La verdad absoluta

Julio de 1979
La verdad absoluta
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballHace algún tiempo le escribí una carta a un incrédulo. Últimamente he estado pensando en muchas de las cosas que decía en aquella carta, y quisiera compartir con vosotros la esencia de su contenido. Con esta explicación, entenderéis mejor el punto de vista que asumí al escribirla, y el estilo que elegí para expresarme. La carta decía así:

Querido Juan:

La resistencia y los argumentos que esgrimes en contra de las verdades del Evangelio, me han causado grave preocupación.

Comprendo que no puedo convencerte en contra de tu voluntad, pero me consta que puedo ayudarte si me escuchas y me permites llamarte la atención sobre ciertas verdades sobresalientes, y en especial, si escuchas con una oración en tu corazón y con el deseo de saber que lo que te digo es la verdad. No trataría de forzar tus pensamientos ni siquiera aunque pudiera hacerlo, puesto que el libre albedrío es la ley básica de Dios y cada uno de nosotros debe asumir la responsabilidad de sus propias reacciones. Pero, ciertamente, también cada uno de nosotros debe cumplir con su deber de influir para el bien, sobre todos aquellos que necesiten alguna ayuda.

El Señor le dijo a Enoc:

“He allí a tus hermanos; son la obra de mis propias manos, y yo les di su conocimiento el día en que los hice; y en el Jardín de Edén le di al hombre su albedrío.” (Moisés 7:32.)

He permanecido despierto muchas horas, y he ofrecido de rodillas muchas oraciones fervientes, con la esperanza de que pueda decirte las palabras exactas y de que tú puedas recibirlas con el mismo espíritu de humildad con que te las ofrezco.

El encontrar la verdad en la vida no se trata simplemente de un asunto de opiniones. Hay verdades absolutas y verdades relativas. Las normas de dietética, o sea, las que se refieren a la nutrición, han cambiado infinidad de veces durante el transcurso de mi vida; muchos otros descubrimientos científicos cambian constantemente. Por mucho tiempo, los científicos enseñaron que la tierra era una nebulosa masa fundida que se había desprendido del sol; más tarde, otros afirmaron que era una bola de polvo que se había solidificado. Muchas son las ideas que se han dado a conocer al mundo, que más tarde han sido cambiadas para adaptarlas al descubrimiento de una nueva verdad.

Hay verdades relativas. Pero también hay verdades absolutas, inalterables, que eran las mismas ayer, lo son hoy y lo serán por siempre. Estas verdades no pueden ser cambiadas de acuerdo con las opiniones de los hombres.

A medida que la ciencia nos ha ido dando más conocimientos sobre el mundo que nos rodea, ciertas ideas vastamente aceptadas por los científicos han tenido que abandonarse en favor de nuevas verdades que se han descubierto; algunas de ellas se mantuvieron firmes durante muchos siglos. La más sincera investigación científica a menudo sólo llega hasta el umbral de la verdad, mientras que por otra parte existen hechos revelados que nos dan algunas verdades absolutas, como punto de partida para que podamos comenzar a comprender la naturaleza del hombre y el propósito de su vida.

La tierra es esférica. Aunque los cuatro billones de habitantes de este mundo pensaran que es plana, estarían todos en un error; esta es una verdad absoluta y no hay discusión en el mundo que pueda cambiarla. Un cuerpo más pesado que el aire no puede mantenerse suspendido por sí mismo, sino que al soltarlo cae hacia la tierra. La ley de gravedad que hace que esto sea así, es una verdad absoluta e inalterable. Las leyes mayores pueden superar a las menores, pero ello no hace variar la innegable verdad de éstas.

Podemos aprender sobre estas verdades absolutas por medio del Espíritu. Ellas son “independientes” en su esfera espiritual y deben descubrirse espiritualmente, aunque se puedan confirmar por medio de la experiencia o el intelecto (véase D. y C. 93:30). El gran profeta Jacob dijo que “el Espíritu habla la verdad. Por tanto, habla de las cosas como realmente son, y como realmente serán” (Jacob 4:13). Y nosotros necesitamos que se nos enseñe, a fin de poder comprender la vida y quiénes somos en realidad.

Dios, nuestro Padre Celestial —Elohim— vive. Esta es una verdad absoluta. Y aunque los cuatro billones de los hijos de los hombres que viven en la tierra lo ignoraran y desconocieran sus atributos y poderes, todavía sería un hecho que El vive. Toda la gente que vive en la tierra podrá negarlo y no creer en El; pero El vive, aun a pesar de ello. Los seres humanos pueden tener sus propias opiniones con respecto a El; pero aún así, Su forma, Sus poderes y atributos no cambian con las opiniones de los hombres. Dios vive. En resumen, una opinión en sí misma no tiene poder alguno con respecto a una verdad absoluta.

Jesucristo es el Hijo de Dios, el Todopoderoso, el Creador, el Maestro de la única forma de vida pura que existe: el Evangelio de Jesucristo. El intelectual puede borrarlo de sus razonamientos filosóficos, el incrédulo puede burlarse de Su existencia, pero aún así Cristo vive y guía los destinos de Su pueblo. Esta es una verdad absoluta que no puede negarse.

Supongamos que un relojero en Suiza reúne los materiales y hace un reloj, que más tarde es encontrado en medio de un desierto de los Estados Unidos. La persona que encuentra el reloj jamás ha estado en Suiza, no conoce al relojero, ni lo ha observado mientras hacía el reloj. Pero el relojero todavía existe, a pesar de aquellos que ignoran su existencia o experiencia. Si el reloj pudiera hablar, quizás hasta dijera: “No hay un relojero”. Más esto no alteraría la verdad de que el relojero existe y lo hizo.

Si las personas son verdaderamente humildes llegarán a comprender que el hombre puede descubrir, pero no crear la verdad.

Los Dioses organizaron la tierra con materiales que ya existían, y sobre los cuales tenían poder y control. Esta es una verdad absoluta. Aunque un millón de personas extremadamente instruidas puedan especular y declarar que la tierra se formó por pura coincidencia, la verdad todavía permanece. La tierra fue hecha por los Dioses, al igual que el reloj fue hecho por el relojero, y las opiniones no pueden hacer variar esta verdad.

Los Dioses formaron al hombre, le dieron vida y lo colocaron sobre la tierra. Esta es una verdad absoluta, que no puede ser refutada con pruebas. Un millón de brillantes intelectos pueden hacer conjeturas contrarias, pero esto seguirá siendo verdad. Habiendo hecho todo eso en favor de los hijos de Su Padre, Cristo preparó un plan para el hombre, un programa completo y positivo por el cual pudiera éste sobreponerse a sus debilidades, conquistarse y perfeccionarse. Repito, estas verdades vitales no son un asunto de opiniones; si lo fueran, la opinión de cada uno de nosotros sería tan valedera o más aún que la de los demás. Estas cosas de que te hablo, no son mi opinión, sino que como verdades divinas, son absolutas.

Algún día verás, sentirás y comprenderás, y quizás te reproches por la innecesaria demora y pérdida de tiempo. No tengo la menor duda de que te sucederá; sólo me pregunto cuándo.

La experiencia en una cosa no nos hace automáticamente expertos en otra. La erudición religiosa sólo puede ser resultado de la rectitud personal y de la revelación. El Señor dijo al profeta José Smith:

“Toda verdad… queda en libertad de obrar por sí misma en aquella esfera en la que Dios la colocó. . .” (D. y C. 93:30.)

Un geólogo que haya descubierto muchas verdades sobre la estructura terrestre, puede ser totalmente indiferente a las verdades que Dios nos ha dado concernientes a la naturaleza eterna de la familia.

Hay algo que quisiera hacerte comprender, algo que me dará una base para continuar: el hombre no puede encontrar a Dios ni conocer sus caminos por medio de meros procesos mentales.

Es necesario ser gobernado por las leyes que controlan el medio que uno está tratando de investigar. Por ejemplo, para ser plomero es necesario estudiar las leyes de la plomería; es preciso conocer los puntos débiles y los fuertes, la temperatura de congelación de cañerías y tubos, los efectos del vapor, el agua caliente, la expansión y contracción de metales, etc. Pero se puede saber mucho sobre plomería, y ser un completo fracaso en la enseñanza de los niños o en el trato con los semejantes. Se puede ser el mejor tenedor de libros del mundo, y no saber absolutamente nada de electricidad. Se puede ser un experto en la compra y venta de inmuebles, pero completamente ignorante respecto a la construcción de puentes. Se puede ser una autoridad en la bomba de hidrógeno, y sin embargo, no saber nada de operaciones bancarias. Se puede ser un renombrado teólogo, y no tener ningún conocimiento sobre la fabricación de relojes. Se puede ser el mismo autor de la ley de la relatividad, y no saber absolutamente nada del Creador, quien ha originado cada ley del universo.

Te repito, esto no es asunto de opiniones. Estas son verdades absolutas, y están al alcance de cada alma humana.

Cualquier persona inteligente puede aprender todo aquello que desee, puede adquirir conocimiento en cualquier materia, aunque le cueste un gran esfuerzo hacerlo. Lleva más de una década llegar a graduarse en la escuela secundaria; en la mayoría de los casos, hay que estudiar por lo menos cuatro años más para lograr un título universitario y muchos años para llegar a ser un gran médico o abogado. ¿Cómo es posible, entonces, que las personas crean que pueden penetrar las más profundas complejidades espirituales, sin pasar por el proceso experimental y analítico necesario, y sin cumplir las leyes que gobiernan ese conocimiento? Resulta absurdo, pero frecuentemente encontramos disertando sobre religión a personas que jamás han tratado de vivir la más sencilla de las leyes de Dios. ¡Cuán ridículo es que esas personas piensen que pueden bosquejar una línea de conducta para el mundo!

Sin embargo, tenemos a muchos grandes políticos, profesores, financistas que, porque sienten que se han elevado por encima de sus semejantes en su carrera o profesión, creen también que dominan todo otro conocimiento.

Es imposible para el hombre llegar a conocer a Dios o comprender Su obra, sin obedecer las leyes que lo gobiernan a Él y dirigen Su obra. El reino espiritual, que es tan absoluto y real como el material, no puede comprenderse por medio de las leyes físicas. Tú no podrías aprender a fabricar generadores electrónicos en un seminario religioso; tampoco podrías aprender verdades espirituales en un laboratorio de física, sino que es necesario que vayas a un laboratorio espiritual, hagas uso de todos los instrumentos que estén a tu disposición, y obedezcas las leyes que lo gobiernan. Entonces podrás llegar a conocer esas verdades con tanta o más seguridad que el científico, que conoce los metales, los ácidos o cualquier otro elemento. Tiene muy poca importancia si eres plomero, financista o granjero, puesto que las ocupaciones tienen un lugar secundario en la vida; lo que realmente importa es que tengas un conocimiento con respecto a tu pasado y tu futuro, y que sepas qué hacer con relación a ello.

Cuando éramos seres espirituales, completamente organizados y habilitados para pensar, estudiar y comprender a nuestro Padre Celestial, Él nos dijo más o menos lo siguiente:

“Amados hijos, ya habéis progresado en vuestro estado espiritual tanto como podíais, y a fin de continuar en vuestro desarrollo, necesitáis cuerpos físicos. He preparado un plan por medio del cual podréis continuar en vuestro progreso; como sabéis, sólo podemos progresar superándonos a nosotros mismos. Tomaremos los elementos que tenemos disponibles y haremos con ellos una tierra, y pondremos en ella vida vegetal y animal, y os permitiremos que vayáis a morar allá. Esa tierra será el lugar de vuestra probación. Os daremos un rico suelo, un mundo hermoso para vuestro beneficio y solaz, y veremos si podéis manteneros dignos y hacer todo aquello que se os pida. Deseo entrar en un contrato con vosotros: Si aceptáis ejercer control sobre vuestros deseos, y continuar progresando hacia la perfección y la condición divina por medio del plan que os proveeré, os daré un cuerpo de carne y huesos y una tierra rica y fructífera, con sol, agua, bosques y todas las cosas que sean necesarias para vuestra alimentación, vestido y habitación, y os permitiré disfrutar de todos los goces que sean adecuados y buenos’ para vosotros. Además, haré que os sea posible volver a mi presencia si mejoráis vuestra vida, superando los obstáculos y acercándoos a la perfección.”

Nosotros, los hijos de nuestro Padre Celestial, respondimos con gratitud a ese bondadoso ofrecimiento. Esperamos que nos llegara el momento, y vinimos a esta tierra cuando nuestro cuerpo fue preparado por nuestros padres terrenales; ahora nos encontramos a prueba, en el lugar especialmente preparado con ese fin. Esta también es una verdad absoluta y no puede refutarse; es un hecho incontrovertible. Si podemos aceptar estas verdades innegables, estamos listos para comenzar nuestro “trabajo experimental de laboratorio”.

Hay algunos otros hechos importantes, sobre los cuales no me extenderé ahora, pero que quiero mencionarte: Adán y Eva transgredieron una ley y fueron responsables del cambio que sobrevino a toda su posteridad, el de la mortalidad. ¿Podría haber sido un alimento diferente lo que causó ese cambio? Por algún motivo, la fina substancia que recorría sus cuerpos hasta entonces, fue reemplazada por la sangre, el elemento que nos da la vida; así, el ser humano se convirtió en mortal, sujeto a las enfermedades, el dolor y hasta a la disolución de su cuerpo a la cual se da el nombre de “muerte”. Pero el espíritu, el elemento supremo en el alma del hombre, trasciende al cuerpo; no se descompone como éste, sino que continúa su jornada hacia el mundo espiritual a fin de obtener mayor experiencia, con la promesa de que después de prepararse allí, volverá a tomar morada eterna en un cuerpo de carne y huesos que habrá sido restaurado. Esa unión jamás podrá disolverse, puesto que no habrá sangre que desintegre el cuerpo y le cause molestias, sino que éste tendrá vida por medio de una substancia más refinada que lo hará inmortal.

Esta resurrección del cuerpo es obra de Jesucristo, nuestro Salvador, quien por ser a la vez mortal (como hijo de María), y divino (como Hijo de Dios), pudo vencer a los poderes que dominan la carne. Literalmente, El dio su vida y la volvió a tomar, y hará lo mismo con cada alma viviente. Siendo El mismo un Dios, dio su vida puesto que nadie se la podía quitar. Por la perfección que logró al superar todas las cosas, desarrolló el poder de tomar su vida de nuevo; venció a la muerte, que era su último enemigo, y estableció la resurrección. Esta es una verdad absoluta, que todas las teorías del mundo no pueden impugnar. Es un hecho.

Antes de ser crucificado, el Salvador comprendió la absoluta necesidad que había de que quedara una organización de personas, con la debida autoridad para llevar adelante Su obra, enseñar al mundo Su plan y persuadirlo a seguir este programa eterno. Por lo tanto, organizó su Iglesia entre aquellos que 16 seguían fielmente, con apóstoles, profetas y otros oficiales que pudieran dar guía y dirección a Su pueblo. Él los envió por todo el mundo a enseñar Sus verdades; pero a enseñarlas sin hacer uso de la compulsión, sino por medio de la ley básica de este mundo, que es el libre albedrío. Ciertamente, el hombre puede usar su libertad de hacer lo que le plazca, pero jamás podrá escapar a las consecuencias de sus actos o al castigo por los errores que cometa.

El Señor estableció Su programa completo, dio la doctrina y los principios que lo dirigen, y delegó absoluta autoridad en sus discípulos para que enseñaran y administraran ordenanzas; ignorando todas las organizaciones religiosas de la época y todas las filosofías y doctrinas creadas por los hombres, El dejó establecido Su divino plan. Esto es una verdad. Y aun cuando todos los seguidores de todas las religiones, doctrinas y teorías del mundo lo nieguen, sigue siendo verdad, una verdad absoluta.

Antes de ir al Calvario, Jesús ya sabía que Su joven y pequeña organización no podría resistir los ataques dé las filosofías antagónicas y las terribles persecuciones que sobrevendrían; pero aun así, dejó firmes apóstoles y algunas otras personas para guiar y edificar el reino. Pero el Señor sabía sin sombra de duda que habría una apostasía; y la hubo.

La persecución se hizo intolerable; la mayoría de los apóstoles sufrieron una muerte de mártires; innumerable cantidad de miembros de la Iglesia sufrieron torturas indescriptibles; la Iglesia se fue deteriorando y estuvo a punto de ser aniquilada por el horror de la persecución. Finalmente, mediante gobernantes paganos que no estaban totalmente convertidos, el cristianismo fue aceptado y empezó a propagarse. A fin de difundirlo y de conseguir que las naciones lo aceptaran, se impusieron supersticiones y doctrinas paganas sobre las cristianas, mezclándose con éstas, hasta que la doctrina y las ordenanzas de la Iglesia fueron tan cambiadas y difusas, que sólo guardaban una leve similitud con la verdad. Una vez que los siervos autorizados estuvieron muertos, y que desaparecieron tanto la autoridad como la doctrina, el mundo se hundió en la época del oscurantismo, durante la cual no existió en la tierra una comprensión de Dios ni de Su plan. Las tinieblas cubrieron la tierra (véase Isaías 60:2), el progreso fue lento y escaso, aun en las cosas materiales, y hubo un casi absoluto vacío espiritual.

La doctrina había sido corrompida, el Sacerdocio no existía, la organización estaba pervertida y el conocimiento perdido; por lo tanto, era necesario que hubiera un nuevo despertar. Y, tal como el profeta Daniel lo predijo en la antigüedad, finalmente llegó el día en que hubo una restauración de la verdad, esta vez para permanecer. Ahora tenemos esa promesa: de que aun cuando las personas puedan apartarse de la verdad, la Iglesia y el Evangelio permanecerán, y todos los poderes de la tierra o el infierno no podrán hacer que tenga lugar otra vez una total apostasía.

Esa tan necesaria restauración se efectuó por medio del profeta José Smith, quien siguió los pasos de los profetas Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés, y del Señor Jesucristo. Y esta es la Iglesia organizada por el Salvador, por medio de la revelación: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. Ella tiene absoluta y completa autoridad, y programas también completos.

Así, a principios del siglo diecinueve fue nuevamente presentada al mundo la obra grande y maravillosa. Un joven Profeta, cuya mente no había sido contaminada por los pecados del mundo ni predispuesta por las falsas filosofías de los hombres, fue el instrumento para llevar a cabo la restauración. Al igual que ocurrió en todas las otras, dispensaciones, y especialmente cuando Jesús mismo vino en persona al mundo, la pequeña semilla de verdad tuvo que luchar contra una montaña de falsedades. Por todas partes abundaban las iglesias creadas por los hombres, sin ninguna base de revelación; se habían ido acumulando todas las doctrinas corruptas de siglos anteriores; reinaba la confusión religiosa, y el mundo en su mayoría se opuso fieramente a la obra denunciando que había un “falso profeta”, a la menor mención de una verdad restaurada. La pequeña organización, que comenzó en 1830 con seis miembros, ha tenido un extraordinario crecimiento en un corto período de tiempo, hasta llegar a los casi cuatro millones en la actualidad. Y ha de permanecer. La Iglesia de Jesucristo (llamada también “Momona”), es “la única Iglesia verdadera y viviente” (D. y C. 1:30) reconocida por Dios, la única que ha sido adecuadamente organizada con la autoridad para actuar en Su nombre, y la única que tiene un programa completo y extenso que puede llevar al hombre a increíbles poderes y a inconcebibles reinos.

Esta es una verdad absoluta, que no puede ser negada. Es tan real como la forma casi esférica de la tierra, como la ley de gravedad, como la luz del sol; tan positiva y segura como nuestra propia vida. La mayoría del mundo no cree en ella, los ministros de algunas religiones han intentado probar que es falsa, los intelectuales tratan de ignorarla con razonamientos filosóficos. Pero cuando toda la gente de este mundo haya muerto, cuando ministros y sacerdotes se hayan convertido en cenizas, cuando los eruditos del mundo estén desintegrándose en la tumba, la verdad todavía seguirá adelante, la Iglesia continuará triunfando y el Evangelio seguirá siendo verdadero.

El Señor ha definido a la verdad como “el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser” (D. y C. 93:24). La existencia de Dios es una realidad. La inmortalidad del hombre es una realidad. Y estas realidades no desaparecerán solamente porque las personas tengan diferentes opiniones sobre ellas; tampoco se disolverán porque tengamos dudas respecto a su veracidad.

Por supuesto, en el mundo hay una gran diferencia de opiniones; pero las opiniones no pueden cambiar las leyes ni las verdades absolutas. Las opiniones jamás harán que la tierra sea plana, que el sol deje de irradiar energía, que Dios muera ni que el Salvador deje de ser el Hijo de Dios.

Existe una gran interrogante, que se han presentado millones de personas desde que José Smith la expresó en palabras: ¿Cómo se puede saber cuál de todas las organizaciones, si es que hay alguna, es la auténtica, la divina, la reconocida por el Señor?

El mismo nos ha dado la clave. Tú puedes llegar a saber; no tienes por qué debatirte en la duda. Sigue el procedimiento indicado, y podrás tener un absoluto conocimiento de que esto es la verdad. El procedimiento necesario es: estudiar, meditar, orar, y obedecer los mandamientos, o sea, ser un hacedor. La revelación es la clave. Dios te lo hará saber, una vez que te entregues a Él y te vuelvas humilde y receptivo. Después de hacer a un lado todo el orgullo que puedas tener de tu propio conocimiento y sabiduría, después de reconocer ante Dios tu confusión, de hacerte humilde y someter al Señor tu propio yo, y de entregarte a las enseñanzas del Santo Espíritu, entonces estarás listo para comenzar a aprender. Una persona no puede aprender nada si se mantiene tensamente aferrada a nociones religiosas anteriores. El Señor nos ha prometido que nos dará el conocimiento de las cosas espirituales, una vez que nos pongamos en el estado mental adecuado; Él nos aconseja que busquemos, pidamos e investiguemos diligentemente, y su maravillosa promesa se encuentra en las siguientes palabras, dichas por Moroni:

“Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas.” (Moroni 10:5.)

¡Qué promesa tan extraordinaria y maravillosa!

Te repito, llegará el momento en que cada persona que haya vivido o viva en la tierra se someterá, con un sometimiento voluntario e incondicional. ¿Cuándo llegará para ti ese momento? ¿Pronto? ¿Dentro de veinte años? ¿De doscientos, de dos mil, de un millón? Vuelvo a decirte, Juan, no se trata de si te someterás a la verdad, sino de cuándo lo harás; porque yo sé que no podrías resistirte por siempre a su poder y su fuerza. ¿Por qué no hacerlo ahora? Ya has perdido mucho tiempo, pero los años que tienes por delante pueden ser mucho más gloriosos que los mejores del pasado.

Sería sumamente absurdo que el que hubiera nacido en la esclavitud y no hubiese conocido ninguna otra forma de vida, se dijera: “Así es la vida y no hay nada mejor que esto. Aquí por lo menos tengo con qué llenarme el estómago todos los días y un lugar donde dormir”. Cuán tonto sería preferir esa vida, aun cuando se le hubiera dicho que atravesando un mar y un desierto le espera una tierra de promisión donde estará bien alimentado, será dueño de su propio destino y tendrá libertad, cultura, desarrollo y todos los deseos justos de su corazón se verán satisfechos. ¿Qué importancia tendría todo ello? ¿Cuál es la diferencia entre la luz y las tinieblas, el desarrollo y el estacionamiento, el gigante y el pigmeo, la libertad y la esclavitud, la eternidad y el breve paso entre la vida y la muerte?

Es con gran humildad que te envío este mensaje, amigo mío, que es para ti y para todos los que puedan leerlo; y lo hago con una oración para pedir que no lo hagas a un lado, sino que pienses en él y lo medites cuidadosamente mientras oras para saber si es verdadero. Es necesario que tengas una actitud imparcial, un sincero deseo de saber, y la voluntad de buscar; con toda certeza recibirás la seguridad, pero solamente después de hacer un esfuerzo por encontrarla. Deseo testificarte de que esto es verdad, porque lo sé sin ninguna duda; y quiero también enviarte una solemne advertencia. Cuando te encuentres delante del Juez, en un futuro no muy distante, sabrás que te he dicho la verdad teniendo presente sólo tu bienestar eterno.

Te ruego que recuerdes que he tratado poderosamente de llamarte la atención sobre este asunto, a fin de poder convencerte. La Iglesia verdadera, y sus miembros y representantes, están siempre listos para responder a cualquier pregunta; y te prometo que si estudias y oras, y te mantienes receptivo, la luz te iluminará y será para ti como el amanecer de un nuevo día después de haber atravesado las sombras de la noche.

Vuelvo a ofrecerte la ayuda de la Iglesia, pero jamás trataría de obligarte a aceptarla. Eres maduro, tienes una mente sana, has crecido en un buen ambiente y las semillas de la verdad fueron sembradas en tu vida durante tu juventud. Todos los poderes unidos del cielo y de la tierra, no podrían brindarte ese conocimiento; tampoco lo puedes adquirir con dinero. Sólo lo recibirás como resultado de una investigación cuidadosa, sincera y honesta, y la Iglesia está lista para ayudarte en cualquier momento que así lo desees.

Amigo mío, no podrás deshacerte de esta exhortación y esta súplica que te hago, sin incurrir en una grave responsabilidad. Tendrás que responder ante tu Creador si la ignoras, exactamente en la misma forma en que yo tendría que hacerlo si ignorara mis deberes. He hecho todo lo posible por presentar la verdad ante ti, y sé que éste es el único programa completo, divino y eterno, que cuenta con el reconocimiento y la aprobación de Dios.

José Smith se internó en un bosque en el que permaneció de rodillas largo tiempo, y salió de allí con el pleno conocimiento de la divinidad de Elohim y su Hijo Jesucristo, una convicción tan firme que él prefirió pasar por el martirio antes que negarla.

En su camino a Damasco, Pablo oyó la voz del glorioso Personaje que se le apareció; aun así, después de esa extraordinaria aparición, Pablo oró para conocer con certeza la divinidad de Jesucristo y de su Padre y la veracidad del Evangelio. (Véase hechos 9:1-11.) Finalmente, llegó a una convicción tan absoluta que dedicó el resto de su vida a enseñar la verdad; fue apedreado, sufrió hambre, sed, persecuciones; y después, sabiendo perfectamente lo que le esperaba, marchó gloriosamente a la muerte dando así, no sólo su energía, tiempo y posesiones a la causa de la verdad, sino también su vida. Pablo sabía más sobre las verdades curativas y salvadoras necesarias para el bienestar del alma humana, que todos los doctores y los sabios de su época. Él sabía que Dios vive, que Jesús es el Cristo, y que el Evangelio es el camino hacia la vida eterna, un camino que no tiene fin; sabía que las recompensas de la eternidad bien valen el sacrificio de las comodidades de esta vida.

Tú también puedes saber, como lo supieron Pedro y Pablo, como lo supo José Smith, y como lo saben muchos de tus contemporáneos. Esta no es una iglesia cualquiera; esta es la Iglesia. Este no es un evangelio o filosofía cualquiera; es el Evangelio y es la Iglesia de Jesucristo.

Nuestro Padre vive. Su Hijo vive. Estoy tan seguro de ello, que estoy dispuesto a testificarlo con el último movimiento de mi lengua, con mi último aliento. Estoy dispuesto a entrar en la eternidad y enfrentarme a mi Dios con este testimonio a flor de labios. Y te doy testimonio de la verdad de todo esto que te he dicho, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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