El juramento y convenio del sacerdocio

Conferencia General Octubre 1985
El juramento y convenio del sacerdocio
élder Carlos E. Asay
de la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta

Carlos E. Asay“No llegamos a ser los elegidos de Dios instantáneamente al recibir el sacerdocio. Recibiremos ese honor solo si actuamos de acuerdo con el convenio del sacerdocio.”

De todos los convenios que incumben al Evangelio de Jesucristo, pocos si los hay, tienen mas importancia que el juramento y convenio del sacerdocio. Es eminentemente sagrado por tratarse de un poder celestial dado al hombre y del esfuerzo de este por lograr metas eternas. No podemos hacer caso omiso a las condiciones de ese contrato; por esa ignorancia podríamos no cumplir nuestro deber, con el resultado de la perdida de las bendiciones prometidas.

Un convenio del evangelio es un contrato santo. “Dios dispone las condiciones, y el hombre las acepta” (Bible Dictionary, pág. 651).

Las dos partes en el convenio del sacerdocio son el hombre y Dios. El hombre pacta hacer ciertas cosas y cumplir ciertas condiciones; Dios por su parte promete bendiciones.

El convenio del hombre

  1. Recibir de buena fe el Sacerdocio de Melquisedec. Cuando a un hombre se le confiere el Sacerdocio de Melquisedec, se espera que lo reciba de buena fe. La palabra “recibir” se repite mucho en los versículos de Doctrina y Convenios que describen el juramento y convenio del sacerdocio:

“Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor…

“y el que me recibe a mi, recibe a mi Padre;

“y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre” (D. y C. 84:35, 37-38).

Al confirmar a una persona miembro de la Iglesia, los que tienen la autoridad le ponen las manos en la cabeza y mandan: “Recibe el Espíritu Santo”. ¿No se aplica lo mismo al conferimiento del poder del sacerdocio? Hace muchos años, mi padre me puso sus manos sobre la cabeza y, como dicen en el Antiguo Testamento, “puso de su dignidad sobre mi y me dio el cargo” (véase Números 27:18-23). Yo sabía que el tenla poder que conferir y que este era real; conocía también la fuente primordial de ese poder y por eso recibí el Santo Sacerdocio de buena fe.

  1. Magnificar los llamamientos. El presidente Kimball define el sacerdocio, en parte, como “el medio por el cual el Señor actúa por conducto del hombre para salvar almas” (Ensign, junio de 1975, pág. 3). Esa definición indica acción y no inacción, y que el poder del sacerdocio se debe ejercer en bien del prójimo; que no es sólo para tenerlo o gloriarse de tenerlo, sino que los llamamientos del sacerdocio deben magnificarse.

Las mayores bendiciones del sacerdocio no se reciben sólo por la ordenación. Se nos ha dicho:

“La ordenación en el sacerdocio es un requisito para recibir [bendiciones], pero no las garantiza. Para que el hombre de hecho las reciba, debe cumplir fielmente la obligación que se deposita sobre sus hombros cuando recibe el sacerdocio” (Marion G. Romney, en Conference Report, abril de 1962, pág. 17).

¿Que significa magnificar nuestro llamamiento? Magnificar es “aumentar la importancia de algo” (Websters Third New International Dictionary ); “engrandecer, alabar, ensalzar” (Diccionario de la Real Academia). Magnificamos nuestro llamamiento:

  • $ Al aprender nuestro deber y cumplirlo bien (D. y C. 107:99-100),
  • $ Al esforzarnos todo lo que podamos en el cumplimiento de nuestra asignación,
  • $ Al consagrar nuestro tiempo, talentos y medios a la obra del Señor al ser llamados por nuestros líderes y por la inspiración del Espíritu (véase Spencer W. Kimball, “Convirtámonos en puros de corazón”, Liahona, agosto de 1978, pág. 125), y
  • $ Al enseñar y ejemplificar la verdad.

Jacob, profeta del Libro de Mormón, testificó:

“Y magnificamos nuestro ministerio ante el Señor, tomando sobre nosotros la responsabilidad. . . [enseñándoles] la palabra de Dios con toda diligencia. . . [y] trabajando con todas nuestras fuerzas” (Jacob 1: 19) .

Recalco las expresiones tomar la responsabilidad, enseñar la palabra de Dios, y trabajar con todas las fuerzas de ese inspirado versículo, lo cual es de importancia fundamental en el ejercicio del poder del sacerdocio.

  1. Obedecer los mandamientos. En la revelación sobre el sacerdocio, leemos: “Y ahora os doy el mandamiento. . . de estar diligentemente atentos a las palabras de vida eterna” (D. y C. 84:43-44). “Estar diligentemente atentos”, creo yo, es obedecer los mandamientos.

Ningún mandamiento o requisito del evangelio carece de importancia. Todos tienen su lugar y deben respetarse, y ninguno debe tratarse a la ligera ni dejarse a un lado como inconveniente.

La persona que decide obedecer un mandamiento y pasar por alto otros es tan insensata como el conductor de un vehículo que observa al pie de la letra el limite de velocidad establecido pero que pasa de largo ante las luces rojas y se burla de las demás reglas del transito.

Recordemos que para cada mandamiento, Dios ha prometido una bendición. Si queremos recibir la bendición, tenemos que obedecer el mandamiento; de no ser. así y si hacemos caso omiso al mandamiento o lo quebrantamos, somos malditos al perder la bendición (Deuteronomio 11:26 28). Es una disposición muy sencilla y muy seria a la vez.

  1. Vivir de toda palabra de Dios. A los poseedores del sacerdocio, el Señor ha dicho: “Porque viviréis de toda palabra que sale de la boca de Dios” (D. y C. 84:44; cursiva agregada), expresión que corrobora la necesidad de ser obedientes y de conocer la palabra de Dios.

Las palabras de vida eterna proceden de una sola fuente: Dios. Llegan a nosotros por conducto de las Santas Escrituras y de los profetas vivientes, y nos son reconfirmadas por revelación personal por medio del poder del Espíritu Santo.

Al escudriñar las Escrituras, aprendemos de los profetas como Abraham, Isaías, Pedro, Pablo, Nefi, Moroni y José Smith, quienes recibieron revelaciones en lo pasado y de cuya sabiduría podemos beber. Las exhortaciones de ellos son como una luz a nuestras espaldas, la cual nos hace comprender lo pasado y nos da una visión parcial de lo futuro.

Para recibir mas luz sobre nosotros y delante de nosotros, debemos prestar oídos a los profetas vivientes con cuya luz no tropezaremos ni nos apartaremos del camino. Todo lo que tenemos que hacer es conservar la mirada en los profetas, oír sus advertencias y vivir conforme a su inspirada palabra.

Los varones del sacerdocio deben grabarse con fuego en la mente las siguientes palabras:

“Lo que yo. el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo;. . . mi palabra. . . será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo.” (D. y C. 1:38; véanse también los versículos 11-14.)

He indicado que el hombre que recibe el Sacerdocio de Melquisedec consiente en (1) recibirlo de buena fe, (2) magnificar los llamamientos que reciba, (3) obedecer todos los mandamientos y (4) vivir por toda palabra de Dios. Esos cuatro puntos abarcan el convenio del hombre relacionado con el juramento y el convenio del sacerdocio.

Ahora, consideremos “las promesas y el juramento de Dios”. Tal vez os preguntéis: “¿Que me ha prometido Dios a cambio de que yo cumpla con mi parte del convenio?” Tengamos en cuenta estas tres promesas:

La promesa y el juramento de Dios

Primera promesa. Seremos santificados por el Espíritu. Advirtamos estas palabras:

“Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado [el Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec, y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.” (D. y C. 84:33.)

En una ocasión, el presidente Hugh B. Brown testificó que el presidente David 0. McKay había sido santificado por el Espíritu para la renovación de su cuerpo; y añadió: “Algunos nos encontramos mejor ahora que hace muchos años en lo que respecta a la salud física. lo cual atribuimos a su bendición” (Conference Report, abril de 1963, pág. 90).

Muchos hemos experimentado la influencia de esa promesa. Si no fuera por ella, no podríamos cumplir muchas de nuestras asignaciones.

Segunda promesa: Seremos contados entre los elegidos de Dios. Se dice de aquellos que reciban el Santo Sacerdocio y permanezcan fieles a sus convenios que:

“Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios” (D. y C. 84:34).

El élder Bruce R. McConkie explicó:

“Esos son los miembros de la Iglesia que se esfuerzan de todo corazón por guardar la plenitud de la ley del evangelio en esta vida para poder llegar a ser herederos de la plenitud de los galardones del evangelio en la vida venidera.” (Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, Bookcraft, 1966, pág. 217. )

No nos volvemos santos automáticamente al entrar en las aguas del bautismo. Nos volvemos santos, en el verdadero sentido de la palabra, al vivir santamente y cultivar las virtudes cristianas. Del mismo modo, no llegamos a ser los elegidos de Dios instantáneamente al recibir el sacerdocio. Recibiremos ese honor sólo si actuamos de acuerdo con el convenio del sacerdocio.

Tercera promesa: Se nos dará todo lo que Dios tiene. Cristo pronunció esta promesa que lo engloba todo con las siguientes palabras: “Todo lo que mi Padre tiene le será dado” (D. y C. 84:38).

Supongo que pocos comprendemos todo lo que significa esa promesa. Aun cuando sabemos que incluye la vida eterna o una herencia de la exaltación, es tan grandiosa y magnifica que no es posible explicarla debidamente. A mi me basta saber que Dios que esta en los cielos es mi Padre y que me bendecirá con todo lo que tiene si demuestro ser un hijo fiel.

Siento humildad y adoración por mi Hacedor al comprender que El ha jurado y confirmado su parte del convenio con un juramento (véase Hebreos 6: 13-17) . El nunca dejara de cumplir su promesa, ni la anulara ni la cambiara en nada.

Quizá pueda aclarar mas gráficamente lo que he dicho referente al juramento y el convenio del sacerdocio relatándoos una historia de la vida real.

El hijo de un señor muy acaudalado fue llamado a servir de misionero. Entró en el campo misional y comenzó a trabajar. Al principio, las cosas iban bien; pero al enfrentarse con cl rechazo de la gente y al surgir dificultades en las tareas de hallar y de enseñar, la fe del joven se desvaneció.

Sus compañeros le animaron. pero ello no sirvió de nada. Un día. el joven dijo al presidente de la misión que iba a abandonar su llamamiento y que se volvía a su casa. El presidente de la misión hizo todo lo que pudo por disuadirlo de tal decisión, pero todo fue en vano.

Cuando el padre del muchacho se enteró de la decisión de su hijo, consiguió permiso para ir a verle al campo misional. En una de muchas y tirantes conversaciones, el padre le dijo: “Hijo mío, he vivido esperando el día en que sirvieras de misionero porque te quiero a ti y amo a Dios; y se que no hay ninguna obra mas importante que la de enseñar la verdad a la gente del mundo”.

Algo mas calmado por las palabras del padre, el hijo respondió mansamente: “Papa, no sabia que una misión significara tanto para ti”.

“Lo es todo para mi”, corroboró el padre y agregó, emocionado: “Toda mi vida he trabajado y ahorrado pensando sólo en una persona: en ti. Y mi única meta ha sido dejarte una herencia respetable” .

“Pero, padre”, exclamo el hijo, “es que la obra es difícil y no me gusta. . .”

El padre no le dejó terminar la frase; le interrumpió, diciendo: “¿Cómo podría depositar mis negocios en tus manos si no te pruebas a ti mismo sirviendo al Señor durante dos cortos años?”

Hubo un extraño silencio mientras el hijo reflexionaba en las palabras del padre y examinaba el rostro angustiado de este.

Entonces, midiendo sus palabras, el padre le prometió: “Hijo mío, mi único heredero, si eres fiel en este llamamiento y demuestras que eres digno en todo respecto, todo lo que poseo será tuyo”.

Evidentemente conmovido por ese ruego ferviente, el hijo se puso de pie y, abrazando a su padre, le dijo sollozando: “Me quedare”.

El joven permaneció en el campo misional; sirvió fielmente desde ese día en adelante. Y. sí, a su tiempo, recibió de su padre la herencia prometida: todo lo que el padre tenia.

Mis queridos hermanos, somos los hijos de Dios. El nos ha investido con Su poder y nos ha llamado a servir misiones en esta vida mortal. Nuestras misiones significan todo para El y deben significar todo para nosotros. En esta vida terrenal. tenemos que demostrar que somos dignos de Su amor y dignos de la herencia que nos ha ofrecido.

¿En que consiste esa herencia’? En todo lo que El tiene, aun la vida eterna. Ese bendito don prometido será nuestro si tan sólo guardamos los convenios, especialmente el convenio del sacerdocio, y permanecemos fieles hasta el fin.

Ruego que así lo hagamos, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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