Las llaves del reino

Conferencia General Abril 1983
Las llaves del reino
élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

“Las llaves del Reino de Dios . . . se dan por el espíritu de revelación a cada hombre que es ordenado Apóstol y a la vez apartado para ser miembro del Consejo de los Doce. Pero . . . sólo puede ejercerlas en su plenitud un hombre a la vez.”

Hoy hablaré de la forma en que se emplean las llaves del reino, y también de dónde vinieron, quién las posee en la actualidad y cuál es su futuro.

El sagrado relato comienza en la primavera de 1829, y se desarrolla a mediados del memorable mes de mayo. El Profeta del Señor se encuentra en el vigésimo cuarto año de su existencia mortal, y le dicta Sagradas Escrituras a su escriba. La sagrada palabra menciona el bautismo, sin el cual el hombre no puede ver el reino de los cielos ni siquiera entrar en él.

El Espíritu del Señor descansa sobre el vidente y su escriba. Desean el bautismo con la misma ansiedad que el hambriento busca alimento. La Divina Providencia les guía a un lugar recluido a orillas del río Susquehanna, cerca de Harmony, Pensilvania. Allí vuelcan su alma a Dios, el mismo que había mandado a su Hijo, sin mancha, que se bautizara para servir de ejemplo a todos los hombres.

Entonces se efectúa el milagro. Los cielos se abren, y un ángel baja desde las alturas celestiales para comunicarse con sus consiervos en la tierra. Se trata de Juan el Bautista, un ser ya resucitado, al que Herodes mandó decapitar mil ochocientos años atrás en los hediondos recintos de la cárcel.

Este es el mismo Juan que, siendo hijo único del sacerdote Zacarías y de Elisabet, había sido ordenado por un ángel a la temprana edad de ocho días para derribar el reino de los judíos.

El mismo Juan a quien acudieron los judíos en Betábara buscando el poder purificador del bautismo. Entonces fue que el amado Bautista, para cumplir con toda justicia, sumergió al mismo Hijo de Dios en las turbias aguas de un río palestino.

El mismo Juan que vio abrirse los cielos y al Espíritu Santo descender con la serenidad de una paloma, y descansar sobre el personaje acerca del cual la divina voz dijo a continuación: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia.” (Mateo 3:17.)

Con la gloria de un ser resucitado, y en el nombre del Mesías por el que había sufrido la muerte de un mártir, confiere a sus amigos mortales el Sacerdocio de Aarón y las llaves de la ministración de ángeles y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados. (D. y C. 13.)

Por primera vez en casi 1.700 años, seres mortales, actuando en nombre del Señor Jesucristo, pueden ministrar en favor de los hombres para su salvación. La hora se acerca en que la lúgubre y tenebrosa obscuridad se rasgue para dar paso a la luz celestial que vendrá a iluminar nuestro planeta sumergido en la ignorancia.

Pero esto es apenas el comienzo del gran designio. Otros mensajeros descienden de los reinos de luz y gloria. Pedro, Santiago y Juan, que en su época poseían el sacerdocio y las llaves correspondientes a la presidencia del reino terrestre, visitan a José Smith y a Oliverio Cowdery.

Estos apóstoles de la antigüedad, que cuando mortales eran los amigos y confidentes del Señor Jesucristo; estos espíritus escogidos que comieron y bebieron con El después que resucitó de los muertos; los verdaderos testigos del que murió para que todos podamos vivir, llevan a cabo algo maravilloso.

Confieren al nuevo profeta y al que lo acompaña el sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios, quien permanece como sacerdote para siempre. Este Sacerdocio de Melquisedec es el orden más elevado y más sagrado que puede otorgarse a los mortales ahora o en el futuro. Incluye, y siempre ha incluido, el poder y la autoridad del sagrado apostolado.

Junto con él, los esforzados mortales, que muy pronto, por mandato divino, reorganizan la Iglesia y el reino de Dios en la tierra, reciben ciertas llaves de importancia trascendental. Son las llaves del reino por medio de las cuales obtienen el poder de organizar, presidir, gobernar y regular el reino de Dios en la tierra, el cual es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

También reciben las llaves de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la gloriosa era de la restauración y de la renovación, la cual Dios designa para reunir todas las cosas en Cristo; la edad de la revelación, y los dones, y los milagros, en la que El llevará a cabo la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. (D. y C. 27:12-13; 81:2.)

Habiendo sido comisionados de esa manera, y siendo poseedores del evangelio de salvación, pueden establecer de nuevo el reino de Dios en la tierra y predicar otra vez el evangelio a todo el mundo y a todos los pueblos. El reino se establece el día 6 de abril de 1830, y desde ese momento todos los miembros fieles de la Iglesia dedican su tiempo, talentos y medios para llevar la verdad a los demás hijos de nuestro Padre Celestial.

Pero aún esto no es todo. Otras llaves debían entregarse. En un maravilloso día de abril de 1836, aparecieron Moisés, Elías y Elías el Profeta, cada uno trayendo de su correspondiente dispensación las llaves y el poder que habían ejercido cuando mortales. Es un día similar a aquel otro maravilloso de mil ochocientos años antes en el Monte de la Transfiguración. (Mateo 17:1-13.)

En ese entonces, en las cimas nevadas de un monte, después que el Padre había hablado desde la nube, sucedió que Moisés y Elías, ambos llevados al cielo sin gustar la muerte, volvieron en sus cuerpos físicos, a un templo no hecho con manos, y otorgaron a Pedro, Santiago y Juan las llaves y poderes que poseían para esa época.

Y de la misma forma, esos ilustres personajes vuelven a la tierra en estos días. Esta vez, a un templo construido con los diezmos y el sacrificio de los santos, estos mismos profetas de la antigüedad, ministrando ahora como seres resucitados y glorificados, restauran las llaves y poderes que poseían.

Moisés, quién investido en la majestad del Sacerdocio de Melquisedec sacó de Egipto al cautivo Israel para llevarlo a su Palestina prometida, trae de nuevo esas mismas llaves. Dichas llaves autorizan a los mortales a recoger las ovejas perdidas de Israel que se encuentran en el Egipto del mundo, y llevarlas a la prometida Sión, donde las escamas de tinieblas esclavizantes caerán de sus ojos. Estas llaves comisionan a los que las poseen para que recojan a todo Israel, incluyendo las diez tribus, de todas las naciones de la tierra, y, como lo afirma la palabra profética, los lleven de uno en uno y de dos en dos a los montes de la casa del Señor, para que sean investidos de poder desde lo alto.

Elías trae otra vez el evangelio de Abraham, el gran convenio abrahámico por medio del cual los fieles reciben promesas de posteridad eterna, promesas de que por medio del matrimonio celestial su posteridad eterna será tan numerosa como las arenas de la playa y las estrellas del cielo. Elías da la promesa, la misma recibida en la antigüedad por Abraham, Isaac y Jacob, de que en el hombre moderno y sus descendientes todas las generaciones sean bendecidas.

Y ahora ofrecemos las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob a todos los que deseen recibirlas.

Elías el Profeta trae de nuevo las llaves del poder del sellamiento, la autoridad que permite a los hombres que viven ahora, lo mismo que a Pedro en la antigüedad, sellar en la tierra y que sus hechos sean sellados eternamente en los cielos. (D. y C. 110:11-16.)

Gracias a la venida de Elías el Profeta los bautismos que efectuamos en la tierra tienen validez en la eternidad. Literalmente nos permiten ser miembros del reino terrestre, el cual es la Iglesia, y a la vez pertenecer al reino celestial que es la gloria divina donde moran Dios y Jesucristo.

Y entonces, con el transcurso del tiempo, habrá “una unión eterna, completa y perfecta, así como un encadenamiento de dispensaciones, llaves, poderes y glorias… desde los días de Adán hasta el tiempo presente” (D. y C. 128:18).

En el meridiano de los tiempos, Jesucristo ordenó a los Doce en las costas de Capernaum; les dio las llaves del reino a Pedro, Santiago y Juan en el monte santo, y más tarde les dio esas mismas llaves a todos los apóstoles. (Véase Mateo 18:18.)

En nuestra dispensación, el Sacerdocio de Melquisedec se restauró en 1829; se ordenó a algunos hombres al santo apostolado en febrero de 1835; varias llaves se dieron en distintos momentos, principalmente el 3 de abril de 1836; y esto continuó hasta que todos los ríos del pasado desembocaron en el océano del presente y el hombre mortal poseyó todas las llaves y poderes que se hayan otorgado a los hombres en épocas pasadas, desde Adán hasta el presente.

Como punto culminante, todas las llaves del reino se dan a los Doce en el invierno de 1844. Luego ellos reciben lo que las revelaciones llaman la plenitud del sacerdocio, junto con el poder de conferir esta plenitud eterna a otros hombres.

Después que están debidamente investidos y autorizados, el Profeta les dice a los Doce:

“He sellado sobre vuestras cabezas todas las llaves del reino. He sellado sobre vosotros cada llave, poder y principio que los cielos me han revelado. Ahora, no importa dónde vaya yo o lo que pueda hacer, el reino descansa sobre vosotros. Pero, Apóstoles del Cordero de Dios, mis hermanos, sobre vuestros hombros descansa el reino, y ahora tenéis que unir vuestros hombros y darle ímpetu. Si no lo hacéis seréis condenados.” (Discourses of Wilford Woodruff, sel. por G. Homer Durham, Salt Lake City: Bookcraft, 1946, pág. 72.)

Y de esta forma se cumple la palabra divina en la cual el Señor había dicho anteriormente a los Doce:

“Porque a vosotros, los Doce, y a los de la Primera Presidencia, quienes son nombrados con vosotros para ser vuestros consejeros y directores, se ha dado el poder de este sacerdocio, para los últimos días y por la última vez, en los cuales se encierra la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

“Poder que vosotros tenéis, juntamente con todos los que han recibido una dispensación en cualquier ocasión, desde el principio de la creación;

“Porque, de cierto os digo, las llaves de la dispensación, las cuales habéis recibido, han descendido desde los padres, y por último, se han enviado del cielo a vosotros.” (D. y C. 112:30-32.)

Y de esta forma, también se estableció el sistema del Señor para la sucesión en la Presidencia. Las llaves del Reino de Dios, los derechos y poderes de la presidencia eterna por medio de la cual se gobierna el reino terrestre, que primero se revelaron desde los cielos, se dan por el espíritu de revelación a cada hombre que es ordenado Apóstol y a la vez apartado para ser miembro del Consejo de los Doce.

Pero, puesto que las llaves le dan a uno el derecho de presidir, sólo puede ejercerlas en su plenitud un hombre a la vez. Esta persona es siempre el Apóstol de mayor antigüedad, el Apóstol presidente, el sumo sacerdote presidente, el élder presidente. Solamente él tiene la autoridad para dirigir a los demás, guía que todos están comprometidos a seguir.

Por lo tanto, a pesar de que cada uno de los Doce posee las llaves, las ejercen sólo hasta cierto límite, hasta que uno llegue a ser el de mayor antigüedad, lo cual lo hace el Ungido del Señor en la tierra.

En conclusión, entonces, cuando José Smith, en manos de hombres malvados y asesinos, exhala el último aliento, Brigham Young, siendo el Apóstol con mayor antigüedad en el reino terrestre, automáticamente pasa a presidir.

El siguiente aliento de Brigham Young es el que hincha de poder los pulmones de este siervo previamente ungido por el Señor. No pasa más tiempo que el de un abrir y cerrar de ojos en que la Iglesia se encuentre sin un oficial presidente.

Cuando el presidente Kimball sea llamado a informar su labor en tan grande y exitoso ministerio, las llaves pasarán instantáneamente a otro Apóstol que el Señor ya ha elegido. Y de esta manera el sistema de sucesión divina continuará hasta la venida del Señor Jesucristo en las nubes de gloria para reinar personalmente sobre la tierra.

No tenemos por qué temer el futuro. Esta es la obra de Dios; es su reino, y El gobierna sus asuntos a voluntad.

Las llaves, habiendo sido entregadas al hombre en la tierra, se encuentran ahora en poder de los que El ha escogido.

Así como sé que Dios vive y que Jesucristo es verdadero, y que la verdad prevalecerá, os testifico que esta obra rodará hasta que llene toda la tierra, y hasta que el conocimiento de Dios cubra la tierra como las aguas cubren el océano.

Os doy este testimonio en mi nombre y en nombre de todos los fieles élderes del reino, y en nombre de todas las santas hermanas que se mantienen a su lado con tanto valor, y sobre todo lo hago en el sagrado nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén

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