La castidad: la fuente de la verdadera hombría

Conferencia General Octubre 1989logo 4
La castidad: la fuente de la verdadera hombría
Por el élder Robert L. Backman
de la Presidencia de los Setenta

Robert L. Backman“Mis queridos hermanos del sacerdocio Aarónico, ruego que durante el proceso de aprendizaje que os lleva a convertiros en hombres, podáis comprender la vital verdad de que la castidad es la norma perfecta que da base a todo progreso espiritual.”

Un día me hallaba con un joven apuesto, escuchando la triste historia que me contaba entre sollozos de angustia y remordimiento. Yo también sentía deseos de llorar. Presionado por los que se decían sus amigos, se encontró asistiendo a una fiesta donde servían licores. En contra de sus principios sucumbió a las burlas de los presentes, se embriagó y finalmente perdió su  virtud.

Incapaz de resistir la presión de los demás, y disipándose por las circunstancias su resolución de guardar la castidad, el sueño de su vida de ir en una misión y casarse en el templo se había convertido en una pesadilla; y se sentía abochornado, sucio e indigno.

“¿He perdido la oportunidad de hacer una misión, de casarme en el templo?”, me preguntó. “¿Cómo puede perdonarme mi Padre Celestial? ¡Ah, si la tierra se abriera y me tragara!” Sentí gran pesar por él.

Casi tan grande como mi compasión era la furia que sentí hacia los que lo habían llevado por esa senda de equivocado placer, indiferentes al dolor que causaban, escuchando a Satanás y afirmando que la castidad esta pasada de moda.

“No cometerás adulterio”, dijo el Señor; “y el que cometa adulterio y no se arrepienta, será expulsado.” (D. y C. 42:24.i

Mis queridos jóvenes, pese a que el mundo diga, Dios jamas ha cambiado esa ley.

En otros días de crisis moral, la Primera Presidencia dijo:

“A los jóvenes de la Iglesia les rogamos que seáis puros, porque la impureza sólo trae sufrimiento, angustia y problemas físicos, y en lo que respecta a lo espiritual, es la senda hacia la destrucción. Cuan gloriosa y cerca de los ángeles esta la juventud que es pura. . . la pureza sexual es la posesión mas preciada de los jóvenes; es la base de toda rectitud . . .

“Se acercan épocas en que necesitaremos de toda la salud y la fuerza espiritual que podamos lograr para soportar las aflicciones que nos sobrevendrán.” (Jarnes R. Clark, ed., Messages of the First Presidency, 6 tomos, Salt Lake City: Bookcraft, 1975, 6:150.)

“Jóvenes de Sión, no podéis asociaros en una relación sexual ilícita, fuera de los lazos matrimoniales, que es fornicación, y escapar a los castigos que el Señor ha declarado por este pecado. Que el arreglo de cuentas llegara es tan seguro como que la noche sigue al día.” (Messages of the First Presidency, 6:176.)

La magnitud de sus acciones se hizo evidente para mi angustiado amigo, que por fin comprendió la realidad de estas palabras de Alma: “. . .la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10).

Mientras compartía aquel momento le tristeza con el apesadumbrado joven, no pude evitar comparar sus sentimientos en ese momento con los de otro joven a quien yo había sellado en la Casa del Señor.

Allí, en presencia de sus familiares, la feliz pareja expresó su gozo por los convenios solemnes que habían hecho con Dios y entre sí arrodillados en el altar, compenetrados de alma a alma con una confianza mutua total al entrar en el matrimonio puros y dignos de las bendiciones prometidas. Su felicidad era ilimitada.

Mis queridos hermanos del Sacerdocio Aarónico, ruego que durante el proceso de aprendizaje que os lleva a convertiros en hombres, podáis comprender la vital verdad de que la castidad es la norma perfecta que da base a todo progreso espiritual.

La rectitud es felicidad.

El Señor ha dicho:

“Y nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin.” (3 Nefi 27:19.)

Os insto a ser puros, dignos, fuertes. ¡Sed felices! ¿Cómo? ¿Que podéis hacer para soportar los dardos ardientes del maligno, para resistir la tentación, para andar rectamente ante el Señor?

Primero, sed pacientes. No os apuréis a crecer. Disfrutad con la expectativa de ser adultos. Recordad: seréis jóvenes una sola vez, pero seréis viejos por largo tiempo.

Muchas veces la impaciencia nos hace flirtear con lo prohibido, sin pensar en las consecuencias que pueda tener nuestro ridículo experimento. El presidente Harold B. Lee pintó un cuadro vívido del dolor de sucumbir a la tentación después del flirteo:

“He visto hermosas y jóvenes mariposas humanas jugando con el fuego del pecado. . . Muchas de ellas, dotadas de alas para un vuelo celestial, han caído con las alas chamuscadas por la curiosidad hacia lo prohibido. Cuanto más veo de la vida mas convencido estoy de que debemos haceros ver, jóvenes, la fealdad del pecado, en lugar de contentarnos con enseñaros después el camino del arrepentimiento. Ojalá pudiéramos advertiros de la noche infernal que sigue a un pecado moral. . . Un pecador dijo lo siguiente: ‘Nadie lo sabe. No se lo has dicho a nadie y no se ha descubierto; nadie te ha condenado. Pero tienes la cara roja y el corazón te golpea fuertemente en el pecho. Tienes la frente cubierta de sudor. Te vas a la cama esa noche; les pones una venda a los ojos de tu alma, te haces un refugio en el cual esconderte y tratas de dormir pero no puedes. Te dices: “Otros lo hacen”, o “No pude evitarlo” o “Nadie lo sabrá jamas”. Y hay manos del mundo invisible que vienen entre las sombras y arrancan la venda de los ojos de tu alma y destrozan el frágil refugio que hiciste para tu espíritu aterrado’.” (Youth and the Church, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1970, págs. 87-88.)

Mis jóvenes amigos, sed pacientes.

Segundo, concentraos en vuestro destino eterno. El Señor ha prometido a los fieles: “. . .todo lo que mi Padre tiene [les] será dado” (D. y C. 84:38). Pensad en lo que eso significa siendo hijos de Dios.

Hermanos, poned limites a vuestras acciones, limites que no traspasareis, alejados de la línea que separa el bien del mal. Preparaos para las experiencias futuras; planead ahora cómo enfrentareis las tentaciones; sopesad las consecuencias. Entended bien la situación a 13 cual os enfrentáis. Si un amigo os dice que hagáis algo de lo cual no estáis seguros, repetidle la propuesta en forma de pregunta: “¿Qué quieres que haga que?”

Después, preguntaos: “Haciendo esto, ¿violaré la ley, lastimare a alguien, o haré que pierdan la confianza en mi?” Contemplad ambos lados del asunto: ¿Que cosas buenas pueden suceder si lo hago? ¿Que cosas malas? Luego de haber sopesado los resultados, estaréis preparados para tomar una decisión. Si todo lo calculado es positivo, probablemente haréis lo que se os pidió. Si no, tenéis la responsabilidad de negaros. (Adaptado de John W. Larsen, Youth’s Frontier, Making Ethical Decisions, Irving, Texas: Boy Scouts of America, 1985, pág. 14.)

Sed estrictos con vosotros mismos. El presidente Spencer W. Kimball dio un extraordinario ejemplo en un discurso dirigido a la juventud de Estocolmo, Suecia, describiendo su adolescencia. Dijo:

“Al quedarme solo ordeñando las vacas o acomodando el heno, tenia tiempo para pensar. Reflexione y tome esta decisión: ‘Yo, Spencer Kimball, nunca probare ningún licor, nunca tocaré el tabaco, nunca beberé café ni té. No porque pueda explicar las razones, sino porque el Señor lo ha mandado’. El ha dicho que todo eso era una abominación. Hay otras cosas que también lo son y no se mencionan en la Palabra de Sabiduría. Pero yo tome la decisión.

“Y eso es lo que estoy tratando de recalcar: Siendo niño, tome la decisión de no probar nada de eso y, habiéndola tomado, fue fácil cumplirla sin dejarme vencer. Muchas tentaciones se me presentaron, pero ni siquiera lo pense, ni siquiera me detuve a preguntarme: ‘¿Lo haré o no?’, sino que siempre me dije: ‘Ya tome la decisión de que no lo haría, así que no lo haré’.

“Soy un poco más viejo que cualquiera de los que están aquí, y quiero deciros que no he probado jamas el té ni el café, ni el tabaco, el licor ni las drogas. Puede pareceros presuntuoso, pero esto es lo que quiero decir: que si todo adolescente -varón o jovencita-, al comenzar a madurar un poquito y ser un poco más independiente de la familia y los amigos, se decide a no dejarse vencer, sea cual fuera la tentación, se dirá: ‘Ya lo decidí. No hay mas que decir’. (En Conferenee Report, Stoekholm, Sweden Area Conference, 1975, págs. 86-87.)

Tercero, defended vuestras convicciones. Controlad vuestra vida. Se trata de vuestro cuerpo, del templo de vuestro espíritu; vosotros sois los dueños. No os esclavicéis a vuestros apetitos y pasiones. Sed lo bastante maduros como para que el Espíritu sea quien controle el cuerpo. El autocontrol es vital cuando se resiste lo que se sabe que es malo, especialmente si un amigo insiste. Ese autocontrol se gana con la práctica; por lo tanto, es importante edificar la fuerza interior. Recordaos constantemente que sois hijos de Dios, con un gran futuro.

Winston Churchill, el valiente estadista de la Segunda Guerra Mundial, dio un buen consejo, exclamando con convicción: “¡Nunca se dejen vencer! ¡Nunca se dejen vencer! ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca! Nunca se dejen vencer por nada, grande o pequeño. Nunca se dejen vencer a no ser por convicciones de honor y sentido común.” (Discurso dado en la escuela secundaria Harrow, el 29 de octubre de 1921, en John Bartlett, Familiar Quotations, 15a, ed., Boston: Little, Brown and Co., 1980, pág. 745.)

Cuarto, arrepentíos. Algunos nos retrasamos en nuestro progreso por errores que hemos cometido, por pecados, por remordimientos que dejamos que nos pesen en la conciencia hasta estar a punto de aplastarnos.

En la tira cómica “Peanuts”, Charlie Brown le habló a Lucy de sus resoluciones de Año Nuevo: “Estarás orgullosa de mí”, le dijo. “He decidido que este año será mi año de decisiones. Tengo una lista de cosas que corregir. . .¡Seré una persona mejor!”

La respuesta de Lucy fue: “Yo no. . . Me pasare todo el año lamentando el pasado. . . No hay otro remedio, Charlie Brown. . . Voy a llorar por todo lo que pasó, suspirar por los amores perdidos. . . Es mucho más fácil. . . Es muy difícil mejorar. . . Ya lo intente. . . Casi me volví loca. Mi lema es ‘Olvida el futuro; lamenta el pasado’. ¡Oh, cómo lamento el pasado! ¿Por que hice esto? ¿Por que hice lo otro? ¿Por que? ¡Lo lamento todo! ¡Cuánto lo lamento! ¡Cuánto remordimiento! ¡Cuanta angustia. . . !  ¡Cuánto. . !” Charlie suspira y tira sus resoluciones a la basura. [Puntos suspensivos del original.]

Nuestro amoroso Padre Celestial esta interesado sólo en lo que haréis con vuestro futuro, a condición de que os arrepintáis de vuestros pecados pasados. Y volviendo a las preguntas de mi pesaroso joven amigo, y a las de cualquiera de vosotros que pueda haber transgredido como él, os aseguro que vuestro Padre Celestial y la Iglesia del Señor os quieren entrañablemente. El segundo principio del evangelio es el arrepentimiento, ese principio salvador sin el cual todos los imperfectos estaríamos perdidos. El Señor ha hecho esta promesa: “. . .si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).

¿No es esa una promesa gloriosa? Y la única condición es vuestro arrepentimiento. Aunque la ruta sea larga y ardua, aunque el dolor y el pesar sean agudos, aunque la Iglesia tenga que aplicar con amor justicia y misericordia, el arrepentimiento puede limpiaros el alma y podéis volver a andar iluminados por el Santo Espíritu, habiendo sido perdonados, con el alma purificada y santificada.

Ya conocéis los pasos. ¡No demoréis! Olvidad el pasado, a no ser que lo empleéis para edificar una vida mejor. Empezad ahora a ser dignos de las bendiciones eternas que Dios ha prometido a los fieles y verídicos.

Mis preciados jóvenes hermanos, que podáis entender que la castidad es la fuente de la hombría de bien, la corona de la femineidad, el cimiento de un hogar feliz y la norma exclusiva y perfecta en la que se basa todo progreso espiritual. Que los que hemos sido llamados seamos dignos de ser escogidos, lo ruego en el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amen.

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