La religión pura y sin mácula…

Conferencia General Abril 1981
“La religión pura y sin mácula…”
por el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce

En esta ocasión no quisiera predicar ningún sermón ni dejaros ningún mensaje convencional. En cambio, quisiera compartir con vosotros algunos de mis pensamientos más profundos; el presidente David O. McKay se refirió a tales pensamientos como “los pétalos del corazón”.  Quiero abriros hoy una ventana a mi fuero íntimo.

La epístola de Santiago se ha transformado con el correr del tiempo en uno de los libros predilectos de la Santa Biblia.  Su mensaje encierra una gran calidez y está lleno de vida.  No creo que haya nadie entre nosotros que no pueda citar el bien conocido pasaje:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5.)

Sin embargo, ¿cuántos recordarnos de memoria la definición que hizo Santiago de la religión?

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” (Santiago 1:27.)

La palabra “viuda” parece haber tenido un significado muy particular para nuestro Señor; El advirtió a sus discípulos en contra del ejemplo de los escribas, quienes aparentaban justicia con sus atuendos y sus largas oraciones, pero que por otra parte, se aprovechaban de las viudas. (Marcos 12:38, 40.) Y a los nefitas les habló diciendo:

“Y yo me acercaré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra… los que defraudan… a la viuda . . .” (3 Nefi 24:5.)

Al profeta José Smith, le dijo:

“Y se mantendrá el depósito por medio de las consagraciones de la iglesia; y se proveerá lo necesario a las viudas y a los huérfanos, como también a los pobres.” (D. y C. 83:6.)

Tales enseñanzas no eran nuevas entonces, ni lo son tampoco en nuestra época.  En forma constante el Maestro ha enseñado, mediante su propio ejemplo, el interés que debemos demostrar hacia las viudas.  A la desolada viuda de Naín, privada de su único hijo, le habló personalmente devolviendo a su hijo muerto el aliento de vida, y a la desconsolada mujer, el hijo.  A la viuda de Sarepta, quién junto a su hijo enfrentaba un inminente estado de inanición, le envió al profeta Elías con el poder de enseñar la fe así como de proveerle alimento.

Es posible que argumentemos que eso sucedió hace mucho tiempo y muy lejos de aquí.  A tal observación respondo: ¿Hay cerca de donde vivís una ciudad llamada Sarepta? ¿O acaso un pueblo conocido con el nombre de Naín?  Es posible que nuestras ciudades tengan otros nombres como Los Angeles, o Tucumán,  Oruro o Torreón. Pero sea cual sea el nombre, casi aseguro que en todas ellas vive alguna viuda que, además de verse privada de su compañero, a menudo también le falta su hijo.  La necesidad es exactamente la misma; la aflicción es innegable.

La vivienda de la viuda es a veces pequeña y de condiciones modestas; frecuentemente está escondida detrás de una vieja puerta escaleras arriba o en la parte de atrás de un obscuro pasillo, y consiste de apenas una habitación.  Es a esos hogares a los que el Señor nos manda ir.

Es posible que exista necesidad de alimento, ropa o vivienda; esas cosas podemos proveer.  Pero en esas circunstancias a menudo permanece latente la esperanza del alimento para el alma, que no siempre se recibe.

Visita al desconsolado;
consuela al corazón quebrantado.
Esparce a tu paso mil buenas acciones
y el mundo feliz contará bendiciones.

Con el transcurso del tiempo son cada vez más las personas con necesidades particulares.  Basta con ver la página de avisos necrológicos en un periódico; allí el drama de la vida se despliega ante nuestros ojos. La muerte es inexorable; desciende lo mismo sobre el anciano que camina con pies temblorosos, que sobre aquellos que apenas han transitado la mitad de su jornada en esta vida; y a menudo apaga la risa de los niños.

Una vez que las flores del velatorio se marchitan, los pésames se transforman en un recuerdo, las oraciones y las palabras pasan a ser apenas débiles ecos en los corredores de la mente, los que sufren se unen frecuentemente al vasto grupo de quienes van a ingresar las largas filas de los solitarios.  La risa de los niños, el bullicio de los adolescentes, y el tierno y sincero amor del compañero desaparecido ya no adornan su vida.  El tic tac del reloj se hace estridente, el paso de las horas es lento y pesado, y las cuatro paredes aprisionan.

¡Cuánto necesitamos mantener latentes las palabras del Maestro cuando dijo: “… En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”! (Mateo 25:40).

Al tomar la determinación de proceder en forma más diligente para ayudar a aquellos que nos necesitan, recordemos que debemos enseñar a nuestros hijos estas lecciones tan importantes de la vida.

Son muchos los recuerdos que tengo de los años de mi infancia, entre ellos, la expectativa con que aguardábamos el almuerzo de los domingos.  Precisamente en el momento en que mis hermanos y yo llegábamos a un estado irreversible de total e insaciable apetito y nos sentábamos ansiosamente a la mesa, atraídos por el aroma de la carne asada, mi madre me pedía:

—Tommy, antes de comenzar a comer, lleva este plato de comida al señor Bob; y no te demores.

A esa edad, me resultaba difícil comprender por qué no podíamos comer primero y después llevarle el plato de comida a nuestro vecino. Nunca rehusé hacerlo, pero corría hasta la casa del señor Bob y después de llamar, esperaba impacientemente que con sus lentos hasta la puerta; le entregaba el plato de comida, y él plato limpio del domingo anterior y me ofrecía unas monedas como recompensa por mis servicios; mi respuesta era siempre la misma:

— No puedo aceptar dinero.  Mi madre me daría una paliza.

Entonces, invariablemente me acariciaba la cabeza con sus arrugadas manos y me decía:

—Tommy, tu madre es una mujer maravillosa.  Dale las gracias.

A decir verdad, no creo que jamás me acordé de hacerlo, pues pensaba que ella no tenía necesidad de que se lo dijera, ya que percibía la gratitud del anciano.  También recuerdo que el almuerzo de los domingos parecía tener un sabor mucho más delicioso después de cumplir con aquel encargo.

El anciano había ido a vivir en nuestro vecindario de una forma muy interesante; era viudo y tenía más de ochenta años de edad cuando le dieron aviso de que la casa en la que estaba viviendo iba a ser demolida; le escuché contarle a mi abuelo en cuanto a su difícil situación en una oportunidad en que los tres estábamos sentados en un sillón hamaca en el frente de mi casa.  Con una voz cortada por la angustia, le dijo:

— Señor Condie, no sé qué voy a hacer: no tengo familia.  No tengo un lugar adonde ir, y ni siquiera tengo dinero.

Me pregunté en ese momento que le respondería mi abuelo.  Lentamente, él metió la mano en el bolsillo y sacó un viejo monedero que muchas veces, como respuesta a mis insistentes pedidos, había extraído algunas monedas para complacer mis gustos.  En aquella oportunidad extrajo del monedero una llave y se la entregó a Bob, diciéndole tiernamente:

—Bob, aquí tienes la llave de la casa de al lado, de la que soy dueño. Tómala.  Trae todas tus cosas y permanece en ella por el tiempo que desees; no tendrás que pagar alquiler y nadie jamás te desalojará.

Los ojos del viejo se llenaron de lágrimas que comenzaron a correrle por las mejillas, para desaparecer en su larga y blanca barba.  Los ojos de mi abuelo también estaban humedecidos por las lágrimas.  Yo no pronuncié palabra alguna, pero ese día mi abuelo se transformó en un gigante para mí, y me enorgullezco de llevar su nombre.  Aun cuando entonces era apenas un niño, esa lección repercutió enormemente en mi vida.

Todos tenemos nuestra propia manera de hacer honor a nuestros recuerdos.  Cuando llega la Navidad, me deleita visitar a los viudos del barrio en el cual fui obispo.  En aquel entonces había ochenta y siete; hoy, quedan apenas nueve.  Jamás puedo predecir lo que habrá de acontecer en esas visitas; pero hay una cosa que sí sé: visitas como éstas son las que me proporcionan el verdadero espíritu de la Navidad, el cual es, en realidad, el Espíritu de Cristo.

Si me acompañáis imaginariamente, repetiremos algunas de esas visitas.  A pocas cuadras del Tabernáculo hay un hogar para ancianos en el que vivía cuatro viudas.  Cuando se recorre el camino de entrada, es imposible dejar de notar que siempre hay alguien detrás de la ventana que entreabre las cortinas aguardando permanentemente, hora, tras hora, los pasos de un amigo.

¡Qué recibimiento me hacían!  Recordaba viejas y buenas épocas, regalos, bendiciones; pero después llegaba el momento de partir.  Nunca podía marcharme sin antes responder al pedido de una viuda ciega, de casi cien años de edad, que invariablemente me decía:

—Obispo, recuerda que quiero que hables el día de mi funeral y recites de memoria el poema “A través del banco de arena” de Tennyson. ¡Vamos a ver si lo recuerdas!

Yo entonces se lo recitaba:
La tarde cae en el ocaso;
es hora de ir a navegar.
¡Oh, que no haya ningún banco
cuando mi barca eche a la mar!

La campana llama a la partida;
nos cubre ya la obscuridad.
¡Oh, que sin pena sea la despedida
en el momento de embarcar!

Pues aun cuando fuera de este ser,
allá lejos la marea me ha de llevar,
espero la cara de mi piloto poder ver
una vez que el banco haya quedado atrás.

Las lágrimas afloraban a nuestros ojos fácilmente, y entonces, con una sonrisa en su rostro, me decía:

— Tommy, lo hiciste muy bien; pero confío en que puedas hacerlo mejor en mi funeral.

Tiempo después di cumplimiento a su pedido.

En otro hogar para ancianos, también cerca de aquí, tal vez lleguemos, como me sucedió hace algunos años, justo en el momento en que miraban por televisión un partido de fútbol estadounidense.  Allí, frente al televisor, estaban sentadas dos viudas, coquetamente vestidas y totalmente absorbidas por el partido.  Les pregunté:

—¿Quién va ganando?

Y me respondieron:

—Ni siquiera sabemos cuáles son los equipos que juegan, pero por lo menos nos hacen compañía.

Me senté en medio de esos dos ángeles y les expliqué un poco acerca de las reglas del juego; no recuerdo haber disfrutado de lindo  partido más de lo que disfruté en esa oportunidad. Es posible que me haya perdido una reunión,  pero gané un recuerdo grato.

Vayamos ahora a otro hogar para ancianos que queda un poco más lejos de aquí; se trata de un lugar donde residen muchas viudas.  Varias estaban sentadas en una sala bien iluminada.  Pero había una en particular, a quien iba yo a ver, y que se encontraba siempre sola en su dormitorio. No había pronunciado una palabra desde el momento en que sufrió una fulminante embolia, hacía ya algunos años.  Pero, nadie podía saber lo que escuchaba, así que me sentaba frente a ella y le hablaba de los momentos buenos que pasamos juntos.  No se podía captar en ella ninguna muestra de que lo reconociera a uno, ni salía de sus labios una sola palabra.  De hecho, una cae las empleadas de la institución me preguntó una vez si sabía que la paciente no había pronunciado palabra por años; pero eso no alteraba mi deseo de hablarle, pues no solamente disfrutaba de mi monólogo con ella, sino que sentía que aquello me daba la oportunidad de acercarme más a Dios.

Cuando nuestro querido presidente Spencer W. Kimball se reunió en una oportunidad reciente con miembros de un país que atraviesa una seria crisis económica, no les preguntó en cuanto a estadísticas de la Iglesia, sino que inquirió con gran interés: “¿Tenéis lo suficiente para comer? ¿Estáis velando por las viudas?” De su espíritu emanaba una sincera preocupación.

Durante la administración del presidente George Albert Smith (1870-1951, octavo Presidente de la Iglesia), vivía en nuestro barrio una viuda sumamente pobre quien cuidaba de sus tres hijas adultas, las tres inválidas.  Estas eran de complexión robusta y para nada se valían por sí mismas; su madre era quien tenía la pesada tarea de bañarlas, alimentarlas, vestirlas y cuidarlas en todo momento; todo ello, con medios muy limitados y sin recibir ningún tipo de ayuda.

Un día le llegó el trágico aviso de que la casa que alquilaba sería puesta para la venta. ¿Qué podía ella hacer? ¿Adónde iría a vivir?  Su obispo fue al edificio de las Oficinas de la Iglesia para averiguar si había alguna forma mediante la cual se pudiera, comprar la casa; se trataba de una vivienda pequeña y el precio era razonable. Después de considerar la solicitud, fue rechazada.  El descorazonado obispo salía del edificio justo en el momento en que entraba el presidente George Albert Smith.  Tras intercambiar saludos, el Presidente le preguntó:

—¿Qué le trae por estos lados?

Escuchó atentamente la explicación del obispo, sin decir absolutamente nada; entonces le pidió que los disculpara por unos minutos, tras los cuales regresó sonriendo y le dijo:

—Vaya al cuarto piso. Allí  le entregarán un cheque para que pueda comprar la casa.

—Pero. . . la solicitud fue negada—respondió el obispo.

Una vez mas el presidente Smith sonrió y le dijo:

—Acaba de ser reconsiderada y aprobada.

La Iglesia compró la vivienda para la viuda, quien vivió en ella cuidando a sus hijas hasta que todas fallecieron; poco después, ella también regresó a la morada de nuestro Padre Celestial para recibir su recompensa.

Los líderes de esta Iglesia velan constantemente por la viuda, el viudo y el solitario. ¿Podemos nosotros, los miembros, observar un interés menor?  Emerson* declaró en una ocasión: “Ni los anillos ni las joyas constituyen un obsequio, sino que son apenas substitutos.  El único regalo verdadero es una parte de uno mismo”.

Recordemos que durante el meridiano de los tiempos se vio en los cielos una estrella sumamente brillante y peculiar; los tres magos la siguieron para encontrar al niño Jesús.  Hoy día, otros “reyes magos” miran hacia arriba para encontrar una vez más esa estrella brillante y peculiar que puede guiarnos a todos al encuentro de nuestras oportunidades. Y tendremos la oportunidad de quitar el yugo de los hombros de los afligidos, de calmar el llanto del hambriento y de consolar el corazón del solitario; como resultado de ello se salvarán almas: la de ellos y la nuestra.

Si escuchamos detenidamente, podremos oír esa voz que desde lejos nos dice, como dijo en otro tiempo: “… Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:21).

Que podamos ver esa estrella especial; que podamos recibir la misma salutación, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

* Ralph Waldo Emerson (1803-1882), filósofo norteamericano

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