin de poder enseñar bien a las preciosas almas que tenía en su clase; particularmente oraba por Julia, quien había estado sometida a una fuerte tensión y a la tentación de alejarse del sendero de la verdad y seguir un desvío que la conduciría al pecado. Mediante la persuasión constante de sus compañeras de escuela, Julia había aceptado tomar por ese desvío. El plan ya estaba bosquejado: Asistiría a los ejercicios de apertura de la Mutual y se quedaría a la primera parte de la clase a fin de que marcaran su nombre en la lista como “presente”; entonces oiría el sonido de una bocina que le anunciaría que su amiga, acompañada de dos jóvenes, quienes eran mayores y más experimentados que ella, estaban esperándola; la jovencita saldría y así comenzaría una noche cuidadosamente preparada para el pecado. En esa forma se convertiría en una del grupo. Pero aquella noche antes de pasar la lista, la humilde y dedicada maestra anunció a la clase que había recibido ese mismo día un paquete, procedente de las oficinas principales de la Iglesia, el cual contenía varios ejemplares de un folleto escrito por el élder Mark E. Petersen; su tema era la castidad. Luego, la hermana Hanen agregó: “Me siento inspirada a dejar para otra semana la lección que correspondía a esta noche y quisiera más bien revisar con vosotras este extraordinario folleto. Cada una de nosotras leerá uno o dos párrafos en voz alta, a fin de que todas puedan participar”. Entonces, después de mirar a cada una de sus preciosas jóvenes, dijo: “Julia, ¿podrías empezar?” Julia miró el reloj; faltaban dos minutos para la hora en que había quedado de reunirse con sus amigos. Comenzó a leer; su corazón se conmovió, su conciencia se despertó y renovó su determinación. Apenas oyó a lo lejos el repetido resonar de la bocina; pero se quedó a toda la clase. La tentación de desviarse del camino de Dios había sido apartada; los propósitos de Satanás quedaron frustrados; un alma se había salvado, una oración había recibido su respuesta.

Por qué extraño medio, no lo sé,
Mas sé que Dios responde
A la oración de fe,
Puesto que la promesa Él nos da
De que toda oración ha de escuchar
Y, tarde o temprano, contestar.
Por eso cuando oro,
En paz puedo esperar.
No sé si el favor que he procurado
Vendrá en la forma En que lo he deseado.
Pero mi oración a El confío
Porque es más sabio,
Y su camino más justo que el mío;
Y sé que a mi ruego accederá
O algo mucho mejor aún
Me otorgará.

(Eliza M. Hickok, “Oración”, en The Best Loved Religious Poems, comp. por James Gilchrist, Nueva York, Fleming H. Revell Co., pág. 160.)

Segundo, la fe precede al milagro. Así ha sido siempre y así siempre será. Cuando a Noé se le mandó construir un arca, todavía no había empezado a llover; cuando José se arrodilló a orar en el bosque, todavía no había visto a los dos Personajes celestiales; cuando Abraham se preparó para sacrificar a su hijo Isaac, todavía no había a la vista una ofrenda que lo reemplazara. En todos estos casos primero vino la prueba de la fe, y luego el milagro.

Recordad que la fe y la duda no pueden existir en la mente al mismo tiempo, porque la una expulsará a la otra. Quitad de vuestra mente toda duda y cultivad la fe; luchad siempre por retener esa fe similar a la de los niños, que puede mover montañas y acercar el cielo a nosotros.

Este tabernáculo en el que hoy nos encontramos fue la escena de uno de esos milagros inspirados por la fe. Sucedió hace algunos años, durante una conferencia general. En la sesión en que yo debía hablar, mi atención se desviaba constantemente hacia una niñita rubia que se encontraba sentada en la primera fila del balcón que rodea el tabernáculo; cuanto más la miraba, menos indignado me sentía a presentar el mensaje que había preparado. Cuando me tocó hablar seguí la inspiración del momento y hablé sobre la fe de una niña del Estado de Louisiana, cuyo nombre era Christal Methvin. Mis palabras fueron especialmente dirigidas a la pequeña que se encontraba en el balcón. (Véase Liahona, febrero de 1976, págs. 11-13.)

Al volver a mi oficina encontré esperándome a aquella niña en compañía de su abuela. Su nombre era Misti White y vivía en el estado de California; y ésta es su propia historia: “Hasta ahora tenía un problema, hermano Monson, pero ya no lo tengo. Una persona a quien quiero mucho me había aconsejado esperar hasta que tuviera 18 años para ser bautizada; por otra parte, mi abuelita me decía que debía bautizarme ahora. Oré para saber que hacer y le dije a mi abuelita: ‘Llévame contigo a la conferencia; el Señor me ayudará’.” Así fue que asistieron a la conferencia y así fue cómo recibió la ayuda divina. Misti me tomó la mano y con entusiasmo exclamó: “Usted lo ayudó a Él a que respondiera a mi oración. Muchas gracias”. Después de volver a California, la niña me envió una carta que conservo con afecto, la que terminaba con estas hermosas palabras: “Hermano Monson, me bauticé el 29 de noviembre. Ahora me siento muy feliz. Lo quiero mucho, Misti”. La fe precede al milagro.

Hace muchos años el salmista escribió:

“Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes.” (Salmos 118:84).)

Finalmente, recordemos que la honestidad es el mejor plan de acción.

Sed honestas con vuestros padres. Ellos no os guiarán erróneamente a propósito; no os llevarán hacia el camino del pecado, sino que más bien os dirigirán hacia la luz de la verdad. Una forma de ser honestas con vuestros padres es tener la habilidad de comunicaros con ellos. Evitad los silencios provocados por el enojo. Recordad que el tic-tac del reloj se hace más fuerte y las manecillas se mueven mucho más lentamente cuando la oscuridad de la noche lo cubre todo, la hora es avanzada y una amada hija todavía no ha regresado a la casa. Quizás en ese momento suene el teléfono y una voz diga: “Mamá, estamos bien, pero nos detuvimos a comer algo. No te preocupes; todo está bien. Pronto estaré en casa”.

Sed honestas con vosotras mismas. No os dejéis engañar; buscad lo mejor de la vida; tened siempre una perspectiva eterna. Que en vuestro futuro esté la imagen de un matrimonio en el templo; no puede haber escena tan dulce ni momento tan sagrado como el día especial de vuestra boda; es entonces cuando podéis tener una fugaz visión del gozo celestial. Estad alerta y no permitáis que la tentación os despoje de esta gran bendición.

En la encantadora obra musical titulada “Camelot”, cuando la trama se desarrolla y la reina Ginebra se deja deslumbrar por el caballero Lancelote, su esposo, el rey Arturo, le ruega (en realidad es un ruego que todos debemos escuchar): “No debemos permitir que nuestras pasiones destruyan nuestros sueños”.

Preciosas jovencitas, someted cada una de vuestras posibles decisiones a la prueba de estas preguntas: “¿Qué puede hacer esto por mí? ¿Qué consecuencias puede traerme?” Y no permitáis qué vuestras normas de conducta den énfasis a la pregunta, “¿Qué pensarán los demás?”, sino más bien a “¿Qué pensaré yo de mí misma?” Dejaos influenciar por la suave voz del Espíritu. Recordad a aquel que con autoridad colocó las manos sobre vuestra cabeza en el momento de vuestra confirmación y os dijo: “Recibe el Espíritu Santo”. Abrid vuestro corazón, vuestra misma alma al murmullo de esa voz especial que testifica de la verdad. Tal como prometió el profeta, Isaías: “. . . tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él” (Is. 30:21).

La tendencia que domina en nuestro tiempo es la del libertinaje. Una de las secciones más populares del suplemento dominical de uno de nuestros principales diarios muestra a los ídolos de la pantalla cinematográfica, a los atletas más conocidos —aquellos que muchos jóvenes anhelan imitar― mofándose de las leyes de Dios y justificando las prácticas pecaminosas, aparentemente sin consecuencias serias, ¡No los creáis! Llegará el momento del ajusté de cuentas, del balance del libro mayor; toda Cenicienta oirá las doce campanadas de la medianoche; a esto se le llama el Día del Juicio, o sea, el gran examen de la vida. ¿Estamos preparados para pasarlo? ¿Estamos complacidos con nuestra actuación?

Me gustan las palabras de Luisa May Alcott, autora del conocido libro Mujercitas, quien escribió:

No pido corona alguna,
Sitio la que todos hemos de ganar.
No aspiro a la conquista de la luna,
Sólo mi propia alma deseo conquistar.

(“Mi reino”, Masterpieces of Religious Verse, ed. por James Dalton. Nueva York, Harper and Brothers, 1948, pág. 274.)

La ayuda está a vuestro alcance. “. . .buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe.” (D. y C. 109:7.)

El presidente Harold B. Lee regaló a cada una de sus hijas adolescentes un ejemplar de la combinación triple. En una de las dedicatorias escribió lo siguiente:

A mi amada hija,

Para que puedas tener una medida constante por la cual discernir entre la verdad y los errores de las filosofías humanas, y así progresar en espiritualidad a medida que mejora tu conocimiento, te regalo este libro sagrado para que lo leas frecuentemente y lo atesores durante toda tu vida.

Con amor, tu padre.

Otro tipo de ayuda podéis recibirla durante tu bendición patriarcal, la cual contiene capítulos del libro de vuestras posibilidades eternas. Leedla frecuentemente, estudiadla cuidadosamente, permitid que sus advertencias os guíen y vivid de tal modo que podáis merecer el cumplimiento de sus promesas. Si cualquiera de vosotras ha tropezado en su sendero, existe un camino de regreso; este proceso se llama arrepentimiento. Nuestro Salvador murió a fin de proveernos con este don maravilloso, y aunque el camino es difícil, la promesa es verdadera:

“. . . Si vuestros pecados fueran como la grana, como la nieve serán emblanquecidos. . .” (Is. 1:18.)

“. .  .quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no más los tengo presente.” (D. y C. 58:42.)

La honestidad es el mejor plan de acción. Esta noche, al salir de este tabernáculo y de otros lugares en donde os encontráis reunidas, recordad que vuestro Padre Celestial os ama, que nosotros os amamos y nos enorgullecemos de vosotras, la mejor generación de mujeres jóvenes que ha adornado esta tierra. El escritor Tomás Wolfe, en un brillante tratado, indicó la posibilidad de revivir experiencias pasadas, diciendo: “No podéis volver al hogar”. Pero él no comprendía el Evangelio de Cristo. Nosotros sabemos y testificamos que en verdad podemos “volver al hogar”, a nuestro hogar en los cielos, el Reino Celestial de nuestro Padre. El faro del Señor nos dirige hacia la seguridad y el gozo eterno, mientras nos guía por medio de sus infalibles señales:

La oración nos brinda paz.
La fe precede al milagro.
La honestidad es el mejor plan de acción.

Entonces las tormentas de nuestra vida se calmarán, la turbulencia de nuestros tiempos se aquietará y nuestras almas serán salvas. De estas verdades os testifico y os dejo mi testimonio personal de que Dios nuestro Padre vive, que Jesús, su Hijo, es nuestro Salvador personal; y que somos guiados hoy por un Profeta de Dios. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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