El Señor Dios de la restauración

Conferencia General Octubre 1980
El Señor Dios de la restauración
Elder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

Somos los siervos del Señor, y El nos ha mandado que comuniquemos un mensaje al mundo. Es un mensaje que tiene para la gente hoy día, y nos lo ha revelado a nosotros. Se nos manda que salgamos, en su nombre y por su poder, y expliquemos a todas las personas lo que les depara el futuro y lo que el Señor quiere que ellas hagan al respecto.

La paz ha sido quitada de la tierra. Esta es una época de guerras y rumores de guerras (D. y C. 45:26) y en breve las plagas, las pestes y la desolación barrerán la tierra.

Vivimos en un tiempo de angustia y perplejidad; las naciones se sienten inquietas, y todo se halla en conmoción. El corazón de los habitantes de la tierra desmaya a causa del temor, y el día grande y terrible del Señor esta cerca, aun a las puertas (D. y C. 45:26; 110:16).

Vivimos en una época de maldad e impiedad. Las personas son por lo general carnales, sensuales y diabólicas, se han olvidado de Dios y están deleitándose en las lascivias de la carne. El crimen, la inmoralidad, los abortos y las abominaciones homosexuales rápidamente están convirtiéndose en el estilo de vida entre los malvados y los impíos. Pronto el mundo se verá en un estado de corrupción igual al que existía en la época de Noé.

Si queremos escapar de los peligros que nos esperan, si queremos permanecer en el día de la venida del Señor, si queremos lograr la paz en esta vida y ser herederos de la vida eterna en el mundo venidero, debemos recibir el mensaje que ha sido enviado de lo alto y obedecer los consejos que contiene.

Ese mensaje que es nuestro mensaje al mundo es el de la restauración; es la declaración de que los cielos se han abierto, que la voz de Dios de nuevo se oye; es la proclamación de paz por medio de la obediencia a las leyes y ordenanzas del santo evangelio; es la alegre nueva de que otra vez hay administradores autorizados que poseen las llaves del reino y tienen el poder para ligar en la tierra y sellar en el cielo (D. y C. 27:13).

La única manera en que las personas pueden escapar de la abominación desoladora que se derramara sobre los inicuos en los últimos días es que se arrepientan y vivan de acuerdo con el evangelio (D. y C. 84:117), que es el mensaje de paz y salvación para todos; se nos ha mandado que proclamemos sus verdades salvadoras a todos los habitantes de la tierra. Por lo tanto, ahora proclamamos que el gran Dios que se sienta en su trono en los cielos ha restaurado en esta época nuestra la plenitud de Su evangelio sempiterno; nuevamente ha dado a los hombres toda doctrina, verdad y principio, todo derecho, poder y hace, todo lo que sea necesario para salvar y exaltar a Sus hijos en la gloria mas alta.

Una vez mas hemos recibido las mismas alegres nuevas que iluminaron la mente y vivificaron el alma de hombres fieles en épocas de antaño. El Señor Jehová, por medio de su propia voz, por el ministerio de ángeles enviados de su presencia y por el don del Espíritu Santo, ha dado nuevamente ese plan y sistema que salvo a Adán, a Enoc, a Abraham y a Moisés, y a todos los santos de la antigüedad.

Nuestra divina comisión -el mandamiento que hemos recibido de Aquel cuyos siervos somos- nos manda que enseñemos las doctrinas de salvación y que testifiquemos de su veracidad eterna. Así que hoy, con toda solemnidad enseñamos y testificamos esas maravillosas verdades que han llegado a nosotros.

La religión verdadera se halla únicamente donde los hombres adoran al Dios verdadero y viviente. De la adoración de dioses falsos siempre resulta una religión falsa. La vida eterna misma, que es el mayor de todos los dones de Dios, solamente esta al alcance de aquellos que conocen a Dios y a Jesucristo, al cual El ha enviado (D. y C. 6:13; Juan 17:3).

En este mundo moderno esta de moda la adoración de dioses falsos de toda clase. Hay quienes se postran ante ídolos de madera y de piedra, y otros que murmuran sus suplicas a efigies e imágenes. Hay quienes adoran reses y cocodrilos, y otros que proclaman a Adán, a Ala o a Buda como su ser supremo. Hay quienes dan el nombre de Dios a alguna entidad de espíritu que es inmaterial, increada e incógnita, que llena la inmensidad del espacio y esta presente en todas partes y en ningún lugar en particular.

Y aun hay aquellos que apoyan la teoría casi increíble de que Dios es un alumno eterno matriculado en la Universidad del Universo, donde diligentemente se ocupa en aprender nuevas verdades y acumular conocimientos nuevos y extraños.

Resulta despreciable casi una blasfemia degradar al Señor Dios Omnipotente diciendo que es un ídolo, una imagen o una entidad de espíritu, o que siempre esta aprendiendo sin poder llegar al conocimiento de toda la verdad (2 Timoteo 3:7).

El primer principio de la religión revelada es conocer la naturaleza de Dios y la clase de ser que El es. En cuanto a nosotros: “sabemos [y testificamos] que hay un Dios en el cielo, infinito y eterno, de eternidad en eternidad el mismo Dios inmutable, el organizador de los cielos y de la tierra, y todo cuanto en ellos hay” (D. y C. 20:17).

Este gran Dios, el Señor Omnipotente, es un personaje con cuerpo “de carne y huesos, tangible como el del hombre” (D. y C. 130:22). Es omnipotente, omnisciente y omnipresente. El tiene todo poder, sabe todas las cosas y, por el poder de su Espíritu, esta en y por en medio de todas las cosas.

Sabemos y testificamos que “creo al hombre, varón y hembra, según su propia imagen, y a su propia semejanza el los creo” (D. y C. 20:18).

Todos somos hijos espirituales del Padre Eterno; somos progenie de padres celestiales y vivimos y moramos en las mansiones de gloria antes que fueran colocados los fundamentos de este mundo.

Nuestro Padre Eterno ordeno y estableció esas leyes cuyo conjunto se llama el evangelio de Dios que nos permiten avanzar, progresar y llegar a ser como El.

Sabemos y testificamos que cuando coloco a los hombres sobre la tierra, El “les dio mandamientos de que lo amaran y lo sirvieran a él, el único Dios verdadero y viviente, y que el fuese el único ser a quien debían adorar” (D. y C. 20:19).

Sabemos y testificamos que el eminente Miguel (o sea, Adán) cayo para que pudiera existir el hombre terrenal y que “el Dios Omnipotente dio a su Hijo Unigénito” (D. y C. 20:21) para rescatar a los hombres de la muerte temporal y espiritual traída al mundo por esa caída.

Sabemos y testificamos que Cristo “fue crucificado, murió y resucito al tercer día;” que “ascendió al cielo, para sentarse a la diestra del Padre, para reinar con omnipotente poder de acuerdo con la voluntad del Padre; a fin de que fueran salvos cuantos creyeran y se bautizaran en su santo nombre, y perseveraran con fe hasta el fin” (D y C 20:23-25).

Sabemos y testificamos que la salvación esta en Cristo, que la recibimos por motivo de su bondad y su gracia, y que El es nuestro abogado para con el Padre.

Testificamos que es el único mediador entre el hombre y Dios, que por medio de su sacrificio expiatorio el hombre caído puede ser reconciliado con Dios; y que “quito la muerte y saco a luz la vida v la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10).

Adoramos al Padre en el nombre del Hijo por el poder del Espíritu Santo, e invitamos a las personas de todas partes a que vengan y se unan a nosotros. No hay salvación en la adoración de dioses falsos; no hay salvación en la religión falsa; no hay salvación en el error, sea en la forma que sea.

El hombre por si solo no puede salvarse; ninguno puede levantar de la tumba su materia reducida a polvo y hacer que viva de nuevo en gloria inmortal; ninguno puede crear una gloria celestial, cuyos habitantes moren en esplendor eterno para siempre.

Todos los ídolos, efigies e imágenes combinadas, desde el principio del mundo hasta el fin del tiempo, jamas tendrán el poder para limpiar y perfeccionar a una sola alma humana. Ni Adán, ni Ala, ni Buda, ni persona alguna, real o imaginaria, podrá traer la salvación al hombre caído.

Una nada espiritual, desconocida, increada, inmaterial, jamas ha podido ni podrá revestir a los hombres con los dones del Espíritu, ni asegurarles un hogar celestial eterno.

Y ciertamente un dios estudiante, con poderes finitos, que apenas estuviera experimentando en los laboratorios eternos, no seria un ser en quien yo por lo menos, me sentiría inclinado a depositar confianza alguna.

La verdad acerca de Dios, la verdad acerca de la religión, la verdad acerca de la salvación, todas estas solo se pueden conocer por medio de la revelación.

En nuestra época el hombre jamas hallara paz, seguridad ni salvación en el mundo; las guerras, las plagas y la desolación continuaran cubriendo la tierra como un diluvio. El crimen y la maldad aumentaran, la iniquidad abundara, el amor entre la gente se enfriara (Mateo 24:12). No hay porque suponer que llegara el día en el que los hombres inicien solos, sin la ayuda divina, una época de rectitud en la tierra.

Pero aquellos que se vuelvan a Cristo, que crean en su evangelio, acepten su Iglesia, vivan de acuerdo con sus leyes, y, por este medio, adoren al Padre en su santo nombre, hallaran paz, seguridad y salvación. En el mundo, los seres humanos encontraran aflicción; en Cristo hallaran la paz (Juan 16:33).

De modo que afirmamos que somos los siervos del Señor, que El se nos ha revelado por el poder del Espíritu Santo; sabemos a quien adoramos. Tenemos el glorioso privilegio de hablar de El y de sus enseñanzas, y hablamos con autoridad y no como los escribas.

Sabemos, por las revelaciones que el Espíritu Santo ha dado a nuestra alma, que Dios es nuestro Padre, que Jesucristo es el Señor de todo, y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es el reino de Dios sobre la tierra y se ha colocado como una luz sobre el monte para proclamar la verdad acerca de Dios a un mundo caído.

Cuando hablamos por el poder del Espíritu Santo, nuestras palabras son Escritura, y son como la voz, el propósito y la voluntad de Aquel que nos ha enviado.

Nuestro testimonio es que el Dios Omnipotente es nuestro Padre Eterno que vive en reinos celestiales, que el Señor Jesucristo es su Hijo en el sentido verdadero y literal de la palabra, que el Santo Mesías vino al mundo para morir sobre la cruz por los pecados de la humanidad; y que el Espíritu Santo, un personaje de espíritu, un varón de espíritu, es su ministro y testigo, cuyas revelaciones, dones y gracias están disponibles para los fieles en toda nación y entre todo pueblo.

Y ahora os decimos, como se nos ha mandado:

“Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que ha hecho el cielo, la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (D. y C. 133:38-39).

Venid y adorad al Señor en la belleza de la santidad; venid y adorad al Señor, al Omnipotente, al Rey de la Creación. Venid a Cristo, creed y obedeced su ley, porque ninguno viene al Padre sino por El o por Su palabra. Venid y regocijaos en las revelaciones del Señor a José Smith y a los profetas de los últimos días, porque ellos son los reveladores de Cristo y los testigos de Dios en estos días postreros.

Volveos al Señor, nuestro Dios, arrepentíos de todos vuestros pecados, abandonad las falsas doctrinas; apartaos de los dioses falsos, y buscad la verdad. No seáis engañados por doctrinas de hombres ni de demonios. Allegaos a la verdad y sed creyentes como en el caso de aquellos de los tiempos antiguos, para quienes se abrieron los cielos e hicieron “firmes su vocación y elección” en los días de su probación terrenal (2 Pedro 1:10).

Oh, Dios, nuestro Padre, te pedimos que mires a tus hijos en todas partes con amor y misericordia, que les concedas arrepentimiento y los lleves por tu santo camino para que logren la paz en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero. En el nombre del Señor Jesucristo. Amen.

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