La venida de Elias

Junio de 1972

La venida de Elías

por el presidente Joseph Fielding Smith

Joseph Fielding SmithMalaquías, el último de los profetas del Antiguo Testamento, concluyó sus predicciones con estas palabras:

“He aquí, yo os envío el pro­feta Elias, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.
“El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los pa­dres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Malaquías 4:5-6).

Parece sumamente apropiado que el último de los antiguos pro­fetas cerrara sus palabras con una promesa dirigida a las genera­ciones futuras, y que en esa pro­mesa predijera una época en don­de habría una unión de las dis­pensaciones pasadas con aquellas de tiempos posteriores. Para la mayoría de los comentadores, las palabras proféticas de Malaquías han probado ser un misterio in­superable. Esto sucede especial­mente respecto a su declaración de la venida de Elias.

La razón de este tropiezo se debe en gran parte a que los co­mentadores de la Biblia no han podido comprender que es posible y razonable que un profeta anti­guo, que vivió casi mil años antes del tiempo de Cristo, fuera en­viado con un poder tan extraor­dinario como el que fue descrito por Malaquías y que Elias po­seía. La interpretación popular ha sido que esta profecía se cum­plió con la venida de Juan el Bau­tista como un Elias, con poder de volver el corazón de los padres hacia los hijos y los hijos hacia los padres. Una razón para esta interpretación es la falta de com­prensión de las palabras del ángel a Zacarías, en relación a Juan, cuando dijo:

“E irá delante de él con el es­píritu y el poder de Elias, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebel­des a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lucas 1:2 7).

Es cierto que Juan vino con el espíritu y el poder de Elias, pero no para cumplir la promesa hecha por Malaquías, que en el contexto aparece como algo designado para llevarse a cabo en los últimos días y poco antes del día grande y terrible del Señor, cuando Cristo realice su segunda venida a la tierra. A la persona que tiene fe en las escrituras tampoco deberá parecerle irrazonable creer que un antiguo profeta pudiera ser enviado a la tierra en tiempos posteriores. Hay un relato bas­tante vivido registrado por los autores de los Evangelios respecto a la aparición de Moisés y Elias a Pedro, Santiago y Juan mientras se encontraban con Cristo en el Monte de la Transfiguración. Ahora bien, si Moisés y Elias pu­dieron aparecer a estos discípulos cientos de años después que vivieron en la tierra, ¿no es igual­mente razonable creer que po­drían ser enviados nuevamente en nuestros tiempos con un men­saje de salvación y con autoridad para los hombres sobre la tierra?

Cuando el Salvador y sus dis­cípulos descendieron del Monte de la Transfiguración, el Señor les mandó no decir a ningún hom­bre acerca de esta manifestación hasta que Él hubiese resucitado de los muertos. No obstante, es­taban ansiosos por saber algo de la venida de Elias, y en respuesta a su pregunta, el Señor les dijo:

“A la verdad, Elias viene pri­mero, y restaurará todas las cosas.
“Mas os digo que Elias ya vino, y no le conocieron, sino que hi­cieron con él todo lo que qui­sieron. . .”    (Mateo 17:11-12).

Entonces los discípulos su­pieron que el Maestro se refería a Juan. El Salvador aclaró que Juan el Bautista vino como un Elias, o a preparar el camino para El, pero asimismo aclaró que en un tiempo futuro habría de venir otro Elias con el poder de res­taurar todas las cosas. Juan no restauró todas las cosas durante su breve ministerio, pese a lo importante que haya sido. Su obra fue la preparación para el ministerio de Jesucristo, y en este respecto fue un Elias.

El nombre Elias es algo más que un nombre propio; es tam­bién un título. Un Elias es aquel que sale antes que uno más grandioso que él mismo, a fin de preparar el camino para el hom­bre poderoso que lo seguirá. Juan sirvió en este llamamiento, pero no como el restaurador de todas las cosas. Es evidente que la restauración de todas las cosas no era un propósito que habría de lograrse durante el meridiano de los tiempos, cuando Cristo es­tuvo en su ministerio. Esta gran obra fue reservada para los últi­mos días. Consideremos este punto por un momento.

Poco antes de la ascensión de nuestro Señor, los discípulos le hicieron esta pregunta:

“Señor, ¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” Les respondió: “No os toca a vosotros saber los tiem­pos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hechos 1:6-7). Esta respuesta tiene tan solamente un significado, y es que la restauración no era para su época.

Más tarde, esos discípulos vieron claramente esta verdad. Fue poco después de este inci­dente cuando Pedro amonestó a algunos de los judíos que actuaron como instrumentos en la muerte del Señor; les dijo que debían arrepentirse y convertirse, que sus pecados podrían ser borrados “para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cier­to es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restaura­ción de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus san­tos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:19-21).

En sus escritos a los santos efesios, Pablo también les dijo que en la dispensación del cum­plimiento de los tiempos, el Padre reuniría en una todas las cosas en Cristo, “las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10).

Los discípulos sabían que el tiempo de restitución no habría de venir hasta la época cercana a la segunda venida de Jesucristo, y sería en ese tiempo que Elias habría de traer a la tierra su sa­cerdocio y restaurar a los hombres el poder de sellar en la tierra como en los cielos, a fin de que la hu­manidad pudiera tener los medios de escapar de la destrucción que esperaba a los inicuos en el día grande y terrible del Señor. Este día grande y terrible no puede ser otro sino el de la venida de Jesucristo para establecer su reino, en poder, entre los justos en la tierra y limpiarla de toda la ini­quidad. No será un día de miedo ni para causar temor en los cora­zones de los justos, pero será un gran día de miedo y terror para los impíos. Esto lo hemos apren­dido de las palabras de nuestro Salvador mismo, como se lo en­señó a sus discípulos.

Tenemos una interpretación mucho más clara de las palabras de Malaquías, dada por el profeta nefita Moroni, que le apareció a José Smith, el 21 de septiembre de 1823. Es así la manera en que el ángel las citó:

“He aquí, yo os revelaré el sa­cerdocio por la mano de Elias el profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.
“Y él plantará en los corazones de los hijos las promesas hechas a los padres, y los corazones de los hijos se volverán a sus padres.
“De no ser así, toda la tierra sería destruida totalmente a su venida” (Doc. y Con. 2:1-3).

Moroni le informó a José Smith que esta predicción estaba por cumplirse; el cumplimiento se realizó aproximadamente doce años más tarde, el 3 de abril de 1836. En ese día, Elias se apareció a José Smith y Oliverio Cowdery en el Templo de Kirtland y confirió sobre ellos su sacerdocio, el cual es el poder para atar, o sellar en la tierra y en el cielo. Las lla­ves de este sacerdocio estaban en poder de Elias, a quien el Señor dio poder sobre los elementos, así como sobre los hombres, con la autoridad de sellar sobre los justos, por tiempo y eternidad, todas las ordenanzas pertenecien­tes a la plenitud de salvación. El profeta José Smith dijo que Elias fue el último Profeta que tuvo las llaves de este sacerdocio; él habría de venir y restaurar esta autoridad en la última dispensa­ción a fin de que todas las or­denanzas del evangelio pudiesen ser logradas en justicia, y sin esta autoridad, las ordenanzas no serían en justicia.

Por lo tanto, la restauración de esta autoridad es la levadura que salva a la tierra de ser total­mente consumida en la venida de Jesucristo. Si fijamos firme y cla­ramente en nuestra mente esta verdad, es fácil comprender que únicamente habría confusión y desastre si Cristo viniera y el po­der de sellar no se encontrara aquí. El Señor no reconoce nin­guna ordenanza ni ceremonia, pese a que haya sido efectuada en su nombre, a menos que esté de acuerdo con su voluntad y haya sido realizada por alguien reconocido como su siervo autori­zado. Fue por esa razón que Él les envió de su presencia mensa­jeros santos a José Smith y otros, para restaurar aquello que había sido quitado de la tierra, aun la plenitud del evangelio, y la pleni­tud y las llaves del sacerdocio. En esta época de restauración fue necesario no solamente que Elias viniera con el poder sellador para hacer válidas todas las or­denanzas y ceremonias del evan­gelio, sino también que los anti­guos profetas que tuvieron las llaves de dispensaciones viniesen, desde los días de Adán y los de Pedro, Santiago y Juan, y restau­raran su autoridad en ésta, la dis­pensación del cumplimiento de los tiempos. Esto queda positiva­mente declarado por Pedro y Pa­blo en sus instrucciones a los san­tos de la Iglesia de Jesucristo de los días antiguos. Pero aquí he­mos estado considerando sola­mente la venida de Elias con las llaves selladoras, poniendo el sello de aprobación en todo lo que se efectúe en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, para que sea re­conocida en los cielos y ante el trono de Dios.

El logro más importante me­diante la restauración de esta autoridad que estuvo en manos de Elias fue plantar en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, de que las ordenan­zas deben ser efectuadas por los padres en los Templos del Señor por medio de lo cual la salvación en el reino de Dios puede venir a todos los padres que sean dignos de recibirla. Esto ha de llevarse a cabo mediante la obra vicaria efectuada por sus hijos en su beneficio. Elias llevó a cabo la restauración del poder mediante el cual los esposos pueden ser sellados por la eternidad así como por esta vida, ya que el matri­monio fue primeramente insti­tuido antes de que la muerte entrara al mundo, y de acuerdo con el propósito del Señor, debe ser eterno.

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