Dios y Nosotros

Dios y Nosotros

Henry D. Moylepor el presidente Henry D. Moyle

Con todo mi corazón y toda mi alma, creo que la solución de nuestros problemas en la vida, tanto en la actualidad como en el futuro, se encuentra en el conocimiento y apreciación de la relación entre Dios y el hombre, en nuestra dependencia con respecto a Él y en la obediencia de las leyes divinas.

El mundo no es un simple reloj al que el Señor ha dado cuerda y abandonado a su propia rotación. Por medio del ejercicio de la fe, los hombres pueden recurrir a Dios y obtener Su ayuda para cada una de sus realizaciones. Asimismo, de Su propia voluntad, el Señor interviene y controla los asuntos de los hombres, las naciones y cada uno de los elementos del universo, cuando esto se hace necesario para la preservación de Sus divinos propósitos.

Hablando de estos últimos, el apóstol Pablo escribió a los Efesios:

“. . . Según su beneplácito,. . . se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.” (Efesios 1:9-10.)

En las modernas Escrituras encontramos lo siguiente:

“Lo que se ha propuesto en sí mismo’, en la escena final de la última dispensación, es que todas las cosas que pertenecen a esta dispensación sean conducidas precisamente de acuerdo con las dispensaciones anteriores.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 200.)

Los ejemplos y preceptos que Cristo estableció en lo que es conocida como la “dispensación del meridiano de los tiempos,” constituyen en la actualidad un método que controla nuestra conducta y nuestras creencias. Nosotros “creemos en la misma organización que exis­tió en la Iglesia primitiva.” Asimismo, “creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.”

Tan impresionantes como las palabras de Pablo, son también las nuestras:

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos. . . ” 2 Pedro 1:19.)

Las profecías y revelaciones dadas al profeta José Smith procedieron de la misma fuente que las que recibió Pedro. Para el Señor no hay diferencia entre los días de la actualidad y aquéllos de Pedro y Pablo. Este último escribió a los Romanos que el evangelio de Jesucristo “es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.” (Romanos 1:16.) Considerando específicamente estos términos, la salvación constituye una fase no sólo espiritual sino también temporal en nuestras vidas. No podemos separar al hombre mortal del espíritu eterno que en él habita. Es por ello, en con­secuencia, que mediante la obediencia a las leyes de Dios podremos encontrar la respuesta a nuestros interrogantes, ya sean domésticos, políticos, sociales, económicos o espirituales.

Os aseguro que una gran evidencia, sí no una prueba concluyente, de este hecho, puede encontrarse estudiando las Escrituras. La admonición del Señor a Sus discípulos es aplicable a cada uno de nosotros en la actualidad. Tarde o temprano en nuestras vidas, tenemos que enfrentar alguna crisis que requerirá nuestra autodeterminación: ¿Deseamos o no seguir los consejos que Cristo dio a todos los hombres durante Su ministerio terrenal? ¿Por qué demorar, por qué no hacerlo ahora, si finalmente habremos de escoger el sendero que hemos de seguir?

A medida que vamos determinando el curso de nuestra vida, convendría que recordáramos el sermón sobre la fe contenido en la Epístola a los Hebreos:

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

“. . . Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios. . .

“. . . Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:1, 3, 6.)

Mediante nuestra fe en Dios podemos alcanzar cabalmente el propósito de la vida.

En Su sermón del monte, pronunciado al principio de Su ministerio, Jesucristo dijo:

“. . . Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas,” (Mateo 6:33.)

Más adelante, agregó:

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.

“Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” (Ibid., 7:7-8.)

Satisfacemos nuestras más altas potencialidades cuando recibimos el gozo, la seguridad y el conoci­miento que provienen del Espíritu Santo, el Consolador, quien nos enseña todas las cosas que son esenciales para esta vida y que finalmente lo serán para nuestra exaltación en el reino de Dios. El Apóstol de los Gen­tiles declaró a los Corintios:

“. . . Os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.” (1 Corintios 12:3.)

Cuando el testimonio del Espíritu Santo se mani­fiesta en nuestra conciencia, y llegamos a saber que Jesús es nuestro Señor y Salvador, el Redentor de toda la humanidad, el Hijo del Dios Viviente, tenemos en­tonces la promesa de la vida eterna. El mismo Cristo declaró al mundo:

“Y ésta es la vida eterna; que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has en­viado.” (Juan 17:3.)

Este es un asunto acerca del cual no tenemos razón para estar en la duda. Nosotros sabemos. Este cono­cimiento es de valor incalculable. Los principios del evangelio pueden ser comprendidos y vividos por toda la humanidad. Las leyes y ordenanzas del evangelio son simples; y también son naturales. No todos los hombres pueden obtener las riquezas del mundo, pero las bendiciones del Señor están al alcance de cualquiera que las busque. Por supuesto, igual que la adquisición de todo lo que es valioso, las riquezas espirituales exigen también esfuerzos. Para poder acercarnos a nuestro Padre Celestial debemos tener fe, dedicación y devoción. Podemos disfrutar de nuestra comunión con Dios aquí y ahora, en nuestra vida mortal. No necesi­tamos esperar la vida venidera para disfrutar de los resultados de nuestras obras espirituales. A medida que nos acercamos al Señor, mediante la observancia de Sus mandamientos, vamos aprendiendo a apreciar más y más el Espíritu de Dios. Sabemos que cuanto más duro golpeamos, más de par en par se nos abrirá la puerta.

Es necesario que comprendamos que nunca somos dejados solos para depender de nuestros propios recursos; que contamos con el poder y la influencia sustentadores de nuestro Padre Celestial, quien cons­tantemente nos guía y orienta a través de nuestras vidas en cada una de nuestras actividades honestas. Todos los que guardan los mandamientos de Dios, reconocen en verdad estas bendiciones. Nuestros misioneros lo saben. Es precisamente este conocimiento el que les alienta a ayudar a otros con un entusiasmo inspirado por el Espíritu de nuestro Padre Eterno.

No fue sino hasta que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se organizó en 1830, que la población de este planeta alcanzó a un billón de personas. En la actualidad, sólo 133 años más tarde, esa misma población se ha triplicado. Los expertos es­timan que en esta precisa época viven sobre la tierra una vigésima parte de todos los que jamás han vivido. Si el mismo promedio actual de crecimiento—unos 50 a 60 millones por año—continúa su progresión geomé­trica, para el año 2000 el mundo tendrá seis billones de seres humanos. Esto está basado en un cálculo del doctor Jorge Alberto Smith, Jr., del Colegio de Negocios de la Universidad de Harvard.

Cualquiera sea la población ahora o en el futuro, la verdad permanecerá constante. Conocer la verdad nos hará libre. La verdad es eterna. Debemos procurar la verdad de su propia fuente. La verdad emana de Dios. Valiosas son las palabras del presidente Juan Taylor, expresadas en 1861:

“Creemos que no hay hombre o conjunto de hombres que por su propia sabiduría y talentos sea capaz de gobernar correctamente a la familia humana.”

No hay desasosiego cuando sabemos adónde vamos espiritualmente:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (Mateo 5:6.)

Nuestro mensaje al mundo, predicado por nuestros misioneros, trata de iluminar a nuestros semejantes que se hallan espiritualmente en las tinieblas. No existe absolutamente nada más grande para el hombre que conocer a Dios. Alguien ha dicho que “llegamos a conocer a Dios cuando nos conocemos a nosotros mis­mos.” Pues bien, para conocemos a nosotros mismos, debemos saber la respuesta a estas preguntas simples— ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? Y estando aquí, ¿qué debemos hacer?

Las multitudes a las que el Salvador habló fueron físicamente alimentadas con panes y peces, pero después de ello’ se esperaba que las mismas efectuaran una decisión importante en cuanto a su alimentación espiritual; y así lo encontramos ilustrado en la siguiente admonición del Salvador:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la per­dición, y muchos son los que entran por ella;

“Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Ibid., 7:13,14.)

¿Seguimos a la mayoría o nos conservamos espiri­tualmente como uno de los pocos? Para hacer esto último, debemos agregar, a la sustentación física, la palabra del Señor, a fin de obtener también un creci­miento y desarrollo espirituales.

Tomás Dídímo preguntó al Maestro:

“. . . Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:5-6.)

Tomás era un Apóstol del Señor Jesucristo, quien había recibido de Él Su poder, Su sacerdocio y la autorización para predicar Su evangelio.

Nosotros sabemos que hemos sido llamados de Dios y recibido Su sacerdocio para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas. Por tanto, también la siguiente Escritura es de gran significado para nosotros e importante para el mundo:

“De cierto, de cierto os digo: el que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.” (Ibid., 13:20.)

Doce mil hombres y mujeres, nuestros amados hijos e hijas, hermanos y hermanas, han dejado su hogar, su familia, sus amigos, sus posiciones, profesiones, negocios, etc., y emprendido la obra misionera de la Iglesia a través del mundo, a expensas propias, por un período de dos a tres años. Y así lo han hecho obe­deciendo a una absoluta comprensión del hecho de que han sido llamados por nuestro Padre Celestial para predicar el evangelio al mundo y administrar las ordenanzas del mismo; estos jóvenes saben que han recibido el mismo sacerdocio de Dios que los apóstoles de la antigüedad recibieron. Hay familias en la Iglesia cuyos miembros han rendido este servicio durante seis generaciones.

Este proceso se ha estado desarrollando durante 133 años y el número de nuestras misiones en el mundo aumenta anualmente. Nuestro propósito es puramente abnegado. Nuestros misioneros diseminan la luz del evangelio de Jesucristo a toda la humanidad, en­señando el arrepentimiento de los pecados, la oración en fe y el convencimiento de que nuestras oraciones, conforme a la promesa proclamada por Santiago, serán contestadas:

“. . . Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente, y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5.)

Asimismo, manifiestan al mundo su testimonio de que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que mediante el don y el poder del Espíritu Santo todos podemos recibir este mismo testimonio, independiente y firmemente. Este testimonio, cuando es recibido, es abrasador y vivificante. Nosotros sabemos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde, mediante una estricta obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio, podemos ir. El propósito de la vida es algo absoluto e invariable. Sabemos que sólo por medio de la trans­gresión podríamos perder nuestro testimonio y cono­cimiento de Dios. Y también que sólo mediante la transgresión podemos perder el privilegio de ser asistidos y consolados por el Espíritu Santo.

Como misioneros y poseedores del Sacerdocio de Dios, es nuestro deber, nuestra prerrogativa, nuestro privilegio el testificar de nuestro conocimiento acerca de Dios, predicar el evangelio e invitar a nuestros seme­jantes a abandonar las sendas mundanales, las riquezas, los aplausos de los hombres, y seguir el evangelio de nuestro Salvador y Redentor, para nuestra propia redención.

Ninguno que desee regresar finalmente a la presencia de Dios en el reino celestial, tiene necesidad de deambular a lo largo del camino de la vida. Durante Su misión terrenal, el Salvador especificó lo que se espera de nosotros si es que hemos de hacer la volun­tad de nuestro Padre en los cielos.

Consideremos por un momento el caso de Nicodemo, uno de los gobernadores de los judíos, cuando vino a Jesús una noche, manifestando su asombro por los milagros que el Señor realizaba:

“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

“Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

“Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:3-5.)

En efecto, Jesús había establecido ya el modelo en base al cual la humanidad debía conformarse:

“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él.

“Más Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?

“Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al espíritu de Dios que descendía como paloma y venía sobre él.

“Y hubo una voz en los cielos, que decía: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mateo 3:13-17.)

Desde aquel momento en que Cristo fue bautizado por Juan, la necesidad del bautismo por inmersión para la remisión de los pecados nunca ha podido ser ade­cuadamente discutida. Recordemos la maravillosa experiencia de los apóstoles en Jerusalén, en aquel día de Pentecostés, después de la crucifixión, resurrección y ascensión de Jesucristo, cuando fueron inspirados a declarar:

“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Is­rael, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?

“Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2:36-38.)

Este es el sendero que conduce, a través de la puerta estrecha, hacia la vida eterna. Para ello debemos adorar verdaderamente a Dios con todo nuestro poder, mente y fuerza.

No importa si hay tres o seis billones de hermanos y hermanas en la tierra; el sendero para la trayectoria de nuestra vida será siempre el mismo. Nuestra respon­sabilidad para llevar a cabo la comisión final dada por Cristo a Sus apóstoles en la antigüedad y reiterada en nuestra presente dispensación, es obligatoria para cada uno de nosotros: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Marcos 14:15.) Esto se va haciendo cada vez más fácil, año tras año, a medida que la Iglesia crece y florece a través del mundo. Cada día tenemos más grandes cantidades de personas que participan en la obra y mejores medios de comunicación para ayudarnos.

No tenemos razón para preocuparnos por los pro­blemas del mundo, no importa cuán complicados éstos lleguen a ser, Pero sí debemos meditar acerca de nuestra apreciación de las leyes que Dios ha dado para controlar la conducta de los hombres sobre la tierra. ¡Cuán agradecidos debemos estar por las siguientes palabras del Señor!:

“. . . Es preciso, al iniciarse la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la cual ya está entrando, que se efectúen una unión entera, completa y perfecta, y un encadenamiento de dispensaciones, llaves, poderes y glorías, y que sean revelados desde los días de Adán aun hasta hoy. Y no sólo esto, sino que aquellas cosas que desde la fundación del mundo jamás se han revela­do, más han sido escondidas de los sabios y prudentes, serán reveladas a los pequeños y a los niños dé pecho en ésta, la dispensación del cumplimento de los tiempos.” (Doc. y Can. 128:18.)

Estamos viviendo en la era más iluminada de la historia de la humanidad, tal como los profetas lo predijeron. Por lo tanto, se espera de nosotros mucho más que de cualquier generación precedente. “Cuando mucho se da, mucho se espera.” Dios nos ayude para que podamos aprovechar cabalmente la luz y el cono­cimiento que nos han sido revelados.

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