Seguimos a Cristo?

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¿Seguimos a Cristo?
por el élder Charles Didier
del Primer Quórum de los Setenta

Charles A. Didier¡Il faute se battre! ¡Debemos luchar!’, exclamó una ronca voz de hombre proveniente de una de las trincheras, quien desde que despertamos se estaba petrificando en el fango devorador. ‘¡Debemos hacerlo!’, agregó dándose vuelta hacia un costado.  ‘Debemos dar todo lo que tenemos, nuestras fuerzas, nuestra piel y nuestro corazón, toda nuestra vida y la dicha que nos quede.  Debemos aferrarnos a la vida con las dos manos.  Debemos hacerle frente a todo, aun a la injusticia, cuyo reinado pesa sobre nosotros. Para estar totalmente en guerra y para triunfar, debemos también hacerle frente al escándalo.  Pero si hemos de hacer tal sacrificio’ agregó desesperadamente, ‘es porque estamos luchando por el progreso y no por un país, contra el error y no contra una nación.’ (Henri Barbusse, Under Fire: The Story of a Squad [El fuego, en el original en francés], trad. al inglés por Fitzwater Wray, Nueva York: E. T. Dutton, 1917, pág. 345.)

“No quiero morir,” clamó un hombre puesto contra un paredón.  Poco después se escuchó la tajante orden dada al pelotón de fusilamiento: “¡Listos, apunten, fuego!” Luego, un profundo silencio.  Los soldados regresaron a sus barracas tras haber presenciado la ejecución de un desertor. (Una escena del campo de batalla, en algún lugar de Francia, en 1917.)

En otras circunstancias, no hace mucho tiempo, en el campo misional, se escuchó el siguiente diálogo entre un misionero y un líder del sacerdocio:

-Elder, usted fue llamado por un profeta para servir al Señor. ¿Recuerda cuando recibió ese llamamiento firmado por un profeta del Señor?  En él le decía que se esperaba que usted dedicara todo su tiempo y atención a servir al Salvador, dejando de lado todos sus asuntos personales.

La respuesta no se hizo esperar:

-No tengo deseos de seguir sirviendo.  No me gusta la gente, no me gusta el país y ni siquiera me gusta la comida.

-Bueno, ¿qué es lo que le gusta entonces?

-Ah -dijo lentamente- me gusta conducir mi automóvil, ir a la playa. . . simplemente, quiero volver a casa.

En otra parte del mundo, la escena nos muestra a un padre y una ‘Madre reunidos con sus hijos en la sala de su casa.  En ese marco se estaba desarrollando una verdadera tragedia; los hijos rogaban a su padre que no se fuera del hogar.  Tras una pausa, el padre pronunció las siguientes palabras: “No puedo quedarme, necesito vivir mi propia vida”.  Después de haber dicho esto, partió.

En San Francisco, hace dos semanas, apareció un breve comentario en el periódico: “Tres personas decidieron quitarse la vida saltando desde el puente de la bahía.”

En otro extremo de la tierra, hace unos dos mil años, en medio de una multitud de cinco mil judíos, cinco mil seguidores del Señor Jesucristo, se escuchó otro diálogo:

“Rabí, ¿cuándo llegaste acá?

Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.

Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.

Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?

Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.” (Juan 6:25-29.)

“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.” (Juan 6:40.)

Entonces los judíos murmuraron contra El, y aun lo hicieron algunos de sus discípulos. Tras un breve silencio se adoptaron dos decisiones.  La primera de ellas fue que “muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no anduvieron con él” (Juan 6:66).  Estos siguieron su propio camino.

“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?

Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos?  Tú tienes palabras de vida eterna.” (Juan 6:67-68.)

He ahí la segunda decisión. Ellos siguieron el camino del Señor, el verdadero camino.

Desertar, escapar, darse por vencido, renunciar, rendirse, abdicar, claudicar, apostatar, apartarse, dar un paso atrás, abandonar, todo ello tiene más o menos el mismo significado. Podríamos encontrar una aplicación para cada situación de nuestra vida en que vacilamos al enfrentarnos al cumplimiento de un deber: el deber hacia la patria y el deber hacia la Iglesia, hacia la familia, hacia uno mismo; el deber hacia Dios.

El vacilar significa dudar cuando uno tiene que escoger un curso de acción, tomar dos direcciones diferentes al mismo tiempo o simplemente servir a dos señores. Una de las tentaciones más grandes que el hombre ha tenido que enfrentar a lo largo de la historia es la tentación de servirse a sí mismo y satisfacer ante todo sus propios apetitos. Esta tentación es conducente al espíritu de deserción. Más allá de lo que seamos, ya sea ricos o pobres, impetuosos o humildes, fieles o no, todos estamos sujetos a esa tentación.

El ajustarse a las encrucijadas de la vida no es tarea fácil y a menudo presentamos ultimátums a aquellos que representan la vida: nuestro Padre Celestial, nosotros mismos, nuestros padres, el obispo o el vecino.  Los ultimátums varían en naturaleza: “Dejaré de pagar el diezmo”, “me marcharé de casa”, “pediré el relevo”, y hasta “me suicidaré”.  Estos oscilan entre una oposición silente y la verbalización de quejas o la violencia.

Desde nuestra existencia premortal el Señor nos ha advertido en cuanto a servirnos a nosotros mismos y a satisfacer, ante todo, nuestros propios apetitos.  El dijo:

“No buscan al Señor para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio Dios, cuya imagen es a semejanza del mundo y cuya substancia es la de un ídolo que se envejece y perecerá en Babilonia, sí, Babilonia la grande que caerá.” (D. y C. 1: 16.)

El Señor también nos ha ayudado a evitar esta situación cuando nos dijo:

“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos. . .

Y también, para que aquellos a quienes se dieron estos mandamientos tuviesen el poder para establecer los cimientos de esta iglesia y de hacerla salir de la obscuridad y de las tinieblas, la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy bien complacido, hablando a la iglesia colectiva y no individualmente.” (D. y C. 1:17, 30.)

Todas las enseñanzas del Señor y los profetas encierran ese persistente mensaje, el de persuadir al mundo a que los conozca a El y al Padre mediante un profeta y Su Iglesia.  Una vez que se obtiene esa visión, ésta nos ayudará a tomar la decisión de perseverar hasta el fin.

El deber permanente hacia Dios, hacia nosotros mismos y nuestra familia, hacia nuestra Iglesia y nuestra patria, constituye una meta a la que todos debemos aspirar, y que fue marcada por el Señor cuando enseñó a los nefitas diciendo:

“Por tanto, quisiera que fueseis perfectos aun como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (3 Nefi 12:48.)

Una vez más, esas palabras no fueron pronunciadas para desanimar a nadie ni para tentarnos a desertar, sino para motivarnos a estar preparados y a no tener miedo. Cabe que nos preguntemos, ¿preparados para qué?  El Señor nos ha mandado reiteradamente que estemos preparados para vivir “de toda palabra que sale de la boca de Dios” (D. y C. 84:44), y a servirle con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. (D. y C. 4:2.) .

El perseverar en la obediencia y en el servicio es lo opuesto a desertar.  Se trata de continuar sin perecer; de perdurar; de permanecer firmes ante las tribulaciones; de sufrir o resistir pacientemente; de perseverar ante los desconsuelos; de tolerar o resistir el dolor, las penas o las fuerzas destructoras.

El factor reconfortante en la lucha contra la adversidad es el saber que no estamos solos.  El Señor le dijo a José Smith:

“Sé paciente en las aflicciones, porque tendrás muchas; pero sopórtalas, pues he aquí, estoy contigo hasta el fin de tus días.” (D. y C. 24:8.)

George Q. Cannon escribió en el libro Gospel Truths:

“Así acontece con todos nosotros; de vez en cuando tenemos aflicciones.  Parece necesario que seamos probados a fin de saber si somos íntegros o no.  De este modo llegamos a conocernos a nosotros mismos y a ser conscientes de nuestras debilidades; así el Señor nos conoce, y también nuestros hermanos.

Por lo tanto, poseer el don de la paciencia constituye una joya invalorable, al igual que el tener buena disposición, ser alegre, optimista, y no dejarse llevar por malos sentimientos y volverse irritable e impaciente.  Todo esto supone un don bendito que todos podemos poseer.” (Jerreld L. Newquist, ed., Salt Lake City: Deseret Book, 1957, 2:298.)

Sí, hay que reconocer que existen obstáculos y problemas.  Las personas a menudo se vuelven cínicas.  Algunas se desesperan y pierden la fe y la esperanza en lo que el futuro les depara, pero la admonición sigue en pie: No os echéis al abandono, pues el Señor vive.  El es nuestro Salvador y Redentor, el Príncipe de Paz, la gran seguridad de vida, Jesucristo, nuestro Señor, la gran razón de la vida eterna.  No hay otra alternativa.

Hay un solo camino. Las enseñanzas tocantes a nuestro deber hacia Dios determinan nuestro deber hacia nosotros mismos, hacia nuestra familia, hacia la Iglesia y hacia nuestra patria.  No se puede admitir vacilación alguna:

“Ningún hombre puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se allegará al uno y despreciará al otro.  No podéis servir a Dios y a las riquezas.” (3 Nefi 13:24.)

El abuelo del presidente George Albert Smith expresó en una ocasión:

“Existe una bien definida línea demarcatoria entre el territorio del Señor y el del diablo.  Si uno permanece del lado del Señor, el adversario no puede trasponer la línea para tentarlo.  Uno está totalmente a salvo mientras permanece del lado del Señor; pero si decide pasar para el lado del diablo, automáticamente entra en su territorio y queda a merced de su poder, y de seguro él hará todo lo que esté a su alcance para alejarle del territorio del Señor, sabiendo que la única posibilidad de destruirle es mantenerle lejos de la zona de seguridad.” (Citado por George Albert Smith, en Conference Report, oct. de 1945, pág. 118.)

La persistencia en la búsqueda de la influencia del Espíritu Santo y el vivir los mandamientos de Dios conducen a la vida eterna.

Cuando consideramos que como individuos estamos enfrentados a dos poderes, la Iglesia v el mundo, el bien y el mal, lo verdadero v lo falso, ¿cómo podemos evitar el ser confundidos cuando sabemos que esos poderes están encaminados en direcciones opuestas?  La solución está en poner ambos pies en la Iglesia v prepararnos para entregarnos a esa causa totalmente para siempre.

Existe una fábula que nos habla de un rey y un bufón.  Un día el rey decidió premiar al bufón.  Le llamo, le entregó un hermoso cetro y le dijo:

-Puedes quedarte con este cetro hasta que encuentres a alguien más tonto que tú.

Transcurrió el tiempo un día el rey cayó enfermo de gravedad.  Llamó al bufón y le dijo que se iría en un largo viaje del cual probablemente no regresaría jamás.  Entonces el bufón le preguntó:

-¿Has hecho preparativos para un viaje de tal naturaleza, un viaje que durará para siempre?

El rey le respondió que no.  El bufón entonces le entregó el cetro y le dijo:

–Si no has hecho preparativos para un viaje que durará para siempre, este cetro te pertenece.  Eres más tonto que yo.

Y nosotros, ¿nos hemos preparado? ¿Estamos preparándonos para enfrentar una de las mayores tentaciones: la de desertar del servicio del Señor en momentos de duda o de prueba, lo cual nos puede conducir a muchas otras deserciones?

En una de las más conocidas obras de Shakespeare, Hamlet, el protagonista, emite la siguiente sentencia en un momento de desesperación y al borde de la autodestrucción: “Ser o no ser”. (Hamlet, acto 111, escena l.) Permitidme agregar parafraseando:

Ser soldado o no serlo.
Ser misionero o no serlo.
Ser padre o no serlo.
Ser uno mismo o no serlo
Ser seguidor de Cristo o no serlo.

En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días contamos con la solución para tal disyuntiva, la solución divina que indica que sí, podemos ser, que podemos vivir para ser verdaderos discípulos, que podemos vivir para ser seguidores de Cristo, firmes hasta el fin a causa de nuestro testimonio.

Testificamos al mundo que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor, que José Smith es el Profeta que restauró la verdad sobre la tierra, y que esta Iglesia es una Iglesia divina, testimonio que dejo en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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