Los Diez Mandamientos

Conferencia General octubre de 1971

Los Diez Mandamientos

por el élder Sterling W. Sill
del Consejo de los Doce

Sterling W. SillHace algún tiempo, oí a un gran hombre de negocios dar una interesante fórmula para el éxito. Dijo que al proyectar cualquier logro, uno de los primeros pasos que deberían tomarse sería decidir en forma definitiva respecto a aque­llas cosas que no deberían hacerse bajo ninguna circunstancia. O sea, si una persona se inicia en los negocios, existen ciertas prácticas deshonestas y procedimientos im­propios que deberían desecharse definitiva y permanentemente por adelantado. O al planear un ma­trimonio feliz, hay infidelidades y deslealtades que nunca deben tener lugar. Cuando la persona ha eliminado aquellas cosas que no hará, entonces puede concentrar todo su tiempo y energía en las cosas que debe hacer.

Pero siempre encontramos grandes dificultades cuando fra­casamos al no tomar decisiones firmes y duraderas que gobiernen asuntos importantes. Un siquiatra le dijo una vez a un paciente: “¿Tiene usted algún problema en tomar una decisión?” El paciente respondió: “Bueno, sí y no.” Una persona así, es débil. Una persona indecisa comete muchos más errores de los que debiera.

Recientemente, a un hombre que buscaba ayuda con respecto a un problema moral, se le hizo la pregunta: “¿Qué va a hacer cuando se sienta tentado la próxima vez?” A lo que él respondió: “¿Cómo puedo saberlo hasta que sepa cuál es la tentación?” Si este hombre no puede recapacitar favorablemente mientras está sufriendo las con­secuencias, ¿qué podrá hacer cuando sus deseos se vean de nuevo encendidos por su iniqui­dad? Por cierto nos perjudicamos seriamente cuando posponemos tomar definitivamente una deci­sión acerca de esas preguntas im­portantes respecto a la moralidad, la honradez, la integridad, la industriosidad y la religión.

Una de las mejores ilustraciones de este procedimiento de definir los fracasos anticipadamente, fue empleada por el Señor mismo cuando trató de convertir al Israel antiguo en la nación más grande de la tierra. Tres meses después de haber sido liberados de su cau­tiverio en Egipto, acamparon frente al Monte Sinaí. Entonces Dios les dio los Diez Mandamientos, que incluían una lista de las cosas que no debían hacer bajo ninguna circunstancia, ya que ni Dios mismo podría hacer una gran na­ción de un grupo de asesinos, mentirosos, ladrones, ateos, adúl­teros y violadores del día de reposo.

Aparentemente el Señor trató de hacer su presentación tan memorable como fuera posible; lo cual trae a la memoria la anéc­dota del jefe de ingenieros de cierta compañía, cuyos servicios con la misma habían cesado, y que le preguntó al presidente la razón por la que había sido despe­dido; éste contestó: “Usted nos permitió hacer un error que nos costó demasiado dinero.” El in­geniero replicó: “Pero seguramente usted debe recordar que yo les aconsejé específicamente no ha­cerlo,” El presidente contestó: “Sí, recuerdo que usted nos aconsejó que no lo hiciéramos, pero no golpeó la mesa cuando nos acon­sejó.”

La clase de énfasis que se da a una idea es algunas veces tan im­portante como la idea misma. Recientemente, un ministro religio­so dijo en un programa de radio que él ya no hablaba más sobre los Diez Mandamientos en su iglesia, porque eran demasiado anticuados. Dijo también que su lenguaje era demasiado áspero para las dé­biles sensibilidades de nuestra época. Este ministro pensaba que en lugar de usar términos tan fuertes como mandar y no harás, el Señor debió haber empleado pala­bras más suaves tales como yo recomiendo, yo sugiero o yo aconsejo. Pero frecuentemente, las palabras suaves producen actitudes suaves con significados débiles y viola­ciones intrínsecas.

Nosotros sabemos que la tole­rancia destructiva de nuestra épo­ca actual es la causa de algunos de nuestros pecados más grandes. Pero el Señor no permitió la tole­rancia en la enunciación de los Diez Mandamientos; El descendió al Monte en una nube de fuego de la cual el humo ascendía como de un horno; vino con tal poder que la montaña se estremeció y las personas mismas temblaron. Luego con el acompañamiento de rayos y truenos en esa sagrada montaña, Dios le dio al pueblo su ley bási­ca, y enumeró algunas de las cosas que no debían hacer. Dijo:

  1. No tendrás dioses ajenos de­lante de mí.
  2. No te harás imágenes.
  3. No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano.
  4. Acuérdate del día de reposo para santificarlo.
  5. Honra a tu padre y a tu madre.
  6. No matarás.
  7. No cometerás adulterio.
  8. No hurtarás.
  9. No hablarás falso testimonio.
  10. No codiciarás. (Exodo 20:3-4, 7-8, 12-17.)

Estas palabras pueden ser leídas en menos de 30 segundos, y sin embargo, si fueran obedecidas, transformarían rápidamente nuestra tierra en el paraíso de Dios. Pero no solamente desobedecemos estas leyes importantes; mucha gente ni siquiera sabe lo que son. En una ocasión, un hombre le dijo a su amigo: “Te doy cinco pesos si puedes repetir cualquiera de los Diez Mandamientos.” El amigo aceptó el desafío y procedió a de­mostrar su conocimiento, diciendo: “Angel de la guarda, dulce compa­ñía, no me desampares, ni de noche ni de día. Ni en la hora de mi muerte. Amén.” Su amigo le contestó: “Aquí tienes el dinero; no pensé que pudieras hacerlo.”

Pero a causa de que estamos violando los Diez Mandamientos, éstos también nos están quebran­tando a nosotros. Estamos cum­pliendo la profecía de Ezequiel, que dijo: “. . . el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). El pe­cado es más que importante, ya que como dijera Martín Lutero: “Un vicio puede vencer diez vir­tudes.”

Un banquero podrá cancelar una deuda con una suma equiva­lente a la misma, pero no se puede hacer lo mismo en la cuenta más importante de la vida, ya que varias grandes virtudes pueden quedar anuladas por un vicio. Recientemente, se sostuvo una conversación sobre las virtudes de tres hombres a fin de elegir uno para una asignación importante. De uno de ellos se dijo: “Es buen trabajador y conoce el oficio, pero es deshonesto.” Acerca del se­gundo se dijo: “Es estrictamente honrado y muy capaz, pero no es trabajador.” Y del tercero se dijo: “Es muy capaz y simpático, pero es inmoral.” Y aun cuando el elogio es maravilloso, no obstante, cuan­do se llega a los peros, todos deberían prestar mayor atención. No podemos cancelar un podo de inmoralidad con algo de industria, un poco de improbidad con un poco de habilidad, o un poco de ateísmo con algunas buenas in­tenciones.

El año pasado, hubo más de 4 millones de arrestos en los Esta­dos Unidos, por robos que exce­dían los 50 dólares. De éstos, aproximadamente 777.000 eran robos de autos. Actualmente, mu­cha gente está reemplazando a los Diez Mandamientos con su propia versión de la nueva moral. Tene­mos millones de ateos activos, y se comete un asesinato o un suicidio cada 15 minutos. Este código modificado dice: no matarás, a menos que alguien se interponga en tu camino; o no cometerás adul­terio a menos que te guste la mujer o el hombre; o no tendrás dioses ajenos delante de mí, a menos que se te ocurra algo mejor. Y algunos han llegado hasta el colmo de repudiar su divino sentido de la responsabilidad.

Recientemente, un reportero de una revista popular le preguntó a una señorita si pensaba que era algo malo violar los Diez Man­damientos. Ella contestó: “¿Quién soy yo para decir lo que es bueno o malo?” Y hay algunos a quienes no les importa, si es lo uno o lo otro. Sin embargo, en nuestra época, el Señor ha reafirmado y recalcado estas grandes leyes da­das en Sinaí. Como se encuentra registrado en la sección 59 de Doc­trinas y Convenios, El ha dicho: “No hurtarás, ni cometerás adul­terio, ni matarás, ni harás ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6). Estamos haciendo muchas cosas que son “semejantes” a la viola­ción de los Diez Mandamientos. Es fácil para los semi creyentes y los fracasados sentirse culpables de esos pecados de devoción di­vidida con moral marginal y un mínimo de realizaciones. La de­sobediencia y negligencia siempre acarrean sobre nosotros una carga demasiado pesada de soportar.

Yo no me encontraba presente en Sinaí cuando fueron dados los

Diez Mandamientos, y sin embar­go, sé, como cualquiera que haya estado presente, que hay que obe­decer a Dios y honrar a nuestros padres. Sé que aquellas personas que guarden el día de reposo serán diferentes a las que no lo hagan. Sé como la gente que se encontraba en Sinaí, que no es bueno profanar, robar, codiciar, hablar falso testimonio, matar, cometer adulterio ni cualquier otra cosa semejante.

Por medio de Malaquías, el Señor dijo: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis ro­bado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldi­ción, porque vosotros, la nación toda me habéis robado” (Malaquías 3:8).

Si las personas que no pagaban sus diezmos estaban robando a Dios, y nosotros nos encontramos haciendo la misma cosa, estamos robándole al Señor ahora. Y cuan­do le robamos a Dios, también nos robamos a nosotros mismos. A menos que intentemos destruir nuestra propia herencia, debemos establecer alguna clase de pro­tección eficaz a lo largo de las fron­teras de esa senda recta y estrecha que guía al reino celestial; debe­mos pintar algunas líneas conti­nuas entre lo bueno y lo malo, y poner algunas señales de alto en esos callejones sin salida donde el tránsito ha sido prohibido.

Dios ha dicho que no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia, y que aquél no es permitido en su presencia; y cuando tomamos ac­titudes erróneas, ponemos un mal ejemplo o hacemos las cosas malas, estamos frustrando sus propósitos. Violamos ese gran mandamiento que dice: “No ha­blarás falso testimonio” cuando afirmamos ser los hijos de Dios y luego andamos por ahí, actuando como huérfanos, pecadores, co­bardes y alfeñiques.

A causa de nuestra prímogenitura, nuestra inteligencia, nuestros convenios y nuestras asignaciones, todos somos testigos especiales para Dios y tenemos algunas cosas muy importantes que debemos ha­cer. Dios es nuestro Padre Celestial eterno; todos somos sus repre­sentantes en la mayor de las em­presas familiares, a la cual Jesús se refirió como “los asuntos de mi padre”. O sea, el asunto de edifi­car la integridad, el carácter y la vida eterna en la vida de sus hijos.

Y una de las cosas que deberíamos hacer muy frecuentemente es ir en la fortaleza del Espíritu y pararnos nuevamente delante del Monte Sinaí, mientras hacemos inventario de aquellas cosas que Dios mismo ha puesto fuera de límite. El énfasis de los golpes en la mesa nos ayudará a recapacitar con más seguridad, a fin de elimi­nar las que no se deben hacer bajo ninguna circunstancia. Y que el Señor nos ayude, ruego humilde­mente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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