Jesús: el líder perfecto

Agosto de 1983
Jesús: el líder perfecto
Por el presidente Spencer W. Kimhall

Spencer W. KimballHay muchísimas cosas que uno podría decir tocante a la tremenda capacidad de liderazgo en el Salvador, mucho más de lo que podría expresarse en un discurso o en un libro, pero al menos quisiera señalar algunos de los atributos y aptitudes que El tan perfectamente demostró. Estas mismas aptitudes y cualidades resultan importantes para nosotros si es que deseamos tener éxito perdurable como líderes.

Principios concretos Jesús sabía quién era y la razón por la que estaba en este planeta, lo cual le permitía guiar a sus seguidores basado en la certeza personal y no en la incertidumbre o en la debilidad.

Jesús actuaba en base a principios o verdades concretos en vez de simplemente ajustarse al estilo de aquellos líderes que establecen las reglas sobre la marcha. Esto quiere decir que era un líder ceñido a principios de probada eficacia, lo cual dotó al estilo de Jesús no sólo de constancia sino también de exactitud. Quienes procuran el poder a expensas de los principios a menudo terminan por hacer casi cualquier cosa para perpetuarlo.

Recordarán que repetidamente dijo: “Ven, sígueme.” El Señor se regía por un método de imitación, como si dijera “Haz lo que yo hago”, en vez de “Haz lo que yo digo”. El prefería caminar y obrar junto con aquellos a quienes tenía por misión servir. El suyo no fue un liderazgo ejecutado a la distancia. No les temía a las amistades estrechas ni tampoco a que la proximidad que pudiera existir con El desilusionara a sus seguidores. La levadura del verdadero liderazgo no puede levantar a nadie a menos que acompañemos y sirvamos a aquellos a quienes dirigimos.

Jesús se mantuvo virtuoso y así, cuando quienes le rodeaban estaban tan cerca de Él que podían tocar el borde de su manto, el poder de la virtud surgía de Él. (Véase Marcos 5:24-34.)

Comunicación

Jesús era un líder que escuchaba. Puesto que amaba a su prójimo con un amor perfecto, escuchaba sin presunción. Nadie puede ser un gran líder a menos que sepa escuchar. Un gran líder es aquel que escucha no solamente a los demás sino también a su conciencia y a los susurros del Espíritu, ya que por medio de Él, Dios se comunica con nosotros, sus hijos.

Jesús era un líder paciente, persuasivo y amoroso. Cuando Pedro levantó la espada, se abalanzó contra el siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha, Jesús le dijo:”. . . Mete tu espada en la vaina” (Juan 18:11). El incidente no despertó en El ni enojo ni perturbación.

Por haber amado a sus seguidores, Cristo estaba en condiciones de tratar con ellos de igual a igual, de ser sincero con ellos. Hubo veces en que amonestó a Pedro precisamente porque le amaba, y Pedro, por ser un gran hombre, maduró gracias a esas amonestaciones. Hay un maravilloso versículo en el libro de Proverbios que todos debemos siempre recordar:

“El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará.

“El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; más el que escucha la corrección tiene entendimiento.” (Proverbios 15:31-32.)

Sabio es el líder o el discípulo que sabe escuchar y hacer frente a las “amonestaciones de la vida”. Pedro pudo hacerlo, pues sabía que Jesús le amaba y fue por eso que el Maestro lo preparó para ocupar un alto lugar de responsabilidad en el reino de su líder.

Jesús jamás aprobó el pecado, pero veía en él algo que emergía del interior por necesidades insatisfechas de parte del pecador. Esta percepción le permitió condenar el pecado sin condenar al pecador. Del mismo modo podemos nosotros poner de manifiesto nuestro amor hacia otras personas aun cuando tenemos la responsabilidad de reprenderlas. Tenemos que ser capaces de ver en lo más profundo de su vida a fin de detectar las causas básicas de sus fracasos y defectos.

El liderazgo abnegado

El Salvador ejerció un liderazgo abnegado. Siempre puso sus necesidades y a sí mismo en segundo plano dedicando su tiempo a ayudar a sus semejantes a toda hora, y lo hizo infatigable, amorosa y eficazmente. Muchos son en el mundo actual los problemas causados por el egoísmo y el egocentrismo en el que muchos se amparan, demandando inflexiblemente de otras personas, a fin de satisfacer sus propias exigencias. El enseñó que jamás puede haber progreso persona sin libertad. Uno de los problemas de la arrogancia en el liderazgo es que muchos de tales líderes se interesan únicamente en satisfacer sus propias necesidades en vez de las necesidades ajenas.

El Señor es sumamente perceptivo en cuanto a la gente y a los problemas que le afectan. Jesús también poseía la capacidad de calcular a largo plazo el efecto y el resultado de sus declaraciones proféticas, no sólo en lo referente a aquellos que las escucharían de sus propios labios, sino también en quienes las leerían dos mil años después. A menudo vemos a líderes seculares que se apresuran a resolver problemas buscando la forma de cortar el dolor presente sin darse cuenta de que con ellos no hacen otra cosa que crear aún mayores dificultades y dolor que experimentarán más tarde.

La delegación

Jesús sabía cómo dar participación a sus discípulos en el proceso de la vida. Les dio cosas importantes y concretas para que ellos hicieran a fin de lograr su propio desarrollo. Jesús confía en quienes le siguen al punto de compartir su obra con ellos a fin de que así se desarrollen. En este ejemplo está encerrada una de las más maravillosas muestras de su liderazgo. Si hacemos a un lado a otras personas con el propósito de cumplir una tarea más rápida y eficazmente, es posible que lo logremos: pero aquellos a quienes dirigimos no obtendrán progreso, lo cual es sumamente importante. Sabiendo Jesús que esta vida tiene un gran propósito y que hemos sido puestos en este planeta para actuar y desarrollarnos, ese progreso se transforma en uno de los grandes fines de la vida así como en un medio para lograr ese fin. Podemos proporcionar información a fin de corregir lo que otras personas puedan estar haciendo mal, y hacerlo de una forma amorosa y abnegada.

Un líder capaz no tendrá temor de demandar de aquellos a quienes dirige. Jesús era poseedor de tal cualidad. Tuvo el valor de llamar a Pedro y a otros de sus discípulos pidiéndoles que dejaran su profesión de pescadores y le siguieran, no después de terminada la temporada de pesca ni inmediatamente después del próximo pez que pescaran, sino en ese mismo momento, sin esperas. Jesús les hizo saber a sus seguidores que El creía en ellos y en sus posibilidades, lo cual le permitía ayudarles a mejorar la condición de sus almas por medio de sus logros. Jesús creía en sus seguidores, no sólo por lo que ellos eran, sino por lo que tenían el potencial de llegar a ser.

Jesús confió a la gente verdades y tareas que estaban en proporción a la capacidad que esas personas tenían. No les abrumó con cosas más complicadas de lo que ellas podrían hacer, sino que les dio lo suficiente para que pudieran progresar interiormente. Él estaba interesado en los aspectos básicos de la naturaleza humana y en producir cambios perdurables en vez de simples cambios superficiales o de hacerles hacer cosas por salvar las apariencias.

La responsabilidad

Jesús nos enseñó que no solamente somos responsables por nuestras acciones sino también por nuestros pensamientos. Debemos recordar esto siempre. El buen líder tendrá presente que es responsable ante Dios así como ante quienes dirige. Al demandar responsabilidad de sí mismo, estará en mucho mejor posición de asegurarse de que otros también sean responsables de su conducta y actuación. La gente por lo general prefiere actuar dentro de los confines que le son trazados por sus líderes.

Administración del tiempo

El Salvador también nos enseñó cuán importante es saber hacer uso del tiempo. Esto no significa que no debe hacer nunca tiempo para la recreación, ya que debe haber también un período para contemplar y renovarse, pero jamás debe haber tiempo para simplemente perderlo. La administración de nuestro tiempo es asunto de suma importancia, puesto que éste es el ingrediente del que está compuesta la vida y es una de las pocas cosas que no pueden ser reprocesadas.

Grandes líderes seculares

Aquellas personas a quienes tanto admiramos y respetamos como líderes de la familia humana han sido así puestos en un pedestal precisamente porque en muchas formas representan las cualidades que Jesús demostró en su condición de líder.

Contrariamente, aquellos líderes que a lo largo de la historia han resultado más nefastos para la humanidad, así lo fueron debido precisamente al carecer casi por completo de las cualidades exhibidas por el Hombre de Galilea. Es posible que no todos nosotros podamos llegar a ser el ejemplo perfecto de liderazgo, pero sí podemos realizar un esfuerzo honesto por acercarnos a tan grande ideal.

Nuestro potencial

Una de las grandes enseñanzas del Hombre de Galilea,’ el Señor Jesucristo, fue que todos nosotros llevamos dentro inmensas posibilidades. Al instarnos a ser perfectos así como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto, Jesús no nos sobreestimó ni tampoco pretendió reírse de nosotros. Simplemente nos hizo saber una poderosa verdad tocante a nuestras posibilidades y a nuestro potencial. Se trata de una verdad tal vez demasiado impactante como para tan siquiera considerar. Jesús, quien no podía mentir, buscó la forma de ampliar nuestro panorama de posibilidades en nuestro camino hacia la perfección.

Nosotros no somos perfectos como lo fue Jesús, pero a menos que aquellos que nos rodean puedan percibir nuestros esfuerzos y nuestro progreso, jamás estarán en condiciones de encontrar en nosotros el ejemplo y nos verán como personas carentes de seriedad en todo lo que debemos hacer.

El ser humano tiene más oportunidades de hacer el bien y de ser bueno que las que en realidad utiliza. Estas oportunidades nos rodean por todas partes. A pesar de lo amplio que sea en estos momentos nuestro círculo de influencia, si mejoráramos nuestra actuación apenas un poco, ese círculo se ampliaría e incluiría en él a quienes en estos momentos todavía están afuera. Muchas son las personas que aguardan que les extendamos una mano y les amemos, lo cual podremos lograr si tenemos en ellas el interés que nos haga mejorar nuestra actuación.

Debemos recordar que esos seres mortales con quienes nos encontramos en la calle, en las oficinas, en ascensores y en otros lugares son también parte de la humanidad que Dios nos ha dado para que amáramos y sirviéramos. Poco nos beneficiaría hablar de esa hermandad de la humanidad, si no podemos aceptar a todos los que nos rodean como nuestros hermanos y hermanas. Si nuestra muestra de humanismo nos resulta poco llamativa o muy pequeña, debemos recordar la parábola que nos dio el Señor en la que nos recuerda que la grandeza no siempre está relacionada con el tamaño de una cosa, sino que con la calidad con que ésta se hace. Si empleamos bien nuestros talentos y las oportunidades que nos rodean, no pasará inadvertido para Dios. Y a aquellos que obran bien con las oportunidades que se les dan, les serán ofrecidas aún más.

Las Escrituras están repletas de ejemplos de líderes quienes, contrariamente a Jesús, no eran perfectos, pero sí fueron sumamente eficaces. Estos ejemplos podrían ayudarnos enormemente si los leyéramos a menudo. Hay veces en que olvidamos que las Escrituras nos ofrecen siglos de experiencia en liderazgo, y lo que resulta más importante, nos brindan los principios inalterables sobre los cuales debe operar el liderazgo real a fin de que surta un efecto positivo. Dichas escrituras son el manual de instrucciones para el futuro líder,

El líder perfecto

Si queremos lograr el éxito, he aquí nuestro molde. Todas esas ennoblecedoras, perfectas y hermosas cualidades de la madurez, de la fortaleza y del valor se pueden encontrar en esta misma persona.

Tal vez lo más importante que les puedo decir hoy en cuanto a Jesucristo, más allá de todo lo que les he dicho, es que Él vive. En verdad, encierra todas esas virtudes y atributos de que nos hablan las Escrituras. Si pudiéramos llegar a una convicción en cuanto a ello, llegaríamos a la esencia de la realidad del hombre y del universo. Si no aceptamos esa verdad y esa realidad, entonces no contaremos con los principios inalterables o las verdades trascendentales mediante las cuales vivir en felicidad y en servicio. En otras palabras, nos resultará muy difícil llegar a ser líderes productivos a menos que reconozcamos la realidad de ese líder perfecto, Jesucristo, y le permitamos ser la luz que alumbre nuestro camino.

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