La felicidad de la humanidad

Conferencia General 131a (1961)
La felicidad de la humanidad
por el presidente David O. McKay

David O. McKayEsta mañana observó nubes amenazantes en el horizonte. Cuando encontré a mis compañeros, noté que llevaban puestos sus abrigos. Pero ahora estoy complacido de ver que el sol brilla con todo su esplendor, al comenzar esta magnífica conferencia. Pienso que muchas personas están actualmente viendo nubes amenazadoras sobre el horizonte internacional. ¡Grandes tormentas se avecinan!

Como tema para las pocas palabras que pronunciaré esta mañana, tomaré de los Salmos un alentador pensamiento que dice: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro corazón.” (Salmos 31:24)

Hace unos sesenta o setenta años, cuando los Estados Unidos atravesaban por un momento crítico en su historia, con respecto a la enseñanza en las escuelas públicas elementales, muchos niños fueron estremecidos por la dramática declaración de Patríele Henry: —“¿Es la vida tan preciosa o la paz tan dulce, que debamos conseguirlas sólo a costa de cadenas y esclavitud? ¡Oh, Dios Todopoderoso, no lo permitas! No sé qué rumbos tomarán otros, pero a mí ¡dame libertad o dame la muerte!”—Cuando manifestara esto, Patrick Henry era a la sazón delegado ante la Segunda Convención Revolucionaria efectuada en Richmond, Virginia, el 23 de marzo de 1775.

El Creador, al dar la vida al hombre, sembró en su corazón la semilla de la libertad. El libre albedrío, como la vida misma, es un don de Dios. “¿Queréis ser libres? Entonces, por sobre todas las cosas, amad a Dios, amad a vuestro prójimo, amaos unos a otros, amad el bienestar común; y así tendréis la libertad verdadera.” (Savonarola)

El sábado pasado, 23 de septiembre, temerosas de estar privadas de este derecho inalienable, dos mujeres, una de 57 y otra de 63 años de edad, saltaron desde sus habitaciones en Berlín Oriental, construidas al borde de una calle bajo jurisdicción de Berlín Occidental, siendo recogidas por los bomberos de éste último sector en sus redes de salvamento, mientras que policías comunistas observaban la escena, sin atreverse a disparar sus armas de fuego.

La Policía de Berlín Occidental reporteó que otra familia en una casa fronteriza, estaba lista para saltar hacia las redes de salvamento de los bomberos, cuando las luces de la habitación se apagaron de repente. La prensa local agrega que cuando las luces se encendieron nuevamente, el cuarto estaba lleno de policías comunistas. De los que intentaban escapar, no se notaban señales de vida.

Un oficial de Berlín Occidental dijo que el mayor número de refugiados reporteados en un solo día, fué de 3.793 personas que escaparon de Berlín Oriental el 28 de Mayo de 1953. Los reportes dicen que nuevos arribos de personas en busca de libertad, han aumentado el número considerablemente; sólo durante el mes de agosto, 20.000 refugiados han buscado el asilo de la democracia. Más de 150.000 almas han escapado de la dominación comunista en lo que va del año 1961. ¡Más de 150.000!

En contraste con el bárbaro régimen comunista, del cual cientos de miles de personas están huyendo, quiero llamar vuestra atención al espíritu de amor y libertad que gozamos en América. Sobre la isla Bedloe, a la entrada del puerto de Nueva York, se yergue la Estatua de la Libertad—regalo del pueblo de Francia. Israel Zangwill, en su obra “The Melting Pot”, transcribe las palabras de David, un judío que emigró do Rusia, en esta forma:

Durante toda mi vida, América estuvo como esperándome, llamándome, resplandeciendo como el lugar donde Dios estaría enjugando las lágrimas de todos los rostros. Pensar que la misma gran antorcha do la Libertad que arroja su luz a través de todos los mares y las comarcas hasta mi boardilla en Rusia, está brillando también para todos aquellos sollozantes millones en Europa, brillando doquiera se encuentren hombres hambrientos y oprimidos, resplandeciendo sobre las indigentes villas do Italia y de Irlanda, sobre las hormigueantes y hambrientas ciudades do Polonia y Galicia, sobre las arruinadas chacras de Rumania y los mataderos de Rusia. Cuando miro a nuestra Estatua de la Libertad, me parece oír la voz de América, clamando: “Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”

En el ejemplar del mes de septiembre último del folleto “Highways to Happiness”, estuve complacido de leer algunos oportunos comentarios, de los que retuve el siguiente:

América es tierra de toda clase de gentes, venidas de muchas naciones. Algunos han venido por amor al dinero, otros por amor a la libertad. Cualquiera fuera el atractivo que los trajo, cada uno de ellos a dado sus talentos. Irlandeses, escoceses, ingleses y holandeses, italianos, griegos y franceses, españoles, esclavos, teutones, noruegos—todos han venido trayendo sus ofrendas, depositándolas sobre el altar de América.

Todos trajeron su música y sus instrumentos para crearla.

Todos trajeron sus poesías, trémulos relatos de las muchas pasiones del hombre; baladas de héroes y tonadas marineras; fragmentos musicales arrebatados al cielo y al campo, o poderosos dramas que hablan de primitivas contiendas de profundo significado.

También algunos trajeron cosas domésticas, ciertos toques del hogar familiar, del campo o de los bosques, de la cocina o de los vestidos—un árbol frutal favorito, una flor tradicional, un estilo en el arte culinario o en sus costumbres—cada uno trajo alguna cosa hogareña y familiar.

El odio hacia antiguos vecinos, prejuicios nacionales, ambiciones y temores tradicionales, tipos de vida pre-establecidos, perversa intolerancia, derechos y orgullos de casta—todo esto fué abandonado ya a los puertos de entrada.

Ante el altar de América, nos liemos comprometidos a ser sencillamente leales. Nos hemos obligado a nosotros mismos al sacrificio y a la lucha, a planear y a trabajar para esta sola tierra. Hemos dado lo que podemos recibir; hemos cedido cuanto podemos obtener.

Hay una significativa referencia en el Apocalipsis a “una guerra en los cielos” No es sólo significante sino aparentemente contradictorio, pues nosotros pensamos que los cielos son una divina morada de gloria y que es imposible que en ellos existieran situaciones de guerra y contenciones. El pasaje es significativo puesto que nos da la evidencia de que también en el mundo espiritual hay libertad de elección y de acción. Esta contienda en los ciclos se suscitó debido al deseo de Satanás de “destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado.”(Moisés 4:3)

Libertad de pensamiento, libertad de palabra, libertad de acción con la implícita obligación de no lesionar la libertad de otros, son derechos inherentes del hombre, que le fueran otorgados por su Creador-dones divinos “esenciales a la dignidad y felicidad humanas”.

“Anímense pues, vuestros corazones” amonestó un antiguo profeta en el Libro de Mormón, “y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos”. (2 Nefi 10:23)

Este amor por la libertad que Dios ha sembrado en nosotros —dijo Abraham Lincoln—constituye el baluarte do nuestra libertad e independencia. No son nuestras altas murallas, ni nuestras escarpadas costas; no es nuestro ejército ni nuestra armada. Nuestra defensa está en el espíritu que estima la libertad como una heredad de los hombres en todas las naciones, sea donde fuere. Destruyamos este espíritu y habremos sembrado las semillas del despotismo a nuestras mismas puertas.

Hermanos, lo opuesto a la libertad es cautividad, servilismo, restricción—condiciones que inhiben la mentalidad, sofocan el espíritu, subyugan la virilidad. El plan de Satanás consiste en forzar, obligar, comprometer en servilismo a la familia humana.

A través de la historia del mundo, el hombre ha luchado aún contra la misma muerte para liberarse de la esclavitud y la usurpación o para conservar la libertad que ya tuviera. Esto es particularmente cierto con respecto al derecho de culto. El atentar contra la libertad de conciencia del hombre, ha derivado en conflictos. Resolver su propia relación hacia el Creador y su creación, es el derecho natural e inalienable del hombre.

Igualmente importante y fundamental para la felicidad del hombre, como para su progreso, son el derecho a la seguridad personal, el derecho a la libertad personal y el derecho a la propiedad privada. El derecho a la seguridad personal consiste en disfrutar de su vida, su cuerpo y cada uno de sus miembros, su salud y su reputación. La vida, siendo un don directo de Dios, es un derecho privativo, por naturaleza, de cada individuo. Del mismo modo, el hombre tiene un derecho inherente con respecto a sus propios miembros. Su libertad personal consiste en cambiar su situación o su morada, de acuerdo a su propia voluntad.

El derecho a la propiedad personal estriba en el libre uso de sus adquisiciones, como así también el disfrutar y disponer de ellas, sin controles o disminuciones, salvo las que establezcan las leyes del país. El derecho a la propiedad privada es algo sagrado e inviolable. Si alguna parte de estas inalienables propiedades, fuera requerida por el Estado, debieran ser cedidas sólo con el expreso consentimiento del propietario.

Cuando el rey Juan, de Inglaterra, a quien Charles Diekens calificara de “cobarde y detestable villano”, privó a sus súbditos de sus libertades y destruyó e incendió despiadadamente sus propiedades, el pueblo se sublevó contra él y le obligó a firmar, el 15 de junio de 1215, la Carla Magna en la cual, entre otras cosas, prometió conservar “a la Iglesia en sus derechos, no encarcelar a hombre alguno sin previo juicio imparcial, ni vender, retardar o negar justicia a nadie”.

Quinientos cincuenta años más tarde, alentadas por el espíritu de la Carla Magna, las colonias americanas declararon:

Siendo la felicidad del pueblo el único propósito de los gobiernos, es el consentimiento del pueblo la base fundamental de estos, en justicia, ética y en la natural disposición de las cosas. Por consiguiente, cada acto de gobierno, cada ejercicio de soberanía contra o sin el consentimiento del pueblo, es injusticia, usurpación y tiranía. Es principio aceptado que en cada gobierno debe existir, en alguna parte, un supremo, soberano, absoluto e incontrolable poder; y nunca podrá éste ser ni ha sido delegado a uno o varios hombres; el gran Creador nunca ha dado al hombre el derecho de conferir a otros la autoridad de gobernar ilimitadamente, ya sea en tiempo o en grado.

Cuando reyes, ministros, gobernadores o legisladores, por consiguiente, en lugar de ejercer los poderes que les fueran conferidos conforme a los principios, formas y proporciones establecidas por la Constitución y declarados por el convenio original, prostituyen esos poderes con propósitos de opresión; para trastornar en lugar de preservar las vidas, libertades y propiedades de las gentes, dejan de ser considerados magistrados investidos de un carácter sagrado, pasan a ser enemigos de la sociedad y debieran ser rechazados. (Adams Works, I, pág. 193)

Hermanos y hermanas: el propósito fundamental del Cristianismo en el mundo, es cultivar un justo y honorable individuo dentro de una sociedad ideal conocida como el Reino de Dios.

Cerca de dos mil años han pasado y aún el mundo está lejos de la realización de ninguno de estos dos logros, pero no obstante el mismo Cristianismo y su asistenta, la Democracia, están en juicio ante el tribunal del mundo. Las condiciones de este mundo estropeado por las guerras, parecen indicar que el hombre está constantemente aprendiendo pero que nunca llega al conocimiento de la verdad.

Si bien el verdadero Cristianismo, como lo expresa la ley divina, “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, de toda tu alma, y de toda tu mente… y a tu prójimo como a ti mismo”, no ha sido aún aceptado y practicado por todas las naciones del mundo, el espíritu de Cristo ha estado todavía influenciando a la sociedad hacia el logro de la libertad, la justicia y la mejor armonía en las relaciones humanas.

Sin embargo, en el mundo de hoy, el espíritu del paganismo se ha rehabilitado nuevamente y parece estar teniendo éxito en sus esfuerzos por derribar los pocos ideales cristianos que los pueblos civilizados han absorbido.

Si la civilización occidental sale airosa de la situación actual, será sólo a través de una profunda apreciación—repito—de una profunda apreciación de las éticas de vida impuestas por Jesús. Pero nuestro peligro es aumentado, en lugar de ser disminuido, por la imaginaria seguridad en que viven nuestros pueblos.

No obstante, una mera apreciación de las éticas sociales de Jesús no es suficiente. Los corazones de los hombres deben ser cambiados. En vez de ser egoísta, el hombre debe estar dispuesto a dedicar sus habilidades, sus posesiones—si fueran necesarias—, su vida, su fortuna y su sagrado honor, con tal de aliviar los males de la humanidad. El odio debe ser reemplazado por la simpatía y la indulgencia.

La fuerza y la compulsión no podrán nunca establecer una sociedad ideal. Esta puede lograrse sólo mediante una transformación en el alma del individuo —una vida en comunión con la voluntad divina. Debemos “nacer de nuevo”.

Aunque cerca de 2.000 años han pasado desde que Jesús enseñó el Evangelio de la hermandad, parece, tan difícil para los hombres de hoy como lo fue para los del tiempo de Cristo, entender que la paz y la verdad pueden obtenerse sólo rigiendo nuestras vidas por las leyes del amor. Los hombres aún encuentran el mayor obstáculo en aceptar ésta, la esencia de las enseñanzas de Cristo.

Manifiestamente, no disminuido mucho la inhumanidad del hombre hacia el hombre, a través de los siglos. No obstante esto, creo que finalmente triunfarán el derecho y la verdad.

Hoy en día, al ver pendiendo sobre las naciones de la tierra las cada vez más oscuras nubes de la guerra nuclear, nos inclinamos a creer que la justicia entre los hombres está decreciendo constantemente.

Pero aún confío en que la verdad prevalecerá y en medio do esta confianza repito nuevamente con el Salmista: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro corazón.”

Podemos confortarnos en esto que para mí es un hecho: en los corazones de más millones de hombres y mujeres que nunca, la guerra es algo aborrecido. Las guerras han perdido ya su falso encanto y su alabada gloria. Tal concepto mantiene al menos latente nuestra esperanza en la alborada del día en que los hombres “volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces: no alzará espada gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra.” (Isaías 2:4)

Cuán extremadamente tontos son los hombres que disputan, pelean y causan miseria, destrucción y muerte, cuando los dones de un divino y amante Padre están a la espera de que los pidamos—están a nuestra disposición por si queremos reconocerlos. La invitación de Cristo está aún en vigencia para todas las gentes:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga. (Mateo 11:28-30)

Estoy tan seguro como que estoy hablando ante ustedes, que la felicidad de la humanidad consiste en aceptar ti Jesucristo como el Redentor del mundo, yo testifico hoy al mundo que “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.(Hechos 4:12)

Los principios del Evangelio Restaurado, tal como fueran revelados al profeta José Smith, son la guía más rápida y segura para el hombre mortal. Cristo es la luz de la humanidad. Con esa luz, el hombre ve más claramente su camino. Cuando es rechazada, el alma del hombre tropieza en las tinieblas. No hay persona alguna, ni agrupación ni nación alguna que pueda lograr un verdadero éxito sin seguir a Aquél que dijo:

Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. (Juan 8:12)

Es muy triste ver que hombres y naciones tratan de extinguir esa luz, reemplazando a Cristo y su evangelio por la ley de la selva y el poder de la espada. La mayor tragedia en el mundo es la incredulidad en la bondad de Dios y la carencia de fe en las enseñanzas y doctrinas del evangelio.

Para todos aquellos que creen en un Dios viviente y personal y en Su divina verdad, la vida puede ser muy agradable y hermosa.

Verdaderamente, es glorioso vivir. El gozo y aún el éxtasis pueden ser experimentados en una existencia consciente. Hay una suprema satisfacción en sentirse un ente individual y en comprobar que, como tal, uno ex parte del gran plan de la creación de Dios. No hay pobres, ricos, enfermos ni lisiados que no puedan ser conscientes de esta relación.

Yo sé que para muchos de nosotros, el gozo verdadero de vivir es a veces empañado por adicciones, fallas, preocupaciones e incidentes enojosos que predisponen nuestras vidas y atontan contra nuestro éxito. Los ojos llorosos están frecuentemente ciegos a las bellezas que nos rodean. A veces la vida parece un estéril y abrasador desierto, cuando, en verdad, hay comodidad y aún felicidad al alcance nuestro que no sabemos lograr.

El Señor nos ha dado la vida y con ella el libre albedrío; y vida eterna es Su más grande don al hombre.

El mensaje de la Primera Presidencia, los Doce Apóstoles y las demás Autoridades Generales, para toda la Iglesia en el mundo entero, es éste: Sed fieles y leales al Evangelio Restaurado de Jesucristo, “esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro corazón.”

Que Dios nos ayude en ser verídicos, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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