El Señor espera que vivamos conforme a sus Leyes

Conferencia General 131a (1961)
El Señor espera que vivamos conforme a sus Leyes
por Henry D. Moyle
de la primera presidencia

Henry D. MoyleEstoy seguro, hermanos y hermanas, que tocios apreciamos la oportunidad que tenemos do levantar nuestras manos para sostener al presidente David O. McKay como Presidente de la Iglesia y que al hacerlo sentimos una profunda gratitud en nuestros corazones por tal privilegio que tenemos, como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Es sencillamente glorioso ser miembro de la Iglesia. Es también glorioso tener cualquier oficio o llamamiento en ella, no importa cuán relativamente humilde pueda parecer el cargo. Estoy constantemente impresionado por el hecho de que, sea cual fuere nuestro llamamiento, todos estamos esforzados, todos estamos dedicados y trabajando en la Obra del Señor. Estoy seguro de que no podemos tomar nuestra condición de miembros o nuestros llamamientos en forma negligente, puesto que somos o podemos ser siempre asistidos por nuestro Padre Celestial mediante nuestras oraciones. Somos siempre conscientes de Su proximidad y de las bendiciones que nosotros recibimos de Él, como respuesta a nuestras oraciones.

Creo que agradará más a nuestro Padre Celestial que renunciemos a nuestros cargos—y esto no es precisamente recomendable en la Iglesia — antes que ser negligentes a nuestros deberes en el más mínimo detalle. Considerar que estamos dedicados al servicio del Señor, crea en nosotros un sentimiento de respeto y habiéndonos comprometido a ello nosotros mismos, no es nuestro el privilegio ni la prerrogativa el violar Sus mandamientos, ni siquiera el más pequeño de ellos. El Señor espera que vivamos, cada uno de nosotros, en la más completa armonía con sus leyes, conforme a nuestra propia capacidad. No debe tener lugar en nuestras vidas ningún falso razonamiento, ninguna excusa o justificación tendiente a “hacer esto” o “no hacer aquello” que sea contrario a la voluntad de nuestro Padre Eterno.

Estoy agradecido esta mañana de que a través de todo el mundo la Obra del Señor está progresando más que satisfactoriamente, tanto que a veces nos da la impresión de que difícilmente seamos capaces de mantenernos a la par del progreso de la Iglesia.

El Señor nos ha bendecido grandemente en el campo misionero. Sólo quiero darles un par de cifras. Durante los primeros nueve meses del año 1959, sólo en las misiones, tuvimos más de 23.000 de los bautismos que llamamos “convertidos” y en los primeros ocho meses de 1961 hemos tenido más de 54.000. Se nos pregunta frecuentemente por qué es que justamente en esta época está aumentando grandemente el número de nuestros convertidos.

Mi primera respuesta a esta pregunta sería que la fe y la devoción de los Santos de los Últimos Días, sus esfuerzos por vivir vidas honestas, dedicando sus vidas a los principios de la verdad y el derecho, es de primordial importancia. Sabemos, sin lugar a duda alguna, que las bendiciones que recibimos de lo Alto están en directa proporción a nuestra fidelidad y a nuestra comunión con Dios. A medida que mantengamos activas las vías de comunicación con nuestro Padre Celestial, podemos estar seguros de ser siempre más abundantemente bendecidos.

En segundo lugar, no podemos estar cerca de la obra misionera sin reconocer que el Señor ha tocado los corazones de los hombres v les ha hecho corresponder al testimonio de los élderes a medida que ellos van realizando su tarea de predicar, como misioneros de la Iglesia de Jesucristo, el evangelio por todo el mundo.

Nuestro acercamiento, nuestro contacto inicial mediante nuestros amigos en todo el mundo, es el más simple que podemos hacer. Nuestras lecciones y la presentación de las mismas son igualmente sencillas y directas. Esta simplicidad en el acercamiento y la presentación del evangelio, descarta la posibilidad de cualquier intención, artificio, plan o intriga de ninguna clase, por medio de la cual cualquier investigador pueda ser convertido en miembro de la Iglesia sin saber realmente lo que está haciendo, o sin haber ejercido un absoluto libre albedrío, del cual nos ha hablado tan magníficamente el presidente McKay.

Detengámonos a pensar por un momento, en lo que un misionero debe realizar una vez que ha traído a un investigador hasta las aguas del bautismo. Primeramente debe enseñarle la Palabra de Sabiduría, lo cual significa que, prácticamente en todos los casos, debe enseñar a terminar con ciertos hábitos y a vivir una vida nueva, y lograr que el investigador se comprometa a guardar los mandamientos del Señor desde el momento de su bautismo hasta que el Señor le llame de regreso al Hogar.

Les pedimos que cambien sus vidas con respecto a la observancia del domingo. Les enseñamos que el domingo, día del Señor, es un día sagrado. El Señor ha prescripto qué es lo que Sus hijos pueden y qué es lo que no pueden hacer. Y aquí, nuevamente, les es requerido dar fin a muchas prácticas que reservaban para ese día de la semana, al que consideraban un día de fiesta y no de culto.

Les enseñamos la ley de Diezmos, tal como fuera revelada por el Señor en estos últimos días, algo a lo cual ellos no han estado habituados en el pasado, siendo requerida de los misioneros la responsabilidad de lograr que el candidato al bautismo se comprometa a pagar, por el resto de su vida, el diez por ciento de sus ganancias, para los propósitos del Señor.

Los convertidos son orientados a vivir dignamente para poseer el sacerdocio de Dios. Son enseñados desde el principio que después de su bautismo, serán introducidos al sacerdocio. Les será conferido el sacerdocio Aarónico o menor y más tarde el mayor o sacerdocio de Melquisedec. A fin de ser dignos de este progreso en la Iglesia, deben ser tan rigurosos en guardar las leyes y mandamientos de Dios como les sea posible.

Luego, entonces, les es dicho, enseñando y recalcado que una vez que llegan a ser miembros de la Iglesia, tienen la obligación moral de ayudar a predicar el evangelio a sus amigos y vecinos. En pocas palabras, que deben estar preparados para responder a cualquier llamado que en virtud del sacerdocio se les haga, tal como estos maravillosos jóvenes han respondido hasta la fecha al llamado de rendir servicio al Señor.

Cuando uno toma en consideración estas cosas, indudablemente se detiene a pensar: “¿Cómo es posible que un muchacho de 19 años de edad vaya a un mundo extraño, muchos de ellos a un país extranjero donde se habla un idioma extraño, y se encuentre casi de improviso conque está poniéndose en contacto con gente totalmente extraña, en una forma que está casi más allá de la comprensión y ciertamente más allá del poder humano?”

Tomemos en cuenta a esos grandes reformistas, esos grandes evangelizadores, capaces de atraer multitudes de hombres y mujeres. ¿Cuál es su meta principal? Ellos no buscan reformar el modo de vivir de los hombres. Ellos se contentan con conseguir que el hombre o la mujer confiesen que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y cuando lo han logrado, eso es todo. No tienen organización, ni requerimientos u obligaciones de ninguna clase. Estos son hombres eruditos, hombres, presumo, tan brillantes como cualquier hombre del mundo. Ellos son gente madura, y yo les pido a ustedes que se sienten un momento a pensar en la diferencia entre los resultados efectuados en las vidas de los convertidos a la Iglesia y en las vidas de los convertidos a estos movimientos populares, no importa cuán delicados, elegantes o dignos de alabanza fueren.

Para mí está lejos de ser un milagro que hombres y mujeres maduros, muchos de ellos mayores que los mismos misioneros, se sometan a estos jóvenes pidiendo ser bautizados por ellos. Esto es un asunto serio. El típico ciudadano normal, lo hará bajo una sola condición o base y esto es, por haber recibido en su corazón el testimonio divino de que este joven misionero tiene el Sacerdocio de Dios, conferido a él bajo las manos de aquel que tiene autoridad, para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas. De otra manera, lo que ellos harían sería ridículo.

No podemos suponer que 54.000 personas, en todas las partes del inundo donde tenemos misioneros, hayan aceptado estas formalidades con no buenos propósitos. Se requieren esfuerzos, se precisa tener gran humildad. A menos que estén convencidos y convertidos al hecho de que en estos misioneros descansa el poder de Dios, investido para administrar las ordenanzas del evangelio, ellos no se habrían bautizado.

Esto me ha interesado particularmente, pues en más de un país ha surgido esta pregunta, más o menos oficialmente: “¿Puede un joven de 19 años de edad ser un ministro del evangelio? ¿Seremos justificados, como gobierno, por conferir sobre ellos las beneficios privativos de los ministros religiosos?” Y ellos dicen que no. Un joven de 19 años no puede ser un ministro del evangelio. Él no ha estudiado. No ha terminado su escuela aún; no es un hombre maduro.

Ahora bien, ¿qué significa esto? Él no ha aprendido en el sistema de los hombres. Si se detuvieran, como estos 54.000 conversos se han detenido, reflexionado y orado, recibiendo una contestación a sus oraciones, ellos sabrían que el Señor es capaz de derramar bendiciones sobre sus hijos aquí en la tierra, por medio, tanto de un joven de 19 años de edad, como de una persona mayor, pues una de las condiciones necesarias para esto no es que este representante del Señor esté compenetrado de la sabiduría de los hombres, sino que esté en completa armonía con el espíritu de nuestro Padre Celestial.

No debo tomar ahora mucho tiempo, pero no puedo tampoco sentarme sin mencionar un par de ejemplos de lo que está pasando en el mundo, como evidencia de este pensamiento mío de que somos convertidos por medio del espíritu, y que la única virtud del plan que la Iglesia está usando en el mundo entero es su simplicidad; tan simple es, en efecto, que no puede tener eficacia alguna sobre las mentes de los hombres a menos que un poder superior toque sus corazones convirtiendo sus almas.

Gracias a mi asociación con la obra misionera, cada día me convenzo más del hecho de que la mayoría de la gente es tocada por el espíritu del Señor ya en la primera visita o contacto de los misioneros. De otra manera, no invitarían a estos a volver día tras día para ser enseñados en las cosas del evangelio y ser acercados más y más a las aguas del bautismo.

El hermano Brossard nos ha contado la historia de 25 conversiones en Francia. No hubo, ciertamente, artificio alguno que mediara ante estas conversiones. Había un soldado en Argelia y mientras él se encontraba allí prestando servicio a su país, su esposa tuvo un bebé que a poco murió. El niño no había sido bautizado en la iglesia de sus padres, en la cual se practica el bautismo infantil, y en consecuencia la iglesia negó a la familia sus servicios religiosos para el funeral. No entraré en detalles, pero un amigo del hermano Brossard y de los misioneros hizo mención a estos de la situación de esta madre desconcertada; habiendo sido presentados a la familia, a los misioneros les fué pedido que oficiaran un servicio religioso para el funeral de la criatura y, por supuesto, así lo hicieron. Y estos 25 bautismos tuvieron lugar a raíz de esta situación, todos procedentes de un simple grupo.

Tenemos también al historia de un misionero que habiendo sido detenido por pasar un luz roja de tránsito, tomó la dirección del domicilio del oficial de policía y logró de él una invitación de visitarle en su casa. Antas de proseguir su camino, la penalidad impuesta por el oficial al misionero fué: ‘De acuerdo a lo que dice el Buen Libro: “Vete, y no peques más”.’

Dos misioneros en Solingen, Alemania, fueron al despacho del Alcalde y presentaron a éste el Libro de Mormón y trabaron amistad con él. Algunos días más tarde, estaba lloviendo torrencialmente y el Alcalde detuvo su coche al ver a los misioneros bajo la lluvia y les invitó a subir, pues deseaba llevarlos a la Municipalidad y presentarlos oficialmente al Concejo.

Otros dos misioneros en Hamburgo, también en Alemania, se presentaron ante el Jefe de Policía para hacerse conocer y darle su mensaje y como resultado de esta entrevista él les dió su tarjeta personal y les dijo: “Quiero, élderes, que no dejen de llamarme en cualquier oportunidad, en caso de que tuvieren dificultades y por cualquier servicio que les podamos prestar; en cinco minutos tendré mi cocho a disposición de ustedes.”

Estos fueron todos muchachos de 19 años de edad, y yo podría seguir relatándoles historias similares a éstas. No hubo nada que estos jóvenes pudieran hacer o decir por ellos mismos, que tuviera como consecuencia estos milagrosos resultados, pero el primer contacto fue suficiente para abrir la puerta a futuros contactos. Esta es la forma en que la Obra del Señor se realiza. ¿No es maravilloso ver que las profecías antiguas se están cumpliendo? ¡Cuán cierto es que una piedra ha sido cortada de la montaña, “no con manos” y está rodando para “henchir toda la tierra”!

Casi cada una de las profecías del Antiguo y del Nuevo Testamento, se ajusta perfectamente a nuestro programa, dándonos la exacta respuesta al interrogante de cómo y por qué estos maravillosos resultados son parle de la obra misionera. Nuestros misioneros trabajan por y a través del espíritu. Y permítanme decirles a ustedes, padres y madres, que les amamos y apreciamos mucho vuestra lealtad y que valoramos mucho el servicio que vuestros hijos y vuestras hijas están prestando. Y no os inquietéis por vuestros hijos o hijas mientras estén ellos embarcados en la obra misionera.

No importa quién es el Presidente de la Misión donde estén ellos. Mientras estén cumpliendo su tarea, alentados a ello por sus padres, estarán en manos del Señor, y Él ha prometido cuidarles y está ligado a sus promesas. No puedo imaginar algo más hermoso en todo el mundo, que el tener la absoluta seguridad de que el Espíritu de Dios esta con nuestros hijos e hijas durante su misión, para preservarles, protegerles e inspirarles, para la realización de una obra que nadie sobre la tierra puede llevar a cabo a menos que Dios le haya delegado el poder para hacerlo.

Y ningún hombre que saliere y predicare este evangelio del reino, no dejando de ser fiel en todas las cosas, sentirá entenebrecida su mente, ni cansada; ni su cuerpo, miembros o coyunturas; y ni aún un pelo de su cabeza caerá a la tierra inadvertido. Y no padecerá hambre ni sed.

Y quienquiera que os reciba, allí estaré yo también, porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi espíritu estará en vuestros corazones y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros. (Doc. y Con. 84:80, 88)

Dios bendiga, a lodos vosotros y bendiga a los misioneros. Todos ellos están hoy mirando hacia nosotros, en busca do guía y aliento. Démosles estas cosas, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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