Sed Hacedores de la Palabra…

“Sed Hacedores de la Palabra…”

Hugh B. Brownpor el presidente Hugh B. Brown

Quisiera comenzar citando dos definiciones bien conocidas de lo que es religión—una del Antiguo Testamento y la otra del Nuevo—que bien podrían constituir un preludio para esta conferencia. Primero del profeta Miqueas:

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8.)

Y el apóstol Santiago amonesta:

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan sola­mente oidores, engañándoos a vosotros mismos. . .

“Más el que mira atentamente en la perfecta ley, a de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.

“Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no sirena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el adre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” Santiago 1:22, 25-27.)

Rogamos que todos aquellos que han de hablar durante esta conferencia puedan ser inspirados por el Espíritu Santo. Especialmente, también oramos para e los muchos miles, aquí y en la distancia, que participarán de las varias sesiones, puedan disfrutar de la una inspiración. Porque el efecto sobre los “oidores la palabra” depende de su armonización espiritual el grado de recepción de sus mentes.

Así como la satisfacción que uno obtiene de las comidas depende, más que de la calidad y variedad las que le sean servidas, del apetito que uno trae a la mesa, también el grado de gozo y asimilación en cuanto a los refrigerios intelectuales y espirituales dependerá de que seamos o no hambrientos y sedien­tos”, como dijo el Salvador, de estas cosas. El Señor ha dicho:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; y si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20.)

Estoy seguro que todos estamos familiarizados con la parábola del sembrador, específicamente en cuanto a que;

“. . . Parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

“Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; . . .

“Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

“Y parte cayó entre espinos; y los espinos cre­cieron, y la ahogaron.

“Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, . . . (Mateo 13:4-8.)

Al explicar el significado de la parábola, el Sal­vador destacó la responsabilidad de todos los que oyen la palabra, relacionándola con la calidad y profundidad del terreno en el cual estas semillas son sembradas. Mateo define a la “semilla” como la palabra de Dios:

“Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.

“Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.

“El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.

“Más el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.” (Ibid13; 19- 23.)

Esta parábola se aplica a todos los que han de recibir la semilla—la palabra de Dios—ya sean antiguos miembros de la Iglesia, nuevos conversos o investigado­res buscando la verdad. Unámonos en nuestras oraciones para que las semillas de verdad que habrán de ser esparcidas durante esta conferencia puedan echar raíces en terreno fértil y dar su fruto. Las Escrituras nos recomiendan que no debemos ser como aquellos a quienes “no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.” (Hebreos 4:2.) Que la verdad es un desafío que exige acción, es evi­denciada por otra de las parábolas del Salvador:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.

“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vien­tos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.

“Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;

“Y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vien­tos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su mina.” (Mateo 7:24-27.)

Debe notarse que la lluvia que descendió y los ríos que vinieron y los vientos que soplaron y golpearon la casa que había sido edificada sobre la roca, tenían la misma fuerza que los que destruyeron la otra. La primera casa na escapó de la tormenta sino que, tenien­do un cimiento firme, la resistió.

Algunos piensan que con sólo unirse a la Iglesia y ser fieles a ella lograrán alejarse de los problemas, que las dificultades desaparecerán y que no tendrán tenta­ciones. Sin embargo, debemos recordar el caso de la joven novia quien, en el día de su boda, dijo a su madre: “Soy la mujer más feliz del mundo. Todos mis problemas han llegado a término.” Y la sabia madre le replicó: “Sí, querida, pero aun no sabes a cuál de los dos términos.”

No hay diferencia entre las tormentas de la natu­raleza y las tormentas de la vida. Así como la casa edificada sobre la roca sobrevive las tormentas na­turales, el individuo cuya vida haya echado raíces firmemente en el terreno de la fe podrá resistir toda adversidad y ser a la vez fortalecido por sus propias experiencias. Siempre guardo en mi memoria este poema que dice:

El buen árbol, como el hombre,
nunca crece sin esfuerzos;
Su raíz se vigoriza
cuando es el viento más recio;
Más elevado es su tronco,
cuando más alto es el cielo;
Si más cruda es la tormenta,
mayor es su arriscamiento.
(Douglas Malloch)

Algunas veces, a fin de sacudir el alma y manifestar el valor de la misma, la derrota suele ser tan eficaz como la victoria.

No nos lamentemos de nuestra porción en la vida ni nos exasperemos por los problemas, pérdidas o vicisitudes que nos acosan. Antes bien, enumeremos las muchas bendiciones que recibimos y expresemos nuestra gratitud por ellas. Algunas personas pasan años—y aun su vida entera—sin apreciar las bondades de la vida, precisamente porque no reparan en ellas. Es nuestra propia conciencia la que provee el latir de nuestras vidas. En todo nuestro rededor podemos ver evidencias de una Providencia benevolente. Por ejemplo, cualquiera que mire reverentemente los cielos estrellados, podría exclamar con el salmista:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios.

Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” (Salmos 19:1.)

Mientras más reparemos en Su amor y apreciemos la belleza y sabiduría aparentes en todo lugar, más agradeceremos al Señor por la vida y sus fortificantes problemas y desafíos, sus educativas disciplinas y recompensas. Nuestra fe en Dios es sostenida y se profundiza por medio de las experiencias de la vida y a través de cada evidencia convincente de que nuestro universo está gobernado por la ley y administrado por un Padre benévolo y omnipotente.

A medida que nuestra fe y nuestro conocimiento acerca de Él se va desarrollando, vamos siendo más conscientes de nuestras propias debilidades y defectos, y más dispuestos a elevar nuestra conducta hasta el nivel de nuestros ideales; esto se llama arrepentimiento. Pero si nuestra fe no es conservada radiante por medio de las buenas obras, seremos tentados a rebajar nuestros ideales hasta el nivel de nuestra conducta; y esto es retrogradación.

En estos tiempos ominosos y amenazadores, necesi­tamos valor físico, intelectual y moral, y una fe in­quebrantable. Podría parecer insubstancial decir que el mundo está dividido y en peligro, y que éste es un tiempo para decisiones históricas; pero en todo1 nivel de actividad, desde la individual y familiar hasta la nacio­nal e internacional, las situaciones desafiantes deman­dan cada vez más nuestra atención y los difíciles pro­blemas exigen solución inmediata. Todos estamos compartiendo una misma causa y enfrentando un mismo desafío.

La amenaza del comunismo es siniestra y sus peli­gros son inminentes. Cientos de millones de nuestros semejantes están siendo implacablemente influenciados por la satánica ideología de que la paternidad de Dios, el carácter salvador de Jesucristo y la hermandad de los hombres son mitos estúpidos y que la religión no es sino un narcótico nocivo. Estos individuos buscan privar al hombre de la libertad física, mental y espiritual, atribuyendo al estado una monstruosa supremacía. Este pérfido adoctrinamiento no es sino una continuación de la guerra que comenzó en los cielos, cuando el plan de la compulsión propuesto por Satanás fue rechazado por el Padre. En verdad, vivimos en el período más peligroso de toda la historia. El sexto capítulo de la Epístola a los Efesios nunca ha sido más apropiado que en la actualidad:

“. . . No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.” (Efesios 6:12.)

La Iglesia es el baluarte ideal contra el comunismo. El evangelio es la refutación más efectiva contra sus impías ideologías. Contamos con una fuerza espiritual que puede aplastar y superar toda barrera física. De hecho, debemos vestir toda la armadura de Dios, con­sistente, como dijo Pablo, en la verdad, justicia, paz, y fe, y tomar “el yelmo de salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.” Debido a nuestra fe en un Dios viviente, personal y todopoderoso, no tenemos temor de los resultados finales en nuestra lucha contra los emisarios de Satanás, pero debemos estar siempre alertos, unidos y en guardia. Sabemos de la veracidad de la visión que Juan el Amado tuvo en la Isla de Patmos:

“Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano.

“Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años;

“Y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo.” (Apocalipsis 20:1-3.)

Sólo el evangelio de amor, el evangelio restaurado de Jesucristo, al que agradecidos proclamamos, puede salvar al mundo o al individuo de los peligros que le amenazan. Este es un evangelio de actividad que edifica nuestro carácter; de fe invencible y de valor nacido de esa misma fe; de arrepentimiento, que es el portal del progreso; de santificación por medio del bautismo de agua y de Espíritu, que son el sendero hacia el reino celestial. Extraigamos valor del cono­cimiento de que Cristo, el Príncipe de la Paz, está al timón. Dios ha declarado que el valor de las almas es grande a Su vista; tan grande, que El mismo “ha dado a Su Hijo Unigénito para que todo aquél que en El crea no perezca, más tenga la vida eterna.”

El transcendental amor de Dios el Padre, está identificado en Cristo, el Hijo, cuyo sacrificio redentor —el cual fue voluntario e inspirado en el amor—desató las cadenas de la muerte y aseguró a todos los hombres las bendiciones de la resurrección. Él ha declarado también que Su obra y Su gloria consisten en ‘llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” Escribiendo a los romanos, el apóstol Pablo manifestó su apreciación por la imperecedera calidad del amor de Dios, con estas palabras:

“. . . Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,

“Ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor Nuestro.” (Romanos 8:38-39.)

Pero este amor divino requiere un reflejo de parte nuestra, no sólo en nuestras declaraciones sim también en nuestras actitudes. Benjamín FranWin, dirigiéndose al Señor, dijo: “Acepta mis oficios de bondad para con Tus hijos, como el único pago a mí alcance por Tus continuos favores.” En su primera Epístola Universal, Juan escribió:

“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?

“Nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.” (1 Juan 4:20-21.)

Cuando se le preguntó cuál era el primer gran mandamiento, Jesús replicó:

“. . . Amarás a Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:37-40.)

En otra oportunidad se preguntó al Maestro quién es nuestro prójimo, a lo que Él respondió utilizando la parábola del buen samaritano, que enseña que todo aquel que necesita nuestra ayuda, todo aquel cuya vida esté en algún modo relacionada con la nuestra, es nuestro prójimo, ya sea que viva del otro lado de la calle, más allá del valle, en la otra costa de nuestro continente o a través del océano. Nuestra comunidad ha llegado a ser universal.

La profundidad, orientación y calidad de nuestra vida religiosa depende de nuestro* entendimiento de la naturaleza, propósitos y métodos de Dios, como así también de nuestra relación y responsabilidad hacia Él. Las Escrituras están repletas con promesas de que el derecho prevalecerá sobre el poder, lo bueno sobre lo malo, la verdad sobre el error, Cristo sobre el anticristo. Juan el Amado fue divinamente inspirado cuando escribió:

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.” (1 Juan 3:1-2.)

George Harris, en uno de sus libros, nos dice lo siguiente: “Ha habido un cambio en nuestra idea acerca de Dios, desde el concepto de Su soberanía hasta el de Su paternidad; en sentido general, podría decirse que la teología latina hizo de la soberanía de Dios un punto central de doctrina. El mismo gobierno romano era con­siderado un tipo de administración divina. Esta filosofía teológica favoreció la doctrina de decretos, de predestinación y reprobación, y de que el simple placer de los dioses era la causa de todos los acon­tecimientos. Estos credos engendraron, más que amor y verdad, temor y odio… pero el centro de la doc­trina de la soberanía se ha transformado en el de la paternidad.” El inspirado concepto de la paternidad de Dios y la concomitante hermandad de los hombres, constituyen la doctrina básica del mormonismo y la más profunda y esperanzada filosofía del mundo en la actualidad.

Nosotros creemos en un Dios viviente y – personal; que Su gloria es inteligencia, lo cual connota un propósito y un plan; que Él tiene la voluntad y el poder para realizar estos propósitos; Él es nuestro Padre y este hecho nos promete amor y nos inspira con­fianza.

Cuando escribió el tercer capítulo de su Primera Epístola a los Corintios, el apóstol Pablo empleó su singularísima capacidad analítica, haciendo del texto un verdadero llamado a la acción inspirada en el amor. Algunos prefieren utilizar la palabra “amor” en lugar de “caridad” en esta Escritura particular, pero en cual­quiera de los casos el significado es el mismo—tanto la caridad como el amor son sentimientos activos y dinámicos.

Quiera el Espíritu Santo inspirarnos para que participemos en cada uno de los procedimientos de esta conferencia—en canciones, oraciones o discursos— e incite también en todos los que escuchamos un deseo de renovada dedicación y actividad. Que nuestras vidas puedan evidenciar nuestra gratitud por el valioso privilegio de vivir en la más grande de todas las dis­pensaciones y participar en la preparación final para la segunda venida de Cristo. No ha habido, en la historia, una era tan transcendental como la nuestra. Boguemos por la fortaleza necesaria para que podamos “hacer lo justo, amar la misericordia y caminar humil­demente delante de nuestro Dios.”

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