Las decisiones determinan nuestro destino

Las decisiones determinan nuestro destino
Presidente Thomas S. Monson
Primer consejero de la Primera Presidencia

Charla Fogonera del SEI para jóvenes adultos • 6 de noviembre de 2005 Universidad Brigham Young

Son un grupo glorioso, sí, una generación escogida, reunidos tanto aquí en el Centro Marriott de la Universidad Brigham Young como en otros diversos lugares. Es un honor para mí el estar con ustedes, y deseo que sepan que no hay otro lugar en esta tierra en el que desee estar en esta ocasión.

Abordo esta asignación después de una ferviente oración individual. Pido de su fe y de sus oraciones.

Al mirarlos reunidos aquí y considerar a los que están reunidos en otros lugares, pienso en sus padres. Por muchos años, casi cada semana tenía el privilegio de asistir a las conferencias de estaca y de quedarme en la casa de un presidente de estaca o en la de uno de sus consejeros. Algunas veces, sucedían cosas interesantes. Había ocasiones en las que un hermano o hermana pequeño, sin saber que papá o mamá habían cedido su cuarto y su cama a una Autoridad General, sigilosamente entraban al cuarto en la madrugada y pensaban que se subían a la cama con la mamá o el papá, sólo para sorprenderse, confundirse y descubrir que ese no era el caso.

Hace muchos años, al visitar la estaca de Indianápolis, recuerdo como el presidente Lowe, quien trabajaba en la Universidad Purdue, me digo: “Hermano Monson, ¿le gustaría venir a mi casa y quedarse con nosotros el sábado por la tarde o preferiría no manejar los 64 kilómetros y quedarse en Indianápolis con mi consejero?”.

Le respondí: “Bueno, presidente, ya es tarde y si le da igual, me quedaré aquí con su consejero, en Indianápolis”.

A la mañana siguiente el presidente Lowe me saludó a las 8 y me dijo: “Hermano Monson, tomó una decisión inspirada”.

Le pregunté: “¿A qué se refiere?”.

“Bueno”, contestó, “tenemos un hijo que estudia en la universidad y que no vive en casa, y anticipábamos, por supuesto, que usted ocuparía nuestro cuarto el sábado por la noche; sin embargo, sin saberlo y de forma inesperada, nuestro hijo regresó a casa de la escuela a las dos de la mañana, se metió por la puerta principal, subió las escaleras a nuestro cuarto, prendió las luces y gritó, ‘¡sorpresa!”.

Si me hubiera quedado en esa ocasión con el presidente de estaca, no estoy seguro de quién se hubiera sorprendido más, ¡su hijo estudiante o yo! Creo que fue bueno que no lo averiguáramos.

Bueno, mis queridos amigos, ¡les aguarda una vida emocionante! Quizás no sean un Juan Gaboto, navegando el mar con orden del rey de descubrir nuevas tierras, ni sean un James Cook, al cual sus viajes de descubrimiento lo llevaron a “lugares lejanos con nombres extraños”1. Pero ustedes pueden ser exploradores en espíritu, con la orden de mejorar este mundo descubriendo maneras de superar la forma de vivir y de hacer las cosas. El espíritu para explorar, ya sea la superficie de la tierra, el vasto espacio, o los principios de una buena vida, comprende la capacidad de enfrentar los problemas con valor, la desilusión con alegría y el triunfo con humildad.

Muchos de ustedes conocen la obra musical El violinista en el tejado, la cual es una de mis favoritas. Uno se ríe al observar como el padre anticuado de una familia judía en Rusia trata de hacer frente a los cambios de la época que ocurren forzosamente en su hogar por medio de sus bellas hijas. Con ilusión ellas cantan “La casamentera”.

Tevye, el padre, responde con la canción “Si yo fuera rico.” Los espectadores derraman lágrimas al escuchar el bello son de “Amanecer, atardecer” y aprecian el amor que Tevye siente por su pueblo natal cuando el elenco canta “Anatevka”.

La alegría del baile, el ritmo de la música, la excelencia  de la actuación, se unen

trascendentalmente cuando Tevye habla de lo que, en mi opinión, es el tema principal de la obra musical. Él reúne a sus amadas hijas a su lado, y en el sencillo entorno campesino, les da consejos al meditar en cuanto al futuro. “Recuerden”, les advierte Tevye, “en Anatevka sabemos quiénes somos y los que Dios espera que lleguemos a ser”.

Como Santos de los Últimos Días, sabemos quiénes somos y lo que Dios espera que lleguemos a ser. Escuchen la verdad que se nos enseña en el primer libro de Moisés, conocido como Génesis: “Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios”.

“Creados a la imagen de Dios”. No podemos tener esta convicción sincera sin experimentar un profundo sentido de fortaleza y poder. Como Santos de los Últimos Días, sabemos que vivíamos antes de venir al mundo y que la vida terrenal es un periodo de probación donde tenemos la oportunidad de demostrar la obediencia a los mandamientos de Dios y así ser dignos de la gloria celestial. Sí, sabemos quiénes somos y lo que Dios espera que lleguemos a ser; sin embargo, tal conocimiento no nos asegura el éxito para alcanzar nuestra meta de la vida eterna.

Durante los últimos cincuenta años, ha habido una decadencia gradual pero continua en múltiples facetas de la vida por todo el mundo. Notamos la ausencia de la moralidad en las relaciones humanas, la falta de sensibilidad humana en la ciencia, la escasez de carácter en el conocimiento, la carencia de la ética en los negocios, el poco sacrificio en la adoración, la falta de conciencia en el placer, la necesidad de principios en la política y la carencia de trabajo para conseguir riquezas.

Quizá el renombrado autor, Charles Dickens, describe mejor nuestra época cuando él habló de un periodo hace más de dos siglos. Su obra clásica Historia de dos ciudades comienza:

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera da la esperanza y el invierno de la desesperación; todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”.

Éste es el mundo de ustedes. El futuro está en sus manos. El resultado depende de ustedes. El camino a la exaltación no es una autopista que ofrece visibilidad ilimitada, velocidad sin límite, o destrezas que no han sido probadas. Sino más bien, se conoce por sus vastas bifurcaciones y vueltas, curvas muy cerradas y límites de velocidad impuestos. Sus aptitudes como conductores se pondrán a prueba. ¿Están listos? Están conduciendo; no han pasado por aquí antes. Afortunadamente, el constructor maestro de autopistas, sí, nuestro Padre Celestial, nos ha provisto de un mapa de carreteras para mostrarnos el camino que se debe seguir. Él ha puesto señales en el camino para guiarles a su destino. Quizás reconozcan algunas de ellas:

  • “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12).
  • “Escudriñad las Escrituras; porque. ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).
  • “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33).
  • “Sed limpios” (3 Nefi 20:41).

El adversario también ha puesto señales en el camino para frustrar el progreso de ustedes y para apartarlos del camino de la verdad y desviarlos al pecado. Todos sus desvíos conducen a un callejón sin salida. ¿Se han dado cuenta de sus señales? :

  • Sólo una vez no importará.
  • Pero no lastima a nadie, sino solamente a mí.
  • Mi amor es mío para dar, mi vida es mía para vivirla.
  • Los tiempos han cambiado.

Ahora vemos el enfoque en la responsabilidad de elegir, esa elección inevitable al cruce de la vida. Aquél que desea desviarlos aguarda con paciencia una noche oscura, un titubeo de voluntad, una conciencia confundida, una mente desorientada. ¿Están preparados para tomar decisiones en el cruce de la vida?

No puedo poner suficiente énfasis en que las decisiones determinan el destino. No se puede tomar decisiones eternas sin que haya consecuencias eternas.

Permítanme compartir una fórmula sencilla con la que ustedes pueden medir las decisiones que enfrentan. La fórmula es fácil de recordar, pero algunas veces es difícil de llevar a cabo: “Si haces lo correcto, no te equivocarás. Te equivocarás si haces lo incorrecto”. Tu conciencia individual siempre te advierte como amigo antes de castigarte como juez.

En mayo de 1831 en Kirtland, Ohio, el Señor reveló por medio del profeta José Smith el siguiente consejo: “Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas. Lo que es de Dios es luz” (D. y C. 50:23- 24).

Algunas personas insensatas dan la espalda a la sabiduría de Dios y siguen la atractiva moda inconstante, la atracción a la popularidad falsa y a la emoción del momento. Esa vía de conducta es semejante a la experiencia catastrófica de Esaú, quién vendió su primogenitura por un plato de lentejas.

Como ilustración, permítanme compartir con ustedes los resultados de una encuesta dirigida por una organización de buena reputación que fueron publicados por una revista de nivel nacional2. El título de la encuesta era, “¿Lo harías por diez millones de dólares?” Permítanme preguntarles las mismas preguntas que se hicieron en la encuesta:

  • Por diez millones de dólares en efectivo
  • ¿Dejarías a tu familia para siempre?
  • ¿Te casarías con alguien a quien no amas?
  • ¿Dejarías a tus amigos para siempre?
  • ¿Pasarías un año en prisión para encubrir a otra persona?
  • ¿Te desnudarías en público?
  • ¿Aceptarías un trabajo peligroso donde tuvieras una probabilidad entre diez de morir?
  • ¿Te convertirías en un mendigo por un año?

De las personas que participaron en la encuesta, el 1 por ciento dejaría a su familia, el 10 por ciento se casaría sin amor, el 11 por ciento dejaría a sus amigos, el 12 por ciento se desnudaría en público, el 13 por ciento pasaría un año en la cárcel, el 14 por ciento aceptaría un trabajo peligroso y el 21 por ciento mendigaría por un año.

Cuando es el dinero, y no la moralidad, lo que dicta nuestras acciones personales, nos alejamos de Dios. El alejarse de Dios resulta en convenios quebrantados, sueños perdidos, ambiciones esfumadas, expectativas insatisfechas, esperanzas frustradas y vidas arruinadas.

Les suplico que eviten la trampa de las arenas movedizas. Ustedes son de una descendencia noble. La vida eterna en el reino del Padre es su meta y no llegarán a tal meta en un solo intento glorioso, sino que será el resultado de una vida dedicada a la rectitud, una acumulación de sabias decisiones, incluso una constancia de propósito. Al igual que el logro de una calificación alta en un curso obligatorio y difícil de la universidad, la recompensa de la vida eterna requiere del esfuerzo.

Hay una fábula en cuanto a Euclides, el Faraón y la geometría. Se cuenta que Faraón, asombrado por algunas de las explicaciones y demostraciones de Euclides, tuvo el deseo de aprender geometría y Euclides le enseñó. Al estudiar por un breve periodo, el Faraón hizo llamar a Euclides y le dijo que el proceso era demasiado lento para él. Él era Faraón y debía de haber un atajo más corto. No deseaba utilizar todo su tiempo aprendiendo geometría y fue entonces cuando Euclides expresó una gran verdad. Le dijo a su majestad: “no hay un atajo real para la geometría”3.

Mis queridos amigos: no existe un atajo real para la salvación y la exaltación. No hay un camino real para el éxito sin ningún empeño. La calificación más alta es el resultado de cada tema, de cada prueba, de cada clase, de cada examen, de cada trabajo final. Por lo tanto, cada oración del corazón, cada asistencia a las reuniones de la iglesia, cada amigo digno, cada decisión recta, cada acto de servicio, todo eso lleva a la meta de la vida eterna.

Hace algunos meses, mientras regresaba de una asignación en Alemania, miré por la ventanilla del avión y me maravillé al contemplar las estrellas que el piloto estaba utilizando para trazar nuestro curso. Mis pensamientos yacían con ustedes y con la oportunidad que se me daba de estar con ustedes esta noche. Medité en la verdad del refrán: “Los ideales son como las estrellas; no triunfarás si deseas tocarlas con tus manos. Pero… si las escoges como tus guías, y las sigues, alcanzarás tú destino”4.

¿Qué ideales, al seguirlos, les traerán aquellas bendiciones que tanto buscan, aun una conciencia tranquila, un corazón lleno de paz, una familia amorosa y una familia satisfecha?

Permítanme proponer estas tres sugerencias:

Escojan a sus amigos con cautela.

Planeen su futuro con un propósito.

Enmarquen su vida con fe.

Primero: Escojan a sus amigos con cautela.

En una encuesta realizada en determinados barrios y estacas de la Iglesia, aprendimos algo de gran significado. Las personas que tienen amigos que se casaron en el templo normalmente se casan en el templo, mientras que los que tienen amigos que no se casaron en el templo por lo general no se casan en el templo. La influencia de los amigos parece ser más dominante que las exhortaciones de los padres, y que las enseñanzas en clase o la cercanía al templo.

Tenemos la tendencia de llegar a ser como las personas a quienes admiramos. Tal como el clásico de Nathaniel Hawthorne, “La gran cara de piedra”, imitamos los gestos, la actitud, incluso la conducta de los que admiramos y casi siempre éstos son nuestros amigos. Asóciense con los que, al igual que ustedes, tienen planes más allá de lo temporal, no de metas superficiales ni de vanas ambiciones, sino más bien de esas cosas que son más importantes, incluso objetivos eternos.

En la pared éste de la institución Stanford University está inscrita esta verdad: “Todo lo que no sea eterno [es] demasiado breve, [y] todo lo que no sea infinito [es] demasiado pequeño”5.

Más allá de su círculo de amigos terrenales, les exhorto a hacerse amigos de su Padre Celestial. Él está siempre dispuesto para contestar la oración de su corazón. Por ser el Padre de sus espíritus, al haberlos creado a Su imagen y semejanza, conociendo el fin desde el principio, Su sabiduría no fallará y Su consejo es siempre verdadero. Háganse amigos de Él.

Existe otra persona importante de la que ustedes se deben hacer amigos: se trata del obispo de su barrio. Ha sido llamado por Dios por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad. Él tiene la autorización de los cielos para darles consejo y guía. Háganse amigos de él.

Recuerdo muy bien los retos a los que se enfrentó la juventud del barrio que una vez yo presidía como obispo. Una tarde una jovencita vino a mi oficina con su novio para hablar de algunas cosas. Los dos estaban muy enamorados y la tentación estaba empezando a ejercer una gran influencia en ellos.

Después de haberlo deliberado, cada uno de ellos hizo una promesa al otro de resistir la tentación y de recordar que lo más importante es el matrimonio en el templo. Sugerí un plan de acción y luego me sentí compelido a decirles: “Si se encuentran en una situación difícil y necesitan fortaleza adicional, llámenme, no importa la hora”.

Un día, a la una de la madrugada sonó el teléfono y una voz dijo: “Obispo, le habla Susan. ¿Recuerda que me dijo que lo llamara si me sentía tentada? Bueno, estoy en esa situación”. Le pregunté dónde estaba y ella me describió un conocido estacionamiento del Valle de Lago Salado. Su prometido y ella habían ido hasta una cercana cabina telefónica para llamarme. El lugar no era propicio para darles consejo, pero la necesidad era grande y la pareja estaba dispuesta a escuchar.

No les mencionaré la frecuencia con la que llamó Susan; sin embargo, cuando el cartero nos trajo a casa la invitación del matrimonio de ella, la hermana Monson leyó: “El Sr. y Sra. Jones les invitan cordialmente a la recepción de bodas de su hija, Susan”, dio un suspiro, “¡Gracias al cielo!” Cuando me di cuenta de que en la parte inferior de la tarjeta decía “Casados en el Templo de Salt Lake”, me dije en silencio, “Gracias al cielo por la fortaleza de los jóvenes Santos de los Últimos Días”.

Segundo: Planeen su futuro con un propósito.

El gran Thomas Carlyle dijo: “Un hombre sin un propósito es como un barco sin timón, un desamparado, un nada, un don nadie. Tener un propósito en la vida le da tanta fuerza a tu mente y a tus músculos como el propósito que Dios tiene para ti”6.

Hace algunos años, presté servicio en calidad de presidente de misión. Estuve a cargo de 450 maravillosos y dedicados misioneros. Cuando regresé a casa tres años más tarde, mi esposa y yo nos quedamos un tanto sorprendidos mientras contábamos el número de nuestros misioneros. Así, nos dimos cuenta de que había algunas hermanas misioneras que aún no habían encontrado un compañero eterno. Determinamos que haríamos lo que pudiésemos para ayudar. Le dije a la hermana Monson: “Francés, planeemos con un propósito e invitemos a tres o cuatro de nuestras maravillosas ex misioneras a nuestro hogar. Tendremos una actividad en la que nos digan a quién de todos los ex­misioneros solteros les gustaría que invitásemos a una pequeña charla fogonera en casa. Luego, mostraremos fotos de la misión y los acomodaremos de tal manera que puedan llegar a conocerse entre ellos”. Así ocurrió y las cuatro que invitamos respondieron al desafío muy entusiasmadas.

Preparamos fotografías tamaño 13×18 de todos los misioneros en cajas de zapatos. Teníamos cuatro de esas cajas, con 125 fotos de misioneros en cada una. Cuando las chicas se sentaron en el comedor, les dije: “Aquí tienen un regalo. Cada una de ustedes mire su caja de fotos y díganme cuál de todas las fotos es la foto del joven que más le gustaría invitar a la charla fogonera”. En realidad, ésa fue una escena muy interesante. Creo que la única forma de describirla adecuadamente es con la pregunta: ‘¿Han observado a un niño en la mañana de Navidad?’. Seguimos adelante con los planes e invitamos a los cuatro jóvenes seleccionados a que se reunieran con estas jóvenes damas en casa y tuvimos una maravillosa tarde. Al final, me fijé en una pareja que caminaba lentamente al salir de casa, y le dije a la hermana Monson: “Parece prometedor”. Caminaban muy juntitos.

No tardé mucho en recibir una llamada de ese joven. Dijo: “Presidente Monson, ¿se acuerda que le dije que si alguna vez me enamoraba, se lo diría?”.

Dije: “Sí, señor”.

Continuó diciendo: “Presidente, me he enamorado”.

Le contesté: “¿De quién?”

Él me dijo: “Nunca lo podrá adivinar”.

Fui discreto; no lo adiviné. Le dije: “Dime”. Y me dio el nombre de la hermana misionera con la que caminó lado a lado y tomados de la mano al salir de nuestra fiesta esa noche. Ya llevan 42 años de casados y tienen 5 hijos y varios nietos.

Algunos de ustedes que me escuchan están casados; otros aún buscan a esa persona especial con quien desearían compartir la eternidad. A los que pertenecen a esta última categoría, en su búsqueda del hombre o la mujer de sus sueños, podrían dar oído al consejo dado por el rey Arturo en el musical Camelot. Al enfrentarse a cierto dilema que le causaba gran desazón, el rey Arturo podría haber estado hablándonos a todos nosotros cuando dijo: “No debemos dejar que nuestras pasiones destruyan nuestros sueños”7. Mi deseo es que sigan ese consejo esencial. Les exhorto que se aferren a sus normas. Les suplico que no fallen.

De joven, tuve una gran maestra de la Escuela Dominical que ya ha fallecido. Se llamaba Lucy Gertsch.

Lucy era maravillosa y sumamente encantadora. Se merecía un compañero digno, pero no había encontrado a nadie en su vida. Los años pasaron rápidamente y Lucy se estaba resignando al hecho de que no se casaría nunca. De pronto, cuando ya había pasado los cuarenta, conoció a Dick. Fue amor a primera vista. Sólo existía un problema: Dick no era miembro de la Iglesia. ¿Se dejó llevar Lucy por la falacia de la edad y se casó por desesperación con la efímera esperanza de que algún día se bautizaría? Lucy no era así; era más lista. Le dijo simplemente: “Dick, pienso que eres maravilloso, pero nunca seríamos felices si saliéramos juntos”.

“¿Por qué no?, replicó el.

“Porque no eres mormón”.

“¿Cómo me hago mormón? Quiero salir contigo”. Entonces, estudió el Evangelio; Lucy contestó sus preguntas y él recibió un testimonio y se bautizó”.

Después le dijo, “Lucy, ahora que soy miembro, finalmente nos podemos casar”.

Lucy le contestó: “Ah, Dick, te quiero mucho. Ahora que eres miembro de la Iglesia, no estarías contento si no fuera con un sellamiento en el templo”.

“¿Cuánto tardará eso, Lucy?”

“Como un año si cumplimos con los otros requisitos”. Unos años después Lucy y Dick entraron en la Casa del Señor.

Lucy vivió la verdad del verso:

Atrévete a ser mormón;
atrévete a defender lo justo;
atrévete a ser de firme propósito;
y atrévete a darlo a conocer.
Planeen su futuro con un propósito.

Tercero: Enmarquen su vida con fe.

En medio de la confusión de la era, de los conflictos de conciencia y de la agitación del día a día, la fe duradera llega a ser un ancla para nuestra vida.

Los niños pequeños pueden darnos ejemplos interesantes de fe. Hace algún tiempo hice de una de nuestras revistas nacionales una breve recopilación de “Cartas de los niños a Dios”. Las encontré de lo más interesante.

El pequeño Mark escribió: “Querido Dios, sigo esperando que llegue la primavera pero no ha llegado todavía. ¿Qué pasa? No te olvides”.

Otro niño escribió: “Querido Dios, si Tú creaste la regla de que los niños pequeños saquen la basura, por favor cámbiala”.

La pequeña Mickey escribió: “Querido Dios, si me ves en la Iglesia el domingo, te mostraré mis zapatos nuevos”.

Jeff escribió: “Querido Dios, es fabulosa la manera en que siempre haces que las estrellas estén en el lugar correcto. ¿Por qué no puedes hacer eso con la luna?”.

Joyce escribió: “Querido Dios, te doy gracias por mi nuevo hermanito, pero por lo que oré fue por un perrito”.

La que más me gusta es la de Matthew: “Querido Dios, leí Tu libro y me gusta”. Luego preguntó: “Algún día me gustaría escribir un libro con historias de ese tipo. ¿De dónde sacas las ideas? Saludos”9.

Spencer escribió a los padres de ella y les pidió si ella podría volver a vivir con ellos mientras él preparaba una casa para ella en el Oeste. Su respuesta fue: “Deja que renuncie a su fe degradante y ella podrá volver, pero no antes”. La hermana Spencer no renunció a su fe. Cuando se le leyó la carta de sus padres, le pidió a su esposo que trajera la Biblia de él y le leyera del Libro de Ruth: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a la verdadera fe necesita resolución y la clase de resolución que se necesita es la misma que presenta una estudiante universitaria de 21 años, que manifestó:

“Nuestra generación ha sido expuesta, a través de todos los medios de comunicación, a temores grandes y pequeños, la pequeña amenaza de no encontrar a una pareja si uno no usa cierto enjuague bucal o el temor de no ser aceptado si uno no se entrega a un bajo comportamiento moral porque es ‘la naturaleza de la bestia’.

“Muchos de nosotros aceptamos las premisas de que ‘No se puede luchar contra la corriente’, ‘Vive una vida plena ahora’, porque mañana seremos destruidos por una guerra nuclear o alguna otra catástrofe.

“Soy lo suficientemente tradicional para creer en Dios, para creer en la dignidad y el potencial de Su creación, el ser humano, y soy lo suficientemente realista, no idealista, para saber que no estoy sola al sentirme así.

“Algunos dicen que, a diferencia de otras generaciones, no tenemos una misión en la vida, que se nos ha dado todo. No se nos ha mimado sino que se nos ha empobrecido espiritualmente. No deseo vivir en la pobreza de la abundancia y no puedo vivir sola”.

Recuerden que la fe y la duda no pueden existir en la misma mente al mismo tiempo, porque la una disipará la otra. Sean firmes en su fe.

Recuerdo leer un relato sobre la esposa de uno de nuestros primeros pioneros. Se llamaba Catherine Curtis Spencer. Su esposo, Orson Spencer, era un hombre sensible y muy educado. Ella se crió en Boston y era culta y refinada. Orson y ella tuvieron seis hijos. Después de dejar Nauvoo, su delicada salud se deterioró debido a las inclemencias del tiempo y las dificultades del camino. El élder dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (Rut 1:16). Afuera la tormenta rugía, las lonas del carromato goteaban y los amigos sostenían recipientes sobre la cabeza de la hermana Spencer para mantenerla seca. En estas condiciones y sin que saliera de su boca una queja, cerró sus ojos por última vez.10

Aunque no tengamos que perder nuestras vidas en el servicio de nuestro Dios, sin duda podemos demostrar nuestro amor por Él en cómo lo servimos. Él, quien escucha nuestras oraciones silenciosas; Él, quien observa nuestros actos no anunciados, nos recompensará abiertamente cuando sea necesario.

Si la duda llegara a su puerta, solo díganles a esos pensamientos escépticos, inquietantes y rebeldes: “Me propongo permanecer con mi fe, con la fe de mi gente. Sé que allí encontraré felicidad y satisfacción y prohíbo que los pensamientos agnósticos y de duda destruyan la casa de mi fe. Reconozco que no puedo explicar los milagros de la Biblia y ni siquiera lo intentaré, pero acepto la palabra de Dios. No estuve con José, pero le creo. La fe no me llegó por medio de la ciencia y no permitiré que la así llamada ciencia la destruya. Cuando cambie de opinión acerca de Dios y de Su obra, será sólo la inspiración de Dios la que la cambie”.

Enmarquen su vida con fe.

Al escoger a sus amigos con cautela, al planificar su futuro con propósito y al enmarcar su vida con fe, serán merecedores de la compañía del Espíritu Santo. Tendrán un fulgor perfecto de esperanza y testificarán de la veracidad de las promesas del Señor con sus propias experiencias: “Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin. Grande será su galardón y eterna será su gloria” (D. y C. 76:5-6).

De estas verdades perfectas, comparto mi solemne testimonio e invoco las bendiciones de nuestro Padre Celestial sobre cada uno de ustedes, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Letra por Joan Whitney y música por Alex Kramer, “Far Away Places,” 1948.
  2. Véase James Patterson and Peter Kim, The Day America Told the Truth: What People Really Believe About Everything That Really Matters, 1991.
  3. Euclid to Ptolemy I, de Proclus, Commentary on Euclid, Prólogo.
  4. Carl Schurz, discurso, Boston, 18 de abril de 1859.
  5. http://religiouslife.stanford.edu/memorial_church/inscriptions.html.
  6. Véase Thomas S. Monson, en Liahona, julio de 1982, pág. 116.
  7. Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, Camelot, 1960.
  8. Véase Thomas S. Monson, Liahona, julio de 2000.
  9. En Stuart Hample y Eric Marshall, comp., More Children’s Letters to God (1967); Hample and Marshall, Children’s Letters to God: The New Collection (1991).
  10. Véase Nicholas G. Morgan, “And Thus History Was Made,” Improvement Era, julio de 1940, 399; véase también Preston Nibley, Exodus to Greatness (1947), 132-35.
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