Volver a casarse: Una aventura de paciencia y de amor

Volver a casarse: Una aventura de paciencia y de amor
Por Heidi Eljarbø Morrell Andersen
La autora vive en Noruega

La combinación de dos familias exige el doble de paciencia, pero también puede producir el doble de amor.

El divorcio nunca fue parte de mi vocabulario hasta que me sucedió a mí. Durante mucho tiempo sentía el bochorno de lo negativo del vocablo cada vez que alguien me preguntaba cuál era mi estado civil. “Soy divorciada”. Me costaba muchísimo decirlo en voz alta, como si estuviera diciendo una mala palabra.

No obstante, esa era mi situación en aquel momento de la vida y me resultaba difícil sentirme parte de un grupo. “Ya encontrarás a alguien”, me decían mis amigos. Pero yo no tenía interés en casarme otra vez ni sentía el deseo de hacerlo; mis cuatro hijos me mantenían bastante ocupada.

Hasta que un día, sin ninguna expectativa ni planes para el futuro, conocí a Arnfinn y, para mi sorpresa, nos comprendíamos tan bien que empecé a disfrutar cada vez más de su compañía; era inteligente, apuesto y divertido. Cuando me propuso matrimonio, yo no sabía lo que nos deparaba el futuro, pero sabía que quería tener ese futuro con él. Nos tomamos el tiempo necesario para “alisar las arrugas”, como decía Arnfinn, y en el otoño de 1997 nos casamos en el Templo de Estocolmo, Suecia.

El ser recién casados cuando tenía casi cuarenta años no fue lo mismo que la primera vez. El estar enamorados produjo la misma emoción maravillosa, y el entusiasmo ante una nueva relación era similar; pero ahora teníamos dos excónyuges, un perro desobediente, un pájaro bullicioso y nueve hijos, de entre tres y diecisiete años de edad. Felizmente, la novedad de nuestro romance fue suficiente para sostenernos a través de los desafiantes días que teníamos por delante.

La clave para lograr la comprensión

“Parece que no siempre tenemos las mismas opiniones”, me dijo Arnfinn un día. Cuarenta años de hábitos y de hacer las cosas a nuestra propia manera producen ese resultado. Cuando me casé por primera vez tenía diecinueve años, y las costumbres y tradiciones fueron desarrollándose poco a poco. Arnfinn y yo descubrimos que está bien, e incluso es saludable, tener opiniones diferentes; lo cual no quería decir que uno estuviera en lo correcto y el otro equivocado. Las opiniones se forman a raíz de muchas cosas de la vida, y el demostrar respeto y saber escuchar se convirtieron en las expresiones clave para comprendernos mutuamente.

También tratamos de llegar a un acuerdo en cuanto a la forma de combinar nuestras vidas: dónde vivir, cómo encarar la economía familiar y qué tradiciones mantener en las festividades. Tuvimos que alisar algunas otras arrugas a lo largo del camino, pero, al mirar hacia atrás, algunas nos parecen triviales hoy en día. Las metas que deseábamos lograr eran la armonía y el amor en el hogar.

El hecho de que hubiera otra madre involucrada en nuestra familia fue especialmente difícil para mí. La exesposa de Arnfinn es una madre excelente que se ocupa del bienestar de sus hijos; planeábamos con ella las vacaciones y los fines de semana y, a veces, me parecía que no podía tomar decisiones en cuanto a mi propia vida.

Pero probablemente la transición fue más difícil para Arnfinn, que tuvo que mudarse a una casa donde había cuatro hijos, dos de ellos adolescentes, con personalidades más bulliciosas de lo que él estaba acostumbrado y que habían sido criados en forma un poco diferente de como a él le hubiera gustado.

Distintos procedimientos, respuestas iguales

Una noche, tan tarde que mi cerebro ya había dejado de funcionar, Arnfinn me desafió a que hiciéramos una prueba de coeficiente intelectual. Se sentó a un extremo de la mesa del comedor y comenzó a hacer ecuaciones y fórmulas matemáticas para responder a las preguntas. Yo me senté al otro lado de la mesa haciendo dibujos para resolverlas. Al terminar y comparar nuestras respuestas, nos encontramos con que habíamos llegado a las mismas soluciones. Fue entonces que me di cuenta de que esa prueba era similar a nuestra vida juntos.

Permítanme explicarlo: Él hace las cosas de una manera y yo las hago de otra, pero tenemos la misma meta, aun cuando el camino para llegar a ella sea diferente. El alcanzar esa meta es como la prueba de coeficiente intelectual: mientras que él hace ecuaciones y yo hago dibujos, los dos llegamos a las mismas respuestas.

Sé que yo nunca podría ejercer su trabajo de abogado y estoy segura de que a él le resultaría muy arduo desempeñar el mío de escritora y acuarelista. El secreto ha sido encontrarlo simpático cuando hace las cosas de un modo distinto al que yo emplearía en lugar de fastidiarme. Si lo permitimos, las diferencias pueden ser una interesante experiencia de aprendizaje. Un día le dije a Arnfinn: “Si tú me enseñas algunas cosas y yo te enseño otras, llegará el día en que estaremos bien”. Los dos tenemos que estar dispuestos a aprender, y es un proceso continuo. La admiración se ha convertido en una palabra clave.

Si la mamá y el papá son dos especies diferentes, tengan la seguridad de que los dos grupos de hijos serán polos opuestos también. Así que nos arremangamos y afrontamos los problemas cotidianos de diferentes hábitos alimenticios, maneras de vestir, horarios para irse a la cama y asignaciones en el hogar, por mencionar algunos. Durante mucho tiempo los hijos eran “míos” y “tuyos”, y no siempre pensaban que el hecho de haberlos juntado fuese algo maravilloso.

La mayor de mis hijas me dijo que de todos modos ella se iría de la casa muy pronto y que quería que yo fuera feliz; las dos chicas que siguen en edad ni siquiera se llevaban bien entre sí; y cada quince días uno de los varones cedía su dormitorio durante el fin de semana y dormía en el sofá cuando venían sus hermanastros. Él nunca se quejó de ello.

Hacer lugar para aquellos a quienes amamos

Siempre hay lugar para quienes amamos. Arreglamos el cuarto que estaba junto a la sala principal para que fuera el refugio de los padres y pusimos a los chicos en los dormitorios de arriba. El tener dos televisores y dos cuartos de baño se convirtió en una necesidad en lugar de un lujo. Para los padres recién casados, el pasar unos días solos una vez al año fue una inversión esencial para nuestro futuro como familia.

Los fines de semana y otros eventos familiares se planeaban con anticipación; las comidas, los juegos y las actividades tenían que ser aceptables para la mayoría de los hijos. Los cinco hijos de Arnfinn vivían con la madre durante la semana; yo quería respetar los deseos de ella y también deseaba asegurarme de que los chicos disfrutaran del tiempo que pasaban con su papá. Eso hacía que a veces tuviera que pasar por alto pequeños fastidios y, en cambio, concentrarme en lo que era más importante para que ellos pasaran momentos agradables cuando venían. Puse en práctica la paciencia y el amor, y luego más paciencia, además de un montón de buen humor.

El caos de las mañanas dominicales fue una prueba considerable. Tratábamos de establecer el ambiente apropiado con hermosa música clásica, mientras organizábamos turnos para que nuestros hijos usaran el baño, uno por uno, antes de reunirnos para un delicioso desayuno. Aun así, los domingos era una prueba mantener el espíritu del día de reposo mientras procurábamos que todos salieran y subieran a la camioneta a fin de llegar a tiempo a la capilla. Para la hora en que volvíamos a casa y disfrutábamos de una buena cena, nos habíamos calmado ya lo bastante como para pasar un buen momento jugando juntos a algunos juegos.

En los programas y las lecciones que se nos enseñan en la Iglesia hay mucha sabiduría; la oración familiar, la noche de hogar y las conversaciones sobre los principios del Evangelio valen la pena el tiempo y el esfuerzo que se les dediquen. El Evangelio nos ha brindado gozo y nos ha ayudado a entender aun más cuán importante y valiosa es la familia.

Hemos establecido muchas tradiciones nuevas pero también hemos mantenido otras de nuestra vida anterior. Todos los veranos llevamos a tantos de nuestros hijos como nos sea posible al Templo de Estocolmo, Suecia, y nos quedamos en un lugar para acampar que está al sur del templo; se ha convertido en una tradición de la que disfrutamos y que incluso los hijos que se han casado han adoptado para su familia.

Cuando alguno de nuestros hijos viene a pedir consejo sobre el noviazgo y el matrimonio, les digo que no tiene importancia si a uno le gusta hacer ejercicio y el otro prefiere el ballet; lo más importante es tener el mismo entusiasmo por servir a nuestro Salvador y la determinación de esforzarse por lograr la meta de tener una familia eterna.

Soplando burbujas con tres de nuestros nietos. Nuestros hijos han crecido y se han ido de casa, pero saben que siempre son bienvenidos.

El doble de paciencia, el doble de bendiciones

Cuando conozco parejas que se han encontrado y tienen una segunda oportunidad de contraer matrimonio, me alegro mucho por ellos porque tienen un compañero y mejor amigo con quien pasar el tiempo; pero también me acuerdo de que los primeros años de haber combinado a nuestras dos familias no fueron solo de gozo y de felicidad. Hay que pagar un precio y hay días en que uno se pregunta por qué tiene que ser tan difícil.

Actualmente, nuestras hijas que no se querían de adolescentes son madres y les encanta comparar experiencias cuando nos reunimos para cenar, y hasta pasan vacaciones juntas en la cabaña de la familia. Los muchachos han recibido de sus hermanos cartas alentadoras durante su servicio misional, y algunos de nuestros hijos se han visitado unos a otros mientras vivían en el extranjero. A todos les encanta reunirse para las concurridas cenas de los días festivos y se regocijan cuando se anuncia el nacimiento de un nuevo sobrino.

En la casa ahora solo quedamos Arnfinn y yo; tenemos un perro juguetón y un pajarito nuevo. Los hijos han vuelto a sus respectivos dormitorios en las temporadas entre la finalización de sus estudios y el establecimiento de su propio hogar; saben que siempre son bienvenidos y que los alimentaremos y les daremos amor cada vez que vengan.

La combinación de dos familias exige el doble de amor y el doble de paciencia. Hemos tenido que cocinar infinidad de comidas y lavar montones de ropa, pero vale la pena. Amamos a nuestra numerosa familia; las bendiciones de tener el doble de personas a quienes amar son el doble de grandes.

Y nuestra familia sigue creciendo. Hay toda una nueva generación de preciosos bebés, ¡y todos son nuestros nietos!

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Una respuesta a Volver a casarse: Una aventura de paciencia y de amor

  1. Cesar Flores dijo:

    Excelente

    Me gusta

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