Honradez, un principio de salvación

Conferencia General Octubre de 1971
Honradez, un principio de salvación
por el élder Mark E. Petersen
del Consejo de los Doce

Mark E. PetersenUno de los Artículos de Fe de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días incluye la expresión, “creemos en ser hon­rados” (Artículo de Fe No. 3).

Pero no creemos en la honra­dez como una política simple­mente; es mucho más importante que eso. La honradez es un prin­cipio de salvación en el reino de Dios, y sin ella no puede haber salvación. Así como no hay hom­bre ni mujer que pueda salvarse sin el bautismo, nadie puede sal­varse sin la honradez. Como no podemos progresar en el reino de los cielos sin una resurrección, tampoco podemos avanzar a reinos celestiales sin la honradez.

Así como Dios condena la in­moralidad, también denuncia la hipocresía, que es una de las peores formas de improbidad. Cuando El describe el infierno del mundo venidero, especifica que las personas fraudulentas irán ahí. Ninguna cosa impura puede entrar en la presencia del Señor; del mismo modo ningún men­tiroso, tramposo ni hipócrita puede morar en su reino.

La improbidad está directamen­te unida al egoísmo, que es su origen y fuente. El egoísmo se encuentra en la raíz de casi todos los desórdenes que nos afligen, y la inhumanidad del hombre para con el hombre continúa siendo causa de lamento para miles de personas.

Si toda la humanidad fuese honrada, podríamos tener el cielo aquí en la tierra; no habría necesi­dad de tener ejércitos ni marinas, ni aun un policía en la más pe­queña comunidad, ya que no ha­bría crimen, ni se invadirían los derechos ajenos, ni habría violen­cia de una persona contra otra. No habría causas para el divorcio, ni tampoco tendríamos esposos errantes ni esposas infieles; el conflicto entre padres e hijos desa­parecería, y la delincuencia juvenil llegaría a su fin.

Pero, ¿hay en nuestra sociedad una tendencia más propagada que la de mentir y engañar?

Es la mentira del vendedor de drogas la que tienta al joven a ceder, y la mentira del seductor la que persuade a la jovencita a entregar su virtud.

Es la mentira del vendedor sin escrúpulos la que atrapa a su víctima en ese trato fraudulento.

Es la mentira del estudiante la que lo convierte en un tramposo en la escuela.

Es la mentira del niño, y muy a menudo también la de los padres, lo que ocasiona la brecha en la comunicación entre las genera­ciones.

Es la mentira del reparador irresponsable lo que esconde una reparación defectuosa.

Es el vivir mentira sobre men­tira lo que hace de un hombre un hipócrita.

Es la mentira del esposo o la esposa lo que lleva a la infidelidad, y la del estafador lo que lo hace falsificar’ sus libros.

Es el deseo de mentir y enga­ñar lo que convierte a una madre en ladrona de tiendas, y al niño que la ayuda en un criminal en potencia.

Es la mentira que se encuentra en los labios de los vecinos chis­mosos lo que lleva difamación a muchas víctimas inocentes.

Es la persona falsa la que trata de aprovecharse, de humillar o de perjudicar deliberadamente a un semejante.

Es la mentira del clérigo que aboga por las relaciones sexuales premaritales como un tipo de matrimonio probatorio, lo que persuade a la jovencita a perder su virtud. Quizás ella sea ingenua o torpe en aceptar su palabra, pero él tendrá que pagar un precio en la barra del juicio de Dios por decir que no hay ningún pecado en este tipo de relaciones, cuando sabe perfectamente lo que el Todopoderoso ha exclamado des­de las cumbres del Monte Sinaí: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14).

Es la mentira del hipócrita que riñe con su esposa, degrada a sus hijos y se comporta como una bestia en el hogar, lo que lo per­suade a asumir un papel piadoso durante los domingos, cantar en el coro y participar de los emble­mas sagrados de la Cena del Señor.

Es la mentira de la joven capri­chosa lo que la lleva a engañar a sus padres al entrar a una vida de pecado con un joven que úni­camente la degradará.

Nosotros, los Santos de los Últimos Días creemos en Dios, y porque creemos en El, también creemos en que hay un diablo. Pero el diablo mismo es un menti­roso—el padre de todas las men­tiras—y aquellos que deciden engañar, mentir, defraudar y fal­sificar, se convierten en sus es­clavos.

No es de extrañar que el pasaje de escritura diga:

“Seis cosas aborrece Jehová,
Y aun siete abomina su alma:
Los ojos altivos, la lengua men­tirosa,
Las manos derramadoras de sangre inocente,
El corazón que maquina pen­samientos inicuos,
Los pies presurosos para correr al mal,
El testigo falso que habla men­tiras,
Y el que siembra discordia entre hermanos” (Proverbios 6:16- 19).

En los siguientes versículos, la escritura ata estas palabras a otro pecado sumamente grave que nunca está exento de menti­ras y decepción: el de la lascivia, el cual dice Dios que destruirá el alma. En la revelación moderna, el Señor describe el infierno del mundo venidero al enumerar a aquellos que sufrirán, y dice:

“Estos son los mentirosos, los hechiceros, los adúlteros, los for­nicarios y quienquiera que ama y dice mentiras.

“Son los que padecen la ira de Dios en la tierra;

“Y los que padecen la venganza del fuego eterno;

“Y los que son arrojados al infierno y padecen la ira de Dios Todopoderoso. . .” (D. y C. 76:103-106).

La mayoría de nosotros afirma­mos ser cristianos, tomar sobre nosotros el nombre de Cristo y adorar en su Santo Nombre. Pero, ¿somos verdaderamente cristianos de corazón? ¿Es nuestra adoración verdaderamente aceptable ante El? Esto lo podemos determinar pre­guntándonos si guardamos en realidad sus mandamientos. Si no es así, ¿somos dignos de llevar su nombre?

Un hombre preguntó: “Si tuvierais que probar en el tribunal que sois cristianos, ¿qué utilizaríais como evidencia?”

Los cristianos deben aprender que no hay nada bueno en el engaño; que no hay nada justo en la hipocresía, que no hay nada bueno en la mentira.

Debemos reconocer que si no somos honrados, no somos limpios ante la vista de Dios, y que nin­guna cosa impura puede entrar en su presencia. El entregarse a prác­ticas ímprobas es apostatar del modo de vida cristiano. El que apostata de Cristo se convierte en anti-Cristo, y ¿quién de nosotros puede permitirse eso? Ser anti- Cristo es oponerse a Él, luchar en su contra, aun en una desobe­diencia silenciosa, luchar contra Cristo es poner a Dios fuera de nuestra vida, y eso sobre todo, invita a la autodestrucción.

Los hombres podrán filosofar y decir que no hay Dios; podrán llamar a la religión un mito; po­drán edificar sus propios concep­tos intelectuales, pero todo será en vano, la evidencia de que Dios existe es asombrosamente mayor que todas las protestas y teorías vacías que tratan de abolirlo. Como dijera un poeta: “Únicamente él necio afirma que Dios no existe.”

En esta época de grandes lo­gros, existe más razón para creer en Dios que en cualquier otro tiempo que recordemos. Todas nuestras exploraciones, todos nuestros logros científicos, aun el de enviar al hombre a la luna declaran la existencia y poder de Dios.

No existe precisión en la casua­lidad, y no hay certeza en la es­pontaneidad. Pero en el universo existen tanto la precisión como la certeza, y éstas, como nuestros ilustres científicos han dicho, de­claran la gloria de Dios; y junto con el salmista de antaño, excla­man: “De Jehová es la tierra y su plenitud.” (Véase Salmos 24.)

Si estamos interesados en el evangelio en el más mínimo grado, debemos vivirlo con todo nuestro corazón. No tiene objeto que nos engañemos y nos convirtamos en víctimas de nuestra propia indiscreción. Es un hecho tan sen­cillo que aun un niño puede com­prender: que si hemos de ser sal­vos en el reino de Dios, debemos vivir sus leyes honrada, completa y devotamente. La indiferencia es repugnante para el Señor; Él les ha dicho a los tibios que los vomitará de su boca.

¿Por qué suponéis que nos mandó que lo sirviéramos con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza?

¿No nos acordamos de que Él ha dicho que si aceptamos sus mandamientos con un corazón dudoso y los cumplimos desidiosa­mente, somos condenados? (D. y C. 58:29).

Si hemos de ser cristianos en nuestros hechos, debemos recor­dar y guardar estas palabras:

“… si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu her­mano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcilíate primero con tu hermano, y entonces ven y pre­senta tu ofrenda” (Mateo 5:24-25).

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39).

¿Y recordáis que el Salvador nos dio este mandamiento particu­lar: “no seas como los hipócri­tas”? (Mateo 6:5). Más adelante explicó que “ninguno puede servir a dos señores. . . No podéis ser­vir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

También tenemos este texto vital de escritura: “No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; el que habla mentiras no se afirmará delante de mis ojos” (Salmos 101:7).

Cuando el Todopoderoso habló desde Sinaí, mandándonos que no debíamos hurtar, en el mismo momento dijo: “No hablarás con­tra tu prójimo falso testimonio,” y asimismo declaró que no debe­mos codiciar nada que sea de nuestros semejantes. (Véase Éxodo 20:16-17.)

En la revelación moderna dijo enérgicamente: “No mentirás; el que mintiere y no quisiere arre­pentirse, será expulsado” (D. y C. 42:21).

E hizo de este gran precepto una parte importante de las en­señanzas cristianas: “No hablarás mal de tu prójimo, ni le causarás ningún daño” (Doc. y Con, 42:27).

Y luego, mientras le enseñaba a la humanidad a evitar la avaricia y la codicia, las cuales conducen a toda forma de improbidad, nos amonestó a que tomásemos el camino más elevado. En vez de tomar de nuestro prójimo, debe­mos aprender a dar, a ser buenos samaritanos en cada acción; a compartir con nuestro prójimo menos afortunado y verdadera­mente mostrar amor por nuestros semejantes. De este modo dijo: “. . . te acordarás de los pobres. . . consagrarás lo que puedas darles de tus bienes… Y al dar de tus bienes a los pobres, lo harás para mí . . .” (D. y C. 42:80-31).

El Salvador conoce la gran carga del pecado. Él sabe que la vida pecadora es la vida costosa y miserable, y que la maldad nunca fue felicidad. Él nos invita a lle­var una carga más ligera, de gozo, alivio y profunda satisfacción, y dice:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

El Señor establece claramente que todos tenemos necesidad del arrepentimiento, y que si verda­deramente nos arrepentimos y aceptamos su yugo de amor, per­dón y obediencia, Él nos recibirá.

A través de su antiguo siervo Juan dijo:

“. . . si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

“Si decimos que no hemos pe­cado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.”

Por otra parte, dijo:

“Si confesamos nuestros peca­dos, él es fiel y justo para per­donar nuestros pecados, y lim­piarnos de toda maldad” (1 Juan 1:7-9).

“El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo.

“Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos” (1 Juan 2: 10-11).

Y luego tenemos las palabras de Santiago de que la fe sin obras es muerta. Para ser verdadera­mente cristianos, debemos com­binar nuestra fe con nuestras obras y viceversa y nuestras obras deben ser obras de verdad. (Véase Santiago 2:17-18).

El Espíritu de Dios es el espí­ritu de verdad. El Salvador es la personificación de la verdad. Des­cribiéndose a sí mismo, dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

No hay salvación en el reino de Dios, excepto por medio de la verdad, y esa verdad es Cristo. Y este es mi testimonio para voso­tros, en el nombre del Señor Jesu­cristo. Amén.

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