Venid y Ved

Agosto de 1998

Venid y Ved

por el élder Jeffrey R. Holland
del Quorum de los Doce

Jeffrey R. HollandCuando dos de los discípulos de Jesucristo lo escucharon hablar por primera vez, se sintieron tan conmovidos que lo siguieron mientras Él se alejaba de la multitud. Sintiendo que lo seguían, Cristo volteó y preguntó: “¿Qué buscáis?”. Ellos le respondieron: “¿Dónde moras?”. Y Cristo les dijo: “Venid y ved” (Juan 1:38-39).

Parece ser que la esencia de nuestra vida se destila a esta escena inicial del ministerio mortal del Salvador. En primer término tenemos la pregunta del Salvador a cada uno de nosotros: “¿Qué buscáis?”. En segundo lugar tenemos Su respuesta sobre cómo obtener lo que buscamos. Quienquiera que seamos o cualesquiera que sean nuestros problemas, Su respuesta es siempre la misma: “Venid a mí” (Mateo 11:28). Venid a ver lo que Yo hago y qué hago con mi tiempo. Aprended de mí, seguidme, y en el proceso os daré la respuesta a vuestras oraciones y daré descanso a vuestras almas.

No conozco ninguna otra manera de poder llevar las cargas o encontrar lo que Jacob llamó “esa felicidad que está preparada para los santos” (2 Nefi 9:43). Es por esto que hacemos convenios solemnes basados en el sacrificio expiatorio de Cristo, por lo que tomamos Su nombre sobre nosotros. De tantas maneras como sea posible, tanto en forma figurada como literal, tratamos de tomar sobre nosotros Su identidad.

Mi deseo para ustedes es que tengan más experiencias directas con la vida y las enseñanzas del Salvador. Quizás en ocasiones venimos a Cristo en una forma demasiado indirecta, enfocándonos en la estructura o en los métodos o en los elementos de la administración de la Iglesia. Éstos son importantes, pero no sin la atención a los asuntos más importantes del Reino, el primero y principal de los cuales es una relación espiritual personal con la Deidad, incluso con el Salvador, cuyo Reino éste es. El profeta José Smith enseñó que es necesario conocer los atributos divinos del Padre y del Hijo a fin de tener fe en Ellos. Específicamente, dijo que a menos que creamos que Cristo es “misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia” y lleno de bondad, nunca tendríamos la fe necesaria para reclamar las bendiciones del cielo. Si no pudiéramos contar con “la excelencia de… carácter” que mantiene el Salvador y Su disposición y capacidad de “perdonar la iniquidad, la transgresión y el pecado”, estaríamos, escribió José Smith, “en duda constante sobre nuestra salvación”. Pero debido a que el Padre y el Hijo son inmutablemente “llenos de bondad”, entonces, en las palabras del Profeta, tal conocimiento “hace desaparecer la duda y hace que la fe se haga extremadamente fuerte” (Lectures on Faith, 1985, págs. 41-42).

DEJEN DE LADO SU CARGA
No sé todo lo que les puede estar afligiendo personalmente, pero me sorprendería si alguna persona en algún lugar no estuviera afligida por una transgresión o por la tentación de cometerla. A ustedes les digo que vengan a Cristo y que dejen de lado su carga. Dejen que Él la tome; dejen que les dé paz a su alma. Ninguna cosa en este mundo es tan gravosa como el pecado. Es la cruz más pesada que los hombres y las mujeres pueden llevar. — A cualquiera que esté sufriendo bajo la carga del pecado, le decimos, junto con el profeta José Smith, que Dios tiene una “actitud de perdonar” (Lectures, pág. 42). Usted puede cambiar; puede recibir ayuda; puede ser sanado, cualquiera que sea el problema. Lo único que Él pide es que se aleje de la obscuridad y venga a la luz, Su luz, con mansedumbre y humildad de corazón. Ésta es la parte central del Evangelio; es la parte central de nuestro mensaje. Cristo “llevó… nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores”, declaró Isaías, “y con sus llagas somos sanados”, si así lo deseamos (Isaías 53:4-5; Mosíah 14:4-5).

Para cualquiera que esté buscando el valor para arrepentirse y cambiar, les recuerdo que la Iglesia no es un monasterio para el aislamiento de personas perfectas. Es más como un hospital que se proporciona para aquellos que desean ser sanados. Hagan lo que tengan que hacer para lograrlo. Para algunos de ustedes esto significa simplemente vivir con más fe, creer más. Para algunos de ustedes sí significa arrepentirse: ahora, hoy mismo. Para algunos de ustedes que estén investigando la Iglesia, significa bautizarse y entrar en comunión con Jesucristo. Para virtualmente todos nosotros significa vivir más guiados por la inspiración y las promesas del Espíritu Santo y “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres…

“…ésta es la senda”, dijo Nefi, “y no hay otro camino… por el cual el hombre [o la mujer] pueda salvarse en el reino de Dios” (2 Nefi 31:20-21).

Permítaseme ser lo suficientemente audaz para sugerir que es imposible que persona alguna que en realidad conoce a Dios dude de Su disposición de recibirnos con los brazos abiertos en un abrazo divino si nosotros simplemente “[venimos] a él”. Ciertamente puede haber y habrá una abundancia de dificultades externas en la vida; sin embargo, el alma que viene a Cristo mora dentro de una fortaleza personal, un verdadero palacio de perfecta paz.

Jesucristo enseñó a los nefitas, que vivían en un mundo por lo menos tan difícil como el nuestro: “Porque los montes desaparecerán y los collados serán quitados, pero mi bondad no se apartará de ti, ni [te] será quitado el convenio de mi paz” (3 Nefi 22:10). Amo este principio. Pueden desaparecer los collados y los montes, puede suceder lo que menos parece ser posible, pero Su bondad y Su paz no se apartarán de nosotros. Después de todo, tal como Él mismo nos recuerda, nos ha “grabad [o] en las palmas de [Sus] manos” (1 Nefi 21:16). Considerando el costo incomprensible de la Crucifixión, Cristo no nos va a dar la espalda ahora.

PAZ A NUESTRA ALMA
Parecería ser que el Señor probablemente ha hablado suficientes palabras de consuelo para abastecer a todo el universo y, sin embargo, vemos a nuestro alrededor Santos de los Últimos Días infelices, preocupados, desalentados, en cuyos corazones afligidos no parece permitirse la entrada a ninguna de estas innumerables palabras consoladoras.

Consideren, por ejemplo, la bendición del Salvador sobre Sus discípulos aun cuando se dirigía al dolor y la agonía de Getsemaní y del Calvario. En la misma noche del mayor sufrimiento que el mundo jamás conocerá dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy… No se turbe vuestro”, corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Es posible que éste sea uno de los mandamientos del Salvador que, incluso en los corazones de Santos de los Últimos Días que en cualquier otro sentido son fieles, es desobedecido casi universalmente; y sin embargo, me pregunto si nuestra resistencia a esta invitación pudiera ser más apesadumbrante para el misericordioso corazón del Señor. Les puedo decir esto como padre: Aun con la preocupación que sentiría si uno de mis hijos estuviera seriamente afligido o infeliz o desobediente, me sentiría infinitamente más abatido si me percatara de que en ese tiempo mi hijo no pudiera confiar en que yo le pudiera ayudar o que pensara que sus intereses no fueran importantes para mí o que no estuvieran seguros bajo mi cuidado. En ese mismo espíritu, estoy convencido de que ninguno de nosotros puede apreciar lo profundamente herido que queda el amoroso corazón del Salvador cuando se da cuenta de que Su pueblo no siente confianza bajo Su cuidado o no siente confianza en Sus mandamientos.

Simplemente porque Dios es Dios, simplemente porque Cristo es Cristo, no pueden evitar cuidarnos y ayudarnos si tan sólo venimos a Ellos, acercándonos a Su trono de la gracia con mansedumbre y humildad de corazón. No pueden evitar bendecirnos; es Su naturaleza. No hay una sola trampa ni zanja abierta en la que pueda caer el hombre o la mujer que camina por el sendero por el que camina

Cristo. Cuando Él dice: “Ven, sígueme” (Lucas 18:22), quiere decir que Él sabe dónde se encuentra la arena movediza, y dónde se encuentran las espinas y cuál es la mejor manera de subir la cuesta resbaladiza que se encuentra cerca de la cima de nuestras montañas personales. Lo sabe todo y conoce el camino. Él es el camino.

ALIVIÉMONOS LOS UNOS A LOS OTROS
Una vez que hemos venido a Cristo y hemos encontrado el milagro de Su convenio de paz, estamos bajo la obligación de ayudar a otras personas a hacer lo mismo. Hay personas a todo nuestro alrededor que han sido heridas por el mundo, y el Señor espera que nosotros nos unamos a Su obra de sanar esas heridas. La mayor parte de la obra de sanar no tiene nada que ver necesariamente con las enfermedades del cuerpo, aun cuando ciertamente debemos estar listos para ayudar en este respecto en el momento en que se necesite. No, a lo que me refiero es a esas enfermedades del alma que desgarran y retuercen y que necesitan ser aliviadas pero que pueden ser de carácter bastante personal: alguna carga que se lleva muy adentro, alguna fatiga que no es siempre particularmente obvia para el resto del mundo.

En el ejemplo del Salvador mismo y del llamado que hizo a Sus Apóstoles, y con la necesidad de oír resonar paz y consuelo en nuestros oídos, les pido que sanen, que ayuden, que se unan a la obra de Cristo de levantar cargas, de hacer que sean más ligeras, de hacer quejas cosas sean mejores.

A menudo, por lo general sin darnos cuenta, podemos ser insensibles a las dificultades de las personas que nos rodean. Todos tenemos problemas y, finalmente, toda persona tiene que asumir la responsabilidad por su propia felicidad. Ninguno de nosotros estamos tan libres de dificultades ni tan bendecidos con tiempo y dinero que podemos dedicarnos totalmente a cuidar de los heridos y los fatigados. Sin embargo, al buscar el ejemplo en la vida del Salvador, probablemente podamos encontrar una manera de hacerlo con más frecuencia de lo que lo estamos haciendo actualmente.

Quisiera poder regresar a mi juventud y tener otra oportunidad de tender la mano a aquellos que, en ese tiempo, no atrajeron mi atención compasiva. Somos tan vulnerables en nuestra juventud; queremos que los demás nos acepten, queremos sentir que somos importantes para las otras personas. Por ejemplo, en 1979 tuvimos una reunión para celebrar el vigésimo aniversario de nuestra graduación de la escuela de segunda enseñanza Dixie High School, en St. George, Utah. Se hizo un esfuerzo por encontrar las direcciones y por lograr que todos asistieran a la reunión. Entre toda la diversión, recuerdo una carta terriblemente dolorosa escrita por una joven muy inteligente —pero que en su niñez no era exactamente popular—, quien escribió: “Felicidades a todos nosotros por haber sobrevivido el tiempo suficiente para poder tener esta reunión para celebrar el vigésimo aniversario de nuestra graduación. Espero que todos lo pasen de maravilla, pero por favor no me reserven un lugar. De hecho, he pasado la mayoría de estos veinte años tratando de olvidar los momentos dolorosos de los días que pasamos juntos en la escuela. Ahora que casi he superado esos sentimientos de soledad y de una estima personal destrozada, no tengo el valor de verlos a todos ustedes y correr el riesgo de recordar todo de nuevo. Pásenlo bien y perdónenme. Este es mi problema, no de ustedes. Tal vez pueda asistir al trigésimo aniversario”.

Pero ella estaba terriblemente equivocada sobre algo: Sí era nuestro problema, y lo sabíamos. He derramado lágrimas por ella y por otros amigos como ella de nuestra juventud. Simplemente no fuimos los agentes ni los discípulos del Salvador que Él esperaba que un grupo de gente joven fuera. No puedo sino preguntarme qué podía haber hecho para estar al tanto un poco más de aquellos que no se incluían en nuestro círculo de amistades, para asegurarme de que el gesto de una palabra amigable o de un oído que escuchara o de una conversación casual y de un tiempo compartido se hubieran extendido lo suficiente para incluir a aquellos que estaban colgando de la orilla del círculo social, y en algunos casos casi sin poder asirse.

Les hago una súplica de que todos salgamos de nuestro propio círculo de satisfacción, que hagamos algo que normalmente no haríamos por ayudar a otras personas, que tendamos una mano de amistad a aquellas personas a las que, tal vez, no siempre sea fácil llegar.

CRISTO NOS CUIDA
No tenemos que preocuparnos de que a Cristo se le termine la capacidad de ayudarnos, ni que se le termine la capacidad de ayudarnos a ayudar a otras personas. Su gracia es suficiente. Ésa es la lección espiritual y eterna del milagro que Jesús llevó a cabo cuando alimentó a 5.000 personas con cinco panes y dos peces. También hay una lección en la experiencia que tuvieron Sus discípulos después de ese incidente. Después de que Jesús había alimentado a la multitud, la despidió y puso a Sus discípulos en una barca pesquera para que cruzaran al otro lado del Mar de Galilea. Entonces Él “subió al monte a orar aparte” (Mateo 14:23). Se acercaba la noche, una noche tormentosa. Los vientos habían sido feroces desde el inicio, y los hombres trabajaron con los remos hasta algún tiempo entre las tres y las seis de la mañana. Para entonces, sólo habían avanzado unos cuantos kilómetros y la barca estaba en medio de una violenta tormenta.

Pero, como siempre, Cristo los estaba cuidando. Viendo su dificultad, el Salvador tomó el camino más directo a su barca, caminando por encima de las olas para ayudarles. En el momento de mayor peligro, los discípulos voltearon y vieron en la obscuridad esta maravilla viniendo hacia ellos sobre las puntas de las olas. Gritaron con terror al ver eso, pensando que era un fantasma que venía por encima de las olas. Entonces, de entre la tormenta y la obscuridad vino la voz tranquilizadora de su Maestro: “¡…yo soy, no temáis!” (Mateo 14:27).

Este relato nos recuerda que el primer paso en venir a Cristo —o en que El venga a nosotros— nos puede llenar de algo muy parecido al terror. No debería ser así, pero en ocasiones sucede. Una de las grandes ironías del Evangelio es que nosotros, en nuestra ceguera como seres humanos, huimos precisamente de la misma fuente de socorro y seguridad que se nos ofrece.

La palabra socorrer es interesante. Con frecuencia se utiliza en las Escrituras para describir el cuidado y la atención que Cristo nos da. En inglés, esta palabra literalmente significa “correr a”. Qué manera tan magnífica de describir el esfuerzo urgente del Salvador a nuestro favor. Incluso cuando nos llama a venir a Él y seguirle, Él está corriendo incansablemente a ayudarnos.

Jesucristo es el Hijo del Dios viviente. Él desea que vengamos a Él, que lo sigamos, que le permitamos que nos consuele. Entonces desea que nosotros consolemos a otras personas. Por muy vacilantes que sean nuestros pasos hacia Él —aunque de ninguna forma debieran ser vacilantes— Sus pasos hacia nosotros nunca son vacilantes. Es mi oración que tengamos suficiente fe para aceptar la bondad de Dios y la misericordia de Su Hijo Unigénito.

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