La Restauración de la Iglesia

Mayo 1965

La Restauración de la Iglesia

por Joseph Fielding Smith
presidente del consejo de los doce

Joseph Fielding SmithMe siento emocionado en extremo por el mensaje del presidente McKay, y ruego que las bendiciones del Espíritu del Señor continúen con él, a fin de que sea restablecido y pueda reunirse con nosotros otra vez.

En mi niñez, cuando era todavía demasiado joven para poseer el Sacerdocio Aarónico, mi padre colocó un Libro de Mormón en mis manos solicitándome que lo leyera. Recibí esta historia nenia con agradecimiento, y me apliqué a la tarea que se me había señalado. Contiene ciertos pasajes que se han grabado en mis pensamientos y que jamás he olvidado.

Uno de estos se encuentra en el capítulo 27 del Tercer Nefi, versículos 19 y 20. Son las palabras de nuestro Redentor a los nefitas, en las instrucciones que les dio después de su resurrección, y dicen lo siguiente:

“Y nada impuro puede entrar en su reino, por tanto, nadie entra en su reposo, sino aquel que ha lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, el arrepentimiento de todos sus pecados.

“Arrepentios, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y bautizaos en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os halléis en mi presencia, limpios de toda mancha.”

El otro pasaje es el versículo 10, capítulo 41 del Libro de Alma, que dice:

“No vayas a suponer, porque se ha hablado acerca de la restauración, que serás restablecido del pecado a la felicidad. He aquí te digo que la maldad nunca fue felicidad.”

He tratado de obedecer estos dos pasajes todos los días de mi vida, y me siento agradecido al Señor por este consejo y orientación; y he procurado grabar estas palabras en mis pensamientos así como en los de otros. ¡Qué guía tan marvillosa pueden ser estas enseñanzas para cada uno de nosotros, si podemos inculcarlas firmemente en nuestros pensamientos!

Por supuesto, estos conceptos no se limiten al Libro de Mormón; son enseñanzas fundamentales del evangelio de Jesucristo y los han expresado innumerables  veces los profetas de la antigüedad, así como nuestro Redentor, cuando estuvieron sobre la tierra.

Es un hecho irrefutable, que ninguna cosa impura puede heredar el reino de Dios y lograr lo que se conoce como la vida eterna. Es decir, que el Redentor del mundo, por medio del gran sacrificio que efectuó, abrió las sepulturas y restableció todas las cosas terrenales, tanto del género humano, las aves del aire, los peces del mar y toda criatura que padece la muerte a causa de la caída de Adán. En el quinto capítulo del evangelio de Juan, versículos 28 y 29, tenemos las palabras categóricas de nuestro Redentor que proclaman esta verdad en las siguientes palabras:

“No os maravilléis de esto; porque vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.”

Voy a permitirme citar otros pasajes de las Escrituras, tomados de las revelaciones que han llegado a nosotros por decreto divino en esta dispensación. Se encuentra en Doc. y Con., sección 29, versículos 22 al 25:

“Y además, de cierto, de cierto os digo, que cuando hayan terminado los mil años, y empezaren los hombres de nuevo a negar a su Dios, entonces perdonaré a la tierra por tan solamente un corto tiempo.

“Y entonces vendrá el fin, y el cielo y la tierra serán consumidos y pasarán y habrá nuevo cielo y nueva tierra.

“Porque todas las cosas viejas pasarán, y todo será nuevo, aun el cielo y la tierra, y toda la plenitud de ellos, tanto hombres como bestias, aves del aire, y peces del mar;

“Y ni un pelo ni un mota se perderán, porque todo es la hechura de mis manos.”

Además el Señor habló al profeta José Smith en una revelación, contestando su pregunta: “¿Qué se da a entender por los cuatro animales ele que habla el mismo versículo (el capítulo 6 de Apocalipsis)?”

“Son expresiones metafóricas usadas por Juan el Teologo para describir los cielos, el paraíso de Dios, la felicidad del hombre y la de los animales, las cosas que se arrastran y las aves del aire; siendo lo espiritual a semejanza de lo temporal, y lo temporal a semejanza de lo espiritual; el espíritu del hombre es semejante de su persona, como así también el espíritu de las bestias y toda criatura que Dios ha creado.” (Doc. y Con. 77:2, 3.)

Existe una doctrina extraña en el mundo concerniente a la resurrección, aun entre aquellos que creen que se efectuará una reunión del espíritu y del cuerpo, y dicen que solamente los justos saldrán, mira recibir galardones y la exaltación. Sin embargo, este es un concepto errado, porque mediante la expiación efectuada por el Hijo de Dios, nuestro Salvador la resurrección será una restauración completa de todas las cosas terrenales, aun la tierra misma sobre la cual nos hallamos. Esta será purificada y llegará a ser la morada de los justos. El apóstol Pedro entendió esta doctrina, y en su segunda epístola declaró lo siguiente:

“Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.

“Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir,

“Esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!

“Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia.” (2 Pedro 3:13.)

No vayamos a entender incorrectamente esta expresión. Los cielos nuevos y tierra nueva serán el mismo cielo y la misma tierra sobre la cual ahora vivimos, porque ésta ha de recibir la resurrección después del día de su estado mortal, y será la morada de los justos por las eternidades. Sin las revelaciones que el Señor ha concedido a los hombres, esta verdad no se sabría; ni tampoco tendríamos conocimiento de la gloria final que ha de ser señalada a esta tierra. Aun en la actualidad, donde los hombres no tienen orientación y revelación divina, esta verdad divina no se conoce.

Estoy sumamente agradecido a mi Padre Eterno por el privilegio que se me ha concedido de venir al mundo en esta dispensación, en que una vez más se ha revelado la plenitud del evangelio. Me he sentido agradecido y he dado las gracias al Señor muchas veces por el privilegio que he recibido de vivir en la dispensación actual, y que no nací hace 200 o 300 años, o durante la larga época en que la plenitud del evangelio no se encontraba entre los hombres, por lo que, como dicen las Escrituras, corrían para allá y para acá, buscando la verdad que no podía ser hallada por causa de la profunda obscuridad espiritual que había descendido sobre toda la tierra.

Esta condición no vino por culpa del Señor, sino por culpa del género humano, porque se les había ofrecido la plenitud del evangelio; pero con el tiempo se negaron a recibirlo, y sus maestros se desviaron y permitieron, que entraran en la iglesia falsas doctrinas y falsas ordenanzas, y peor que todo, un concepto falso relacionado con Dios nuestro Padre Eterno y su Hijo Jesucristo. Aquella fue una época en que no hubo un ser mortal que tuviera la facultad divina para oficiar en las ordenanzas, falsas ordenanzas, y falsos maestros. Esta situación dejó a todo el mundo cristiano en un estado de confusión, sin inspiración divina, por la que llegó a prevalecer universalmente la noción de que los cielos estaban sellados; que la comunicación con el Padre y su Hijo Amado había cesado y que los ángeles, por mucho tiempo habían cesado de visitar al ser mortal sobre la faz de la tierra. En estas condiciones surgió naturalmente el concepto, impulsado por el clero, de que nuestro Padre Eterno había cesado de tener comunicación con sus hijos sobre la tierra. Además, prevaleció la falsa idea de que el ser mortal tenía las enseñanzas de la Biblia y que en ella estaban comprendidas las revelaciones que el hombre necesitaba para asegurar su salvación en el reino de Dios; y con estas condiciones y prácticas, indudablemente Satanás se regocijó; se levantaron falsos maestros, y el pueblo, pese a su devoción, se encentró en tinieblas espirituales. Además, por mucho tiempo prevaleció el decreto de que los hombres que no estaban preparados para el ministerio, no deberían buscar conocimiento o escudriñar las Escrituras, porque era la responsabilidad exclusiva del clero. Por tanto, estoy sumamente agradecido por el profeta José Smith y por la visita del Padre y del Hijo que vinieron a él y lo orientaron respecto del curso que había de tomar; y también porque llegó al momento para la restauración de la verdad divina y el santo sacerdocio, a fin de que los habitantes del mundo pudieran encontrar el sendero de la vida eterna, y nuevamente pudieran ejercerse las ordenanzas del santo sacerdocio en bien de la salvación de todo el género humano.

El 22 de enero de 1834, el profeta José Smith dijo:

“El gran plan de salvación es algo que debería ocupar toda nuestra atención, y estimarse como uno de los mejores dones del cielo que ha venido al género humano. Absolutamente ninguna consideración o motivo debe impedir que nos presentemos aprobados delante de Dios, de acuerdo con sus divinos requerimientos. No es raro que los hombres se olviden que están bajo la dependencia de los cielos, en “lo que concierne a cada una de las bendiciones que se les permite recibir, y que van a tener que responder por cuanta oportunidad se les conceda. Vosotros sabéis, hermanos, que en la parábola de los talentos, el Señor llamó a sus siervos y les entregó varios talentos para que los utilizaran mientras El se ausentaba de ellos por un tiempo, y que al volver, los llamó a cuentas. Así es ahora, Nuestro Maestro se ha ausentado por un corto tiempo, y cuando vuelva exigirá cuentas de cada uno; y donde se entregaron cinco talentos, se exigirán diez; y el que no los haya mejorado, será echado fuera como siervo inútil mientras que los fíeles gozarán de honores eternos. Por consiguiente, de la manera más sincera imploramos que la gracia de nuestro Padre os atienda mediante Jesucristo su Hijo, para que no desmayéis en la hora de la tentación, y seréis vencidos cuando venga la persecución.”

Quisiera también citar unas palabras de verdad divina de los labios del presidente David O. McKay, tomados de su obra “Ideales del Evangelio”, pág. 383.

“Ningún hombre puede desobedecer la palabra de Dios sin escapar el sufrimiento por haberlo hecho.

“Ningún pecado, pese a su naturaleza secreta, puede escapar la retribución. Es cierto, que podéis mentir sin ser descubiertos; podéis violar la virtud sin que lo sepa persona alguna que os escandalice; sin embargo, no podéis escapar el juicio que acompaña a esta transgresión. La mentira está plantada en lo más recóndito de vuestros pensamientos; una tacha a vuestro carácter que algún día, en alguna forma, se manifestará en vuestro semblante o conducta. Vuestra transgresión moral, aun cuando sea conocida solamente de vosotros, vuestro cómplice y Dios, corroerá vuestras almas.

Doy fin a mis palabras leyendo un poema que me parece muy apropiado y que lleva por título.

La Faz en el Espejo

Cuando tengas aquello por lo que del diario te afanas
Y el mundo por un día te hace su rey,
Ve al espejo, contempla en él tu cara,
Y pon atención a lo que tu imagen dirá;

Porque no es tu padre o madre, ni esposa.
Los que el juicio sobre ti dictarán
El fallo que vale realmente en la vida
Viene de aquel que en el espejo tú ves.

A él satisfaz, no te fijes en otros.
Pues contigo estará hasta el fin de tu ser;
Y en la prueba más dura saldrás aprobado
Si aquel en el espejo tu amigo será

Podrás ser muy listo logrando ventajas,
Y creer que no hay dos como tu.
Pero del que está en el espejo serás reprobado
Si en sus ojos no puedes mirar.

A todos podrás engañar mientras vivas
Y encomios sin fin recibir,
Pero al final segarás pesares y llantos
Si al que está en el espejo defraudado habrás.

El Señor os bendiga a todos, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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