La moral y la honradez

Conferencia General Octubre 1987logo 4
La moral y la honradez
por el élder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight“Corremos el riesgo de perder nuestra libertad nacional y nuestra salvación eterna si contravenimos, por la codicia y la avaricia, las restricciones éticas y morales intrínsecas de la Constitución de este país y del evangelio de Jesucristo.”

He orado para que me apoyéis con vuestra fe y oraciones a fin de poder expresar con claridad lo que siento de corazón.

¡James Peter Fugal era un hombre honrado! El pastoreo ovejas casi toda su vida en las montañas de Idaho (EE.UU.)-sus ovejas y las ovejas de otros.

Una fría noche de invierno en que estaba pastoreando las ovejas de otro hombre, se desató una ventisca. Las ovejas se amontonaron, como suelen hacerlo, en el ángulo que formaba una zona cercada y muchas murieron. En los campos vecinos, también murieron muchas otras esa misma noche a causa de la tormenta.

Aunque no era culpable de la muerte de los animales, James Fugal se sintió responsable y pasó varios de los años siguientes trabajando y ahorrando para pagar al dueño la perdida de las ovejas.

Esa era la clase de dignidad moral y responsabilidad que aquellos primeros pioneros temerosos de Dios aprendieron leyendo las Escrituras.

Ese mismo deseo de vivir los principios cristianos era evidente en Aurelia Rogers, quien se educó en las llanuras y fundo la organización Primaria de la Iglesia, gracias a su preocupación por el carácter moral y el desarrollo social de los niños. Desde los tiempos de Aurelia Rogers, los líderes de la Primaria han demostrado ser sus dignos discípulos y continúan enseñando principios sanos, predicando la virtud y el amor de los unos por los otros, e infundiendo el deseo de entender y vivir los valores tradicionales.

Hace poco, mi esposa y yo fuimos a la reunión sacramental de un barrio algo alejado de nuestra casa. Después de la Santa Cena, olmos, con placer, que la Primaria estaría a cargo del programa: el tema iba a ser “Creemos en ser honrados”.

Quede sorprendido por el entusiasmo y el interés que demostraban aquellos niños al hablar de los principios fundamentales que habían aprendido en la Primaria: decir la verdad, respetar lo que es de los demás, ser dignos de confianza y apoyar lo que es justo.

Pensé en James Fugal, el humilde pastor, y en lo maravilloso que es ver que a estos niños se les estén enseñando los mismos valores que hicieron de él un hombre de noble carácter.

Mientras disfrutábamos la oportuna presentación de la Primaria, que destacaba estos valores eternos, mis pensamientos se concentraron en la similitud de dos sucesos inspirados por los cielos, de los que nosotros, como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, tenemos buena razón para estar agradecidos: la creación de la Constitución de los Estados Unidos de América y la restauración del evangelio de Jesucristo, que en forma significativa se respaldan la una a la otra. Además de la guía divina, ambas requerían de personas honradas y virtuosas para que se cumplieran sus propósitos divinos.

Atribuimos a dos factores vitales el que esta nación americana se haya levantado y haya perdurado: Primero, Dios apoyó los esfuerzos de aquellos que establecieron la república. James Madison, que es considerado el Padre de la Constitución, y de quien el presidente Benson hablo esta mañana, escribió: ‘No es posible que el hombre piadoso al meditar no perciba que un dedo de la mano del Todopoderoso tan frecuente y notablemente se ha extendido para aliviarnos al establecer nuestra república ” (The Federalist, Núm. 37. New York City. The Modern Library. n.d., pág. 231).

Segundo, por la conducta Justa y el ejemplo de sus ciudadanos. Esto lo expreso mejor Alexander Hamilton, un soldado que se convirtió en estadista, quien escribió: ”Parece haber estado reservado para la gente de este país, por su conducta y ejemplo, el decidir este importante asunto: si los hombres son realmente capaces o no de establecer un buen gobierno por medio de la deliberación y elección, o si están destinados a depender para siempre de sus constituciones políticas basadas en la casualidad y en la fuerza ” ( The Federalist, Núm. I, pág. 3).

Los importantes atributos humanos que necesitaba esta nueva nación para llegar a ser, realmente una república de estados separados, capaz de funcionar como una sociedad cooperativa, se manifestarían por medio de un pueblo que demostró por su forma de vida, una confianza y un deseo de vivir en una sociedad de justicia para toda la humanidad. Del mismo modo, el Señor, por medio del profeta José Smith, también reconoció que, así como la nueva nación, el evangelio restaurado también tendría dificultad en difundirse y perdurar si no se contaba con hombres y mujeres de conducta e integridad similares.

El 1° de marzo de 1842, José Smith, a petición del señor John Wentworth, editor de un diario de Chicago, compuso trece breves enunciaciones conocidas como los Artículos de Fe, los que sintetizan algunas de las doctrinas básicas de la Iglesia. Como ultima enunciación, el Profeta escribió este código inspirado de conducta:

”Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos.” (Decimotercer Articulo de Fe.)

¡Que descripción más inspiradora de lo que son las personas buenas, temerosas de Dios, dedicadas a tratar con justicia al género humano! Esta seria la clase de personas que podría levantar una nación y ayudarla a sobrevivir, y la clase de personas que comprende el verdadero evangelio de Jesucristo, poseedoras de la fe indispensable para proclamarlo a los habitantes de la tierra.

Los que estamos aquí, y los habitantes de todo el país y del mundo libre, estamos en deuda con las personas amantes de la libertad de todas partes que tuvieron la fe y la integridad que hacían falta para establecer las bases de nuestra sociedad sobre el fundamental código de valores morales. Sólo en un ambiente de libertad y confianza pueden los valores como la honradez y la integridad florecer de verdad, y animar así a los demás a ejercer sus derechos a la libertad y a aspirar a la felicidad.

Por tanto, mucho nos alarma lo que leemos en los diarios y oímos y vemos por los medios de difusión, que describen la decadencia de la decencia moral y del comportamiento ético fundamental. Se nos detallan la influencia corruptora de la falta de honradez, desde hurtos insignificantes y engaños infantiles hasta los grandes desfalcos, el fraude y la malversación de dinero o bienes

Titulares y artículos principales de los diarios ponen de relieve la necesidad de que exista honradez e integridad en las relaciones familiares, en los negocios y en la conducta de funcionarios gubernamentales y del clero. Artículos recientes de publicaciones nacionales importantes, como “La mentira en los Estados Unidos” ( U.S. News and World Report, 23 de feb. de 1987) y ”¿Qué le ha sucedido a la ética?” (Time, 25 de mayo de 1987) recalcan la urgencia de que el público se interese por el rumbo que vamos tomando.

La rectitud publica, que supone que los hombres renuncien a sus propios intereses y actúen en bien del interés de todos con sabiduría y con valor, fue característica de hombres como Jorge Washington, de quien solemos decir que no mentía nunca, y Abraham Lincoln, conocido por su honradez. En los últimos años, hemos visto funcionario tras funcionario -tanto en el ámbito nacional con o en el local-poner sus intereses personales. . . por encima del interés del publico en general…

“Hombres y mujeres. . . han sido destituidos de cargos federales y han ido aun a parar en la cárcel, en la actualidad, porque han propasado los límites establecidos por los que formularon la Constitución [y los mandamientos de Dios].” (Charles A. Perry, ”Religious Assumptions Under-gird the Entire U. S. Constitution”. Deseret News, 27 de sept. de 1987. pág. A-19.)

Una de las razones de la decadencia de los valores morales es que el mundo ha inventado una variable e irresponsable forma de conducta moral a la que llaman ética convencional”. Ahora las personas definen el bien y el mal según como se acomode a cada situación y es diametralmente opuesta a la norma absoluta que proclamó Dios cuando dijo: ”No harás eso. . .”, como en ”No hurtaras” (Éxodo 20:15).

Una encuesta que se hizo hace poco indica que la gran mayoría de los estadounidenses quieren que las escuelas hagan dos cosas: que enseñen a sus hijos a hablar, a pensar, a escribir, a contar y a adquirir un discernimiento de lo bueno y de lo malo que los guíe en la vida. Sin embargo, algunos maestros esquivan el asunto de lo bueno y lo malo o permanecen en terreno neutral, o bien guían a los niños a adquirir sus propios valores morales, con lo cual dejan a muchos jovencitos moralmente desorientados.

Buen número de nuestros jóvenes o han perdido el conocimiento de lo que es bueno y de lo que es malo, o nunca les enseñaron esos valores morales básicos. El clásico consejo del presidente Harold B. Lee de que “la obra más importante del Señor que podremos hacer jamas será la que llevemos a cabo dentro de las paredes de nuestro propio hogar” es indudablemente verdadero hoy día. ”Nuestra es la responsabilidad, como padres, de enseñar a nuestros hijos la castidad. . .[y no sólo a ser moralmente limpios sino a] ser fieles [y] valientes, esforzarse por vivir [todos] los mandamientos del Señor” (Véase Fortaleciendo el hogar, folleto, Salt Lake City, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, 1973, págs. 4-9)

Algunos adultos, incluso funcionarios públicos y autoridades cívicas, también se han extraviado por su afán desmedido de obtener lujos y comodidades.

La desolación que sufren los familiares y los seres queridos de los condenados por los delitos del robo, el fraude, la falsificación, el maltrato de niños, la transgresión sexual y otros delitos graves es inmensa. Son tantos los pesares, las angustias y aun los hogares destruidos que resultan de la falsa creencia de que las personas pueden establecer sus propios estatutos y hacer lo que quieran mientras no las sorprendan.

Habrá personas que engañen y que aun queden en la impunidad, pero no podrán escapar de los juicios de un Dios justo. Nadie puede desobedecer la palabra de Dios y no pagar las consecuencias de sus actos. Ningún pecado, no importa cuan secreto sea, quedara sin recibir su justo castigo.

Declaramos: “Sólo hay un remedio para los males del mundo. . . el cual es la fe en el Señor Jesucristo y. . .la obediencia a [sus] mandamientos” (Mark E. Petersen, Improvement Era, dic. de 1963, pág. 1110).

Corremos el riesgo de perder nuestra libertad nacional y nuestra salvación eterna si contravenimos, por la codicia y la avaricia. Las restricciones éticas y morales intrínsecas de la Constitución de este país y del evangelio de Jesucristo.

La supervivencia de una sociedad libre depende en alto grado de la divinamente inspirada tabla de valores y de la conducta moral establecida por los padres de la patria. La gente debe tener confianza en sus instituciones y en sus lideres. Grande es la necesidad actual de lideres que ejemplifiquen la verdad, la honradez y la decencia, tanto en los cargos públicos como en la vida privada.

La honradez no sólo es el mejor plan de acción sino; ¡el único!

Alguien dijo: ”Hemos relegado la Regla de Oro a la memoria. Releguémosla ahora a la vida”. La enseñanza de nuestro Salvador: ”Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12), debe constituir la base de todas las relaciones humanas.

El Señor ha indicado claramente la conducta que espera de los habitantes de la Tierra. Por medio de Nefi nos ha dicho:

‘Y además, el Señor Dios ha mandado que los hombres no deben cometer homicidio: que no deben mentir; que no deben robar: que no deben tomar el nombre del Señor su Dios en vano: que no deben envidiar: que no deben tener malicia; que no deben contender unos con otros; que no deben cometer fornicaciones. . . porque los que tal hacen, perecerán.

‘Porque ninguna de estas iniquidades viene del Señor, porque él hace lo que es bueno entre los hijos de los hombres. . . y él invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad” (2 Nefi 26:32-33).

Ahora es el momento de rededicar nuestra vida a los ideales y a los valores eternos, a hacer los cambios que sea preciso hacer en nuestra propia vida y conducta para conformarlas a las enseñanzas de nuestro Salvador.

Desde el principio hasta el fin de su ministerio. Jesús pidió a los que le seguían que adoptaran nuevas y más elevadas normas, en contraste con sus costumbres anteriores. Como creyentes, debían vivir de conformidad con el código moral y espiritual que los separaba no sólo del resto del mundo, sino también de sus propias tradiciones. El Señor no pide nada menos a los que le siguen en la actualidad.

¿Creemos en verdad en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer bien a todos los hombres? De esta prueba puede depender la supervivencia de nuestra sociedad, de nuestro gobierno constitucional y nuestra propia salvación eterna.

Esto lo digo en el nombre de Jesucristo. Amén.

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