La carta a Wentworth

La carta a Wentworth

Escritos y discursos de los profetas de nuestros días

José SmithEn el año 1820 cuando un jovencito del Estado de Nueva York llamado José Smith relató por primera vez su experiencia de una milagrosa visión, es muy probable que sus vecinos no tuvieran ni la más mínima idea de la importancia de este evento, ni del impacto que José Smith mismo tendría sobre la vida de millones de personas. El 27 de junio de 1844, cuando el Profeta fue asesinado, la mayoría de la gente que conocía su existencia creía que el trabajo que él había comenzado pronto se desintegraría, pues no tenían idea de la naturaleza de la misión y la obra para las cuales él había sido escogido.

Durante los años subsiguientes a la traducción del Libro de Mormón y la organización de la Iglesia de Jesucristo, José Smith aprovechó toda oportunidad para relatar su historia y explicar el evangelio a todos aquellos que verdaderamente se mostraran interesados.

El 1° de marzo de 1842, el Profeta escribió en su diario lo siguiente: “A pedido del señor John Wentworth, editor y propietario del diario Chicago Democrat, he escrito lo siguiente concerniente al comienzo, el progreso, la persecución y la fe de los Santos de los Últimos Días, de quienes tengo el honor de ser fundador, bajo la dirección de Dios. El señor Wentworth me ha explicado que quiere entregar este documento a un amigo de él, el señor Bastow, quien se encuentra escribiendo la historia de New Hampshire. Puesto que el señor Bastow ha tomado las precauciones apropiadas para obtener información correcta, todo lo que yo puedo pedirle en este momento es que publique esta historia en su integridad, sin hacerle cambios, ni presentaría bajo una luz diferente.”

La carta a la cual se refiere el Profeta se conoce actualmente en la Iglesia simplemente con el nombre de “la carta a Wentworth”. El élder B. H. Roberts (1857-1933), miembro del Primer Consejo de los Setenta y conocido historiador de la Iglesia, ha dicho lo siguiente acerca de ella:

“Este es uno de los documentos más importantes en la literatura de nuestra Iglesia, en el cual él narra todos los eventos de mayor importancia desde el comienzo de esta gran obra… Debido a la combinación de la brevedad de exposición con una buena comprensión del tema… hay pocos documentos históricos que se igualen a éste, y ciertamente ninguno más importante dentro de la literatura de nuestra Iglesia. En el mismo, se encuentran en unas pocas páginas… la extraordinaria y completa historia de los eventos de mayor importancia en la Iglesia, y un epítome de sus doctrinas desde el principio (el nacimiento del Profeta, 1805) hasta el momento de su publicación, marzo de 1842, un lapso de 36 años. El resumen de la doctrina de la Iglesia, desde entonces llamado los Artículos de Fe… no fue el producto de penosos esfuerzos y armonizada contención de académicos, sino que fue acuñado por una mente inspirada y un solo y único esfuerzo… La combinación de la exactitud, la lucidez y sencillez de esta completa declaración de los principios de nuestra religión, puede utilizarse como una fuerte evidencia de la divina inspiración que descansaba sobre el profeta José Smith.” (Historia de la Iglesia, 4:535.)

Debido a que los Artículos de Fe son tan básicos y a que han sido publicados en el libro de Doctrinas y Convenios y otros lugares (por ejemplo, en el dorso de incontables miles de tarjetas utilizadas por los misioneros), habrá muchos que podrían restarles importancia. Aun así, vistos en su forma original, y releídos cuidadosamente, adquieren un nuevo significado.

Nací en el año de 1805, el día 23 de diciembre, en el pueblo de Sharon, Condado de Windsor, Estado de Vermont. Tendría yo unos 10 años de edad, cuando mi padre se trasladó a Palmyra, Condado de Ontario, Estado de Nueva York. Cuatro años más tarde nos mudamos a Manchester en el mismo condado. Siendo mi padre granjero, me enseñó el arle del cuidado de los animales. Tendría yo unos 14 años de edad, cuando comencé a meditar sobre la importancia de estar preparado para una vida futura, y al investigar acerca del plan de salvación, encontré que existía una verdadera confusión y malos sentimientos entre las varias sectas religiosas; cada una de ellas contendía por sus propias creencias particulares, como el summum de la perfección. Considerando que todos no podían tener la razón, y que Dios no podía ser el autor de tanta confusión, decidí investigar plenamente el tema, comprendiendo que si Dios tenía entonces una Iglesia, ésta no estaría dividida en distintas facciones, y que si El enseñaba a una sociedad a adorarle de una manera y a ejercer sus ordenanzas de una forma específica, no enseñaría a otros principios opuestos.

Creyendo fielmente en la palabra de Dios, yo terna gran confianza en la declaración de Santiago, que dice:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente, y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5.)

Por consiguiente, me retiré a un lugar secreto en una arboleda. Allí me arrodillé y empecé a elevar a Dios los deseos de mi corazón; mientras me encontraba absorto en ferviente súplica, mi mente se apartó de todos aquellos objetos que me rodeaban y experimenté entonces una visión celestial, en la cual vi a dos personajes gloriosos muy parecidos el uno al otro y quienes estaban rodeados de una luz tan brillante que eclipsaba el sol del mediodía. Ellos me dijeron entonces que todas las denominaciones religiosas enseñaban doctrinas incorrectas, y que Dios no aceptaba a ninguna de ellas como su Iglesia y Reino; y se me mandó expresamente “no unirme a ninguna de ellas”, recibiendo al mismo tiempo la promesa de que en el futuro se me haría conocer la plenitud del evangelio.

En el atardecer del día 21 de septiembre de 1823, mientras me encontraba orando a Dios y poniendo en práctica mi fe en las preciosas promesas de las Escrituras, vi aparecer una luz en mi cuarto, que siguió aumentando hasta que la pieza quedó más iluminada que al mediodía, sólo que mucho más brillante y pura, y de una apariencia gloriosa, de tal forma que en un primer momento pensé que la casa estaba siendo consumida por el fuego; tal aparición me causó un gran sobresalto; repentinamente se apareció un personaje al lado de mi cama el cual estaba rodeado por una gloria aún mayor que la que ya me rodeaba. Este personaje me dijo que era un mensajero enviado de la presencia de Dios, que traía nuevas de gran gozo acerca del cumplimiento de las promesas que Dios había hecho al Israel antiguo, y que el comienzo de la obra preparatoria para la segunda venida del Mesías estaba a las puertas; que este era el momento para que se predicara el evangelio en toda su plenitud y poder a toda nación, para que todo habitante pudiese estar preparado para el reinado milenario. Se me informó que yo había sido escogido para ser un instrumento en las manos de Dios para restaurar en esta dispensación sus propósitos gloriosos.

Asimismo, recibí información concerniente a los habitantes aborígenes de este país, mostrándoseme quienes eran y de dónde provenían; recibí una breve historia de su origen, progreso, civilización y leyes, gobiernos, virtudes e iniquidades, y de cómo las bendiciones de Dios fueron finalmente quitadas de ellos como pueblo; también se me informó acerca del lugar donde se encontraban depositadas unas planchas de oro, las cuales daban una relación de los antiguos profetas que habitaron en este continente. Tres veces se apareció ante mí el ángel repitiéndome exactamente las mismas cosas. El 22 de septiembre de 1827, y luego de haber recibido muchas visitas de mensajeros de Dios, los cuales me manifestaron la majestad y gloria de los eventos que habrían de suceder en los últimos días, un ángel del Señor colocó en mis manos los sagrados registros,

Estos registros estaban grabados en planchas que teman la apariencia de oro, cada plancha medía 20 cm de largo por 15 de ancho, y de un espesor similar al de la hojalata común. Cada una de ellas estaba llena de grabados con caracteres egipcios y ligadas en un volumen como las páginas de un libro, con tres grandes anillos. El volumen tenía aproximadamente 15 cm. de espesor, parte del cual se encontraba sellado. Los caracteres en la parte no sellada eran pequeños y hermosamente grabados. Todo el libro exhibía muestras de antigüedad en su confección y mucha habilidad en el arte de grabados. Juntamente con estos registros, se encontraba un curioso instrumento, que consistía de dos piedras transparentes engastadas en aros de plata, las cuales estaban aseguradas a una pieza que se ceñía alrededor del pecho, y que los antiguos conocían como el Urim y Tumim. Por el poder y autoridad de Dios y mediante el uso del Urim y Tumim yo traduje este registro.

En las páginas de este interesante e importante libro, está expuesta la historia de la antigua América, desde sus primeros pobladores provenientes de ja Torre de Babel, donde fueron confundidas las lenguas, hasta el comienzo del siglo V de la era cristiana. Estos registros nos informan que la América antigua estaba poblada por dos razas distintas. La primera fue llamada ja-redita y vino directamente de la Torre de Babel. El segundo grupo vino de la ciudad de Jerusalén, unos 600 años antes del nacimiento de Cristo. Estos eran principalmente israelitas, de los descendientes de José, Los jareditas fueron destruidos aproximadamente al mismo tiempo que los israelitas llegaron de Jerusalén, quienes pasaron a heredar este continente. La nación principal de esta segunda raza fue abatida en una gran batalla, aproximadamente al fin del siglo IV. Los sobrevivientes son los indígenas que ahora habitan en este continente. Este libro también relata que nuestro Salvador se apareció en este continente luego de su resurrección; que El implantó aquí el evangelio en toda su plenitud, valor, poderes y bendiciones; y que de la misma forma que en el medio oriente, ellos tuvieron apóstoles, profetas, pastores, maestros y evangelistas; y que gozaron de la misma forma, el mismo Sacerdocio, las mismas ordenanzas, poderes, autoridades y bendiciones. Que estos habitantes fueron quitados de la presencia de Dios como consecuencia de sus transgresiones, y que el último de sus profetas recibió el mandamiento de escribir un relato acerca de sus profecías, historia, etc., y de esconder el registro del mismo en un monte, el cual saldría a luz en los últimos días para que, conjuntamente con la Biblia, sirviera a los propósitos de Dios. Para una mayor explicación hago referencia al Libro de Mormón, el cual puede comprarse en Nauvoo, o a cualquiera de nuestros élderes viajantes.

No bien se hizo público este descubrimiento, comenzaron a circular falsos rumores, calumnias, tergiversaciones, como en alas del viento, en toda dirección; la casa fue frecuentemente asaltada por grupos de indeseables. Apenas pude escapar con vida cuando se hicieron varios disparos contra mí. También se recurrió a cuanta estratagema se pudo inventar para quitarme las planchas; pero mediante la sabiduría de Dios quedaron seguras en mis manos, y muchos comenzaron a creer en mi testimonio.

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”, fue organizada en el pueblo de Fayette, Condado de Seneca, Estado de Nueva York, el 6 de abril de 1830. Algunos fueron llamados y ordenados por el Espíritu de revelación y profecía, y a pesar de que eran débiles, se fueron fortaleciendo en el poder de Dios, y muchos fueron traídos al arrepentimiento, siendo sumergidos en el agua, y recibiendo por la imposición de manos, el poder del Espíritu Santo. Mediante este poder, ellos tuvieron visiones y profetizaron, echaron fuera demonios y sanaron a los enfermos. Desde ese momento en adelante, la obra comenzó a desarrollarse con extraordinaria rapidez y se formaron varias iglesias en los Estados de Nueva York, Pensilvania, Ohio, Indiana, Illinois, y Misurí; en el Condado de Jackson, de este último estado, se fundó un pueblo de considerable tamaño; gran cantidad de personas se unieron a la iglesia y comenzamos a crecer rápidamente; compramos grandes parcelas de tierra, nuestras granjas producían abundantemente y en nuestro círculo doméstico todos disfrutábamos de paz y felicidad; pero como no podíamos vincularnos con nuestros vecinos (quienes eran en su mayor parte de la peor clase social, que habían tenido que escapar de la civilización hacia la frontera huyendo de la ley) en sus reuniones trasnochadoras, en su profanación del día de reposo, carreras de caballos y juegos de azar, ellos comenzaron en primer lugar a burlarse de nosotros, luego a perseguirnos y finalmente se reunió un populacho organizado, los integrantes del cual quemaron nuestras casas, azotaron y cubrieron de alquitrán y plumas a muchos de nuestros hermanos, a los que finalmente, en forma contraria a toda naturaleza humana, justicia y ley, expulsaron de su lugar de habitación; éstos, sin casas ni hogar, tuvieron que vagar por las desoladas praderas hasta que sus hijos dejaron una huella de sangre en el camino. Esto ocurrió en el mes de noviembre, en una inclemente temporada del año y ellos no tuvieron otro techo sobre sus cabezas más que el cielo. El gobierno pasó por alto todo esto, y a pesar de que teníamos derechos sobre nuestra tierra y que no habíamos violado ninguna ley, no recibimos justicia alguna.

Entre aquellos que inhumanamente fueron echados de sus hogares, había muchos enfermos, quienes tuvieron que padecer este abuso y buscar refugio donde pudieran encontrarlo. El resultado, para muchas de estas personas que fueron privadas de las comodidades más esenciales de la vida, fue la muerte; muchos niños quedaron huérfanos, y mujeres y hombres viudos; el populacho tomó posesión de nuestras granjas y de miles de animales vacunos y lanares, y otros fueron robados, así como la mayoría de nuestras posesiones. Rompieron los tipos de nuestra imprenta y destruyeron lo que no pudieron llevarse consigo.

Por el período de tres años, muchos de nuestros hermanos se trasladaron al Condado de Clay hasta el año 1836; allí no sufrieron violencia, aun cuando fueron constantemente amenazados. Pero en el verano de 1836, estas amenazas comenzaron a tomar proporciones más siniestras. De estas amenazas surgieron reuniones públicas donde se pasaron resoluciones que culminaron en venganza y destrucción. Lo sucedido en el Condado de Jackson era suficiente precedente, y como las autoridades de ese lugar no interfirieron con el populacho, los de éste se jactaron de que aquí ocurriría lo mismo, lo cual confirmamos al tratar de conseguir la protección de la justicia. Después de mucha privación y pérdida de propiedades, fuimos nuevamente expulsados de nuestros hogares.

Más tarde, nos establecimos en los condados de Caldwell y Daviess, pensando que si poblábamos lugares prácticamente deshabitados, nos veríamos libres del poder de la opresión. Pero aquí tampoco se nos fue permitido vivir en paz, puesto que en el año 1838 fuimos nuevamente atacados por los populachos, y el gobernador Boggs emitió una orden de exterminación. Bajo el asilo de la ley, una banda organizada de maleantes recorrió el condado, robando nuestros vacunos, lanares y otros animales; muchos de nuestros hermanos fueron asesinados a sangre fría, la castidad de nuestras mujeres fue violada y a punta de espada se nos obligó a entregar nuestras propiedades. Luego de haber sufrido toda clase de indignidades en manos de esta inhumana banda de merodeadores, de doce a quince mil almas, mujeres, hombres y niños fueron expulsados del calor de sus hogares y de tierras sobre las cuales tenían todos los derechos (y en lomas crudo del invierno), a vagar como exiliados en la tierra, o buscar asilo en un lugar más favorable y entre gente menos bárbara. Muchos se enfermaron y murieron como consecuencia del frío y las penurias que tuvieron que soportar; muchas mujeres quedaron viudas y niños huérfanos y desamparados. Me llevaría mucho tiempo más del que se me ha permitido aquí para describir las injusticias, los horrores, los asesinatos, el derramamiento de sangre, los robos, la miseria y sufrimiento que fueron causados por el proceder inhumano e injusto de la ley del Estado de Misurí.

En la situación antes aludida, llegamos al Estado de Illinois en el año 1839, donde encontramos gente hospitalaria y hogares amigables: personas que estaban dispuestas a ser gobernadas por los principios humanitarios de la ley. Aquí hemos comenzado a construir una ciudad llamada “Náuvoo” en el Condado de Hancock. Nuestra población es ahora de 8.000 personas, además de un vasto número que habita en el condado vecino, y en casi cada condado de este estado. Se nos ha concedido un permiso legal para construir una ciudad y también para formar una legión, cuyas tropas tienen ahora mil quinientos soldados! También tenemos un permiso legal para fundar una universidad, y crear una sociedad manufacturera y agrícola. Tenemos nuestras propias leyes y administradores, y poseemos todos los privilegios de los cuales disfrutan todos los ciudadanos libres.

La persecución no ha detenido el progreso de la verdad, sino que sólo ha añadido combustible a la llama, puesto que la verdad avanza con una rapidez cada vez mayor. En medio del reproche y la calumnia, orgullosos de la causa a la cual nos hemos aferrado, y conscientes de nuestra inocencia y de la verdad de nuestro sistema, los élderes de la Iglesia han marchado adelante y plantado el evangelio en casi cada estado de la unión; ha penetrado nuestras ciudades, ha sido predicado en pequeños pueblos y villas, y ha causado que miles de nuestros nobles, inteligentes y patrióticos ciudadanos obedezcan sus mandatos divinos, y sean gobernados por sus verdades sagradas. Se ha difundido también en Inglaterra, Irlanda, Escocia y Gales, adonde se han enviado unos pocos de nuestros misioneros y donde en el año 1840, más de 5.000 personas se unieron a los principios de la verdad; en todo lugar hay ahora grandes números de personas uniéndose a la Iglesia.

Nuestros misioneros están yendo a muchas naciones, y en Alemania, Palestina, Nueva Holanda, Australia, las Indias Orientales, y otros lugares, los principios de la verdad se están enarbolando. No hay mano profana que pueda ahora detener el avance de la verdad; puede rugir la tentación, combinarse los populachos, y reunirse los ejércitos; la calumnia puede denigrar, pero la verdad de Dios continuará su avance valiente, noble, e independientemente, hasta que haya penetrado cada continente, visitado toda región y resonado en todo oído, hasta que sean logrados los propósitos de Dios y la obra del gran Jehová sea completada.

  1. Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.
  2. Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.
  3. Creemos que por la Expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.
  4. Creemos que los primeros principios y ordenanzas del evangelio son, primero: Fe en el Señor Jesucristo; segundo: Arrepentimiento; tercero: Bautismo por inmersión para la remisión de pecados; cuarto; Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.
  5. Creemos que el hombre debe ser llamado de Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.
  6. Creemos en la misma organización que existió en la Iglesia primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc.
  7. Creemos en el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.
  8. Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios.
  9. Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.
  10. Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las Diez Tribus; que Sión será edificada sobre este continente (de América); que Cristo reinará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca.
  11. Nosotros reclamamos el derecho, de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: adoren cómo, dónde o lo que deseen.
  12. Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.
  13. Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, bello, de buena reputación o digno de alabanza, a esto aspiramos.

Afectuosamente,

José Smith

(History of the Church, 4:535.)

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