El convenio y juramento del sacerdocio

1977 Conferencia de Área en la ciudad de Lima, Peru
El convenio y juramento del sacerdocio
por el élder A. Theodore Tuttle
del Primer Consejo de los Setenta

A. Theodore TuttleQueridos hermanos, ¡qué bendecidos somos al pertenecer a la Iglesia de Jesucristo y poseer el Sacerdocio o poder de Dios! Que el Señor nos bendiga con la habilidad de ser dignos poseedores de su Sacerdocio y servir en su Iglesia. Aprecio el gran discurso dado por el élder McConkie; él está considerado como el escritor de la Iglesia. Deseo hablar sobre algunas de las mismas Escrituras y aplicarlas a vosotros, los miembros y líderes de la Iglesia.

Hablemos sobre el juramento y convenio del sacerdocio. En la sección 84, versículo 33, de Doctrinas y Convenios leemos:

“Porque los que son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los que he hablado, y magnifican sus llamamientos…”

Detengámonos ahí para indicar que la clave para obtener todas las bendiciones mencionadas en los siguientes versículos es, primero, tener un llamamiento; y segundo, magnificarlo,

¿Cómo puede un hombre magnificar su llamamiento si no lo tiene? Hay muchos llamamientos en la Iglesia: secretarios, consejeros, presidentes, acomodadores, asesores, misioneros y para cada miembro varón de más de 14 años, maestro orientador. Todos nosotros deberíamos tener este último. El presidente Tanner y el presidente Romney han sido maestros orientadores por muchos años, y todavía magnifican sus llamamientos; en el pasado yo también fui maestro orientador. ¿Por qué todos nosotros no podríamos tener este llamamiento, para magnificarlo y obtener las bendiciones prometidas por medio de él? Deberíamos; sin embargo, no podemos llamarnos a nosotros mismos. Esta responsabilidad de llamar a servir, recae en vuestros hombros, presidentes de los quórumes de élderes, presidentes de rama y obispos. Vosotros, líderes, debéis llamar a vuestros hermanos, asignarles tres o cuatro familias para visitar, y enseñarles de las Escrituras cuáles son sus obligaciones, (Véanse secciones 107, 84 y 20.)

Líderes, debéis aprender a delegar, debéis llamar, dar a vuestros hermanos la oportunidad de magnificar su mayordomía, a fin de que sean merecedores de las bendiciones prometidas.

Y vosotros, los que hayáis sido llamados, debéis actuar con toda diligencia. Quisiera citar unas palabras del presidente Romney, quien estaba hablando a aquellos que tienen el poder y la asignación de llamar y actuar:

“Las obligaciones de enseñar los convenios recaen en todos aquellos que han recibido los galardones! Nosotros somos responsables individualmente, y tendremos que rendir cuentas por la manera en la cual guardamos los convenios que hemos hecho; y tendremos que rendir cuentas si los que actúan bajo nuestra dirección quebrantan estos convenios, si es que hemos sido negligentes en enseñarles correctamente.”

Nosotros somos responsables por los demás. Debemos llamar, debemos compartir el peso de nuestras responsabilidades, y proporcionar las oportunidades de servicio que son la clave para la salvación y exaltación. Cada uno de nosotros debe cumplir con su mayordomía. La organización del Señor podría compararse a un equipo de fútbol: cada hombre del equipo tiene su posición particular en el campo; el que está asignado a una posición, tiene una tarea específica, por ejemplo, el arquero del equipo no debe abandonar su posición, o en otras palabras no debe abandonar su mayordomía; si lo hace, por supuesto acarrearía un serio problema a su equipo.

La regla dice que ninguna otra persona puede ocupar la posición de cada miembro del equipo; quiere decir que otro jugador no puede ocupar la posición del arquero; tampoco el arquero normalmente puede salir de su área y hacer un gol, O sea, que cada hombre en el equipo tiene su propia tarea. Hay limitaciones determinadas en cada posición y el jugador tiene que quedarse dentro de sus límites. Cada hombre del equipo debe estar en el área asignada y a la hora asignada, tanto en la ofensiva como en la defensiva. Y la responsabilidad es suya; si no está funcionando en su papel, si no está haciendo lo que se espera de él, no habrá gol y el equipo contrario vencerá.

El entrenador es el director de los miembros del equipo. Él puede cambiar las asignaciones de los jugadores o a veces puede intercambiarlos por varias razones. Pero cuando una persona ha recibido una tarea, se espera que haga lo que se le ha indicado y no ninguna otra. Los jugadores no toman la decisión con respecto a su asignación, sino que es el entrenador el que la hace. Cuando él jugador acepte la asignación, se espera que cumpla con ella.

En la Iglesia no escogemos nuestra posición, sino que servimos donde el entrenador, o sea nuestro líder, nos llama para servir; no hacemos las reglas del juego, sino que seguimos el programa ya establecido en la iglesia; no abandonamos nuestra posición ni tratamos de ocupar el lugar de otra persona, sino que desempeñamos nuestro oficio y trabajamos en nuestro propio llamamiento a fin de que el sistema sea perfecto. Tendremos que aprender nuestro deber y actuar con toda diligencia en nuestra posición, sin abandonar nuestra tarea ni dedicarnos a hacer la de alguna otra persona. A veces esperamos los cambios, a fin de ayudar al equipo a que se supere; no pedimos que se nos releve del juego porque sea difícil, sino que nuestro entrenador decidirá hasta cuándo habremos de servir.

Todos nosotros necesitamos entender que somos un equipo, que cada persona debe seguir las reglas y cumplir con su tarea especial, y que ganaremos nuestra meta trabajando juntos.

Antes de terminar deseo mencionar la obra misional. El servicio misional regular es una responsabilidad del sacerdocio. Necesitamos muchos más misioneros regulares, de estaca y locales. La obra está creciendo en estos países, y necesitamos muchos misioneros más para atender a nuestras necesidades inmediatas. Un misionero nativo por cada uno proveniente de los Estados Unidos y muchos, muchos más para continuar la expansión.

Padres, vosotros sois la clave de este servicio. Muchos de vosotros sois nuevos en la Iglesia y no entendéis completamente que el servicio misional es una tradición entre los hombres jóvenes de la Iglesia. Cada joven capaz y digno debe ser misionero.

También estamos construyendo gran cantidad de capillas; en toda esta región están bajo construcción y planeamiento muchas capillas. Debemos pagar nuestra parte del costo de los edificios, ya sea en dinero o en trabajo. El mejor camino es a través de un programa de servicio conocido como “misioneros constructores” de la Iglesia, en donde los hombres jóvenes sirven por uno o dos años para construir las capillas. Ambos trabajos, el proselitista y el de construcción son urgentes, son críticos.

Padres, necesitáis tomar las riendas, enseñad los principios de servicio a vuestros hijos; dadles el ejemplo de una vida moderada, a fin de proporcionar fondos para su servicio misional; luego, por el amor y la generosidad de muchas personas que contribuyen, se pueden reunir fondos adicionales para ayudarles.

Sabemos que no es fácil; nunca ha sido fácil, nunca, durante la historia de la Iglesia. Siempre se ha necesitado grandes sacrificios, pero las bendiciones sobre aquellos que se han sacrificado para servir, han sido grandes. Vuestros hijos tendrán grandes compañeros en el presente y en el pasado. Pensad un momento en esos grandes misioneros del pasado: Nefi, Alma, Ammón, Aarón, Omer, Omni, Samuel el lamanita, Mormón, Moroni, grandes hombres que sin duda caminaron por estas tierras, por donde vosotros, hombres jóvenes, podéis caminar. Vuestra misión y servicio son los mismos que describió Ammón:

“Si, al que se arrepiente y ejerce la fe, y produce buenas obras y ruega continuamente sin cesar… a éste le será concedido llevar miles de almas al arrepentimiento; así, como a nosotros se nos ha permitido conducir a estos nuestros hermanos al arrepentimiento.” (Alma 26:22.)

La misma promesa se os da a vosotros, hermanos:

“Y cuando nuestros corazones se hallaban desanimados, y estábamos ya para regresar, he aquí, el Señor nos consoló, diciendo: Id entre vuestros hermanos los laman i tas, y sufrid con paciencia vuestras aflicciones, y os daré el éxito.” (Alma 26:27.)

Tenemos las promesas del Señor; el Profeta del Señor nos ha pedido que sirvamos ahora. Que podamos responder al llamado para servir, y que podamos magnificar nuestros llamamientos y obtener las bendiciones prometidas en el juramento y convenio del sacerdocio.

Os amo mucho mis hermanos. Es un privilegio trabajar a vuestro lado en la obra del Señor. Yo sé que poseemos el Sacerdocio de Dios, sé que tenemos una gran responsabilidad por causa de esto, sé que estamos en la verdad. Que el Señor nos bendiga con su Espíritu y ayuda, a cumplir nuestros convenios con Él, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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