El duodécimo Artículo de Fe

Octubre 1965
El duodécimo Artículo de Fe
por N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerPresidente McKay, hermanos, hermanas y todos aquellos que me estén escuchando, es un verdadero privilegio y una bendición poder participar del espíritu de esta conferencia, recibir ins­trucciones de estos hombres devotos y sentirnos ins­pirados a vivir mejor.

Queremos agradecer al Señor porque nuestro amado líder, el Presidente McKay, se encuentra bastante restablecido físicamente, de tal manera que puede estar hoy con nosotros. Pocas personas se han sentido tan inspiradas por un profeta de Dios, como los que estamos hoy aquí por su presencia, su emo­tivo discurso de ayer por la mañana y su dirección inspirada. Nos unimos en oración para que con­tinúe gozando de salud y fuerza. Y quiero personal­mente agradecer al Señor por la asociación que ten­go con él y con todos ustedes, mis queridos colegas.

Hace exactamente cinco años, me sentí muy hon­rado al recibir el llamado del Profeta de Dios para servir como ayudante del Consejo de los Doce. Como la mayoría de ustedes sabrán, soy ciudadano cana­diense. Amo al Canadá, país que fue beneficioso para mí en todo sentido, el cual ha logrado ubicarse en el lugar que le corresponde en el mundo y es un alto exponente de libertad para todos; pero a pesar de esto tengo planes de convertirme en ciudadano de los Estados Unidos de Norteamérica, tan pronto como llene los requisitos.

Cuando me convierta en ciudadano de este gran país, tengo decidido unirme a los demás ciudadanos y dedicarme a los ideales de esta nación que apoyan la igualdad y la justicia, y a cumplir nuestra respon­sabilidad como hombres libres. Estoy muy preocu­pado por la falta de respeto a la ley en el mundo, y principalmente aquí en los Estados Unidos. En calidad de futuro ciudadano y por el puesto que ocupo en la Iglesia, quisiera referirme por unos mo­mentos al duodécimo Artículo de Fe, el cual dice:

“Creemos en estar sujetos a los reyes, presiden­tes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.”

Es el deber de todo hombre, estar al tanto de los esfuerzos que su país hace para darle más libertad y oportunidades, restringir las infracciones a la ley y proclamar la igualdad y la justicia. En su Decla­ración de Fe, la Iglesia manifiesta claramente su posición en cuanto a los gobiernos y las leyes, al­gunas de las cuales son las siguientes:

“Creemos que Dios instituyó los gobiernos para el beneficio del hombre, y que él tiene al hombre por responsable de sus hechos con relación a dichos go­biernos, tanto en formular leyes como en adminis­trarlas para el bien y la protección de la sociedad.

“Creemos que ningún gobierno puede existir en paz si no se formulan, y se guardan invioladas, leyes que garantizarán a cada individuo el libre ejercicio de la conciencia, el derecho de tener y administrar propiedades y la protección de su vida. . .

“Creemos que todos los hombres están obligados a sostener y apoyar los gobiernos respectivos de los países en que residen, mientras las leyes de dichos gobiernos los protejan en sus derechos inherentes e inalienables; que la sedición y la rebelión no convie­nen a los ciudadanos así protegidos, y deben ser castigadas como corresponde. . .

“Creemos que todo hombre debe ser respetado en su posición, los gobernantes y magistrados como tales, ya que han sido puestos para proteger a los inocentes y castigar a los culpables; que todo hom­bre debe respeto y deferencia a las leyes, porque sin ellas la paz y la armonía serían reemplazadas por la anarquía y el terror. . .

“Creemos que la comisión de crímenes debe ser castigada de acuerdo con la naturaleza de la ofensa; que el homicidio, la traición, el robo, el hurto y la violación de la paz en general, en todo sentido, deben ser castigados por las leyes de aquel gobierno con­tra el cual se cometiere la ofensa de acuerdo con su criminalidad y su mala influencia entre los hombres; y que en bien de la paz y la tranquilidad públicas, todo hombre debería adelantarse y emplear su ha­bilidad en procurar que se castigara a los que infrin­gieren las leyes buenas.” (Doc. y Con. 134: 1, 2, 5, 6,8.)

Como lo señaló el presidente de los Estados Uni­dos en su discurso dado el Día de la Ley, nuestras vidas, nuestra libertad y nuestros derechos para seguir el curso de nuestros destinos individuales, dependen de nuestro sistema legislativo y de la li­bertad en las cortes.

Las leyes no se han hecho exclusivamente para corregir al malvado, ni son una restricción de carác­ter negativo, sino que amparan los derechos y liber­tades de cada ciudadano. John C. Cornelius dijo: “Las leyes son las reglas que rigen el juego de la vida.” No hay ninguna justificación para que el hombre deseche la ley o trate de ejecutarla con sus propias manos.”

Abraham Lincoln dijo lo siguiente:

“Si existen leyes malas es necesario derogarlas, pero mientras estén en vigencia, deben acatarse.”

Cristo mismo, mientras vivió aquí sobre la tierra, fue el mejor ejemplo de obediencia a la ley. Cuando aquellos que querían hacerle perder su prestigio le preguntaron: “Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lí­cito dar tributo a César, o no?” y El les contestó: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.” (Mateo 22:17-21.)

Y aún cuando su vida estaba en peligro, observó una conducta mansa hacia los sumos sacerdotes que estaban planeando su muerte. Cuando se presentó ante Caifás permaneció en silencio y no contestó las preguntas que le hacía hasta que uno de los sumos sacerdotes le dijo: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.” (Mateo 26:63.) Cuando habló así, con autoridad oficial, el Salvador contestó de inmediato, recono­ciendo la autoridad del sacerdote, aunque este mis­mo era indigno.

Alguien ha dicho prudentemente:

“Para nosotros la ley es el fundamento de nues­tros ideales: democracia, libertad y justicia. Sin embargo, día a día damos menos valor a la ley. La olvidamos hasta que la necesitamos o la violamos, pero la ley continuamente está protegiéndonos, muy pocas veces imponiéndose, tomando parte de nues­tras vidas de manera tal que es más una guía que una restricción, protege en lugar de amenazar o castigar.”

En los países democráticos, todos tienen dere­cho a:

  1. Una buena educación
  2. Vivir donde les plazca
  3. Elegir su vocación
  4. Votar secretamente
  5. Tener propiedades privadas
  6. Comenzar negocios por cuenta propia
  7. Obtener un juicio justo y rápido en caso de verse acusado de algún crimen
  8. Adorar a Dios según los dictados de su pro­pia conciencia

Estos derechos, privilegios y bendiciones no es­tán a disposición de quienes viven en los países co­munistas. Es un gran privilegio vivir en un país donde todos, sin distinción de credo, raza u origen, pueden vivir juntos en paz y prosperidad; donde hemos establecido un sistema de leyes para el bie­nestar de todos; donde todos los hombres gozan de libertad y del derecho de elegir su propio gobierno.

Abraham Lincoln aconsejó:

“Que cada madre en América respire e infunda al bebé en sus brazos el respeto a la ley, que se enseñe en las escuelas, seminarios y universidades; que se escriba acerca de ella en los libros de primeras letras, en los almanaques, que se predique desde el púlpito, se proclame en las asambleas legislativas, y se aplique en las cortes de justicia. Para abreviar, diré que se haga de la ley la religión política de la nación; para que el joven y el viejo, el rico y el po­bre, el serio y el jovial de cualquier sexo, lengua, color o condición, se sacrifiquen continuamente ante su altar.”

Es este un precio pequeño por la libertad y las otras bendiciones que se gozan en un país libre. Debemos darnos cuenta que los adultos no pode­mos transgredir ninguna ley, sin que nuestros hijos también le pierdan el respeto. El delincuente juvenil se ve en dificultades porque no ha aprendido a vivir de acuerdo con la ley, o porque no ha logrado ajustar su vida a las normas que rigen la comunidad de la que forma parte.

Las causas más comunes que conducen al delin­cuente a verse en dificultades son:

  1. Falta de respeto a la ley en el hogar
  2. Falta de disciplina en el hogar
  3. Mal ejemplo por parte de las adultos
  4. Simpatía hacia los criminales y crítica a la policía
  5. Finalmente, pero no de menos importancia, está el dejar de aceptar a Cristo como el Salvador del mundo, y el descuido en obede­cer las leyes de Dios.

La única solución a este problema, es que los adul­tos respeten la ley de Dios, y la ley de los países y que cultiven en la juventud la comprensión y res­peto hacia las reglas de la vida civilizada, que hacen posible el progreso de la sociedad. La aceptación voluntaria de la ley es el substituto civilizado de las riñas, el caos y el terror.

A pesar de que se habla mucho de la delincuencia juvenil, tengo fe en nuestros jóvenes y ojalá viva lo suficiente para poder ver cuánto mejor adminis­trarán los asuntos públicos. Sin embargo, estos jóvenes necesitan consejos, buen ejemplo, valor y disciplina.

Me gustaría leerles una “Moderna fábula ameri­cana” escrita por Al Mclntosh:

“Un jovencito de 14 años de edad, vio que su papá llegó muy contento de la oficina y les contó lo siguiente: ‘Me pescaron por exceso de velocidad, pero me encontré con Jorge y él va a arreglar las cosas para que no tenga que pagar la multa.’

“Cuando el jovencito tenía 15 años, un día iba con su mamá en el auto de la familia y al retroceder sin cuidado, la señora chocó contra un árbol, causan­do un daño bastante considerable en la parte trasera del vehículo. ‘Diremos que alguien nos chocó de atrás—dijo la señora—así el seguro nos indemni­zará, después de todo para eso son las compañías de seguros’.

“Cuando tenía 17 años, una noche escuchó a su tío, el cual era abogado, que se jactaba de cuán listo había sido en conseguir la libertad de uno de sus clientes, en un caso en la corte. ‘Nos costó algún dinero sobornar a uno de los testigos—se vanaglorió —pero lo conseguimos. Aunque uno sepa que son culpables, hay que tratar de ayudarles, porque así es como se hace dinero’.

“Cuando el joven cumplió 18 años, toda la fa­milia se empeñó en conseguirle una beca en una universidad. Hasta hubo que mentir en cuanto a los ingresos de la familia, para que realmente pare­ciera que el joven necesitada ayuda financiera. No consiguió llenar los requisitos, pero por un golpe de suerte logró ingresar en otra universidad.

“Los cursos eran bastante difíciles para el joven, pero un compañero le consiguió los resultados de un examan de matemáticas y se los vendió. El joven fue descubierto y expulsado de la universidad.

“Cuando regresó a su hogar, su madre comenzó a llorar y la lamentarse de tai desgracia: ‘¿Cómo nos has hecho esto?—dijo entre sollozos—Esta no es la forma en que te criamos’.

“No puedo creerlo—dijo el padre—no puedo en­tender qué pasó.”

Como ciudadanos, todos nosotros, incluyendo a los jóvenes, tenemos la pesada responsabilidad de obedecer la ley y cumplirla. Imaginemos por un mo­mento lo que sería de nuestro país si no hubiera:

  1. Reglamentos de tránsito
  2. Votos matrimoniales
  3. Derechos de propiedad
  4. Protección judicial
  5. Juzgados donde reclamar justicia

A pesar de todo esto, hay tanta gente que:

  1. Se apresura a cruzar la calle con la luz amarilla
  2. Aumenta peligrosamente la velocidad cuando viaja por las carreteras
  3. Maneja en estado de ebriedad
  4. Ignora los convenios maritales
  5. Realiza motines y manifestaciones ilegales
  6. Cobra indemnización sin tener derecho a ella

Hace poco un joven de 16 años compró bebidas

alcohólicas en un negocio del Estado, y bajo la in­fluencia del alcohol robó un camión y chocó contra un taxi que estaba estacionado causando serias heri­das al conductor. La ley de los Estados Unidos prohíbe que los menores de 21 años compren alco­hol, por lo tanto, el empleado que se lo vendió, violó la ley y como consecuencia contribuyó a la delin­cuencia juvenil.

Hace pocos días un conductor ebrio se pasó una luz roja, embistió a otro auto, mató a dos personas y lastimó a varios pasajeros. ¡Qué pérdida tan tremenda para él y para los familiares de los que perdieron su vida, y qué aflicción por ignorar la ley!

Todos los días tenemos algún caso en que la gente sufre las consecuencias de ignorar la ley.

La independencia, la libertad y la paz sólo se pueden gozar si se respetan y obedecen las leyes de las naciones y las de Dios. Por lo tanto, adoptemos todos el lema: “Yo y mi casa honraremos, obedeceremos y apoyaremos la ley y usaremos toda nuestra influencia para alentar a otros a que hagan lo mismo.”

Recordemos que si guardamos las leyes de Dios, el ser que nos ha dado las leyes más grandes, automáticamente estaremos guardando las leyes de nuestra patria, asegurando la paz, tranquilidad y felicidad de nuestro país, y con ella también estaremos en camino hacia la inmortalidad y la vida eterna.

Algunos de los mandamientos que el Señor nos ha dado son los siguientes:

“No tendrás Dioses ajenos delante de mí.”
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo.”
“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.”
“No matarás.”
“No cometerás adulterio.”
“No hurtarás.”
“No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.”
“No codiciarás . . . cosa alguna de tu prójimo.”

Y cuando los jueces le preguntaron al Maestro, tratando de tentarlo:

“Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?
“Jesús le dijo: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
“Este es el primero y grande mandamiento.
“Y el segundo es semejante; Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:36-40.)

Somos muy afortunados, mis queridos hermanos, en saber que la ley de Dios forma parte del evangelio de Jesucristo; que el evangelio que hemos recibido es parte del plan de vida y salvación, nos da la solución a todos nuestros problemas, y si lo aceptamos y cumplimos, traerá paz a nuestra alma, nuestro país y al mundo, y garantizará SALUD, AMOR, FELICIDAD, ÉXITO Y VIDA ETERNA.

Quiero dejar con ustedes mi testimonio, mis hermanos, y decir al mundo entero que estas cosas son verdaderas, que el evangelio en su totalidad se ha restaurado en estos últimos días, que el Sacerdorio de Dios está aquí en la tierra, que Dios vive y que Jesucristo es su Hijo, quien vino y dio su vida por vosotros y por mí, y sé que están interesados en nosotros continuamente. No hay duda alguna de lo que el Salvador quiso decir, cuando expresó: “. . . Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:33.)

Ruego que todos aceptemos estas verdades y que como hombres libres honremos, obedezcamos y apoyemos la ley del país en que vivimos, y que obedezcamos las leyes de Dios, para que seamos dignos de la nación en que habitamos y logremos la vida eterna, y lo hago humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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