Venzamos a los Goliats de nuestra vida

Liahona de Febrero 2002

Venzamos a los Goliats de nuestra vida
por el presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Hace unos años hablé a los hombres jóvenes de la Iglesia sobre el vencer a los Goliats de sus vidas, y ahora me gustaría aplicar ese mismo tema a todos nosotros, pues muy pocos son los que sólo tienen un Goliat contra quien luchar. Al estudiar este año el Antiguo Testamento, nos daremos cuenta de que el relato de David y Goliat es un magnífico ejemplo de lo que se puede aprender de las páginas de ese gran libro de Escrituras. Contaré sólo parte de la historia ya que estoy seguro de que ya están familiarizados con ella. Se trata de la historia de David, hijo de Isaí.

Como recordarán, el ejército de Israel, bajo la dirección del rey Saúl, se batía en guerra a muerte con el ejército de los filisteos. Un ejército estaba destacado en una colina; y el otro, en la colina opuesta, con un valle de por medio. Los filisteos tenían entre los suyos un gigante que se llamaba Goliat de Gat, que medía seis codos y un palmo. Si no me equivoco en mis cálculos, medía aproximadamente tres metros. Hubiera sido espléndido como jugador de básquetbol.

Revestido con su armadura, bajó al valle y dio voces al ejército de Israel, diciendo:

“…Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí.

“Si él pudiere pelear conmigo, y me venciere, nosotros seremos vuestros siervos; y si yo pudiere más que él, y lo venciere, vosotros seréis nuestros siervos y nos serviréis.

“…Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo” (1 Samuel 17:8–10).

Al ver Saúl y todo el ejército de Israel a aquel gigante y escuchar su escalofriante reto, se llenaron de temor porque ninguno de ellos se le igualaba en estatura.

Mientras eso sucedía, Isaí, padre de David, pidió a éste, su hijo menor, que llevara alimentos a sus tres hermanos en el campamento. Cuando llegó al campo de batalla, Goliat los enfrentó otra vez, repitiendo el mismo reto, y David lo oyó. Los del ejército de Israel tuvieron gran temor. David, que no era más que un muchacho, dijo al rey (parafrasearé sus palabras): “¿Por qué temes a ese gigante? Yo iré a pelear con él”.

Saúl replicó: “No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud” (1 Samuel 17:33).

David Armado con la Fe

Pero David persuadió a Saúl a que le dejase ir. Contó al rey que había peleado con un león y un oso para salvar los corderos de su padre, y concluyó diciéndole que el Señor también lo libraría de la mano de aquel filisteo. Saúl, pensando tal vez que una vida más que se perdiera no sería tan grave tras las grandes pérdidas que ya habían sufrido, dijo a David: “…Ve, y Jehová esté contigo” (1 Samuel 17:37).

Saúl entonces puso a David tanta armadura que éste apenas podía caminar y dijo al rey: “…Yo no puedo andar con esto”, y se la quitó.

200202Entonces “tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril… y tomó su honda en su mano” (1 Samuel 17:40).

El muchacho, armado sólo con honda y cinco piedras, y sin más armadura que la de su fe, bajó al valle a enfrentarse a Goliat.

Goliat Armado con Una Espada, una Lanza y Unescudo

“Y cuando el filisteo miró y vio a David, le tuvo en poco; porque era muchacho, y rubio, y de hermoso parecer.

“Y dijo el filisteo a David: ¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos?”.

Y maldijo a David y le dijo: “…Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo”.

Entonces David pronunció estas elocuentes palabras: “…Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado.

“Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel” (1 Samuel 17:42–46).

Temerario modo de hablar para un muchacho que se enfrentaba a un gigante de tres metros de estatura.

Enfurecido, Goliat fue hacia él. David, corriendo hacia el gigante, metió “su mano en la bolsa, tomó de allí una piedra, y la tiró con la honda, e hirió al filisteo en la frente; y la piedra quedó clavada en la frente, y cayó sobre su rostro en tierra” (1 Samuel 17:49).

Los Gigantes Malvados de Nuestra Vida

Quisiera que aplicáramos esta historia a nuestra vida. Hay Goliats a nuestro alrededor, gigantes enormes con la mala intención de destruirnos. No son hombres de tres metros de altura, sino que son las personas y las instituciones que controlan los atractivos pero malignos elementos que pueden acometernos, debilitarnos y destruirnos. Entre ellos se encuentran la cerveza, los licores y el tabaco. Aquellos que promueven su consumo quisieran esclavizarnos con el uso de sus productos. Hay drogas ilegales de diversas clases que, se me ha dicho, son relativamente fáciles de conseguir. Para los que las venden, es un negocio que les reporta millones de dólares, una red gigante de iniquidad.

Está la pornografía, seductora, tentadora y provocativa, que ha llegado a ser una industria gigante que produce revistas, filmes y otros materiales. Está en Internet y, si se lo permitimos, penetrará nuestros hogares por medio de la televisión. Tiene como fin quitarnos el dinero y conducirnos a actividades que terminarán por destruirnos.

Los gigantes que se esconden tras esas caretas son formidables y hábiles. Han obtenido una vasta experiencia en la guerra que sostienen. A ellos les gustaría tenerles como esclavos.

Es casi imposible evitar sus productos por completo, pues se ven por todas partes. Mas no debemos temer si tenemos la honda de la verdad en nuestras manos. Hemos recibido enseñanzas y consejos. Tenemos en nuestro poder las piedras de la virtud, el honor y la integridad para usarlas en contra de esos enemigos que quisieran conquistarnos. Cuando nos desafíen, podemos “herirlos en la frente”, hablando en lenguaje figurado. Podemos triunfar sobre ellos disciplinándonos para evitarlos. Podemos decirles a todos ellos, como David dijo a Goliat: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado”.

La victoria será nuestra. No hay miembro alguno de la Iglesia que tenga necesidad de sucumbir ante ninguno de esos poderes. Ustedes son hijos de Dios y tienen Su poder en su interior para sostenerles. Tienen derecho a invocar a Dios para que les proteja. No permitan que Goliat alguno les atemorice. Manténganse firmes y no pierdan terreno, y saldrán triunfantes. Al pasar los años, mirarán hacia atrás y verán con satisfacción las batallas que han ganado en la vida.

Cuando la tentación les salga al paso, nombren al jactancioso y engañoso gigante “¡Goliat!” y hagan con él lo que hizo David con el filisteo de Gat. Ruego humildemente que Dios les bendiga a cada uno.

Protejan sus Hogares

Permítanme contarles una parábola. Un hombre edificó una casa hermosa y la amuebló con las mejores alfombras, muebles, aparatos eléctricos y todo lo que el dinero puede comprar. Dentro de sus paredes guardó sus regios automóviles y sus costosas joyas. Después, temeroso de que los ladrones pudieran entrar a robarle, hizo instalar carísimas cerraduras para las cuales tenía que usar una llave para salir así como para entrar. Puso rejas en las ventanas y en las puertas, y era como un prisionero que miraba al exterior desde su propia casa, como si estuviera en la cárcel. Instaló costosos dispositivos de vigilancia electrónica para encender las luces y poner en funcionamiento las sirenas en caso de que entrara un intruso. Dispuso sus jardines casi sin árboles y sin arbustos para evitar posibles escondites a los ladrones, y complacido, se dijo a sí mismo: “Ahora estoy seguro”.

Hay Goliats a nuestro alrededor, pero no debemos temer si tenemos la honda de la verdad en nuestras manos. Hemos recibido enseñanzas y consejos. Tenemos en nuestro poder las piedras de la virtud, el honor y la integridad para usarlas en contra de esos enemigos.

Pero lo que no tuvo en cuenta es que ni las rejas, ni las cerraduras, ni las luces, ni las sirenas ni nada por el estilo tendrían la más mínima eficacia para detener intrusos de otra clase que podrían destruir su vida y la de su familia. Se halló siendo su propio prisionero, encerrado en el calabozo de la desesperación y la desdicha. Permitió que le vencieran los Goliats de su vida.

Sé que es un tema anticuado, del que se ha hablado mucho, pero lo repito otra vez: Protejan sus hogares. Parece una tontería instalar rejas, cerraduras y dispositivos electrónicos contra los ladrones mientras intrusos más insidiosos entran furtivamente en el hogar para saquearlo.

Eviten la pornografía como lo harían con una plaga. Recuerdo una asignación que tuve hace unos años en la cual tuve que restaurar las bendiciones de un hombre que había sido excomulgado de la Iglesia debido a su pecado. Fue a mi despacho con su esposa. Hablé con ellos individualmente. A él le pregunté cómo había empezado todo. Él ocupaba un cargo de responsabilidad en la Iglesia y era también un hombre profesional con responsabilidades importantes en la comunidad.

Sus dificultades comenzaron, me dijo, cuando una revista pornográfica que tomó para leer en el avión le despertó la curiosidad, le atrajo. Pronto se encontró comprando más de las mismas. Luego quiso ver películas que le excitaran. Sabiendo que su esposa no consentiría a hacer cosa semejante, iba solo. Buscó motivos para salir de la ciudad e ir a otras donde podía complacer más fácilmente sus deseos. Luego encontró excusas para quedarse hasta tarde en su despacho y pidió a su secretaria que le acompañara. Una cosa condujo a la otra, hasta que sucumbió.

Con lágrimas que le corrían por las mejillas, se sentó ante mi escritorio y maldijo el día en que había leído aquella primera revista. Habló de su amor por su esposa, quien le había perdonado y seguía siéndole fiel. Habló de su amor por sus hijos, a quienes había avergonzado y humillado con sus acciones. Habló del infierno en el que había vivido desde el momento de su excomunión. Habló de su amor por la Iglesia y de su deseo de disfrutar nuevamente de todas sus bendiciones.

En presencia de su esposa, coloqué mis manos sobre la cabeza de él y con la autoridad del santo sacerdocio le restauré su sacerdocio, su investidura del templo, su sellamiento del templo y todas las demás bendiciones que antes había tenido. Aquel hombre grande y fuerte sollozaba como una criatura bajo mis manos mientras su esposa, sosteniéndole de la mano, lloraba como una niña.

Terminada la bendición, se abrazaron y él le pidió que lo perdonara. Ella le dijo que lo había perdonado, que lo amaba y siempre lo amaría.

Eran felices cuando salieron, más felices de lo que habían sido en años. También yo me sentía feliz; pero pensé en el espantoso precio que él tuvo que pagar y en el precio que había impuesto a su familia por su necedad y transgresión.

Cuídense de sus Goliats

Lamentablemente, no siempre se presenta esa clase de final feliz. En muchos casos hay divorcio con amargura y rencor. Lo que una vez fue amor se convierte en odio. La vida de los hijos queda destruida. Las esperanzas se tornan en cenizas. En muchos casos quedan sólo la desdicha, la soledad y el pesar.

Hermanos y hermanas, mantengan sus relaciones afectivas dentro del matrimonio. Consideren como su posesión más preciada en esta vida y en la eternidad al cónyuge cuyas manos tomaron sobre el altar en la casa del Señor y al cual prometieron su amor, lealtad y afecto por esta vida y por la eternidad. Y entonces, su cónyuge, sus hijos y ustedes mismos conocerán y sentirán una seguridad mucho mayor que la que pueden brindar las rejas de hierro y los dispositivos materiales.

Dios les bendiga; que el cuidado del Señor esté sobre ustedes, que puedan estar cerca de Él y que sean merecedores de Su mano que todo lo preserva, para que así puedan vencer a los Goliats de sus vidas.

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