Oración dedicatoria del Templo de Provo

9 de febrero de 1972
Oración dedicatoria del Templo de Provo

Más de setenta mil personas escucharon los servicios dedicatorios del Templo de Provo. Las ceremonias se llevaron a cabo en el Cuarto Celestial y fueron transmitidas a todo color por televisión de circuito cerrado a otros lugares del Templo y diferentes localidades cerca de los terrenos de la Universidad de Brigham Young.

De acuerdo con sus deseos, la oración dedicatoria del presidente Joseph Fielding Smith fue leída por el presidente Harold B. Lee, Primer Consejero en la Primera Presidencia.


Oh Dios, el Eterno Padre, Crea­dor de los cielos y la tierra y de todas las cosas que en ellos hay; tú, Varón de Santidad, que nos has creado a nosotros, tus hijos, a tu propia imagen y semejanza, y nos has investido con poder y el libre albedrío para seguirte; tú que sabes todas las cosas y que tienes todo poder, toda fortaleza y todo dominio; tú que creaste el universo y lo gobiernas con justi­cia, equidad y misericordia sobre todas las obras de tus manos, ¡san­tificado sea tu grande y santo Nombre!

Venimos ante ti en el nombre de tu Hijo Unigénito, sí, el Hijo del Hombre, en cuyo sagrado Nombre has ordenado’ que poda­mos tener acceso a ti, el Señor; y rogamos que derrames tu Santo Espíritu sobre nosotros al elevar nuestras voces en alabanza y agra­decimiento, y procurar las ben­diciones de tus manos.

Sabemos que eres nuestro Padre y que somos la obra de tus manos, las ovejas de tus praderas, los santos de tu congregación; y te agradecemos la vida y el privile­gio de recibir nuestra probación terrenal en un día en que has dado a los hombres sobre la tierra la plenitud de tu evangelio eterno.

Nuestros corazones están llenos de gratitud porque éste, tu evange­lio, es el plan de salvación para todos los hombres, y porque es­cogiste a tu Amado y Elegido para ser el Redentor y Salvador y poner en pleno vigor los convenios de tu gran plan. Te agradecemos el sacrificio expiatorio de tu Hijo Amado; porque vino para morir en la cruz por los pecados del mundo;

porque nos ha rescatado de la muerte temporal y espiritual; porque por su llaga somos curados. Y te prometemos andar en la luz de la verdad revelada a fin de poder gozar de hermandad los unos con los otros y de que la sangre de Jesucristo, tu Hijo, pueda limpiarnos de todo pecado.

De manera que ahora, con la ayuda de tu grada, que podamos cantar alabanzas al Santo de Israel y decir: Oh Jehová, Dios de nues­tros padres, Abraham, Isaac y Jacob; tú que “fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación”; tú que nos harás “para nuestro Dios reyes y sacerdotes” para que podamos vivir contigo durante mil años, tú eres “digno de tomar el poder, lás riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.”

Y que podamos, oh Dios, nues­tro Padre Celestial, ser contados eternamente con esa poderosa con­gregación de los justos que ex­claman: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sean la ala­banza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.”

Nuestro Padre, no tenemos el poder de expresarte la gratitud de nuestros corazones por tu amor, tu misericordia y condescendencia para con tus hijos. Nos sentimos sumamente agradecidos por tu gracia y bondad en enviar a tu Hijo Unigénito, para que todo aquel que crea en El pueda tener vida eterna; y nos regocijamos y te ala­bamos por restaurar en esta dispensación, a través de tu siervo José Smith, hijo, la plenitud de tu evangelio eterno.

Agradecemos que aparecieras con tu Hijo Amado en la primavera de 1820 para introducir esta última dispensación del evangelio; que después enviaras a Moroni a re­velar el Libro de Mormón; que Juan el Bautista, y Pedro, Santiago y Juan ordenaran a José Smith y Oliverio Cowdery; que Moisés, Elias, Elias el Profeta, Gabriel y Rafael y otros ángeles vinieran de los tribunales de gloria, “decla­rando todos su dispensación, sus derechos, sus llaves, sus honores, su majestad y gloria, y el poder de su sacerdocio; dando línea tras línea, precepto tras precepto,” hasta que todo el plan de salvación, en toda su belleza y gloria, se encuentra nuevamente sobre la tierra.

Oh Señor, te agradecemos las verdades salvadoras reveladas en nuestros días, y los nobles y grandes espíritus enviados a la tierra para llevar adelante tu gran obra en estos últimos días. Nos regocijamos en la misión y ministerio del profeta José Smith y el patriarca Hyrum Smith, que poseían las llaves de esta última dispensación y que sellaron su testimonio con su sangre. Te agra­decemos la fe y devoción de todos aquellos que han llevado el manto profético, así como la de todos tus santos fieles, y pedimos fortaleza para ser así como ellos son.

Agradecemos que nos hayas revelado tu Sacerdocio, sí, el poder sellador, por la mano de Elias el Profeta, a fin de que en este Templo y todas tus otras santas casas, tus fieles santos puedan ser investidos con poder de lo alto y puedan entrar en esos convenios eternos que abren la puerta para recibir todas las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob, y todos los santos profetas.

Oh, nuestro Padre, deseamos ser como tú; deseamos encaminar nuestras vidas siguiendo el modelo de la vida de fu Hijo; deseamos rectitud para nosotros mismos y nuestros hijos así como para los hijos de nuestros hijos; volve­mos nuestros rostros a esta Santa Casa; y te rogamos que nos hagas dignos de heredar la plenitud de esas bendiciones que se encuentran únicamente en tus santos templos, sí, esas bendiciones que emanan de la continuación de la unidad familiar para siempre.

Tú sabes, oh Padre, que busca­mos estas bendiciones, no sólo para nosotros mismos y nuestros descendientes, sino también para nuestros antepasados; porque tú has dicho que nosotros, como salvadores en el Monte de Sión, tenemos poder para salvar y redi­mir a nuestros muertos. Tratamos de hacerlo, y rogamos por tu guía y luz para que nos ayude a salir adelante en esta obra, una de las más grandiosas que haya sido revelada a los hijos de los hombres en cualquier época de la tierra.

Esperamos el día, oh nuestro Dios, en que reveles a tus siervos el lugar donde se edificarán otros templos en todas las naciones en donde los santos aumentan en número y te sirven en rectitud. Sabemos que todos los hombres son tus hijos, y rogamos por el día en que todos aquellos que lo deseen puedan venir y participar li­bremente de las aguas de la vida y ganar para sí la plenitud de las bendiciones que tú tienes reserva­das para todos aquellos que te aman y sirven con todo su corazón.

Presta oído, oh Señor, ten misericordia de nosotros; escúcha­nos en estas nuestras súplicas, y concédenos los deseos justos de nuestros corazones, al acudir nosotros a ti para el bienestar de Sión y todos sus intereses y pre­ocupaciones. Esta es tu Iglesia; tú la has establecido y la has sacado “de la obscuridad y de las tinieblas, la única Iglesia verdadera y vi­viente sobre toda la faz de la tierra.” Haz que sea clara como la luna, bella como el sol e impo­nente como un ejército con sus pabellones/’ para que todos los hombres en todas partes puedan saber que ésta es tu obra; que es tu voluntad que ellos se acerquen a tu Hijo y vivan sus leyes y ob­tengan la salvación en tu reino eterno.

Oh, ¡que los intereses de Sión permanezcan y triunfen en toda la tierra! Que el reino, que es tu Iglesia, se extienda “para que venga el reino del cielo, a fin de que tú, oh Dios, seas glorificado en los cielos así como en la tierra, para qué tus enemigos sean vencidos; porque tuya es la honra, y el poder, y la gloria, para siempre jamás.”

Oh Dios, nuestro Padre, en este día de tribulaciones y maldad, en que Satanás tiene poder sobre su propio dominio y cuando sus ejércitos tratan de destruir tu obra, recibimos fortaleza, consuelo y valor por este decreto, de que tu Hijo “tendrá poder sobre sus san­tos, y reinará entre ellos.” Y testifi­camos ante ti que sabemos que El reina entre nosotros, y por tal bendición alabamos tu santo Nom­bre para siempre.

Recordamos con sobriedad y almas humildes tu promesa de que ninguna arma aparejada contra tus santos prosperará; y que si algún hombre alzare su voz con­tra nosotros, será confundido en tu propio y debido tiempo.

Te agradecemos, oh nuestro Dios, porque ordenaste y estable­ciste la constitución de los Esta­dos Unidos a manos de hombres sabios que levantaste para este mismo propósito. Te agradecemos las libertades, derechos y privile­gios que se nos han garantizado en este documento sagrado, y roga­mos que permanezcan para siempre establecidos. Te suplicamos que pongas en el corazón del jefe de esta nación, el deseo y la determinación de preservar para nosotros y nuestra posteri­dad, nuestras instituciones libres. Bendice a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de nuestro gobierno, a fin de que cada uno pueda funcionar sabia y valiente­mente en su campo respectivo, para la preservación de nuestra forma constitucional de gobierno.

Ahora, oh Padre, tus fieles san­tos están y estarán en todas tus naciones de la tierra. Sentimos un profundo interés por su bienestar temporal y espiritual; rogamos que los gobernantes de todos los pueblos, bajo la guía del Es­píritu Santo, sean impulsados para adoptar formas de gobierno que aseguren a todos los hombres esas libertades que justamente les pertenecen y que son justificables ante ti.

Pedimos, oh Padre, que pongas en los corazones de tus santos en todo el mundo el deseo y la resolución de seguir implícita­mente la declaración: “Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magis­trados; en obedecer, honrar y sostener la ley.” Que sean diligentes en llevar adelante la causa de la justicia eligiendo para los puestos públicos hombres buenos y rec­tos, y estén sujetos “a las potestades existentes, hasta que reine aquel cuyo derecho es reinar, y sujete a todos sus enemigos debajo de sus pies.”

Nuestras almas están afligidas y nos lamentamos a causa de la iniquidad del mundo y las mal­dades que abundan por doquier. Por tanto, a causa de nuestra profunda preocupación, oramos por la juventud de Sión, por la generación joven y creciente, por aquellos que ahora deben pre­pararse para dirigir el reino en su propio tiempo y época. Aléjalos de la maldad; protege el camino a fin de que no caigan en pecado y sean vencidos por el mundo. Oh Señor, bendice a la juventud de Sión, y a nosotros, sus líderes, a fin de que podamos guiarlos y diri­girlos por el buen camino.

Sabemos que tu reino seguirá hacia adelante y que las huestes de la generación joven y creciente permanecerán aun en poder y gran gloria como testigos de tu nombre y maestros de tu ley. Presérvalos, oh nuestro Dios; ilumina sus mentes y derrama sobre ellos tu Santo Espíritu, mientras se pre­paran para la gran obra que re­caerá sobre ellos.

Permite que ese gran templo del saber, la Universidad de Brigham Young, y todo lo concerniente a ella, y todas las otras escuelas de la Iglesia, institutos y seminarios, sean prosperados al máximo. Que tu poder iluminador descanse so­bre aquellos que enseñan y los que son enseñados, a fin de que “bus­quen conocimiento, tanto por el estudio como por la fe.”

Bendícenos, oh Señor, para que podamos enseñarnos “el uno al otro la doctrina del reino” como tú lo has mandado. Que podamos hacerlo con tal diligencia que tu santa gracia esté con nosotros, a fin de que podamos ser “más per­fectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios.”

Que las almas de todos los que enseñan y estudian en todos los campos académicos sean ilumina­das con conocimiento espiritual, a fin de que puedan acudir a tu casa por bendiciones, conocimiento y sabiduría que sobrepasa todo lo que pueda encontrarse en donde­quiera.

Te agradecemos, oh Padre, tu propósito de proveer para tus santos, y recordamos el manda­miento que nos has dado de velar por los necesitados y desafortuna­dos que están entre nosotros. Sabe­mos que nos has mandado a noso­tros y a todos los hombres a sojuzgar la tierra y a ganar el pan con el sudor de nuestra frente, pero nuestros corazones sienten compasión por aquellos que han sido azotados por la desventura y que no siempre son capaces de velar por sus propias necesidades.

Por lo tanto, estamos muy agradecidos porque inspiraste a tus siervos a instituir el Programa de Bienestar de tu Iglesia para que los pobres y desafortunados pue­dan ser ayudados sin la pérdida de su autorrespeto. Y ahora, con el creciente número de estacas y misiones por todo el mundo, rogamos diligentemente que tus siervos puedan continuar en tu favor, que puedan ser merece­dores de tu inspiración para desa­rrollar este Programa, hasta que llegue a ser perfecto en todo respecto, para el cuidado y bendi­ción de tu pueblo dondequiera que estén reunidos.

Buscamos tu guía y Espíritu, oh santo Padre, para que tus santos puedan ser cuidados a tu propia manera. Deseamos seguir esos principios que nos has dado, que son: que los que estén en necesidad utilicen al máximo sus propios esfuerzos individuales; que los que sean ricos en sabiduría, dirección, y en las cosas materia­les del mundo, contribuyan con sus talentos y medios; que todos nos unamos con los lazos de la ver­dadera hermandad para cuidar por los huérfanos y las viudas; y que nos mantengamos sin mancha de los pecados del mundo, todo lo cual, como tú lo has dicho, es la religión pura y sin mácula delante de tu santo rostro. Oh Señor, bendice a tus siervos con revelación en ésta y todas las cosas pertenecientes al crecimiento y desarrollo de tu obra sobre la tierra.

Y ahora, oh Dios, el Eterno Padre, acepta de nuestros labios estas palabras de alabanza, agra­decimiento y súplica. Escucha nuestros ruegos; lee los pensamientos e intentos de nuestros corazones; y concédenos todo lo que necesitemos. Reconocemos tu mano en todas las cosas y desea­mos servirte y guardar tus manda­mientos, para que podamos tener un lugar contigo en tu reino.

Guiados por la inspiración de tu Espíritu, ha sido nuestro privile­gio edificarte este Templo, que ahora te entregamos como otra de tus Santas Casas.

Por tanto, de acuerdo con el modelo que has dado, y tomando el mismo curso que siguieron tus siervos antiguos, y actuando con la autoridad del Sacerdocio que es según el orden de tu Hijo y en su santo Nombre, dedicamos este Templo a ti, el Señor.

Lo dedicamos como una casa de bautismo, una casa de investi­duras, una casa de matrimonios y una casa de justicia para los vivos y los muertos.

Rogamos humildemente que aceptes este edificio y derrames sobre él tus bendiciones como una casa a la cual vendrás y en la cual tu Espíritu indicará todo lo que se haga, para que pueda ser acep­table ante ti. Que tu Espíritu y bendiciones guíen y estén con los que oficien dentro de él, que prevalezca un sentimiento de santidad en cada habitación de ésta, tu Santa Casa. Que todos los que entren en ella tengan manos limpias y corazones puros, y que puedan ser edificados en su fe y salgan con un sentimiento de paz y alaben tu santo Nombre.

Dedicamos el terreno sobre el cual está edificado y los que lo rodean; dedicamos la pila y los cuartos de ordenanzas, y especial­mente los cuartos de sellamiento, a fin de que puedan ser conserva­dos santos y que tu cuidado pro­tector esté sobre ellos, y que tu Espíritu esté siempre presente para iluminar a los que asistan.

Dedicamos todas las partes estructurales desde sus cimientos hasta la torre. Protégelo, te roga­mos, de cualquier influencia de­vastadora, incendios, huracanes, tormentas o destrucción de cual­quier clase.

Dedicamos las aceras, los bellos jardines, los árboles, las plantas, las flores y los arbustos que más tarde serán añadidos; que puedan agregar belleza y fragancia a los alrededores.

Protege todas las partes mecá­nicas a fin de que día tras día este santo Templo pueda funcionar armoniosamente.

Que todo lo que se verifique aquí sea con el deseo sincero de glorificarte y de edificar tu reino aquí sobre la tierra.

Y por último dedicamos este Templo como una morada para ti y tu Hijo y el Espíritu Santo, y rogamos que pongas tu sello de aprobación sobre esta ordenanza dedicatoria y sobre todo lo que hemos hecho y haremos en ésta, tu Santa Casa, la cual te entre­gamos, oh Señor.

Oh Señor de nuestros padres, que se sienta sobre su trono, y que vive y reina sobre todas las cosas, ¡bendito sea tu santo Nombre, ahora y para siempre! En el nombre del Señor Jesucristo, tu Unico Hijo, así sea. Amén y amén.

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