Cuatro consejos para los jóvenes

Conferencia General Octubre 1981
Cuatro consejos para los jóvenes
por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia

Los Hermanos me han pedido que les hable ahora. Esto ha sido una maravillosa reunión. Espero que por mucho tiempo recordemos lo que hemos oído.

Al contemplar los problemas que algunas personas se causan a sí mismas por no mirar hacia el futuro, recuerdo una carta que saqué de un periódico y que fue publicada en Inglaterra.  Por el humor que ella encierra quisiera que me disculparais, pero deseo utilizarla para ilustrar el tema de mi discurso.

Según parece, una compañía inglesa tenía una propiedad en las Indias Occidentales. Una tempestad muy violenta había causado daños en uno de los edificios, y se envió a un hombre para repararlos; éste escribió al gerente la siguiente carta, contándole su experiencia.

“Muy señor mío: Cuando llegué al edificio comprobé que el huracán había derribado algunos ladrillos del techo, de manera que preparé unas vigas con una polea y cargué dos veces hasta la azotea del edificio un barril lleno de ladrillos.  Cuando terminé las reparaciones noté que me habían sobrado muchos ladrillos, así que bajé, subí de nuevo un barril con la polea y amarré la cuerda que lo sostenía en la planta baja; luego subí al techo y llené el barril de ladrillos; después bajé y desaté la cuerda.  Desgraciadamente, el barril estaba más pesado que yo y, antes de que me diera cuenta, empecé a subir mientras el barril bajaba. Decidí mantenerme aferrado a la cuerda, pero llegó un momento en que el barril y yo nos encontramos en mitad del camino y me dio un gran golpe en el hombro.  Yo continué subiendo y al llegar arriba mi cabeza chocó contra la viga y la polea me trituró un dedo.  Cuando el barril golpeó el suelo se desfondó y todos los ladrillos se desparramaron; con la falta del contrapeso empecé a caer a toda velocidad y el barril empezó a subir.  Nuevamente nos encontramos y esta vez me golpeó con fuerza en los tobillos.  Cuando por fin caí, lo hice sobre los ladrillos y el golpe me causó varias heridas.  Fue entonces cuando debo de haber perdido mi tranquilidad porque solté la cuerda; al hacerlo, el barril se me vino encima a toda velocidad y fue tan fuerte el golpe en la cabeza que ahora estoy en el hospital.  Por este motivo, con todo respeto, solicito licencia por enfermedad.”

Después de oír esto, uno se pregunta, ¿cómo alguien puede ser tan atolondrado e imprudente?  Sin embargo, todos los días vemos personas en la misma situación, recibiendo los golpes de la vida sólo porque no planean, no piensan ni consultan con otros, ni siguen las enseñanzas del evangelio.  Me agrada lo que se ha dicho esta noche a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, y en vista de que constituyen una gran parte de esta congregación y de que tienen toda una vida por delante, me gustaría hablarles con el propósito de ahorrarles algunos de los golpes de la vida.

Quisiera dar a estos jóvenes cuatro consejos:

(1) Sed prudentes;  (2) sed rectos; (3) sed limpios;  (4) sed verídicos.

Sed prudentes.

No quiere decir que tenéis que ser sabelotodos, sino sabios.  Sabios en capacitar vuestra mente y vuestras manos para el futuro.  Sois miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, y sois hijos de Dios; y, por lo tanto, tenéis la obligación de aprovechar al máximo vuestra vida.  Preparaos para obtener toda la instrucción que podáis y luego haced todo lo que esté a vuestro alcance para llevar a cabo vuestro plan.  Vivís en una época difícil, en la cual el mundo necesita hombres y mujeres de gran capacidad.  No trunquéis vuestra educación.

No trato de decir que todos debéis seguir una carrera universitaria, sino que os capacitéis para lo que decidáis hacer.  Capacitaos, aprovechad la experiencia y el conocimiento de aquellos que ya han hecho lo que vosotros vais a hacer. La educación es un atajo hacia el desarrollo profesional.  Por medio de ella es posible vencer los errores que se han cometido en el pasado. Sea lo que sea que escogierais, podréis lograrlo más rápidamente por medio de la educación.  El Señor mismo nos dijo:

“Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe.” (D. y C. 88:118.)

Por muchos años la Iglesia ha invertido grandes sumas de dinero en la educación, tanto secular como religiosa.  Desde el principio nuestros líderes nos han enseñado la importancia de la preparación.

Sed prudentes. No abandonéis la educación que mejorará vuestro futuro para satisfacer placeres inmediatos y pasajeros. Cultivad vuestra vida futura.  Muchos estaréis aquí por mucho tiempo.

Sed prudentes en vuestra apariencia, conducta y modales. No trato de deciros que vistáis como maniquíes, sino que seáis limpios y vistáis con buen gusto. Sed educados en vuestra conversación, corteses y respetuosos en vuestra manera de ser. Sois jóvenes mormones, y lo queráis o no, por medio de vuestro comportamiento se juzgará bien o mal a la Iglesia.

Sed prudentes. No seáis tan insensatos como para consumir bebidas alcohólicas, fumar o tomar drogas.  Hacerlo es una tontería; es estúpido (y perdonad la dureza de mi expresión) usar cocaína, mariguana u otras drogas que os hacen perder control de vosotros mismos. Después del éxtasis producido por la droga, caeréis inmediatamente en un abismo aún más profundo que el anterior. ¿Para qué gastar dinero en lo que os destruye” ¿Por qué esclavizaras con un vicio que dañará y truncará vuestro futuro?

Ni la cerveza, ni las demás bebidas alcohólicas os serán de provecho; os traerán gastos, obscurecerán vuestra conciencia, y su consumo podría conduciros al alcoholismo, lo cual es una enfermedad humillante, peligrosa y hasta mortal.  El cigarro os acortará la vida, os esclavizará, os debilitará los pulmones; las estadísticas dicen que cada cigarrillo que se fuma acorta la vida siete minutos.

Sed prudentes, tomad en serio la palabra del Señor.  Su promesa es maravillosa, pues los santos que siguen su consejo “hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos; y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar” (D. y C. 89:19-20).

Jóvenes, ¿deseáis correr sin cansaros, caminar sin desmayar y obtener sabiduría y entendimiento?  Entonces, sed prudentes y abandonad todo aquello que os encadene, que, os afecte la salud, que os obscurezca la mente y os acorte la vida.

Sed rectos.

Oímos quejas de que en los colegios donde los Santos de los Últimos Días son una gran mayoría, se discrimina contra quienes no lo son.  Muchos de vosotros, ojalá todos, saldréis como misioneros tendréis que aprender la importancia de entablar sinceros lazos de amistad con los investigadores e integrar a los miembros nuevos.

Sin embargo, es ahora cuando debéis poner en práctica esos principios y extender vuestra mano hacia otros jóvenes, como señal de aprecio y bondad.  Muchos jóvenes se han convertido debido a la amistad de un compañero de clase; por lo tanto, espero que ninguno de vosotros haga nada que predisponga t otra persona en contra de la Iglesia o de sus miembros.

Quisiera decir que creo que estas acusaciones de discriminación son infundadas; pero, sean verdaderas o no, debemos desarrollar una actitud positiva hacia los que no son miembros, animándoles y guiándoles por medio de nuestra amistad hacia la influencia positiva de los hermosos programas de la Iglesia.

Recuerdo el poema de Edwin Markham que dice:

El la espalda me dio
rebelde y con desprecio,
pero al fin gané yo
con amistad y aprecio.

(Traducción libre, “Outwitted”, The Best Loved Poems of the American People, sel. de Hazel Felleman, Nueva York: Doubleday, 1936, pág. 6.)

Al decir esto, no sugiero que los muchachos salgan con chicas de otras religiones o viceversa, ya que vuestras posibilidades de tener un matrimonio feliz y duradero serán mayores si salís con jóvenes que sean activas y fieles en la Iglesia; esto aumentará también las posibilidades de contraer un matrimonio eterno en la casa del Señor. Lo que deseo es que desaparezca cualquier actitud que degrade y ofenda, y conduzca a hablar mal los unos de los otros.

En las competencias deportivas no hay lugar para silbidos ni improperios.  No hay duda que, a veces, los árbitros cometen errores y los jugadores no obedecen las reglas.  Sin embargo, todo el abucheo del mundo no va a cambiar los puntajes.

Sed rectos.  En el transcurso de vuestra vida, en vuestros estudios universitarios y después, en vuestra vida profesional, evitad jugar sucio.  La competencia limpia es buena, pero las trampas y las acciones poco honradas son censurables especialmente si las hace un Santo de los Ultimos Días.

Sed rectos.  El Señor fue quien nos dio la mejor regla de justicia cuando dijo:

“Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos.” (Mateo 7:12.)

Sed limpios.

El Señor mismo dijo: “Sed limpios” (D. y C. 38:42).  Os hablo en particular de la limpieza moral.  No existe bajo los cielos ningún substituto para la virtud personal.  Vivimos en una época en que el mundo no le da ninguna importancia; pero vosotros, jóvenes de la Iglesia, no podéis hacer eso.  Para un Santo de los Ultimos Días la pérdida de la virtud significa la inevitable pérdida del propio respeto y del que se le tenía a la persona con quien se transgredió; la pérdida de la disciplina mental, del control sobre el cuerpo y de la integridad como poseedor del sacerdocio.  Por supuesto, existen el arrepentimiento y el perdón, pero de todas maneras se sufrirá y habrá remordimiento y desilusión. También es posible que vuestras oportunidades de servir en la Iglesia disminuyan.

No os pido que seáis santurrones, sino virtuosos, y creo que existe una gran diferencia entre los dos.

Sed limpios.  Cuidaos de lo que leéis.  Nada bueno proviene de la pornografía y de otras publicaciones similares, ya que sólo os inducirán a tener pensamientos que debilitarán vuestra autodisciplina.  Nada bueno se saca de las películas que os roban el dinero y os dan a cambio una voluntad debilitada y deseos bajos y viles.

Por último, sed verídicos.

Sois jóvenes de noble ascendencia.  Tal vez no sepáis ahora lo que eso significa, pero quiere decir que vuestros antepasados fueron hombres y mujeres extraordinarios, que tomaron decisiones difíciles y que en muchos casos pagaron un precio incalculable por ello.  Algunos hasta ofrendaron su vida antes que abandonar la fe que habían abrazado.

En 1897, cuando el presidente Wilford Woodruff tenía noventa años de edad, se reunió en el Tabernáculo un gran número de niños y jóvenes.  Este anciano, que había conocido tantas tribulaciones y que sentía tanto amor por el Señor y su obra, se puso de pie y pronunció las siguientes palabras:

“No puedo esperar permanecer entre vosotros por mucho tiempo, pero deseo daros algunos consejos.

Tenéis un lugar en esta Iglesia y reino de Dios y habéis recibido el Santo Sacerdocio.  El Dios del cielo os ha escogido y os ha llamado en esta época y en esta generación.

Quiero que comprendáis esto, jóvenes.  Prestad oído al consejo de vuestros líderes, vivid cerca de Dios, orad mientras sois jóvenes, aprended a orar, a cultivar el Santo Espíritu de Dios; mantenedlo con vosotros y si continuáis nutriéndolo tendréis el Espíritu de revelación.” (Wilford Woodruff, sel. de Matthias Cowley.  Salt Lake City: Bookcraft, 1964, págs. 602-603.)

Voy a hablaros acerca de tres jóvenes varones de dieciocho años.  En 1856, más de mil de nuestros miembros tuvieron grandes problemas para llegar a este valle.  Debido a una serie de lamentables circunstancias iniciaron su viaje en una época muy avanzada del año, y en las montañas de Wyoming encontraron nieve y un frío mortal.  Su situación era desesperante y moría gente a diario.

Antes de la conferencia general de octubre el presidente Young se enteró de la difícil situación que estos hermanos estaban pasando.

Inmediatamente pidió ayuda para ir al rescate de esta pobre gente. Cuando el primer grupo de auxilio llegó hasta donde se encontraba la Compañía de Martin, comprendieron que sólo contaban con muy pocas carretas para poder llevarlos a todos; por lo tanto, tuvieron que insistir en que los demás continuaran el viaje con sus carretas de mano.

Cuando el 3 de noviembre llegaron al río Sweetwater, sus aguas estaban semicongeladas.  Después de todo lo que habían soportado y debido a lo débiles que estaban los viajeros, cruzar el río les parecía una tarea imposible.  Era como si adentrarse en las aguas semicongeladas fuera como pisar el umbral de la muerte.  Hombres que en una ocasión habían sido fuertes se sentaron en el suelo congelado a llorar junto con las mujeres y los niños.  Muchos no podían soportar esa prueba.  Permitidme ahora citar del relato:

“Tres jóvenes de dieciocho años, que formaban parte del grupo de  rescate, ante la perplejidad de quienes los vimos, cargaron a casi todos los miembros de la caravana a través de las aguas semicongeladas del río.  Fue tanto el esfuerzo y tan expuestos estuvieron a las inclemencias del tiempo que enfermaron, y años después murieron a consecuencia de ello.  Cuando el presidente Brigham Young se enteró de tan heroico acto, lloró como un niño y luego declaró públicamente: ‘Solamente esa acción asegurará a C. Allen Huntington, George W. Grant, y David P. Kimball la salvación eterna en el reino celestial de Dios, y mundos sin fin.’ ” (The Improvement Era, volumen 17, pág. 288.)

Estos jóvenes tenían dieciocho años de edad y es muy posible que, de acuerdo con los programas que existían en ese entonces, poseyeran el Sacerdocio Aarónico.  Su heroísmo fue enorme, y sacrificaron ,;u salud y aun su propia vida para salvar la de aquellos a quienes ayudaron.

Ellos son parte del patrimonio que os ha quedado a vosotros, los Poseedores del Sacerdocio Aarónico. Sed fieles, mis queridos jóvenes, y honrad ese gran legado.

Firmes creced en la fe que guardamos,
por la verdad y justicia luchamos;
a Dios honrad, por El luchad,
y por su causa siempre velad.
(Himnos de Sión, pág. 59.)

De manera que éstos son mis cuatro consejos: Sed prudentes, rectos, limpios y verídicos.  Dios os ha dado su Santo Sacerdocio.  Que podáis actuar de acuerdo con tan sagrada investidura, ruego en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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