Independiente de todas las otras criaturas

Conferencia General Abril 1979
Independiente de todas las otras criaturas
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

Me paro ante la Iglesia hoy y elevo la voz de amonestación.  Es una voz profética, pues yo diré únicamente lo que los apóstoles y profetas han dicho acerca de nuestra época.  Es la voz de Jesús en el Monte de los Olivos, de Juan en la Isla de Patmos, de José Smith durante los alborotos y asesinatos en Missouri.  Es una voz que llama al pueblo del Señor a prepararse para las dificultades y desolaciones que están por extenderse sobre el mundo en forma inconmensurable.

Por el momento vivimos en un día de paz y prosperidad, pero no siempre será así.  Nos aguardan grandes tribulaciones.  Todas las aflicciones y peligros del pasado son nada más que un presagio de lo que todavía ha de venir, y nosotros tenemos que prepararnos temporal y espiritualmente.

Nuestra preparación espiritual consiste en guardar los mandamientos de Dios, y en tomar el Espíritu Santo corno nuestro guía, de manera que cuando haya terminado esta vida encontremos el descanso y la paz en el Paraíso, y por último una herencia de gloria y honor en el Reino Celestial.

Nuestra preparación temporal consiste en utilizar la buena tierra de acuerdo con el designio e intención del Señor, a fin de suministrarnos en todas nuestras necesidades justas.  Es Su propósito abastecer a Sus santos, porque todas las cosas son Suyas; pero El nos dice que tiene que hacerse según Su propia manera. (D. y C. 104:14-18.)

Hay entre nosotros un conocido aforismo según el cual una religión que no puede salvar al hombre temporalmente, no tiene tampoco el poder de salvarlo espiritualmente.  Si no podemos satisfacer nuestras necesidades temporales en este mundo, ¿cómo podremos lograr éxito en las cosas espirituales en el mundo venidero?

De manera que, hablando de cosas temporales -de terrenos, casas y cosechas; del trabajo, el sudor y el esfuerzo; del hombre Adán comiendo su pan con el sudor de su rostro-, el Señor dice:

“Si queréis que os dé un lugar en el mundo celestial, tenéis que preparamos, haciendo las cosas que os he mandado y requerido.” (D. y C. 78:7.)

Luego manda, tanto a la Iglesia como a sus miembros, que preparen y organicen sus asuntos temporales según la ley de su Evangelio.

“A fin de que en mi providencia”, dice el Señor, “no obstante las tribulaciones que os sobrevendrán, la Iglesia se sostenga independiente de todas las otras criaturas bajo el mundo celestial; para que subáis a recibir la corona preparada para vosotros, y se os haga gobernantes de muchos reinos, dice Dios el Señor. . .” (D. y C. 78:11, 14-15.)

La Iglesia, que administra el Evangelio, y los santos que lo han recibido, deben ser independientes de todos los poderes de la tierra mientras obran su salvación —tanto temporal como espiritualmente— con temor y temblor ante el Señor.

Recordad que las tribulaciones nos acechan en lo porvenir.  Estallarán conflictos bélicos de nación en nación, hasta que la guerra se extienda sobre todas las naciones y doscientos millones de hombres de guerra reúnan sus armamentos en Armagedón.

La paz ha desaparecido de la tierra; los ángeles de destrucción han iniciado su obra, y no envainarán sus espadas hasta que venga el Príncipe de Paz para destruir a los inicuos e inaugurar el gran Milenio.

Habrá terremotos, inundaciones y gran hambre.  Las olas del mar se elevarán más allá de sus límites; las nubes retendrán su lluvia, y las cosechas de la tierra se marchitarán y secarán.

Habrá plagas y pestilencia, enfermedad y muerte. Una inundante aflicción cubrirá la tierra, y una enfermedad desoladora barrerá la superficie.  Las moscas se apoderarán de los habitantes de la tierra, y su carne se llenará de gusanos.

“Sus carnes caerán de sus huesos, y se les saldrán los ojos de sus cuencas.” (D. y C. 29:20.)

Bandas de ladrones infestarán toda nación; aumentará la inmoralidad, el asesinato y el crimen, y parecerá que todo hombre levanta la mano contra su hermano.

No es necesario decir más sobre estas cosas.  Se nos manda escudriñar las Escrituras, donde estos hechos se describen con fuerza y fervor, y con toda seguridad acontecerán.

Una de las tristes herejías de nuestra época es la creencia equivocada de que se logrará la paz por tratados de transigencia escritos por diplomático,, cansados, o que el Milenio se iniciará porque los hombres hayan aprendido a convivir en paz y guardar los mandamientos, o que las predichas plagas y prometidas desolaciones de los últimos días pueden en alguna forma evitarse.

Debemos hacer todo lo posible para proclamar la paz, para evitar la guerra, para sanar enfermedades, para protegernos contra los desastres naturales; pero a pesar de todo eso, lo que ha de ser, será.

Sabiendo lo que sabemos, y poseyendo la luz y el entendimiento que hemos recibido, debemos -como individuos y como Iglesia- utilizar nuestros talentos, fuerzas, energías, habilidades y medios para prepararnos para lo que nos sobrevenga, a nosotros y a nuestros hijos.

Sabemos que el mundo continuará en su iniquidad hasta el fin de sus días, lo cual es la destrucción de los inicuos.  Tendremos que continuar viviendo en el mundo, pero con la ayuda del Señor, no seremos del mundo. Tendremos que esforzarnos por vencer toda clase de carnalidad y mundanalidad, e invitar a todas las personas a que huyan de Babilonia, se unan a nosotros, y vivan como santos dignos.

Como santos del Altísimo, haremos lo posible porque “la Iglesia se sostenga independiente de todas las otras criaturas bajo el mundo celestial” (D. y C. 78:14).  Nuestra única esperanza es librarnos de la esclavitud del pecado, deshacernos de las cadenas de la oscuridad, elevarnos sobre el mundo, vivir vidas piadosas y rectas.

Confiando siempre en el Señor, debemos hacernos independientes del mundo, fiándonos al mismo tiempo de nosotros mismos y utilizando el albedrío que Dios nos ha dado, debemos resolver nuestros propios problemas económicos y temporales.

Estamos aquí sobre la tierra para trabajar; trabajar horas largas, dura, arduas; trabajar hasta que nos duela la espalda y se anuden nuestros músculos cansados; trabajar todos nuestros días.  En esta probación mortal hemos de comer nuestro pan con el sudor de nuestros rostros, hasta volver al polvo de donde vinimos.

El trabajo es la ley de la vida; es el principio cardinal en la vida de los santos.  Mientras estemos bien de salud, no podemos voluntariamente depender de otros para nuestro sostén; el aceptar ayuda económica gratuita del gobierno, puede perjudicarnos mucho; la industria, la frugalidad, y el amor propio son esenciales para la salvación.

Debemos cuidar de nuestra propia salud, cultivar nuestros propios huertos, almacenar nuestros propios alimentos, educarnos y prepararnos para hacernos cargo de los asuntos diarios de la vida.  Ninguna otra persona puede obrar nuestra salvación por nosotros, ni Temporal ni espiritualmente.

Estamos aquí sobre la tierra para satisfacer las necesidades de nuestros familiares.  Los maridos tienen la obligación de mantener a sus esposas, los padres de mantener a sus hijos, los hijos de mantener a sus padres ancianos o desvalidos, los hermanos de mantenerse los unos a los otros, así como los parientes de ayudarse mutuamente.

La Iglesia tiene el propósito de ayudar a los santos a cuidar de sí mismos, y donde se haga necesario, proveer alimentos, ropa y artículos de primera necesidad, para evitar que acudan a los programas de caridad, y otros males mundanales.  A fin de ayudar a cuidar de los necesitados, la Iglesia debe operar granjas, cultivar viñedos, dirigir lecherías y fábricas, y hacer muchas otras cosas, todo ello de una manera que la mantenga independiente de los poderes del mal en el mundo.

No sabemos cuándo han de sobrevenirnos las calamidades y dificultades de los últimos días, ya sea individualmente o a grupos de santos.  El Señor nos oculta a propósito el día y la hora de Su venida y de las tribulaciones que la han de preceder, y lo hace como parte de nuestra probación en la mortalidad.  Simplemente nos dice que vigilemos y estemos listos.

Podemos tener la seguridad de que si hemos hecho todo lo posible a fin de prepararnos para lo que nos aceche en lo porvenir, El nos ayudará con cualquier otra cosa que nos haga falta.

El hizo llover maná del cielo sobre todo Israel, seis días de cada semana durante cuarenta años, para que no perecieran por falta de pan; pero el maná cesó después que comieron las espigas tostadas de la tierra de Canaán.  A partir de ese día se les exigió proveer sus propios alimentos. (Éxodo 16:3-4, 35.)

Durante cuarenta años en el desierto, los vestidos de los de Israel no se envejecieron sobre ellos, ni el calzado que llevaban puesto se gastó; pero cuando entraron en su tierra prometida, entonces el Señor les obligó a proveer su propia vestimenta. (Deuteronomio 29:5.)

Cuando hubo hambre en la tierra, a la palabra de Elías la harina de la viuda no escaseó, ni el aceite de la tinaja de la vasija disminuyó, hasta que de nuevo el Señor hizo llover sobre la tierra.  Y es digno de notarse, como dijo Jesús, que aunque había muchas viudas en Israel, Elías fue enviado solamente a una de ellas. (1 Reyes 17:16.)

No decimos que todos los santos serán perdonados y salvos en aquel día de desolación que viene.  Pero sí decimos que no hay ninguna promesa de protección, y ninguna promesa de seguridad, excepto para aquellos que aman al Señor y procuran hacer todo lo que El manda.

Es posible, por ejemplo, que únicamente el poder de la fe y la autoridad del Sacerdocio puedan salvar individuos y congregaciones de los holocaustos atómicos, que con toda seguridad se soltarán sobre la humanidad.

De manera que nosotros elevamos la voz de amonestación y os decimos: ¡Atención!  Preparaos; vigilad y estad listos; no hay seguridad en ningún curso de acción que no sea la obediencia, conformidad y rectitud.  Pues así dice el Señor:

“El azote del Señor pasará de noche y de día, y su rumor afligirá a todo pueblo; sí, y no cesará hasta que venga el Señor;

Sin embargo, Sión escapará si procura hacer todo lo que le he mandado.

Mas si no hiciere lo que le he mandado, la visitaré según todas sus obras con penosa aflicción, con pestilencias, plagas, la espada, venganza y fuego devorador.” (D. y C. 97:23, 25-26.)

Oh Dios, Padre nuestro, concédenos paz, y seguridad, y protección, en los días de tribulación que como un torbellino vendrán sobre toda la tierra.

Encierra los poderes del mal, y ábrenos la vía, para que nosotros, tu pueblo, como individuos y como Iglesia, nos sostengamos independientes de toda criatura bajo el mundo celestial.

Y estréchanos para siempre en los brazos de tu amor; y, finalmente, sálvanos con una salvación eterna en tu Reino; te lo rogamos en el nombre del Señor Jesucristo.  Amén.

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