La oración es la llave

Octubre de 1976
La oración es la llave
por el presidente Marion G. Romney

Marion G. RomneyA veces las personas se preguntan: ¿Por qué liemos de orar? Debemos orar porque la oración es indispensable para cumplir con el verdadero propósito de nuestra vida. Somos hijos de Dios y como tales, tenemos la posibilidad de alcanzar su perfección. El mismo Salvador nos inspiró a ello, cuando dijo:

‘”Por tanto, quisiera que fueseis perfectos como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto,” (3 Nefi 12:48.)

Nadie podrá alcanzar tal perfección a menos que Aquel que es perfecto lo guie; esa guía se consigue sólo por medio de la oración. Esta experiencia mortal que estamos pasando es un paso necesario en nuestro ascenso: a fui de obtener la perfección tuvimos que dejar  nuestro hogar preterrenal  y venir a la tierra, y durante esa transición, se colocó un velo sobre nuestros ojos espirituales y se nos borró la memoria de nuestras experiencias anteriores. En el Jardín de Edén, Dios dotó a sus hijos con libertad moral y podría decirse que los dejó solos entre las fuerzas del bien y del mal con el fin de ser probados y ver si andando por la fe alcanzarían su elevado potencial al hacer “todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25).

La primera instrucción que el Señor dio a Adán y Eva después de su expulsión del Edén fue la de orar. (Véase Moisés 5:5.)

Durante su ministerio terrenal. Jesucristo enseñó “sobre la necesidad de orar siempre” (Lucas 18:1).

A la multitud nefita dijo: “Siempre debéis orar al Padre en mi nombre” (3 Nefi 18:19).

Y también en esta última dispensación dos años antes de organizar la Iglesia, el Señor dijo en una revelación al profeta José Smith:

“Ora siempre para que salgas vencedor; sí, para que venzas a Satanás, y para que te escapes de las manos de los siervos de Satanás, quienes apoyan su obra.”(D. y C. 10:5.)

Posteriormente añadió:

“Lo que digo a uno lo digo a todos; orad a lodo tiempo, no sea que aquel inicuo tenga poder en vosotros y os quite de vuestra posición.’’ (D. y C. 93:49.)

La experiencia que tuvo el hermano de Jared pone de relieve la gravedad de la desobediencia a este mandamiento. El Señor condujo a la colonia jaredita desde la torre de Babel hasta la orilla del mar donde “vivieron en tiendas. . . por el término de cuatro años. Y. . . a la conclusión de los cuatro años, el Señor vino otra vez al hermano de Jared, y habló con él desde una nube. Y por el espacio de tres horas habló el Señor con el hermano de Jared, y lo reprendió porque no se había acordado de invocar el nombre del Señor a favor de sus hermanos que estaban con él. Y el Señor le contestó; Os perdonaré vuestros pecados a ti y a tus hermanos; pero no habéis de pecar más, porque debéis recordar que mi Espíritu no siempre contenderá con el hombre; por tanto, si pecáis hasta llegar al colmo, seréis desechados de Ja presencia del Señor” (Eter 2:13-15).

El pecado que ocasioné) esta reprensión fue el de no haber orado.

Los pasajes citados dan abundantes razones por las que debemos orar, y parece no haber limitación acerca de cuándo, dónde y sobre qué debemos orar.

“. .  .sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.” (Fil. 4:6.) “

Implorad su misericordia, porque es poderoso para salvar. . .

Orad a él cuando estéis en vuestros campos, sí por todos vuestros rebaños.

Rogadle en vuestros hogares, sí, por todos los de vuestra casa, en la mañana, a1 mediodía y en 1a tarde.

Sí imploradle contra el poder de vuestros enemigos;

Sí, contra el diablo, que es el enemigo de toda justicia.

Rogadle por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperen. . .

Mas esto no es todo: es menester que derraméis vuestra alma en vuestros aposentos en vuestros sitios secretos y en vuestros vermes.

Sí y cuando no estéis invocando al Señor, dejad que rebosen vuestros corazones, orando constantemente por vuestro propio bienestar así como por el bienestar de los que os rodean.” (Alma 34:18, 20-24, 26-27.)

El Salvador dijo: “Orad al Padre con vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas e hijos” (3 Nefi 18:21).

“Te mando que ores, tanto vocalmente como en tu corazón: sí, ante el mundo así como en secreto; en público así como en privado.” (D. y C. 19:28.)

“Implorad al Señor, a fin de que se extienda su reino sobre la faz de la tierra, para que los habitantes de ella lo reciban y estén preparados para los días que han de venir, en los cuales el Hijo del Hombre descenderá del cielo, envuelto en el resplandor de su gloria, para recibir el reino de Dios establecido sobre la tierra.

“Por tanto, extiéndase el reino de Dios, para que venga el reino del cielo, a fin de que tú, Oh Dios, seas glorificado en los cielos así como en la tierra, para que tus enemigos sean vencidos; porque tuya es la honra, y el poder, y la gloria, para siempre jamás. Amén,” (D. y C. 65:5-6.)

La oración es la llave que abre la puerta a la comunión con Dios.

“He aquí”, dice el Señor, “yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apoc. 3:20.)

Y dio una promesa parecida a los nefitas:

“Y cuando le pidáis al Padre en mi nombre, creyendo que recibiréis, si es justo, he aquí, os será concedido.” (3 Nefi 18:20, Cursiva agregada.)

A nosotros, los de la última dispensación, se nos ha dicho de esta manera;

“Cualquier cosa que le pidiereis al Padre en mi nombre os será dada, si fuere para vuestro bien” (D. y C. 88:64, Cursiva agregada.)

Los registros sagrados están repletos de pruebas que testifican sobre el cumplimiento de estas promesas.

La oración le llevó a Enós el perdón de sus pecados, (Véase Enós 4-5.)

Las oraciones de Alma, lograron que un ángel fuera enviado a llamar a su hijo Alma al arrepentimiento. (Véase Mosíah 27:14.)

La oración de José Smith, hizo que el Padre y el Hijo lo visitaran. (Véase José Smith 2:14-17.)

La oración hizo que las gaviotas vinieran desde el lago para salvar las cosechas de los pioneros en Utah.

No toda oración trae necesariamente una respuesta espectacular; sin embargo, toda oración sincera y fervorosa es escuchada y contestada por el Espíritu del Señor. La manera más frecuente de recibir una respuesta fue indicada por el Señor cuando le dijo a Oliverio Cowdery:

“De cierto, de cierto te digo: Si quieres más testimonio, piensa en la noche en que me clamó tu corazón a fin de saber la verdad de estas cosas,

¿No hablé paz a tu alma concerniente al asunto? ¿Qué más testimonio puedes tener que el que viene de Dios?” (D. y C. 6:22-23.)

A todos los que vivimos en esta última dispensación, el Señor ha dado la promesa: “sí me pidiereis, recibiréis; si llamareis, os será abierto”, y la repite en siete revelaciones distintas: Doctrinas y Convenios 6:5, 11:5, 12:5, 14:5, 49:26, 66:9, 75:27.

En Doctrinas y Convenios 88:62-64, dice también:

“Os digo, mis amigos, os dejo estos dichos para que los meditéis en vuestros corazones, junto con este mandamiento que os doy, de llamarme mientras esté cerca.

Acercaos a mí, y yo me acercaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; tocad, y se os abrirá;

Cualquier cosa que le pidiereis al Padre en mi nombre os será dada, si fuere para vuestro bien.”

Os doy mi propio testimonio de la veracidad de estas promesas, sé que son verdaderas; sé que las oraciones son contestadas. Al igual que Nefi y Enós de la antigüedad, nací de “buenos padres”. A una temprana edad se me enseñó a arrodillarme junto a mi cama, en la mañana y en la noche, para dar gracias a nuestro Padre Celestial por sus bendiciones y pedirle su guía y protección continuas. Este procedimiento ha perdurado en mí a través de los años.

En contestación a una oración, siendo niño, encontré mis juguetes perdidos; como joven, también en respuesta a mi oración, encontré nuestras vacas extraviadas. Conozco el sentimiento que describió el Señor cuando le dijo a Oliverio Cowdery: “¿No hablé paz a tu alma concerniente al asunto?” (D. y C. 6:23).

Y también cuando dijo:

“Pero, he aquí, te digo que tienes que estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, causaré que arda tu pecho dentro de ti; por lo tanto, sentirás que está bien.

Mas si no estuviere bien, no sentirás tal cosa, sino que vendrá sobre ti un estupor de pensamiento” (D. y C. 9:8-9),

Sé lo que quiso decir Enós cuando dijo: “la voz del Señor de nuevo llegó a mi alma” (Enós 10). Por este medio he recibido respuesta a mis oraciones.

He sido testigo del cumplimiento de la promesa del Señor de que “quienes con fe pidan en mi nombre, echarán fuera demonios; sanarán enfermos; harán que los ciegos reciban su vista, los sordos oigan, los mudos hablen y los cojos anden” (D. y C. 35:9).

He probado la promesa de Moroni y en respuesta a mis oraciones he recibido un testimonio divino de la veracidad del Libro de Mormón. Sé también que si uno pide “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo”, uno puede “por el poder del Espíritu Santo. . . conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:4-5).

Os doy mi solemne testimonio personal de que la oración es la llave que abre la puerta a la comunión con Dios.

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