Las escrituras: deseables más que el oro; y dulces más que miel

Charla fogonera del SEI para los jóvenes adultos • 11 de septiembre de 2005 • Universidad Brigham Young
Las escrituras: deseables más que el oro; y dulces más que miel
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Susan W. TannerGracias por ese maravilloso coro. La música fue hermosa, e invitó al espíritu. Agradezco también la primera oración. Me di cuenta de que en la oración se pidió que cada uno de nosotros sintiera el espíritu esta noche y que recibiera inspiración en lo que necesitara en particular. Esa también es mi oración. Me siento muy agradecida por la oportunidad de estar esta noche con ustedes, aunque preferiría que este momento se pareciera más a aquellas charlas antiguas alrededor de la chimenea donde poder acercarnos a la lumbre y tener una conversación personal, tal y como haría si ustedes fueran mis propios hijos, quienes son de su misma edad. Comenzaré hablándoles de mi hija que está sirviendo una misión. (¿No es eso lo que hacen la mayoría de las madres con hijos misioneros?) Hace poco le escribí diciéndole que esta noche hablaría de mi amor por las Escrituras, y esto es lo que me respondió:

“¡Me ilusiona que mi madre vaya a hablar sobre el estudio de las Escrituras! Creo que uno de los aspectos en los que más he cambiado es en la manera de estudiarlas. Ahora amo estudiar las Escrituras; me entusiasmo cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo. Apenas puedo explicarlo, excepto que se asemeja a Alma 32:28, donde se dice que la palabra se torna deliciosa. ¡Me encanta! ¡Antes me gustaban las Escrituras, pero ahora las amo! Mi compañera dice que siempre sabe el momento en que voy a compartir un pasaje cuando estamos enseñando porque mis ojos se iluminan y comienzo a pasar hojas. Me encanta responder las preguntas de las personas a través de las Escrituras” (Correspondencia personal).

Espero que mi hija tenga la oportunidad de oír este mensaje en Australia y que se motive aún más, si es posible, durante su estudio de las Escrituras. De igual modo, espero que la palabra también se torne deliciosa para ustedes, como lo es para ella y para mí, porque ciertamente las Escrituras son “deseables… más que el oro… y dulces más que miel” (Salmos 19:10).

La dulzura de las Escrituras

¿Se acuerdan de Tevye, del musical El violinista en el tejado, el pobre lechero con cinco hijas que soñaba con ser rico? ¿Cuáles serían sus anhelos si fueran ricos? Probablemente desearían lo mismo que él: ser importante, tener una casa grande, no tener que trabajar tanto, etc. Sin embargo, ésos no eran sus deseos más recónditos. Su sueño más preciado, en caso de ser rico, puede resultarnos un tanto extraño. Recuerden, él cantó:

“Si yo fuera rico, tendría todo el tiempo del que ahora no dispongo para sentarme en la sinagoga y orar.

Y  tal vez disponer de sitio en el Muro de las Lamentaciones,

Y  analizar las Escrituras con los doctos siete horas cada día.

¿Qué hay más dulce que eso?”

(Letra en Inglés de Sheldon Harnick, “Si Yo Fuera Rico” El Violinista en el Tejado [1965] traducción libre al Español.)

Si ustedes fueran ricos, ¿dedicarían su tiempo libre a estudiar las Escrituras sin parar? Si fueran ricos, ¿sería el gozo más dulce que pudieran imaginar disponer de más tiempo para estudiar las Escrituras?

Para los judíos ortodoxos, el estudio de las Escrituras es una dulce bendición, un gran privilegio. De hecho, en ciertas tradiciones judías, cuando el joven debía comenzar su estudio de la Torá, se le daba a probar un poco de miel para que relacionara el estudio de los libros sagrados con su dulzura. Así se pretendía reforzar las palabras de Salmos: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca” (Salmos 119:103).

De igual modo, en Salmos 19 se comparan las Escrituras con el oro y la miel. El salmista se regocija en la palabra del Señor de la siguiente manera:

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo.

“Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos.

“El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos.

“Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal.

“Tu siervo es además amonestado con ellos; en guardarlos hay grande galardón.” (Salmos 19:7-11).

Todos estos términos en esta escritura (ley, testimonio, precepto, mandamientos, temor —o reverencia— y juicios) son sinónimos de la palabra del Señor, o de las Escrituras, son “deseables… más que el oro… y dulces más que miel”.

A veces pienso que deberíamos sentirnos más como Teyve y como mi hija misionera. Las Escrituras, ¿nos resultan deleitables, más deseables que el oro y más dulces que la miel? ¿Nos deleitamos en ellas y las meditamos como nos enseñó Nefi? (Véase 2 Nefi 4:15). ¿Las aplicamos a nosotros mismos tal y como nos aconsejó Jacob? (Véase 2 Nefi 6:5). ¿Las escudriñamos en busca de las palabras que el Señor nos dirige y que traen conversión, sabiduría, luz, revelación, consuelo y regocijo? ¿Las consideramos una de nuestras bendiciones más dulces y sublimes?

Hambre de las Escrituras

Tal vez, si tuviéramos más hambre de las Escrituras, éstas serían aún más dulces y preciadas para nosotros. Hace unos meses viajé a África, donde los santos suelen pasar hambre física, pero donde tienen aun más hambre de la palabra del Señor. En cada uno de los cuatro países que visité pude percibir el poderoso espíritu y la gran fe de la gente. Tenían escasas pertenencias temporales, pero eran ricos espiritualmente; poseían las buenas nuevas del Evangelio: las claras y preciadas verdades de las Escrituras. Sus desgastados libros de las Escrituras iban con ellos a cada una de las reuniones; las utilizaban para enseñar, las leían, las conocían y las amaban.

De hecho, en cierta reunión sacramental, un joven orador acudió al púlpito con nada más que las Escrituras. Hacía muchos de los mismos gestos que suelen hacer los jóvenes discursantes, agachar la cabeza y mover los pies de vez en cuando, pero su mensaje era poderoso. Habló sobre el sacrificio y comenzó con tres pasajes del Antiguo Testamento que hablan de los sacrificios de sangre. Luego, de manera natural, pasó a 3 Nefi, en el Libro de Mormón, y comentó que las cosas antiguas habían pasado tras la venida del Salvador, quien ahora requería el sacrificio de un corazón quebrantado y un espíritu contrito. No empleó anotación alguna, tan sólo su conocimiento de la doctrina. Aquel fue un gran ejemplo de cómo debemos enseñar de las Escrituras.

Entonces relacioné el salmo 19 con estos santos. La ley del Señor fue el medio para su conversión; el testimonio del Señor convirtió en sabias a estas personas sencillas e inteligentes. Había luz en sus ojos y gozo en sus corazones porque tenían la ley, el testimonio, los estatutos y los mandamientos del Señor. En determinado lugar que visité, la gente había caminado cerca de cuatro horas para llegar a una reunión. Carecían de medios de transporte, algunos incluso no tenían calzado y apenas comida. Eran campesinos que vivían de lo que cosechaban y que llevaban años padeciendo una sequía atroz; pero aún así se deleitaban en las palabras del Señor, las cuales les eran “deseables… más que el oro… y dulces más que miel”.

En otro país africano hallé más personas hambrientas por recibir la palabra del Señor. El día de nuestra llegada se produjo un paro en el transporte público por la escasez de combustible. El presidente de estaca estaba seguro de que los 700 miembros que tenían pensado asistir a nuestra charla fogonera no tendrían medios para llegar. Nosotros le aseguramos que enseñaríamos a todo el que llegase. Al acceder al recinto veinte minutos antes del comienzo de la reunión, vi a más de 300 santos reverentemente congregados y escuchando en silencio los himnos que salían de un radiocasete. Me sentí conmovida por el Espíritu. Durante el transcurso de la reunión, y de manera milagrosa, llegaron otras 300 personas, hambrientas de oír la palabra del Señor. Todos llevaban sus Escrituras y las consultaban mientras les enseñábamos de las obras canónicas. Gracias a su ejemplo vi con nuevos ojos mi necesidad personal de mejorar. Puede que muchos de nosotros hayamos depositado nuestro corazón en los tesoros de este mundo y me pregunto si nos hemos vuelto superficiales o complacientes en el estudio de la palabra y en el vivir la doctrina.

Amós, un profeta del Antiguo Testamento, habló del hambre de oír la palabra o, en otras palabras, del hambre espiritual. “He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová” (Amós 8:11). En África conocí santos que no sólo tenían hambre de pan y sed de agua, sino hambre de oír la palabra de Dios. Dado que conocen el hambre espiritual, han aprendido, tal y como enseñara Nefi, a “[deleitarse] en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Imagínense el hambre espiritual que podríamos sentir si no tuviéramos Escrituras en las que deleitarnos. A lo largo de la Historia ha habido mucha gente sin acceso a las Escrituras. Piensen, por ejemplo, en la familia de Lehi cuando partió al desierto por primera vez, o en los mulekitas que “no habían llevado anales consigo” (Omni 1:17), o en la época del Antiguo Testamento, cuando las personas no tenían el libro de la ley o lo habían olvidado, y entonces Esdras y Nehemías tuvieron que reeducar a los judíos procedentes del cautiverio en Babilonia acerca del libro de la ley. (véase Nehemías 8:1-13)

Aprendan en su juventud a amar las Escrituras

Josías, el pequeño rey que accedió al trono a la edad de ocho años, es mi ejemplo favorito del Antiguo Testamento. En él se refleja el impacto de un joven que descubrió que las Escrituras eran más preciadas que el oro y más dulces que la miel. Todos los reyes anteriores y posteriores a él fueron inicuos; o bien no tenían la ley o decidieron hacer caso omiso de ella. Mas durante el reinado de Josías, Hilcías, el sumo sacerdote, encontró el libro perdido de la ley en la casa del Señor (véase 2 Reyes 22:8), el cual le fue leído al joven rey. El corazón de Josías era tierno y se arrepintió y clamó ante el Señor (véase 2 Reyes 22:19). Luego reunió a su pueblo en el templo y le leyó las Escrituras, y todos hicieron convenio de guardar los mandamientos de Dios.

“y leyó, oyéndolo ellos, todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová.

“Y poniéndose el rey en pie junto a la columna, hizo pacto delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro. Y todo el pueblo confirmó el pacto” (2 Reyes 23:2-3).

Qué relato tan inspirador. Con frecuencia me pregunto por qué Josías fue un espíritu valiente que respondió a las enseñanzas del libro de la ley. ¿Por qué respondió de manera diferente a los reyes anteriores y posteriores a él? ¿Hay aquí alguna aplicación para que ustedes valoren las Escrituras al leerlas, las obedezcan, hagan convenio de guardar los mandamientos que hay en ellas y luego vivan en consonancia con dicho convenio?

Tal vez las Escrituras hicieron despertar en Josías un recuerdo inmortal, o le permitieron recordar alguna enseñanza preterrenal. El élder Neal A. Maxwell dijo en un simposio del SEI en la Universidad Brigham Young en 1991: “Puede que los poderes especiales y evocadores de las Escrituras aviven en nosotros fragmentos de recuerdos del mundo preterrenal, o al menos hagan aflorar nuestra propensión por tan largo tiempo allí nutrida” (“ Teaching by the Spirit ‘The Language of Inspiration,’ ” in Old Testament Symposium Speeches, 1991, p. 1).

Tal vez por eso es frecuente ver en las Escrituras el mandato “recordad, recordad” (véase Mosíah 2:41, Alma 37:13 y Helamán 5:9, 12; 14:30). No sólo recordamos los milagros y las misericordias de esta vida, sino las tiernas enseñanzas de la vida preterrenal. El élder Maxwell enseñó que podemos aprender mucho al estudiar y meditar, con lo que se aviva el recuerdo de las lecciones previas impartidas por nuestro Padre Celestial.

Durante la visita que realizó a un presidente de misión y su familia en Rusia, el élder Maxwell se sentó a conversar una mañana con las cinco hijas pequeñas de la familia. Lo primero que les preguntó fue qué pasaje habían meditado aquel día, pregunta que tomó a las jóvenes desprevenidas. Reflexionen en ello. El élder Maxwell daba por sentado que las Escrituras eran tan preciadas como el oro y más dulces que la miel para ellas como lo eran para él. Si hiciéramos como él nos sugirió y siempre tuviéramos un pasaje en mente, estudiaríamos las Escrituras mientras cambiamos de clase, manejamos a una cita o limpiamos la casa. Comenzaría al principio de nuestra vida y sería algo constante. Siempre estaríamos deleitándonos, evitando el hambre personal y espiritual. Las palabras de Dios estarían “escrita[s]… no en tablas de piedra, sino en tablas de carne [de nuestro] corazón” (2 Corintios 3:3).

Hasta los nietos del élder Maxwell conocían su hincapié en las Escrituras. Muchos de ustedes probablemente recordarán que en el último mensaje que pronunció en una conferencia general, nos habló de cierta noche en la que visitó a sus nietos. Su nieto Robbie ya estaba en cama. Cuando el élder Maxwell llegó, la madre dijo: “Robbie, el abuelo Neal está aquí”. Entonces oyeron una débil vocecita procedente de la habitación que decía: “¿Debo llevar las Escrituras?” (“Remember How Merciful the Lord Hath Been,”Ensign, May 2004, p. 46). Al igual que Josías, el niño rey, y que Robbie, conviene que aprendamos cuanto antes a amar las Escrituras, a deleitarnos en ellas y a aprender de ellas.

También nuestros propios nietos están aprendiendo, en este momento de sus vidas, a amar las Escrituras y nos deleitan sus reacciones a ellas. Por ejemplo, Joshua, de 3 años, al que le gustan los héroes de cualquier relato, solía exclamar en el clímax de cada relato de las Escrituras: “¿Y entonces quién nos saca del apuro? ¡Jesucristo lo hará!”. Joshua estaba aprendiendo una importante lección: ciertamente, Jesucristo es nuestro Salvador. Su mismo nombre significa salvación. Joshua ora cada noche por los personajes que ha conocido durante el día. Una vez oró para que Pedro no volviera a hundirse, para que el ato de cerdos no corriera hacia el mar, y para que Lamán y Lemuel fueran amables con Nefi. Hasta le hemos oído orar por el papá de Jesús, nuestro Padre Celestial. Hace poco, Joshua recibió su propio Libro de Mormón que le regaló la líder de guardería de su Primaria y desde entonces ya no quiere que su madre le lea del libro de relatos; le dijo que prefiere leer las palabras de verdad.

Otro nieto, Tanner, de 6 años, tomó clases de natación este verano. Al principio le tenía bastante miedo al agua. El día que por fin debían saltar ellos solos en la parte más profunda de la piscina, la familia no había leído las Escrituras durante el desayuno, como era habitual. Aunque algo nervioso, Tanner saltó a la piscina, pero al salir se aseguró que su madre supiera que él estaba molesto, diciendo: “Si nos hubiéramos acordado de leer las Escrituras esta mañana, no habría tenido tanto miedo de saltar”. Nuestra hija se sintió reprendida, pero también complacida porque su pequeño daba tanto valor al Espíritu y a la fortaleza que le ofrecen las Escrituras. El estudio de las Escrituras puede fortalecernos para que saltemos en las aguas profundas a las que a nosotros también a veces se nos llama a nadar (véase D. y C. 127:2).

La doctrina puede cambiar nuestra vida

El apóstol Pablo alabó a Timoteo por aprender en su juventud a conocer y a amar las Escrituras, y al hacerlo describió las grandes bendiciones que también nosotros recibimos en nuestra vida:

“Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia,

“a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:15-17).

Qué bendiciones tan maravillosas obtenemos al estudiar las santas Escrituras. Pueden hacernos “sabios para la salvación”; aumentan nuestra fe en Jesucristo y en Su plan; nos enseñan nuestras debilidades y la necesidad que tenemos de arrepentirnos; nos enseñan doctrina.

El presidente Boyd K. Packer ha dicho en muchas ocasiones: “La verdadera doctrina, cuando se entiende, cambia la actitud y la conducta. El estudio

de las doctrinas del Evangelio mejorará la conducta más rápido de lo que el estudio del comportamiento mejorará el comportamiento” (en Liahona de mayo de 2004, pág. 79). Gracias a las Escrituras podemos aprender la doctrina verdadera directamente de la fuente, con lo cual nos tornamos más completos o perfectos, como dice Pablo. Nunca es demasiado tarde para comenzar a deleitarse en serio en la doctrina de las Escrituras. De hecho, esta misma noche sería un buen momento para comenzar.

Ésta es una época de la vida en la que toman decisiones importantes sobre prácticamente todo: estudios, empleos, servir una misión, salir en citas, casarse, tener hijos, las finanzas, cómo responder a las circunstancias, servir con fidelidad a la Iglesia, etc. He orado mucho respecto a qué decir para ayudarles individualmente durante estos importantes años. Precisan guía individual y revelación personal que les ayude a superar sus propias circunstancias. Alma enseñó que “la predicación de la palabra tenía… un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada o cualquier otra cosa… por tanto, Alma consideró prudente que pusieran a prueba la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5). Sé y testifico que al “poner a prueba la virtud de la palabra de Dios”, recibiremos consuelo, guía y revelación personal.

¿Cómo es que el estudio de las Escrituras tiene un efecto tan poderoso en nosotros? Las Escrituras invitan al Espíritu, el cual nos consuela y nos guía. El Espíritu nos enseña y revela la mente y la voluntad del Señor. El presidente Spencer W. Kimball dijo:

“He descubierto que cuando descuido mi relación con la Divinidad, cuando parece que ningún oído divino me escucha y que ninguna voz divina me habla, estoy lejos, muy lejos. Pero si me sumerjo en las Escrituras, la distancia se acorta y la espiritualidad vuelve” (Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edgard L. Kimball [1982], p. 135).

Las Escrituras nos bendicen con consuelo

En una película sobre C. S. Lewis, el personaje que lo encarna dijo algo profundo sobre la oración que también puede aplicarse a la lectura de las Escrituras: “Oro porque no puedo ayudarme a mí mismo, porque estoy indefenso. Es una necesidad que fluye en mí en todo momento, esté despierto o dormido. La oración no cambia a Dios, sino a mí” (Words from Stageplay and Screenplay by William Nicholson, Shadowlands, 1994). Yo siento lo mismo por las escrituras. Las leo porque “es una necesidad que fluye en mí en todo momento”. Conozco la acuciante necesidad que tengo de que las palabras de Dios nutran mi alma y me enseñen lo que debo saber. Ellas me cambian.

Muchos de ustedes recordarán el inspirador y a la vez encantador relato de Betsie y Corrie ten Boom, unas hermanas holandesas que fueron prisioneras de guerra en la Alemania nazi, y de cómo se tornaron a la Biblia en medio de su angustia en Ravensbruck, el tristemente célebre campo de concentración de mujeres. Corrie nos dijo:

“En cuanto a nosotras, desde la mañana hasta que apagaban las luces, siempre que no teníamos que formar, la Biblia era el centro de un círculo cada vez más amplio de ayuda y esperanza. Al igual que niños sin hogar alrededor del fuego, nos reuníamos para recibir su luz y su calor en nuestro corazón. Cuanto más oscura era la noche que nos circundaba, más brillante, verdadera y hermosa era la palabra de Dios. ‘¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó’.

Mientras Betsie leía, yo miraba a nuestro alrededor y observaba cómo la luz pasaba de un rostro a otro” (The Hiding Place, Corrie ten Boom, p. 194).

Para estas mujeres, las palabras de Dios fueron su sustento; les brindaron calor y luz. Eran más preciadas que el oro y más dulces que la miel.

Las Escrituras nos bendicen con revelación

A veces las palabras mismas de las Escrituras responden a nuestras oraciones con gran poder. Su lectura también abre nuestra mente y nuestro corazón a los pensamientos procedentes del Espíritu. Somos mucho más receptivos a recibir ayuda cuando acudimos a las Escrituras buscando, deseando y pidiendo.

José Smith recibía revelación cada vez que leía las Escrituras y planteaba preguntas inspiradas.

Todos sabemos que tenemos esa gloriosa Primera Visión como resultado del estudio de la Escrituras de este joven de 14 años y de hacer una pregunta importante. Necesitaba saber qué Iglesia era la verdadera y se aferró a la promesa de Santiago respecto a que el Señor contestaría al que acudiera a Él con sinceridad. ¿Sabían además que la sección 76 se recibió mientras José meditaba en los escritos del Evangelio de Juan sobre la salvación de los hombres? La visión de los tres grados de gloria se desplegó ante él; de hecho, un erudito SUD ha calculado que:

“Más del 50 por ciento de las revelaciones de Doctrina y Convenios se recibieron durante el periodo de tiempo asociado con la revisión inspirada de la Biblia. Las actividades traductoras de José Smith constituyen una lección viviente sobre cómo se reciben revelaciones; cuando el profeta se sumergía en las Escrituras, comenzaban a aflorar asuntos, curiosidades y preguntas que en la mayoría de los casos desembocaban en más luz y conocimiento para los Santos de los Últimos Días en forma de revelaciones contemporáneas” (Robert L. Millet, “Joseph Smith’s Translation of the Bible and the Doctrine and Covenants,” in Robert L. Millet and Kent P. Jackson, ed., Studies in Scripture: Volume One, the Doctrine and Covenants [1984], 1:139).

Las revelaciones de otros profetas siguieron el mismo patrón. La sección 138 de Doctrina y Convenios le fue revelada al presidente Joseph F. Smith mientras meditaba los escritos de Pedro sobre el mundo de los espíritus.

Cada uno de nosotros tiene derecho a recibir revelación personal y las Escrituras pueden erigirse en nuestra fuente principal para ello. Una profesora de BYU contó el relato de una mujer que fue guiada por el Espíritu en su estudio de las Escrituras, y dijo:

“Una mujer fue guiada a aprender cómo reconocer la voz del Espíritu mientras leía las Escrituras. Fue guiada a arrodillarse en oración, a dar gracias a su Padre Celestial por las Escrituras, a pedir que el Espíritu le acompañara durante su estudio y a decirle al Señor qué necesitaba de las Escrituras cada día. La respuesta a una pregunta, la guía en una relación, o la confirmación de una decisión. Entonces abría las Escrituras y comenzaba a leer. Nunca tuvo que leer demasiado antes de que el Espíritu le diera la respuesta que andaba buscando.

A través de estas sesiones de preguntas y respuestas con las Escrituras y el Espíritu, aumentó su sensibilidad a los susurros del Espíritu… y se enamoró de las Escrituras.”

“He contado esta experiencia a otras personas, que también la han puesto a prueba, con resultados sorprendentes. Desde problemas financieros a inquietudes sobre relaciones, todo quedó resuelto. Y en el proceso, la capacidad de estas personas para oír la voz del Espíritu ha aumentado” (Wendy L. Watson, “Let Your Spirit Take the Lead,” in The Power of His Redemption : Talks from the 2003 BYU Women’s Conference [2004], 326).

También yo he aprendido a amar las Escrituras y a confiar en ellas. Son más preciadas que el oro. No siempre las respuestas se reciben fácilmente, pero sí se reciben. A veces vienen en forma de paz y consuelo mientras aguardo a conocer la voluntad del Señor o Su horario. Cuando era joven y tenía hijos, el presidente Spencer W. Kimball instó a las mujeres de la Iglesia a lograr “un conocimiento perfecto de las Escrituras”(“Vuestro papel como mujeres justas,” Liahona, Enero de 1980, pág. 168) . Si el tiempo lo permitiera, les hablaría de las incontables maneras de cómo el seguir su mandato me ayudó en mi labor como madre. Si echaran una ojeada a mis escrituras, verían el nombre de mis hijos escrito al lado de mucho pasajes que, mediante la revelación, necesité compartir con ellos.

De igual modo, las palabras del Señor me han bendecido al servir en la Iglesia. La primera vez que fui llamada a servir como presidenta de Mujeres Jóvenes, acudí a las Escrituras en busca de consuelo y guía a causa de mi sentimiento de incompetencia y de una abrumadora responsabilidad que minimizaba mi limitada capacidad. Los relatos de profetas y líderes que también se sintieron así en sus llamamientos me brindaron paz y me enseñaron que el Señor magnifica al que llama.

Uno de estos profetas fue Enoc, quien dijo: “¿Por qué he hallado gracia ante tu vista, si no soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla; por qué soy tu siervo?

Y el Señor dijo a Enoc: Ve y haz lo que te he mandado… Abre tu aboca y se llenará, y yo te daré poder para expresarte” (Moisés 6:31-32). También Moisés se sentía incapaz, y el Señor le prometió:

“Yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar” (Éxodo 4:12). Jeremías recibió esta bendición: “No temas… porque contigo estoy para librarte… [y] he puesto mis palabras en tu boca” (Jeremías 1:8-9).

Al estudiar, me sentí especialmente consolada por las promesas que recibió el Salvador. Sentía que mi Padre Celestial deseaba que aplicara esas bendiciones a mis necesidades. “Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado” (Isaías 50:4). Este pasaje me remitió a otro que he adoptado como lema personal: “Porque yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan” (Lucas 21:15). Cada día de los últimos tres años he orado para tener palabra y sabiduría. Mi mayor deseo (y también mi mayor deficiencia) era saber qué quería el Señor que enseñara (tener sabiduría) y luego ser capaz de generar las palabras con las que articular ese mensaje (tener palabra). Mediante las Escrituras encontré revelación personal que me ha guiado y consolado en este llamamiento. En mi vida, las palabras del Señor son “deseables… más que el oro… y dulces más que miel” (Salmos 19:10).

Las Escrituras nos bendicen con un testimonio

Una de las grandes bendiciones que tenemos los miembros de la Iglesia es tener las Escrituras modernas que constituyen un testimonio adicional de que Jesús es el Cristo y restauran la plenitud de las doctrinas de Su Evangelio. Cada uno de los profetas de los últimos días nos ha instado a leer el Libro de Mormón y vivir según sus preceptos con la promesa de recibir grandes bendiciones.

Creo que a estas alturas todos sabemos que en agosto, el presidente Gordon B. Hinckley pidió a cada miembro de la Iglesia que leyera o releyera el Libro de Mormón antes del fin de este año de celebraciones. ¿Por qué creen que nos lo ha pedido el profeta? ¿Por qué? Cada uno debiera preguntarse: ¿Qué preciso aprender? ¿Cómo debo mejorar? ¿Dónde necesito ayuda? Hallaremos razones y necesidades personales para leer el Libro de Mormón. Entonces el Presidente Hinckley nos prometió: “Recibirán personalmente y en su hogar una porción mayor del Espíritu del Señor, se fortalecerá su resolución de obedecer los mandamientos de Dios y tendrán un testimonio más fuerte de la realidad viviente del Hijo de Dios” (“Un testimonio vibrante y verdadero”, Liahona, Agosto de 2005, pág. 6).

El Espíritu del Señor acompaña al Libro de Mormón. Mis amigos Wilford y Kathleen Andersen, que sirvieron como presidentes de misión en Guadalajara, México, vieron literalmente el espíritu del Libro de Mormón en acción. La hermana Andersen tuvo la impresión de educar a sus hijos en casa durante el último año de misión, aunque precisaba ayuda para enseñarles español. Así que oró para encontrar un tutor adecuado. Fue guiada a Irma Encinas, que había trabajado como maestra durante 20 años y acababa de trasladarse a esa ciudad. Irma Encinas iba dos veces por semana a trabajar con los muchachos.

A las tres semanas de comenzado el curso escolar, la hermana Andersen se percató de que había contratado a alguien que podría estar interesada en saber más de nuestra Iglesia, así que le habló de José Smith y del Libro de Mormón. Entonces la hermana Andersen decidió que el libro de la asignatura de español de sus hijos fuera el Libro de Mormón. Éstos leían las Escrituras en voz alta en español durante cada visita. Entonces se pidió a la maestra que les hiciera preguntas sobre lo que leían y que las contestaran en español. Así, mientras los niños aprendían español, Irma Encinas aprendía sobre el Libro de Mormón.

Después de Navidad, Irma Encinas fue a ver a la hermana Andersen y comenzó a llorar. Tenía que decirle lo que estaba pasando. Le dijo que cada vez que los niños leían en el Libro de Mormón veía una luz circundando sus rostros. Al cerrar los libros la luz desaparecía. Le contó que una hermana con la que vivía había recibido un ejemplar del Libro de Mormón hacía 11 años pero que no lo había leído. Esta extraña experiencia las motivó a ambas a buscar el polvoriento libro en sus estantes para descubrir por sí mismas qué era esa luz que emanaba del libro. Estoy segura de que se imaginan el resto de la historia. Comenzaron a leer el Libro de Mormón y desearon que los misioneros les enseñaran. Se bautizaron dos semanas después de recibir la primera charla.

Mi testimonio

El presidente Hinckley nos ha prometido esa misma luz al leer el Libro de Mormón. He releído el Libro de Mormón en las últimas semanas, lo cual ha alimentado la llama de mi testimonio que arde en mi corazón respecto a que Jesucristo es el Redentor del mundo. Casi cada versículo testifica de Él. El presidente Boyd K. Packer dijo: “Más de la mitad de los más de 6.000 versículos del Libro de Mormón se refieren directamente a Él” (en Liahona, Mayo de 2005, pág. 9).

Las personas del Libro de Mormón miraban hacia Él con esperanza en Su redención y contemplaban Su vida ejemplar y Su muerte redentora con esperanza en Su Expiación. Mucho antes del nacimiento de Cristo, Jacob escribió: “¿Crees tú en las Escrituras?… porque en verdad testifican de Cristo. He aquí, te digo que ninguno de los profetas ha escrito ni profetizado sin que haya hablado concerniente a este Cristo” (Jacob 7:10-11). Bastante tiempo después de Su venida, Mormón escribió: “Y complacido con las cosas que se hallan escritas en estas planchas, a causa de las profecías de la venida de Cristo, y sabiendo mis padres que muchas de ellas se han cumplido” (Palabras de Mormón 1:4). ¡Qué perspectiva tan amplia y maravillosa! Mientras leía, supe que fue mediante la fe en Cristo y Su Expiación que ellos soportaron el dolor y la aflicción, sobrellevaron el pecado y la tentación. Sé que Jesús es el Cristo viviente y he deseado cantar la canción del amor que redime. (Véase Alma 5:26).

Además, durante esta relectura, comencé a captar una pizca de la importancia de las planchas: las planchas de bronce, las 24 planchas de oro y los registros nefitas recogidos en las planchas mayores y menores. Me di cuenta de que para Lehi y sus descendientes eran más preciadas que el oro. Alma nos invita a su hogar, como deseo haber hecho yo esta noche, para escuchar sus enseñanzas a su hijo Helamán cuando le habla de la importancia de estos registros. No sólo le confía la gran responsabilidad de cuidar de las planchas y continuar escribiendo en ellas, sino de además enseñar sus verdades: “Porque tan cierto como este director [la Liahona] trajo a nuestros padres a la tierra prometida por haber seguido sus indicaciones, así las palabras de Cristo, si seguimos su curso, nos llevan más allá de este valle de dolor a una tierra de promisión mucho mejor” (Alma 37:45).

He recibido las bendiciones prometidas por el presidente Hinckley: una mayor porción del Espíritu, el deseo de arrepentirme y ceñirme más a la obediencia, y un testimonio de la realidad del hijo de Dios. Ruego que empleen su juventud en deleitarse en las Escrituras y en fijar el camino a seguir el resto de sus días, invitando a la revelación personal mediante el estudio de las Escrituras y aprendiendo la doctrina de Jesucristo.

“Amo al Señor; mi alma se deleita en Él” (John Tanner, “I Love the Lord” [Jackman Music Corp.“, 2000], 2; véase también 2 Nefi 4:15-16). Sé que mi Padre Celestial vive y que nos ama lo suficiente como para hablarnos a través de Sus Escrituras. Me sumo al testimonio de Nefi: “Mi alma se deleita en las Escrituras” (2 Nefi 4:15). Ellas han fortalecido mi testimonio, me han enseñado las verdades, me han guiado en mi camino, consolándome en mis aflicciones, como sé que harán por ustedes. “[He sido] amonestado con [ellas]; [al guardarlas he recibido] grande galardón… Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal” (Salmos 19:10-11). En el nombre de Jesucristo. Amén

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