Paz al mundo

Paz al mundo

David O. McKaypor el presidente David O. McKay

Mis queridos hermanos y hermanas es una ver­dadera alegría poder reunirme con vosotros está mañana. Quiero aprovechar la oportunidad para agradecer vuestra amabilidad, fe y oraciones. ¡Que Dios les bendiga a cada uno de vosotros por vuestra integridad y devoción a la obra del Señor! Es un honor y un placer poder asociarme con los miembros de la Iglesia de Jesucristo.

Estamos agradecidos por las bendiciones del Señor a la Iglesia en todo el mundo, y por tener la seguridad de su dirección e inspiración. Con pro­funda gratitud testificamos de la proximidad del Señor y de su bondad, y con este espíritu de agra­decimiento proclamamos que nuestras almas res­poden en armonía a la gloriosa visión del profeta José Smith: “¡Escuchad, oh cielos, prestad oídos, oh tierra, y regocijaos, vosotros los habitantes de ellos porque el Señor es Dios, y aparte de él no hay Salvador!

“Grande es su juicio, maravillosas son sus vías, y el fin de sus obras nadie la puede saber.”

“Porque así dice el Señor: Yo, el Señor, soy mi­sericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en justi­cia y en verdad hasta el fin.”(Doc. y Con. 76:1-2, 5.)

Me siento incapaz de expresar con palabras el mensaje que tengo esta mañana en mi corazón. Sin­ceramente pido vuestra ayuda y comprensión y especialmente la inspiración del Señor, para que todos podarnos sentir su presencia durante esta sesión in­augural y durante esta conferencia.

Es un placer ver estos portales llenos de personas interesadas en escuchar. Es una vista que todos deberíamos guardar en nuestros corazones, una ma­nifestación de aquellos que aman al Señor y guardan sus mandamientos.

No puedo apartar de mi pensamiento el hecho de que en el mundo hay dos grandes potencias cuya fuerza es mayor que nunca, cada una de las cuales está decidida a lograr el éxito haciendo planes y proyectos activamente.

Estas dos fuerzas son el odio y el amor. El odio tuvo su origen en la pre-existencia. En Apocalipsis hay una referencia muy significativa que habla de una “batalla en los cielos”. (Apocalipsis 12:7.) No es sólo significativa sino aparentemente contra­dictoria, ya que pensamos en el cielo como la morada de la felicidad, en cuyo ambiente la guerra y la con­tención no pueden existir. El pasaje es muy im­portante porque implica libertad de elección y de acción en el mundo espiritual. En la Perla de Gran Precio se encuentra la siguiente narración: “Pues por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, e intentó destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y también quería que le diera mi propio poder, hice que fuese echado fuera por el poder de mi Unigénito.

“Y llegó a ser Satanás, sí, aun el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres, aun a cuantos no escucharen mi voz. . . .(Moisés 4:3-4.)

Podemos notar dos cosas en este pasaje: Pri­mero, Satanás decidió destruir el libre albedrío del hombre, el cual es un don de Dios. Segundo, quiso suplantar a Dios: “Dame tu gloria”—dijo.

El mundo no comprende el significado de este divino don concedido el individuo. Es tan inherente como la inteligencia, la cual no ha sido ni puede ser creada.

En este ambiente de odio, que se manifiesta actualmente en todo el mundo, se niega la existen­cia de Dios, el hombre se ve privado de su libre albedrío y se suplanta el poder del estado. No ten­go conocimiento de ninguna otra época en la historia, en que el “maligno” haya estado tan resuelto a des­pojar al hombre de su libertad.

El libre albedrío es un principio fundamental del evangelio y las referencias en las Escrituras demues­tran que este principio es: (1) esencial para la sal­vación del hombre, (2) puede llegar a ser una medida para juzgar a los hombres, los organizaciones y las naciones.

“Anímense pues, vuestros corazones,—dicen las Escrituras—y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos: para escoger la vía de la muer­te eterna, o la de la vida eterna.” (2 Nefi 10:23.)

“Por tanto, no es justo que un hombre sea es­clavo de otro.

“Y para este fin he establecido la constitución de este país a manos de hombres sabios que yo he levantado para este propósito mismo, y he redimido la tierra por el derrame de sangre.” (Doc. y Con. 101:79-80.)

“Mi libertad es sagrada para mí-—dijo Brigham Young-—es parte de la misma Deidad que gobierna los cielos. Sobre toda la faz de la tierra no hay ningún hombre que, habiendo sido creado a imagen de Dios, deba ser privado del libre ejercicio de su libertad, mientras ésta no perjudique los derechos ajenos.”

La historia del mundo con todas sus guerras y contiendas, es en su mayoría un relato de la lucha individual del hombre para librarse de la esclavitud y la usurpación.

El libre albedrío del hombre es un principio de progreso eterno, y cualquir forma de gobierno que limite o prive su ejercicio, está equivocado. El plan de Satanás desde un principio fue un plan de com­pulsión, y fue rechazado porque tenía como fin des­truir el libre albedrío que Dios ha concedido al hombre.

Cuando el hombre usa este don divino para abu­sar de los derechos de los demás, está actuando mal. La libertad se convierte en libertinaje y el hombre en un transgresor. Es la función del estado castigar al infractor y proteger al individuo.

“Porque la tierra está llena, hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas y he conce­dido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.” (Doc. y Con. 104:17.)

Después del don de la vida, el derecho de dirigir nuestra propia vida es el don más grande que Dios ha otorgado al hombre. La libertad de elección es el tesoro más grande que podemos ambicionar en la tierra. Esta es inherente el espíritu del hombre. Es un don concedido a todo ser normal. Ya sea que hayan nacido en la más absoluta pobreza o rodeados de riquezas, todos sin excepción tienen el más pre­cioso de todos los dones—el libre albedrío, derecho hereditario inalienable. Es la fuente que propicia el progreso del alma.

El propósito de Dios es que el hombre llegue a ser como El. Pero para lograrlo fue necesario prin­cipiar por hacerlo libre. Le ha concedido al hombre un don especial, del cual no disfruta ningún otro ser viviente: la facultad de elegir. Solamente al hom­bre dijo Dios: “. . . Podrás escoger según tu volun­tad, porque te es concedido. . .” (Moisés 3:17.)

Sin este poder divino para elegir, la humanidad no puede progresar.

Sin embargo, el libre albedrío implica responsa­bilidades. Si el hombre ha de ser premiado por lo bueno y castigado por lo malo, entonces la justicia debe concederle el poder para actuar con entera li­bertad. El conocimiento del bien y del mal es esen­cial para el progreso del hombre en la tierra. Si fuese obligado a hacer el bien continuamente o si estuviera indefenso ante la tentación y el pecado, no merecería bendiciones ni castigos. Por lo tanto la responsabilidad del hombre opera basada en su libre albedrío. Los acciones que coinciden con las leyes divinas y naturales, traerán felicidad, las que se opongan a la verdad sólo traerán dolor. El hom­bre es responsable no sólo por sus hechos, sino tam­bién por cada pensamiento y palabra ociosos,

Uno de los aspectos fundamentales de las ense­ñanzas de Cristo es la libertad y la responsabilidad que la misma acarrea. Durante tocio su ministerio El destacó el valor del individuo y ejemplificó lo que hoy se expresa en revelación moderna como “su obra y su gloria”. (Moisés 1:39.) Tal progreso sólo puede tener lugar cuando existe la libertad del alma,

La fuerza parece dominar el mundo actual. La libertad individual está amenazada por rivalidades internacionales y falsos ideales políticos. Si las le­gislaciones mal orientadas siguen avanzando, las cuales muchas veces son impulsadas por intereses políticos, lograrán minar los derechos del hombre, le robarán su libertad, y lo convertirán en un diente más del engranaje aniquilador del régimen.

A pesar de que no es agradable, no podemos evitar damos cuenta de que más de la mitad del mundo está bajo la influencia del odio, así como lo manifiesta el líder chino, el partido comunista ruso y Cuba, nuestra vecina. En este ambiente de odio se niega la existencia de Dios . . . Satanás fue arro­jado porque trató de reemplazar al Creador, pero su poder está aún latente. Siempre está en activi­dad y en estos momentos está sugiriendo la nega­ción de la existencia de Dios, de su Hijo Amado y por lo tanto, del evangelio de Jesucristo.

En cierta ocasión la Associated Press relató al­gunos ejemplos de lo que está sucediendo en China para cambiar el modo de pensar de esta nación de más de siescientos millones de personas, quienes están siendo orientadas en todo lo posible a favor del odio. Hace cuarenta y cinco o cincuenta años había en China un espíritu de tolerancia y respeto hacia los norteamericanos. En una escuela de Pekín patrocinada por americanos, personalmente pude ver algunos de los jóvenes más atentos que he visto en mi vida. Jamás había visto tanta amabilidad y cortesía en ninguna otra parte del mundo. Hoy día todo ha cambiado. La Associated Press reporta lo siguiente:

“Hace una década la República Nacionalista de China, recién creada por Mao-Tse-Tung, lanzó su roja sombra por todo el continente de Asia. Hoy día, dicha sombra ha cubierto la mitad del camino hacia las Américas. Nadie puede decir con certeza dónde se detendrá. En sus sesenta y seis años de vida, este hijo de campesinos, de cara redonda y cejas encumbradas, ha sido elevado por el comunis­mo y sus secuaces a la categoría de semi-dios. Sus palabras, acciones y hasta sus pensamientos son la doctrina de seiscientos treinta millones de personas. Es uno de los hombres más poderosos de la tierra, y la mayor parte de este poder está basado en el senti­miento que más debilita al género humano—el odio. Odio a los Estados Unidos, odio a los ricos, odio a los anti-revolucionarios, odio a Chiang-Kai-Shek, en fin, odio a todo aquel que no concuerde con sus ideas. ‘El odio—nos decía una persona que recien­temente viajó por la China Comunista—se ha con­vertido en una institución nacional, especialmente el odio a los Estados Unidos. Es espantoso ver a esta enorme máquina humana movida por un solo com­bustible: el odio. Si la China Roja patrocinara el amor en lugar del odio, podría llegar a ser la na­ción más poderosa de la tierra.’ ” (Artículo publicado en The Sált Lake Tribune el domingo 11 de diciem­bre de 1960, propiedad de Associated Press,)

Con este espíritu de odio, estos hombres suplan­tan a Dios, niegan su existencia y la de su Unigéni­to. Anulan el libre albedrío del hombre. Nosotros desde aquí, proclamamos el espíritu de amor, adora­mos su nombre y enseñamos sus preceptos.

Consideremos por unos momentos la vida de Jesús, el ejemplo del amor. Honró y adoró a Dios, y hoy día El mismo es honrado y adorado por todas las naciones cristianas del mundo y por distintas clases de individuos. “Cualquiera que sean las sor­presas que nos reserve el futuro—escribe Renán— ninguna sobrepasará a Cristo.”

Millones de personas que hablan diferentes idio­mas, que aspiran a diferentes ideales, lo adoran y le rinden honor en la actualidad. Nosotros lo alaba­mos porque su sabiduría y espiritualidad exceden a la de todos los demás. El fue quien dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida,” (Juan 8:12.) Y dijo además a sus discípulos: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” (Juan 13:15.)

En primer lugar consideremos con un espíritu de amor la actitud de Cristo hacia Dios, Esta es la alternativa del mundo actual. Los comunistas lo niegan. Mao-Tse-Tung lo ridiculiza, ya ha envene­nado millones de gentes en contra de Cristo.

¿Y qué decimos del nacimiento de Jesús en la carne? Al anunciar su nacimiento, las Huestes Ce­lestiales cantaron: “¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” En este mensaje está condensada la divi­nidad, la paz y el amor fraternal.

La divinidad de Cristo se manifestó en cada mo­mento de su vida. Al comienzo de su ministerio, a orillas del Jordán, le dijo a Juan, el Precursor: “De­ja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.” (Mateo 3:15.)

En el monte de la tentación, que se eleva a un lado del río Jordán donde Jesús fue bautizado, Sa­tanás, tratando de suplantar a Dios, lo tentó con todas las riquezas y poderes de la tierra. Y El con majestad sublime le contestó: “Vete, Satanás, por­que escrito está: AI Señor tu Dios adorarás, y a éi sólo servirás.” (Mateo 4:10.)

Cuando enseñó a orar a sus discípulos, lo primero que dijo fue: “Santificado sea tu nombre.”

Y dirigiéndose a los doce, en la última cena, les dijo: “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3.)

Este es el verdadero espíritu de amor, el espíritu de fe en Dios el Creador de los cielos y la tierra, por medio de su Hijo Amado. Así es como su Uni­génito le rinde honor.

Y ¿qué decimos de la paz de Cristo?

Se ha definido la paz como la bendición más grande. Sin paz no puede haber felicidad, y “la felicidad—dijo el profeta José Smith—es el objeto y el fin de nuestra existencia, y será su culmina­ción si seguimos el camino que nos conduce a ella.”

Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33.)

En la misma ocasión, Jesús dijo: “La paz os de­jo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.” Durante toda su vida la paz estuvo en sus labios y en su corazón, y cuando volvió de la tumba y apareció a sus discípulos, sus primeras palabras fueron: “Paz a vosotros.”

La paz, tal como la enseñó el Salvador, consiste en apartarse de las dificultades individuales, evitar riñas familiares y problemas nacionales. La paz se refiere tanto al individuo como a la comunidad. El hombre que no escucha el susurro de Cristo, o sea su propia conciencia, no puede tener paz. No puede lograrla cuando no es sincero consigo mismo, cuando viola las leyes de la justicia, ya sea luchando con­sigo mismo, cediendo a sus pasiones o apetitos.

La paz no reina en el corazón de quien viola la ley. Viene cuando se obedece toda ley, éste es el mensaje que Cristo quiere que proclamemos a los hombres—paz para que el individuo pueda estar en paz con Dios, perfecta armoría entre el Creador y el hombre; con las justas leyes a las que está sujeto y de las que no puede escapar; paz en el hogar, las familias viviendo en armonía unas con otras y con sus vecinos.

Hay algunos que opinan que sus enseñanzas no son aplicables a esta época.

Hace algunos años, hubo un joven, elegido entre muchos, quien lo vio, lo oyó y recibió sus enseñan­zas. José Smith vio al Redentor y compartió su testimonio con el mundo; registró su mensaje y destacó la verdad eterna de que las enseñanzas de Cristo son divinas, y tan aplicables a la gente de hoy día como lo fueron a la gente entre la que Jesús anduvo durante su vida terrenal.

Una de las enseñanzas fundamentales de Cristo fue en contra de los malos pensamientos. Condenó la avaricia, la enemistad, el odio, los celos y los resultados que de ellos se derivan. La psicología mo­derna, como los estudiantes sabrán, prueba las vir­tudes de tales enseñanzas y el daño que origina el abrigar odio. Quien abriga odio y amargura en su corazón, se hiere más a sí mismo que a la persona hacia quien manifiesta tales sentimientos.

Igualmente aplicables a las condiciones actuales, son sus enseñanzas respecto al valor y. santidad de la vida humana, la virtud del perdón, la necesidad de actuar honradamente, el crimen de la hiprocresía, el pecado de la avaricia, el poder redentor del amor y la inmortalidad del hombre.

Si los hombres rechazan a Cristo como el Señor y Salvador y llenan sus almas de odio como lo ha hecho esa nación de más de seiscientos millones de almas, que es empujada no sólo a negar a Cristo, sino también a negar que su misión es redimir al hombre de una vida sórdida, egoísta y pecaminosa, y elevarlo a un mundo que El mostró por medio dé su sacrificio, generosidad y amor; si las naciones se niegan a reconocer a Cristo como el único “nombre bajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12); si los hombres rechazan la posibilidad de obtener esta certeza acerca de la divinidad de Cristo, descrita por Tomás cuando ex­clamó reverentemente: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28); si las acciones de los hombres lo re­chazan en lugar de aceptarlo como Divino, entonces este mundo seguirá siendo destrozado por la con­tención, seguirá sufriendo guerras y se verá hundido en las profundidades del materialismo, el egoísmo, el ateísmo y el odio.

Sin el Cristo de Nazaret, el Cristo Crucificado, el Señor Resucitado, la ley de la selva seguirá es­clavizando a la familia humana.

Para concluir diremos que la obligación y deber de la Iglesia de Jesucristo es proclamar la inmensa verdad de que el Varón de Galilea es el verdadero Camino, la Verdad y la Vida—que El es realmente el verdadero Salvador de la humanidad.

Se han estado haciendo continuos esfuerzos y planes siniestros para privar al hombre de su libertad individual, y hacerlo retroceder a una condición pri­mitiva de vida. Teniendo fe en la palabra revelada por Dios, ruego que todos quienes creamos en la libertad individual, aspiremos a los verdaderos ideales cristianos, y luchemos siempre para llevar a la realidad el sueño de que día todos los hombres sean libres y que todas las naciones se unan para formar el Reino de Dios en la tierra. Sé que estas aspiraciones pueden convertir en realidad muy pron­to y ruego que el hombre luche para lograrlo. Lo digo humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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