El motivo de la oración

Octubre de 1976
El motivo de la oración
por el Élder Bruce R. McConkie
del Cornejo de los Doce

élder Bruce R. McConkieEn una de las paredes de la Sala de Concilios de los Doce Apóstoles del templo de Salt Lake City, hay un cuadro que ilustra al Señor Jesús orando a su Padre en el Getsemaní.

En aquella ocasión, experimentando el más intenso sufrimiento físico y espiritual, un padecimiento sin comparación que es incomprensible para la mentalidad del hombre, un dolor que redujo a la insignificancia la tortura física que había de padecer en la cruz, nuestro Señor le suplicó a su Padre que le infundiera fortaleza para llevar a cabo la eterna expiación. Entre todas las oraciones pronunciadas, ya en el tiempo ya en la eternidad, por dioses, ángeles y mortales, ésta se destaca como la suprema y única en su género.

En el Jardín de Getsemaní, fuera de las paredes que rodeaban la ciudad de Jerusalén, el más grandioso hombre de la raza de Adán, Aquel que era perfecto en pensamiento y palabra, le suplicó a su Padre que pudiera salir triunfante de la más atormentadora prueba a que pudiera someterse persona alguna.

Allá, en la tierra de Judea, en la quietud de la noche y mientras Pedro, Santiago y Juan dormían, con una oración en sus labios el Hijo de Dios tomó sobre sí los pecados de todos los hombres bajo la condición, del arrepentimiento; sí, allí, entre los olivos, con el espíritu de la adoración pura y de la perfecta oración, el hijito de María se debatió bajo la carga más abrumadora que un hombre pudiera soportar. .

En ese momento, el gran Elohim depositó sobre su sufriente Siervo el peso de todos los pecados de todos los hombres de todas las épocas, que crean en Cristo y procuren conocerlo. Y el Hijo, que era a la imagen del Padre, le suplicó a su divino Progenitor que le diera las fuerzas que necesitaba para cumplir con el propósito principal por el cual había venido a la tierra.

En aquella hora toda la eternidad se detuvo en suspenso. La agonía ocasionada por los pecados de los hombres que padeció Aquel que no conocía el pecado fue tan inmensa, que hizo que echara sangre por cada poro y que aun El “deseara no tener que beber la amarga copa” (D. y C. 19:18). Desde el alba de la creación hasta aquella suprema hora, y desde esa noche de la expiación a través de todas las etapas de la eternidad, no ha habido ni habrá para nadie prueba semejante a ésta.

“El Señor Omnipotente, que reina, que era y que es desde todas las eternidades”, que descendió “del cielo entre los hijos de los hombres” (Mosíah 3:5), el Creador, Sostenedor y Preservador de todas las cosas desde el principio y que había nacido en el mundo siendo la única persona que tenía a Dios como su Padre en la carne—el Hijo de Dios mismo, en cierto modo incomprensible para la mente mortal—, llevó a cabo en ese momento la expiación, gracias a la cual todos los hombres han de levantarse en inmortalidad, al mismo tiempo que los que crean y obedezcan han de levantarse además para heredar la vida eterna Dios el Redentor, los redimió de la muerte temporal, y espiritual que sobrevino sobre el género humano con la caída de Adán.

Y fue en aquella hora en que El pagó nuestro rescate con su misma sangre, que elevó la más ferviente y conmovedora oración personal que habría de brotar de labios mortales. Dios, el Hijo, rogó a Dios el Padre que la voluntad del Uno se rindiera a la del Otro y que pudiera cumplir la promesa que El mismo había hecho cuando fue escogido para ser el Redentor; “Padre, hágase tu vomitad, y Sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).

Efectivamente, como Hijo obediente cuyo único anhelo se cifraba en hacer la voluntad del Padre que lo había enviado, nuestro Señor siempre oró durante su vida mortal. Si bien Jesús heredó de aquel Padre, los poderes intelectuales y espirituales más grandes que hombre alguno haya poseído jamás, siempre sintió la necesidad de orar. O quizás debiéramos decir con más propiedad que si oraba siempre era precisamente porque poseía más grandes poderes y dones, pues ciertamente mientras más perfecto espiritual mente es el individuo y más dotado intelectualmente, más claramente reconoce su necesidad de orar al darse cuenta cabalmente del lugar que ocupa en el plan infinito, y comprender que necesita la guía de Dios. Por esta razón, Jesús sintió con mayor intensidad y más que cualquier otro hombre la necesidad de mantenerse en constante comunión con su Padre, la fuente de todo poder, de toda inteligencia y de todo lo bueno.

Durante su ministerio Cristo seleccionó a sus Doce Apóstoles. ¿Cómo hizo la elección de aquellos hombres que habían de serles testigos especiales que diesen testimonio del Él y su ley “hasta los” cabos de la tierra” (D. y C. 109:23), y que habían de sentarse con Él en los doce tronos para juzgar a toda la casa de Israel? La Biblia dice: “. . . fue al monté a orar, y pasó la noche orando a Dios”. Habiendo de este modo llegado a conocer la intención y la voluntad de Aquel cuyo vástago Él era, “. . . cuando era de día,. . . escogió a doce. . . a los cuales también llamó apóstoles” (Lucas 6:12-13).

Cuando se acercaba la hora de su arresto y su Pasión quedaba una gran verdad más que grabar de modo indeleble en los Doce: que para que tuviesen éxito en la obra que se les había asignado y merecieran un galardón eterno con Él y su Padre, debían ser uno aun como el Padre y El eran uno. En aquella hora de suprema importancia les enseñó esta verdad integrándola en su eminente oración intercesora, fragmentos de la cual se han conservado hasta hoy y se encuentran en el capítulo 16 de Juan.
E incluso después de su resurrección continuó orando al Padre. Recordemos que, cuando ya glorificado perfecto, quiso otorgar a los nefitas la experiencia espiritual más trascendental que pudiesen soportar, no se valió de un sermón sino de tina oración. El registro dice: “. . . y las cosas que dijo en su oración no se pueden escribir”, pero los que lo oyeron dieron el siguiente testimonio:

“Jamás el ojo ha visto o el oído escuchado, hasta ahora, cosas tan grandes y maravillosas como las que vimos y oímos que Jesús habló al Padre:

Y no hay lengua que pueda hablar, ni hombre que pueda escribirlo, ni corazón de hombre que pueda concebir tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos que habló Jesús; y nadie se puede imaginar el gozo que llenó nuestras almas cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre.” (3 Nefi 17:16-17.)

Y allá, en el Getsemaní, dando el ejemplo a todos los que se sientan agobiados por el sufrimiento y las grandes adicciones, El abrió su alma al Padre. Ignoramos el contenido de aquella oración; tal vez, como la oración que elevó entre los nefitas, sus palabras en el Getsemaní no hubieran podido escribirse sino entenderse sólo por el poder del Espíritu. Sí, sabemos que en tres ocasiones diversas dijo en su oración: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).
La Biblia dice que cuando Jesús le dijo al Padre, “. . . no se haga mi voluntad, sino la tuya”, sucedió que “se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:42-44).

Reparemos en el hecho notable de que el Hijo de Dios “oró más intensamente”. . . El que fue el único Ser perfecto que habría de recorrer jamás los senderos polvorientos de este planeta; El, a quien el Padre dio su Espíritu sin medida; el Mijo de Dios “oró más intensamente”, enseñándonos de este modo que no todas las oraciones son iguales incluyendo las suyas, y que las pruebas más difíciles de la vida originan súplicas más fervorosas y más llenas de fe ante el Altísimo.

De esto se desprende entonces, que debemos procurar aprender y vivir la ley de la oración para que también podamos ir adonde El y su Padre están. Teniéndolo presente, hagamos un resumen de los factores que integran el glorioso privilegio de elevar nuestras oraciones a Dios, Aprendamos a orar libre y eficazmente, no sólo con palabras sino con verdadera intención y fervor a fin de atraer sobre nosotros, aun como Cristo, los poderes mismos del cielo. Tal vez los siguientes diez puntos nos ayuden a concretar nuestras ideas y nos sirvan de guía para perfeccionar nuestras oraciones personales.

1. Qué es la oración

Antes de venir a esta tierra morábamos en la presencia de nuestro Padre Celestial, donde veíamos su rostro y conocíamos su voluntad; le hablábamos, escuchábamos su voz y Él nos aconsejaba y nos instruía. En ese entonces andábamos por vista (véase 2 Corintios 5:7) mientras que ahora, que nos hallamos alejados de la presencia de Dios y no vemos su rostro ni oímos su voz como antes, andamos por fe; no obstante, necesitamos su consejo y su dirección tanto o más que cuando nos encontrábamos entre las huestes celestiales antes que el mundo fuese. En su infinita sabiduría y conociendo nuestras necesidades, nuestro bondadoso Padre instituyó la oración como el medio para que nos comunicáramos con Él. A continuación quisiera citar algo que escribí hace un tiempo:

“Orar es hablar a Dios, sea vocalmente o con el pensamiento. En las oraciones bien pueden incluirse expresiones de alabanza, acción de gracias y adoración, puesto que el momento en que se eleva una oración es un ocasión solemne, en que los hijos de Dios piden a su Padre Eterno aquellas cosas temporales y espirituales que necesitan para seguir adelante en medio de las diversas pruebas que la vida terrenal les impone. La oración da lugar a la confesión, pues es el momento en que los santos confiesan sus pecados a Dios implorándole les conceda su perdón purificador.” (Marmón Doctrine, segunda edición, pág. 581.)

2. Por qué oramos
Existen tres razones fundamentales por las cuales tiramos:

a. Se nos ha dado d mandamiento de orar. La oración no es algo relativamente insignificante que podamos hacer cuando se nos antoje únicamente; más bien, es un eterno decreto de Dios. En la primera dispensación Él dijo: “. . . le arrepentirás c invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás. . . Y Adán y Eva, su esposa, no cesaron de invocar a Dios” (Moisés 5:8, 16). Pin nuestros días se nos ha dicho: “Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá” (D. y C. 4:7). En la Iglesia se han designado los maestros orientadores para que cumplan con la tarca de “visitar las casas de todos los miembros, exhortándolos a orar vocalmente y en secreto” (D. y C. 20:47). Y el Señor, hablando a su pueblo de los últimos días por vía de “mandamiento”, dice: “Quien no cumpla con sus oraciones ante el Señor, cuando sea tiempo, será tenido en cuenta ante el juez de mi pueblo” (D. y C. 68:33).

b. Las oraciones que se elevan .en la debida forma, traen consigo bendiciones temporales y espirituales. Tal como, lo indican todas las revelaciones las puertas de los ciclos se abren de par en par para aquellos que oran con fe: el Señor derrama justicia abundantemente sobre ellos, son preservados en peligrosas circunstancias, la tierra les da sus frutos y el inmenso gozo del evangelio mora en sus corazones.

c. La oración es esencial para la salvación. Ninguna persona responsable ha logrado nunca ni obtendrá jamás descanso celestial, sin aprender primero a comunicarse con el Amo de ese reino. . . “Porque ¿cómo conocerá un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos e intenciones tic su corazón?” (Mosíah 5:14.)

3. Oramos al Padre
Se nos ha mandado orar al Padre (Elohim) en el nombre del Hijo (Jehová). El Señor Jesús les dijo a los nefitas:

“. . .siempre debéis orar al Padre en mi nombre (3 Nefi 18:19). Las revelaciones son perfectamente claras en cuanto a esto y sin embargo es asombrosa la abundancia de falsa doctrina y erradas prácticas en las iglesias cristianas y ocasionalmente, aun entre los santos fíeles.

Hay quienes oran a los llamados “santos” rogándoles intercedan por ellos ante Cristo. Los libros de oraciones oficiales de las diversas sectas religiosas contienen algunas oraciones dirigidas al Padre, otras al Hijo y otras al Espíritu Santo, siendo la excepción más bien que la regla, que en alguna iglesia se ofrezcan oraciones en el nombre de Cristo. Hay quienes consideran que logran una comunicación especial con nuestro Señor dirigiéndole directamente a Él sus plegarias.

Cierto es que cuando oramos al Padre la respuesta viene del Hijo, puesto que “hay. . . un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). Por .ejemplo. José Smith le pidió al Padre, en el nombre del Hijo, respuesta a sus preguntas, y la voz que le contestó no fue la del Padre sino la del Hijo, porque Cristo es nuestro intercesor, el Dios que gobierna y regula este planeta (bajo el Padre).

También es cierto que a veces en sus respuestas. Cristo, por investidura divina de autoridad, asume la prerrogativa de hablar como si fuera el Padre, es decir, que habla en primera persona usando el nombre del Padre porque Dios así lo ha autorizado. Podemos aprender mayores detalles en cuanto a esto en el pronunciamiento oficial: “El Padre y el Hijo: Una Exposición Doctrinal de la Primera Presidencia y los Doce”, que comienza en la página 512 de libro de Los Articulas de Fe por el élder James E. Talmage.

Además, cabe añadir que tanto nosotros como todos los profetas podemos con toda propiedad expresar alabanzas al Señor Jehová (Cristo): cantar a su santo nombre “Aleluya”, que significa “alabado sea Ya o Jah” y equivale a “alabado sea Jehová”. Más debemos entender claramente que siempre hemos de orar al Padre y no al Hijo, y que hemos de orar siempre en el nombre del Hijo.

4. Pedimos bendiciones tanto temporales como espirituales
Se nos ha otorgado el derecho de orar, y se espera que lo hagamos, pidiendo las cosas debidamente necesarias, tanto temporales como espirituales: mas nuestras peticiones: deben fundamentarse en la justicia, “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” (Santiago 4:3.)

Amulek, al hablar de aquellas cosas por las que debemos orar menciona cosechas y rebaños, así como misericordia y salvación. (Véase Alma 34:17-19.) La oración del Señor habla del “pan nuestro de cada día” (véase Mateo 6:11), y Santiago nos insta a pedir sabiduría (véase Santiago 1:5), lo que en principio significa que debemos procurar todos los santos atributos. Nuestra revelación dice: “. . . en todo se os manda pedir a Dios” (D. y C. 46:7). Y Nefi dice: “Mas he aquí, os digo que debéis orar siempre, y no desmayar; que nada debéis hacer en el Señor, sin antes orar al Padre en el nombre de Cristo, a fin de que él os consagre vuestra acción, y vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas” (2 Nefi 32:9). Y la promesa del Señor a todos los fieles es la siguiente:

“Si preguntares, recibirás revelación tras revelación, conocimiento sobre conocimiento, a fin de que llegues a conocer los misterios y las cosas pacíficas—aquello que trae gozo, aquello que trae la vida eterna.” (D. y C. 42:61.)

Está claro entonces que hemos de orar con sabiduría y justicia por Lodo lo que debemos tener. Ciertamente debemos procurar un testimonio, revelaciones, lodos los dones del Espíritu, incluyendo el cumplimiento de la promesa que se encuentra en Doctrinas y Convenios 93:1, de llegar un día a ver la faz del Señor. Mas sobre todas las cosas, debemos suplicar por la compañía del Espíritu Santo en esta vida, y por la vida eterna en la existencia venidera. El relato del Libro de Mormón dice que cuando los doce nefitas “pidieron lo que más deseaban”, aquel “deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo, así como el más grande que sé puede ganar en la eternidad es la vida eterna.

5. Oramos por los demás
Nuestras oraciones no deben ser egoístas ni egocéntricas; procuremos el bienestar de todos los hombres. Algunas de nuestras oraciones son para el beneficio y bendición de los santos y otras para el bien de todos los hijos de nuestro Padre. En su oración intercesora Jesús dijo: “No ruego por el mundo, sino por los que me diste” (Juan 17:9), mas Él también mandó: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).

Y así, tal como Cristo “es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que crean” (1 Timoteo 4:10), del mismo modo nosotros oramos por todos los hombres, pero mayormente por nosotros mismos, nuestros familiares, los santos en general, y aquellos que procuran diligentemente creer y conocer la verdad, interesándonos especialmente por los enfermos que pertenecen a la casa de fe y por aquellos que investigan el evangelio restaurado. Refiriéndose a los miembros de la Iglesia, Santiago dice: “Orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Y en cuanto a los que asisten a nuestras reuniones y se esfuerzan por aprender la verdad, el Señor Jesús dice: “. . . rogaréis al Padre por ellos en mi nombre”, con la esperanza de que se arrepientan y se bauticen. (3 Nefi 18:23. Véase además el versículo 30.)

6. Cuándo y dónde oramos
Orad siempre.” (Véase 2 Nefi 32:9.) Así está escrito, y significa: orad regularmente, constantemente, día tras día; y además, vivid siempre con el espíritu de oración en vuestro corazón para que vuestros pensamientos, palabras y hechos sean siempre agradables a la vista de Dios. Amulek insta a orar “en la mañana, al medio día y en la tarde” y dice que es menester que derramemos nuestras almas ante el Señor, en nuestros aposentos, en nuestros sitios secretos y en nuestros yermos. (Véase Alma 43:17-19.) Jesús mandó tanto la oración personal como la de la familia: “Velar y orar siempre”, dijo, y además: “Orad al Padre con vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas e hijos” (3 Nefi 18:15, 21).

La práctica de la Iglesia en la actualidad es efectuar la oración familiar dos veces al día, además de nuestras cotidianas oraciones personales, de la oración para pedir la bendición de nuestros alimentos a las horas de las comidas (excepto en los sitios públicos o en otras circunstancias en que sería ostentoso e inadecuado hacerlo), y las oraciones que se ofrecen en nuestras reuniones:

7. Cómo oramos
Siempre hemos de dirigirnos al Padre, agradecerle sus bendiciones, pedirle lo que con justicia necesitamos, y hacerlo en el nombre de Jesucristo.
Cuando la ocasión y las circunstancias lo requieran y lo permitan, confesad vuestros pecados, consultad al Señor con respecto a vuestros problemas personales; alabadlo por su bondad y su merced, y expresadle vuestra adoración de un modo tal que lleguéis a sentiros unidos con Aquel a quien adoráis.
Dos aspectos importantes con respecto a la debida forma de orar, que muchas veces se pasan por alto y sin hacer esfuerzos por mejorarlos, y que sin embargo merecen digna consideración, son:

a. Orad ferviente y sinceramente, con verdadera intención y con todas las fuerzas de vuestra alma. Las meras palabras no bastan: las vanas repeticiones no son suficientes. La buena calidad literaria es de escaso valor. En realidad la verdadera elocuencia no consiste en la excelente dicción (si bien esto debe procurarse), sino en el sentimiento que impregna las palabras, no importa cuán deficientes éstas sean. Mormón dijo: “. . . pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones” (Moroni 7:48). Además, “le es imputado a mal sí un hombre ora y no lo hace con verdadera intención de corazón: sí, y nada le aprovecha, porque Dios no recibe a ninguno de éstos” (Moroni 7:9).

b. Orad por el poder del Espíritu Santo. Este constituye el supremo logro en la oración. La promesa es la siguiente: “Y se os dará el Espíritu por la oración de fe” (D. y C. 42:14), “y si sois purificados y limpiados de todo pecado, pediréis lo que quisiereis en el nombre de Jesús y se hará” (D. y C. 50:29). De la era milenaria que está por venir, cuando las oraciones serán perfectas, la Escritura dice: “Y entonces se le concederá a cualquier hombre cuanto pidiere” (D. y C. 101:27).

8. Pongamos en práctica el libre albedrío y la oración
Nunca ha sido la intención del Señor ni lo será jamás— no obstante cuánto oremos—, contestar a todos nuestros problemas y preocupaciones sin que nosotros hagamos esfuerzo alguno por nuestra parte. Esta vida terrena es un período probatorio en el que gozamos del libre ejercicio de nuestro albedrío: se nos está probando para ver cómo respondemos en diversas situaciones, qué decisiones tomamos, qué curso seguimos al encontrarnos en este planeta andando no por vista, sino por fe. De ahí que nosotros mismos liemos de resolver primero nuestros problemas para pasar después a consultar al Señor en oración y recibir una confirmación espiritual de que nuestras decisiones son correctas.

Cuando José Smith comenzó la obra de la traducción del Libro de Mormón, no se limitó simplemente a preguntarle al Señor qué significaban los caracteres grabados en los anales, sino que se le indicó que estudiara el asunto en su mente, que decidiera sí le parecía bien y que en seguida le preguntara al Señor si sus conclusiones eran correctas. (Véase D. y C. 8 y 9.) Lo mismo hemos de hacer nosotros con respecto a todas nuestras decisiones. La oración y el esfuerzo que debemos hacer de muestra parte, van siempre Unidos. Cuando hayamos hecho todo lo posible de nuestra parte en cuanto a cualquier asunto, procediendo en seguida a consultar al Señor en poderosa y eficaz oración, estaremos capacitados para obtener la conclusión correcta.

9. Adhirámonos a las formalidades de la oración
Estas (aun cuando son muchas), son sencillas y fáciles de seguir y contribuyen al espíritu de adoración que acompaña a la oración sincera y eficaz. Nuestro Padre Celestial es un Ser glorificado y exaltado, un Ser omnipotente; nosotros, comparados con Él, somos como el polvo de la tierra, y sin embargo somos sus lujos y como tales, tenemos acceso a su presencia por medio de la oración. Por lo tanto, el acatamiento de las sugerencias que contribuyan a acondicionar nuestra disposición espiritual para orar en la debida forma, siempre nos favorecerá.

En nuestras oraciones procuramos la guía del Espíritu Santo y meditamos profundamente en los asuntos solemnes de la eternidad; nos acercamos a Dios con sumisión y espíritu de intensa reverencia y adoración; hablamos en voz baja y en tono solemne; entonces, esperamos la respuesta. La oración nos transporta a una óptima experiencia: nos lleva a la presencia divina del Padre.

Por lo tanto cuando oramos, casi por instinto inclinamos la cabeza, cerramos los ojos, cruzamos las manos, nos arrodillamos, usamos el lenguaje sagrado de la oración y decimos “amén” a las oraciones de nuestros hermanos, haciéndolas también nuestras.

10. Vivamos conforme a lo que oramos
Un antiguo dicho reza lo siguiente: “Si lo que quieres hacer no es lo suficientemente digno como para orar al respecto, no lo hagas”, lo cual tiene por objeto que nuestros actos estén de acuerdo con nuestras oraciones. Y es cierto que la oración ejerce una profunda influencia en el proceder de las personas. Si después de orar actuamos, nuestras súplicas y justas producen el efecto de trazarnos un recto sendero de conducta. El muchachito que ora con fervor, devoción y fe, suplicando poder ir un día a la misión, se preparará para la misma y así recibirá un día su llamamiento misional. Los jóvenes que siempre oran con fe rogando poder casarse en el templo y se esfuerzan por hacerse merecedores de esta bendición, nunca se sentirán satisfechos con un matrimonio del mundo.

Con respecto a la estrecha relación que existe entre la oración y las obras del individuo, Amulek, después de haber expuesto detalladamente la ley de la oración, concluye diciendo:

“Y be aquí, amados hermanos míos, os digo que no creáis que esto es lodo; porque si después de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, mas seréis como los hipócritas que niegan la fe.” (Alma 31:28.)

Hasta aquí, hemos tratado en forma breve e imperfecta, sobre la oración y algunos de sus grandes y eternos principios concomitantes. Nos queda una cosa más: testificar que esta doctrina es verdadera y que la oración es una realidad viviente que conduce a la vida eterna.

Para la mente carnal la oración puede carecer de sentido y ser una necedad, pero para los santos de Dios es el conducto de comunicación con Aquél, a quien no podemos ver. Para el incrédulo y rebelde puede parecer un acto de necia religiosidad, resultante de la inestabilidad mental; pero para aquellos que han probado sus frutos, ha llegado a constituir la fortaleza del alma a través de las tormentas de la vida.

La oración es de Dios, No las vanas repeticiones del pagano, ni la retórica de los libros de oraciones, ni los falsos balbuceos de los hombres lascivos, sino la oración que nace del conocimiento, que es alimentada por la fe en Cristo y que se ofrece con el espíritu y la verdad.

Esta abre las puertas de la paz interior en esta vida y de la vida eterna en la existencia venidera. Mientras no hagamos de ella una parte vital de nuestro ser para hablarle al Padre y obtener su respuesta por el poder de su Espíritu, continuaremos en nuestros pecados.

Testifico de la veracidad de todas estas cosas y ruego al Padre en el nombre del Hijo, que todos los Santos de los Últimos Días, así como todos los que están en el mundo y se unan a nosotros, puedan—mediante la oración y el recto vivir que de ella se deriva— lograr la paz y la felicidad aquí y una eterna plenitud de todo lo que es bueno en lo que ha de venir. Así sea. Amen.

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