La segunda venida de Cristo

Conferencia General Abril 1978
La segunda venida de Cristo
élder LeGrand Richards
del Consejo de los Doce

Me gustaría extender, junto con vosotros, una bienvenida y mi amor a estas nuevas Autoridades Generales, y mi más grande deseo de que ellos puedan tener gozo y felicidad en servir, como yo lo he tenido en los cuarenta años que han pasado desde que fui sostenido como una Autoridad General de la Iglesia.

Me gustaría hoy referirme al hecho de que hace una semana el mundo cristiano celebró uno de los más grandes acontecimientos, si no el más grande, desde la fundación del mundo: la resurrección de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.  No es de extrañarse que después que los apóstoles vieron cómo lo crucificaban y ponían en la tumba, dudaran cuando las mujeres llevaron la noticia de su resurrección.

Al andar Jesús en el camino a Emaús con dos de sus discípulos después de la resurrección —se nos ha dicho que “los ojos de ellos estaban velados para que no le conociesen” (Lucas 24:16)—, escuchó lo que decían sobre El, su vida y resurrección, y se dio cuenta de que ellos no habían entendido todo lo que los profetas habían dicho de El; entonces les dijo:

“¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!” (Lu. 24:25.)

Y comenzando por Moisés y los demás profetas, les mostró todo lo que ellos habían testificado de El, hasta el más ínfimo detalle, como el hecho de que echarían suertes para quedarse con su ropa cuando lo crucificaran.

Pedro dijo:

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Pe. 1:19-21.)

Si la profecía es el medio más seguro de saber lo que pasará —e Isaías dijo que el Señor ha declarado el fin desde el principio (Isa. 46:10)—, está todo predicho en las Escrituras.  Sólo tenemos que entenderlo.  Pienso que si Jesús pronunció ese juicio sobre aquellos que no entendían las Escrituras relacionadas con su primera venida, ¿cómo se sentirá hacia nosotros y el mundo, si no reconocemos el valor de las palabras de los santos profetas, relacionadas con Su segunda venida?  Por lo tanto, pensé en hablaros de algunas de las cosas que los profetas han predicho.

Primero, recordad las palabras de Pedro después del día de Pentecostés, refiriéndose a aquellos que crucificaron a Cristo:

“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia de¡ Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.” (He. 3:19-21.)

Esta es la única Iglesia, estoy seguro, que cree en la restitución de todas las cosas de las cuales los profetas han hablado; otras iglesias creen en la reforma, pero esto es solamente sabiduría de hombres. La restitución viene de Dios, el Eterno Padre.  Así que no podemos esperar la segunda venida del Salvador sin que haya una restitución de todas las cosas, y éste es el mensaje de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Quisiera referirme ahora a las profecías de uno de los sagrados profetas, y he elegido como tema de mi discurso las señales que precederán la segunda venida del Señor, de acuerdo con las palabras de Malaquías, el último de los profetas del Antiguo Testamento.

El Señor, hablando por medio de Malaquías, dijo que enviaría un mensajero para preparar el camino para su venida, que tendrá lugar cuando El venga súbitamente a su templo.  Pero, ¿quién podrá soportar el día de su venida? Porque El será como fuego purificador y como jabón de lavadores. (Mal. 3:1-2.) Es evidente que con esto no hacía referencia a su primera venida.  Se nos dice que cuando El venga en todo su poder y gran gloria, con sus ángeles santos, los inicuos clamarán a las rocas:

“Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono…” (Apo. 6:16.)

Cuando Jesús les dijo a sus discípulos que el templo sería destruido y no quedaría de él “piedra sobre piedra”, ellos le preguntaron:

“Dinos, ¿Cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?” (Mat. 24:3.)

El entonces les habló de guerras Y rumores de guerras, de pestes, de hambre, de terremotos, de que se levantaría nación contra nación, y les dijo que sería “predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mat. 24:14).  También les dijo que al igual que sucedía en los días de Noé, así sucedería en la época de la venida del Hijo del Hombre; que la gente bebería y comería y se divertiría diciendo que el Señor habría de demorar su venida, pero que El vendría como ladrón en la noche; que habría entonces dos en el campo, y uno sería tomado y el otro dejado; que habría dos mujeres en un molino, y una sería lomada y la otra dejada. (Mat. 24:37-41.) Todas estas señales precederían su segunda venida.

Malaquías vio al mensajero que había de ser enviado (y recordemos que cuando el Señor envía un mensajero, éste no puede ser otro que un profeta).  Jesús dio testimonio de Juan el Bautista, que fue el mensajero encargado de preparar el camino para su venida en el meridiano de los tiempos, y dijo que no había profeta en Israel que fuera mayor que Juan (Lu. 7:28).  Y el profeta Amós dijo:

“Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.” (Amós 3:7.)

¿Cómo podrían entonces ser restauradas todas las cosas, como dijo Pedro, a menos que hubiera un profeta para llevar a cabo esa restauración?  Ese profeta no era otro que José Smith quien, bajo la dirección, la guía divina y la autoridad del Padre y del Hijo, organizó esta Iglesia, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Refiriéndose a la preparación para la venida del Salvador en los últimos días, Malaquías dijo a la casa de Israel que se apartarían de El, y ellos quisieron saber en qué forma sería.  Entonces él les dijo:

“Pues vosotros me habéis robado… En vuestros diezmos y ofrendas.

…la nación toda, me habéis robado.

Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto… si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.” (Mal. 3:8-10.)

¡Qué maravillosa invitación! Como preparación para su venida, el Señor extiende al Israel de los últimos días la invitación de que se vuelvan a El en el pago de sus diezmos y sus ofrendas.  Y va más allá, diciendo que él reprendería al devorador para que no destruyera el fruto de la tierra, y que todas las naciones los llamarían bienaventurados. (Mal. 3:11-12.)

Nosotros somos un pueblo bendecido por el Señor.  Después que los pioneros tuvieron que huir a cientos de kilómetros de la civilización, llegaron aquí, al medio del desierto.  Isaías había visto en una visión que el Señor haría que el desierto floreciera como una rosa (Isa. 25: l); vio cómo los ríos corrían por el desierto transformándolo en tierra fértil (Isa. 41:18).  Todo esto para que los santos, al congregarse allí, pudieran ver cumplidas Sus promesas.

Si ese evangelio al que Jesús se refería tenía que ser predicado en todo el mundo, sus hijos tendrían que hacerlo.  Cientos de miles de jóvenes Santos de los Últimos Días han salido de misioneros hacia todas partes del mundo, para declarar la restauración del evangelio como uno de los pasos preparatorios para el regreso del Salvador, puesto que El mismo dijo que así debía ser.

Había también muchas otras cosas que era necesario hacer a fin de edificar el reino de Dios en la tierra, como la construcción de los hermosos edificios que usamos en todas partes para adorar al Señor; y la edificación de los santos templos, que pronto serán veinte.  Somos el único pueblo sobre la tierra que levanta esta clase de templos; de todas maneras, aunque el mundo los hiciera… ¡no sabría qué hacer con ellos!

Malaquías también dijo:

“He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.

El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.” (Mal. 4:5-6.)

Pensad en todo lo que Malaquías vio al ver la venida de Elías, y en la terrible consecuencia si esta visita no se hubiera realizado, puesto que de no ser así el Señor dijo que destruiría la tierra (D. y C. 2:3).

Estoy seguro de que no hay nadie en el mundo, fuera de nuestra iglesia, que pudiera deciros cuál era el mensaje de Elías.  Nosotros lo sabemos porque él apareció a José Smith y Oliverio Cowdery, el 3 de abril de 1836, en el Templo de Kirtland.  Corno resultado de aquella visita y de las llaves para esta dispensación que Elías trajo, es que podemos edificar hoy todos estos templos- Al comprender el valor de la genealogía, hemos construido aquí, en esta ciudad, una biblioteca genealógica, y en las montañas hemos excavado las bóvedas de granito, que son un milagro en sí mismas.  Todo esto se ha hecho para cumplir con la misión de Elías, no sea que el Señor venga y destruya toda la tierra.

Se nos aconseja que estudiemos las Escrituras, tanto las antiguas como las contemporáneas, a fin de que sepamos lo que los profetas nos dicen.  Recordad lo que Pedro nos dice, que “tenemos la palabra profética más segura”, y que haríamos bien en prestarle atención.  Deseo datos mi testimonio de que ésta es la obra de Dios.  Estoy ante vosotros como un Apóstol del Señor Jesucristo, y os testifico que las profecías de Malaquías a las que me he referido, se han visto cumplidas con la restauración del evangelio bajo la dirección del profeta José Smith, y de todos los demás profetas que lo han seguido hasta el que tenernos en el presente, el presidente Spencer W. Kimball, a quien honro con todo mi corazón.  Os dejo este testimonio, y ruego a Dios que nos dé la fe y la fortaleza para cumplir con nuestra parte en la preparación de su reino.  En el nombre de Jesucristo.  Amén.

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