Cómo dirigir un análisis en grupo para que sea eficaz

Cómo dirigir un análisis en grupo para que sea eficaz
Por Dustin West
Seminarios e Institutos

Lograr que los análisis del Evangelio sean significativos es como dirigir música hermosa; una de las funciones principales del maestro es dirigir el análisis de manera que los alumnos tengan la oportunidad de sentir el Espíritu y de descubrir las verdades por sí mismos.

Cuando dirija un análisis del Evangelio, tal vez le sea útil imaginar que es un director de orquesta, y que las personas a quienes enseña no son el público que viene a escuchar el concierto sino la orquesta, cada uno tocando lo que le corresponde para crear la música. El director coordina a los músicos, hace que se destaque lo mejor de cada uno y contribuye a que la música de ellos se convierta en una obra de arte inspiradora.

Lograr que los análisis del Evangelio sean significativos es como dirigir música hermosa. Un buen análisis da como resultado una comprensión más profunda de las doctrinas del Evangelio que se analizan, así como un deseo sincero de aplicar las verdades del Evangelio.

A continuación, se presentan varios principios que mejorarán los análisis que usted dirija:

Al enseñar, enfóquese en las personas, no en las lecciones. Sus alumnos estarán más dispuestos a participar en los análisis si sienten que ellos son más importantes para usted que cubrir todo el material de la lección; ellos desean sentir que usted se ha preparado para fortificar y aumentar la fe que tienen en el Señor en lugar de limitarse a presentar información. Los alumnos que sienten que su maestro y los demás miembros de la clase los quieren están más dispuestos a compartir ideas y experiencias.

Fomente la inspiración. Su tiempo juntos es una oportunidad para que usted y aquellos a quienes enseñe reciban revelación, no una ocasión para que exponga todo lo que sabe. Una de las funciones principales del maestro es dirigir el análisis de manera que los alumnos tengan la oportunidad de sentir el Espíritu y de descubrir las verdades por sí mismos. Cuando fluye la revelación, todos son edificados —tanto el que enseña como los que aprenden— y se regocijan juntamente (véase D. y C. 50:22). Usted sabrá que sus análisis son edificantes cuando aprenda del Espíritu y cuando enseñe por medio del Espíritu.

Invite a todos a participar. El participar no significa necesariamente que todos tienen que contestar las preguntas en voz alta; algunos prefieren hacerlo simplemente prestando atención o tomando notas; otros están dispuestos a expresar sus pensamientos siempre que tengan tiempo de meditar y prepararse. Si lo desea, podría ponerse en contacto con algunos miembros de la clase anticipadamente y pedirles que se preparen para compartir ideas sobre un tema en particular.

Hay otras maneras de ayudar a los alumnos a participar en el análisis. Por ejemplo, podría:

  • Pedirles que mediten acerca de una pregunta antes de que usted les pida que contesten.
  • Decirles que escriban sus respuestas en una hoja de papel y luego pedir a algunos que las compartan con los demás.
  • Invitarlos a responder preguntas con quien esté sentado a su lado o en pequeños grupos.

En ocasiones, quizá tenga un miembro de la clase que domine el análisis; en ese caso, usted podría decir algo como: “Vamos a escuchar a alguien que todavía no haya participado”. En algunos casos quizás sea necesario hablar con esa persona en privado para agradecerle su disposición a contestar y explicarle la importancia de animar a los demás a que participen.

No le tema al silencio. Aunque el silencio parezca una interrupción del análisis, para los alumnos puede ser un tiempo valioso de meditación.

Haga preguntas significativas. Haga preguntas que incentiven a quienes enseña a pensar profundamente sobre el significado de pasajes de las Escrituras y de principios del Evangelio. Mientras prepare la lección, piense en preguntas que ayudarán a sus alumnos a comprender y aplicar las verdades que aprendan. Unas pocas preguntas bien redactadas pueden dar muy buenos resultados.

Escuche con atención. Muchas veces los maestros están tan preocupados por lo que van a decir a continuación que no escuchan atentamente los comentarios. Si usted escucha a sus alumnos con sincero interés, ellos sentirán que los valora y estarán más dispuestos a participar. El presidente Thomas S. Monson dijo: “… [cada uno] tiene un relato que contar. Escuchar es un elemento esencial al enseñar y al aprender” (“Ejemplos de grandes maestros”, Liahona, junio de 2007, pág. 76).

Haga preguntas de seguimiento. Cuando los miembros de la clase compartan ideas y experiencias, tal vez sienta que tienen algo más que decir; en tal caso, podría hacerles preguntas como estas: ¿Qué aspecto de lo que ha mencionado es importante para usted? ¿En qué ocasiones ha visto eso en su vida? ¿Qué significa eso para nosotros actualmente? ¿Alguien tiene algo que agregar a lo que hemos hablado? ¿Quién tiene alguna idea relacionada que quisiera compartir? ¿Qué otros pasajes de las Escrituras enseñan esa verdad?

Reaccione a los comentarios. Cuando alguien haga un comentario, es necesario que se reconozca de alguna manera. Eso se puede hacer con palabras de agradecimiento o con una pregunta de seguimiento.

Mantenga pura la doctrina. Recuerde que el objetivo principal de enseñar el Evangelio no es solo un buen análisis, sino más bien aprender la doctrina para que nuestro corazón cambie y podamos convertirnos. Durante el análisis, parte de su responsabilidad es asegurarse de que se enseñe doctrina pura.

Si alguien hace un comentario que no vaya de acuerdo con la doctrina, usted tiene el deber de expresar la doctrina correctamente; podría comentar en cuanto a una parte correcta de la respuesta, compartir un pasaje de las Escrituras o una enseñanza de la conferencia general, o dar su testimonio.

Si utiliza estas ideas, puede llegar a tener algunos magníficos análisis del Evangelio y no usará los análisis solamente para pasar el tiempo. Podrá dirigir análisis eficaces en los que los alumnos reciban revelación personal, en los que se promueva la unidad entre ellos y en los que se profundice su comprensión del evangelio de Jesucristo.

Para el maestro: “¿Tendré tiempo de enseñar toda la lección?”

Los materiales de la lección, los capítulos de las Escrituras y la comprensión que usted haya obtenido al estudiar, todo es muy bueno; pero la mayoría de las veces no le será posible reproducir las horas que dedicó al estudio en el tiempo limitado de la clase. Su tarea no consiste en enseñar todo lo que aprendió, sino en dirigir la clase de tal manera que los alumnos descubran las verdades por sí mismos, tal como le sucedió a usted al preparar la lección. Ore pidiendo inspiración y el Espíritu Santo le enseñará en qué debe concentrarse. A medida que se concentre en unas pocas verdades, permitirá que haya un análisis más significativo que penetre más profundamente en el corazón de los alumnos.

Para el alumno: Sus comentarios son importantes.

El hecho de lograr un buen análisis del Evangelio es una responsabilidad que usted comparte con el maestro. A continuación hay algunas situaciones en las que quizá usted haya pensado:

Quisiera decir algo, pero el maestro no ha pedido que hagamos comentarios, ¿estará bien que lo interrumpa?

En ese caso, sería bueno esperar a que el maestro tenga la mirada en su dirección y levantar la mano para indicar su deseo de hablar. Si siente la inspiración de hacerlo, haga lo posible por hacer caso a esa impresión.

No sé si mis comentarios servirán de algo; ¿debería levantar la mano?

Usted tiene una perspectiva y experiencias que los demás tal vez no tengan; al prepararse para la clase, adquirirá percepciones personales que podrían ser una bendición para los demás alumnos.

El élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha enseñado que cuando levantamos la mano durante un análisis del Evangelio, “demostramos así al Espíritu Santo [nuestra] disposición a aprender”. Por lo tanto, si sus comentarios se aplican al tema y el tiempo lo permite, puede expresarlos. El élder Scott explicó: “La participación permite que las personas sientan la guía del Espíritu” (“To Learn and to Teach More Effectively”, discurso pronunciado el 21 de agosto de 2007 durante el devocional de la Semana de la Educación de la Universidad Brigham Young, pág. 5; speeches.byu.edu).

Me da temor hablar enfrente de tantas personas. ¿Qué hago?

Al esforzarse por vencer ese temor, tal vez sea conveniente que empiece de a poco; por ejemplo, ofrézcase a leer un pasaje de las Escrituras o una cita, y después busque oportunidades para contestar una pregunta o expresar una idea. Cuando empiece a demostrar su deseo de participar, será bendecido con la determinación de hablar y con las palabras apropiadas. Cuando “[abrimos la] boca”, nos damos cuenta de que “será llena”, dice la Escritura (D. y C. 33:10).

Si le resulta fácil hacer comentarios, tal vez sea bueno preguntarse si no sería mejor que, en lugar de expresar sus pensamientos de nuevo, animara a uno de sus compañeros de clase a hacer un comentario.

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