El verdadero camino

Conferencia General Abril 1978
El verdadero camino
Presidente Spencer W. Kimball

Me presento hoy ante vosotros hermanos, con agradecimiento, no sólo por la oportunidad que tenemos de reunirnos nuevamente en un ambiente de libertad religiosa, y con aprecio por la devoción de los fieles santos de la iglesia, sino también como quien os ha urgido a “alargar vuestro paso”, y que continúa haciéndolo, y con el sincero deseo de agradecemos por vuestros esfuerzos.  Muchas son las personas que han mejorado la apariencia de sus casas y los alrededores de las mismas.  Muchos otros también, siguiendo nuestro consejo, han cultivado sus propios huertos para no perder los benéficos resultados espirituales del contacto con la naturaleza, al igual que para poder contar con la seguridad de saber cómo proveerse por lo menos de parte de los alimentos para la familia.

Cultivad todo lo que podáis en vuestra propiedad siempre que dispongáis, de agua necesarias toda clase de plantas y árboles frutales.  Plantad, si el clima en el que vivís es apropiado para el desarrollo de los vegetales; cultivad Y comed vuestros propios vegetales. Aún los que viven en casas de departamentos pueden hacer algunos cultivos en macetas o cajones.

Como lo dije anteriormente, la mayoría de los miembros de la Iglesia son concientes de nuestro intenso interés en la obra misional y de los esfuerzos que hemos hecho en muchos países para la rededicación de la prédica del evangelio, al igual que la preparación de misioneros para que lleven las buenas nuevas de la restauración del evangelio a los confines de la tierra.  Siento que existe la misma urgencia acerca de la obra vicaria que se lleva a cabo en los templos, considerando que ambos esfuerzos son similares.  Les he dicho a mis hermanos de las Autoridades Generales que esta obra por los muertos constituye mi constante preocupación.

La Primera Presidencia y el Consejo de los Doce han prestado cuidadosa consideración a la forma en que podemos alargar nuestro paso en esta tremendamente importante responsabilidad, Quisiera entonces anunciar el comienzo de un programa que recomendamos sea enfocado en dos etapas.

Primero, todos los miembros deben escribir una historia personal y formar parte de una organización familiar, También, querernos recalcar nuevamente y poner sobre los hombros del individuo Y las familias, la obligación de completar el programa genealógico hasta la cuarta generación.  No obstante, si así lo desean, podrán extender su genealogía más allá de la cuarta generación.

Segundo, vamos a presentar un programa en la Iglesia, para la extracción de nombres de los registros genealógicos en todo el mundo. Los miembros podrán ahora rendir un servicio extraordinario mediante la participación en este programa de extracción de registros supervisado por los líderes locales del Sacerdocio de quienes pueden recibir más detalles al respecto.

En la biblioteca de la oficina particular que tengo en mi casa, hay treinta y tres grandes y repletos diarios personales.  Escribo todos los días en mi diario personal, uno por año, y luego lo archivo en esta biblioteca.  Allí tengo registrados los viajes que llevé a cabo a muchas naciones del mundo, las reuniones a las que he asistido, las personas con las que he hablado, casamientos a los que asista, y todas las cosas que son de interés para mi familia, y espero que algún día puedan serio también para la Iglesia.

Exhorto al pueblo de esta Iglesia a brindar seria atención a su historia familiar; a que alienten a sus padres y abuelos a escribir sus diarios personales y que no permitan que la familia vaya a la eternidad sin haber dejado sus memorias para sus hijos, nietos, y toda su posteridad.  Esta es una seria obligación y responsabilidad, y exhorto a que cada persona haga que sus hijos comiencen también a escribir un diario personal.

En la revista Readers Digest de abril de 1978 hay un articulo que puede ser desprendido.  Se intitula: “¿Puede tener usted una vida familiar más feliz?” y describe cuatro cualidades que escapan a muchos padres en su vida hogareña.  Ofrece una forma para evaluar a la familia a través de dichas cualidades, sugiere un plan general para una vida familiar más feliz y presenta un informe de un ejemplo específico de un plan en acción.  Este es el primero de una serie de cuatro artículos similares que aparecerán en dicha revista durante el año.  Recomiendo que todos lo lean, tanto los miembros de la Iglesia como quienes no lo son.

Recientemente, durante una visita efectuada por un dignatario del  gobierno de los Estados Unidos, éste nos dijo:

“La familia es algo básico, es extremadamente fundamental para la fortaleza de nuestra civilización, y éste es un hecho que parece haberse olvidado.  Es vitalmente importante y constituye nuestro recurso básico de fortaleza moral, de salud física y emocional; es nuestro recurso básico de protección en contra de la adversidad.  Es la única institución que garantiza un medio ambiente que asegura la perpetuación de los principios y conceptos que nos han hecho fuertes.

Recuerdo a un testigo que se encontraba delante de un comité del Congreso dedicado a la familia, y que dijo: ‘Antes de considerar livianamente a la familia, mejor comprendamos que todas las sociedades humanas conocida,, durante la historia de la humanidad, finalizaron con una organización familiar para criar y enseñar a los hijos.  Antes que os deshagáis de la familia, sería mejor que averiguarais por qué todas las civilizaciones de la historia se aferraron a ella’.  Creo que la importancia dada a la familia por vuestra Iglesia ha sido verdaderamente extraordinaria.”

El evangelio siempre ha estado basado en la familia.  Al comprometernos a llevar a cabo noches de hogar inspiradoras en forma regular, planificando cuidadosamente el contenido de las mismas, inculcaremos en nuestros hijos principios que ellos jamás olvidarán.  Cuando así nos brindamos nosotros mismos y les dedicamos nuestro tiempo, damos algo de nuestro propio ser, algo que siempre será recordado.

El Manual de la Noche de Hogar está lleno de buenas sugerencias, pero no debe reemplazar el inspirado consejo paterno con respecto a lo que debe ser hecho en casos especiales para llenar necesidades especiales.  Si alimentamos a la familia con la cosecha espiritual de nuestro propio huerto, aquello que logren como resultado de las reuniones de la Iglesia puede ser un rico suplemento, en lugar de constituir la dieta única.

El hogar es el yunque donde se forjan los santos.  No hay suficientes buenos hogares, y hay muchos niños que todavía llegan a algunos hogares donde se les maltrata, no se les da amor, y no se les enseña la verdad.

Mucho nos preocupa el tener conocimiento de constantes noticias relacionadas con el maltrato de los niños.  Nos preocupa mucho el hecho de que pudiese haber un padre capaz de hacerle daño a un niño.  El Señor ama a los pequeños.

“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” (Mateo 19:14.)

Que ningún padre Santo de los Últimos Días sea jamás culpable del infame delito de maltratar a alguno de los pequeños de Cristo.

Las últimas estadísticas gubernamentales de los Estados Unidos demuestran que la epidemia del divorcio continúa en pleno maligno auge.  En 1975 hubo más de un millón de divorcios o anulaciones matrimoniales, que es la cifra más alta que se haya registrado.

El año pasado hubo casi un divorcio cada dos casamientos Y el doble de divorcios que en el año 1966, y casi el triple de la cifra de 1950; y hubo probablemente más de un millón de jóvenes menores de 18 años involucrados en estas torturas familiares, para quienes las adversas consecuencias emocionales y físicas fueron tal vez aún mucho más serias que para los mismos adultos.  Puede haber personas que no presten atención a esto, pero aún creemos que cualquiera que se detenga a razonarlo y pensar sobre sus consecuencias, comprenderá el hecho de que cuando el hogar es destrozado, junto con él se destroza la nación.  Acerca de esto no puede haber dudas, y todos los historiadores o aquellos que han analizado estos acontecimientos de la misma manera, han llegado a la misma conclusión.

Continuamos con la ominosa sospecha de que los propiciadores de muchos programas sociales, prestan muy poca atención, si es que lo hacen, a la santidad del hogar y la familia.

Nos preocupa enormemente la salud espiritual, moral y emocional de los miembros de la familia, a partir de la niñez, y a través de la ‘juventud hasta llegar a la madurez.

Durante 1974 hubo en los Estados Unidos más de un millón de niños que no llegaron a nacer, como consecuencia de abortos provocados; esto constituye un extraordinario aumento en los últimos años.  Reafirmamos nuestra total oposición en todos los casos de aborto, con excepción de algunos de extrema necesidad.

Deseo expresar mi aprecio por las maravillosas mujeres de la Iglesia.  Amamos a estas dedicadas mujeres tanto como a nuestra esposa, madre, abuelas, hermanas Y amigas.  Algún día, cuando se relate la historia de ésta y de dispensaciones previas, la misma estará colmada con narraciones del valor de nuestras mujeres, de su sabiduría y devoción, de su entereza; porque se nos ocurre que del mismo modo que las mujeres fueron las primeras en llegar al sepulcro del Señor Jesucristo después de su resurrección, así también nuestras mujeres han sido muy a menudo instintivamente sensibles a los valores de consecuencias eternas.  Tal como sabiamente lo dijo un hombre, reconocemos que mientras hablamos de las perdurable, consecuencias de las acciones de nuestra madre sobre nosotros, es, la medida de su amor lo que nos afecta profunda y eternamente.

Nos preocupan, por lo tanto, las tendencias que pueden reducir el amor materno en nuestro mundo.  Dios puso a la mujer a la cabeza misma de la corriente humana.  La mayor parte de lo que tanto hombres como instituciones buscan corregir en la vida de individuos con problemas, se hace para compensar los fracasos prematuros.  Del mismo modo, la mayor parte del regocijo de la vida es un reflejo del trabajo femenino bien hecho en la cabecera del hogar.

El poeta Goethe dijo: “Lo eterno de la mujer nos eleva”.

“Una buena mujer”, dice en las Escrituras, “es la gloria del varón.” (1 Cor. 11:7.)

Las Escrituras nos recuerdan también que:

“Las mujeres tienen derecho de recibir sostén de sus maridos hasta que éstos mueran…” (D. y C. 83:2.)

Las mujeres merecen también respeto, fidelidad y sensibilidad por parte de sus maridos, porque en esa sutil y dulce relación que debe existir entre el hombre y la mujer, existe también la sociedad con el Sacerdocio.

Nos deleita y nos maravillamos en el adecuado desarrollo y las expresiones de los muchos talentos de nuestras hermanas.  Es indudable que el esfuerzo educativo de la Iglesia en beneficio de sus mujeres, es en si mismo un verdadero testimonio.

Nosotros, tal vez más que ningún otro pueblo similar, nos encontramos profundamente comprometidos con el desarrollo de las habilidades y los talentos de nuestras hermanas, porque creemos que nuestro programa pedagógico no es simplemente la educación para este mundo, sino que abarca también la educación para la eternidad.

La Iglesia de Jesucristo de los Santo,, de los Últimos Días ha patrocinado desde sus mismos comienzos, la educación y el progreso de la mujer.  El profeta José Smith fue quien promulgó los ideales femeninos.  Abogó liberalmente por las mujeres en el más puro de los sentidos de la palabra, dándoles la libertad para expresarse totalmente como madres, como enfermeras, como promulgadoras de altos ideales comunitarios y protectoras de una moral sana.

¿Qué más puede pedir para sí una mujer? ¿Qué más podría desear cualquier hombre para su esposa’ Qué más podría desear cualquier hombre para equiparar con su propia norma de conducta?

El profeta José nos dio la organización de la Sociedad de Socorro para llevar a cabo los altos propósitos del desarrollo de la mujer Santo de los Últimos Días.  Esa Sociedad es en la actualidad un movimiento mundial de miembros en organizaciones tanto nacionales como mundiales, dedicadas al desarrollo femenino.

Para finalizar, cuando cantamos ese himno doctrinal cargado de amor, intitulado “Oh, mi Padre”, percibimos el sumum de la modestia materna, de la suprema y restringida majestad de nuestra Madre Celestial, Y comprendiendo cuán profundamente nos ha moldeado nuestra madre mortal. ¿Habremos de suponer que sea menor la influencia de nuestra Madre Celestial sobre nosotros como individuos, si somos dignos de volver a su presencia?

Mis queridos hermanos, Dios vive y de ello doy mi testimonio.  Cristo vive, y El es el autor del verdadero camino de vida salvación.

Este es el mensaje de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.  Es el mensaje más importante que hay en el mundo en la actualidad, que Jesucristo es el Hijo de Dios.  El fue elegido por el Padre como Salvador del mundo.  Su venida fue predicha siglos antes de su nacimiento sobre la tierra.  Su nacimiento fue visto en visione,, por Adán, Moisés, Isaías, Ezequiel. Lehi, Nefi, el Rey Benjamín, Alma, Samuel Y muchos otros, incluyendo a Maria, su madre.

Un profeta de nuestra época. el élder James E. Talmage, del Consejo de los Doce, declaró quién era y es Jesús:

“Los testimonios solemnes de millones que han muerto así como de millones que viven, unidamente lo proclaman divino, el Hijo del Dios viviente, el Redentor y Salvador de la raza humana, el juez eterno de las almas de los hombres, el Escogido y Ungido del Padre. Jesucristo fue y es Jehová, el Dios de Adán y de Noé, el Dios de Abraham.  Isaac y Jacob, el Dios de Israel, el Dios por cuyo mandato los profetas de todas las edades han hablado, el Dios de todas las naciones que aún tendrá que reinar sobre la tierra como Rey de reyes y Señor de señores.” (Jesús el Cristo)

¿Cuál fue el propósito de la misión de Cristo durante su vida terrenal?

“. . . Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, varón hembra los creó. (Gén. 1:27.)

El hombre, creado a la imagen de Dios, fue puesto sobre la tierra para experimentar la vida mortal, que es un estado intermedio entre la vida premortal y la inmortalidad.

Nuestros primeros padres, Adán y Eva, desobedecieron a Dios y al participar del fruto prohibido se hicieron mortales.  Como consecuencia, tanto ellos como todos sus descendientes quedamos sujetos tanto a la muerte temporal como a la espiritual (muerte temporal: la separación del cuerpo y el espíritu; muerte espiritual: la separación del espíritu de la presencia de Dios, y muerte con relación a todo lo que pertenece a las cosas del espíritu.)

Para que Adán pudiera recobrar su estado original (volver a la presencia de Dios), era necesario que se llevara a cabo una expiación por su desobediencia al divino plan de Dios, y se tomaron las providencias para que un Redentor rompiera las cadenas de la muerte y, mediante la resurrección, se hiciera posible la reunión del espíritu y el cuerpo de todas las personas que habitaren en la tierra.

Fue Jesús de Nazaret quien, antes de que el mundo fuera creado, fue elegido para venir a la tierra a llevar a cabo este servicio v para conquistar la muerte temporal. Este hecho voluntario expiaría por la caída de Adán y Eva y permitiría que el espíritu del hombre recobrara su cuerpo en una unión eterna.

Jesucristo influyó en la humanidad más que ninguna otra persona que haya vivido en este mundo. Nació en un pesebre, de madre terrena y Padre Celestial, y vivió sobre la tierra treinta y tres años; dedicó treinta de esos años a la preparación de su vida y ministerio: después viajó hasta el río Jordán para ser bautizado por inmersión por su primo Juan, llamando el Bautista. Al participar de la simbólica ordenanza, demostró que el bautismo es la puerta hacia su Iglesia. Desde los cielos, su Padre reconoció la importante ocasión diciendo:

“Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia.” (Mat. 3:17.) Durante los tres años siguientes el Salvador sirvió a la humanidad. Sanó a los enfermos, restauró la vista a los ciegos, echó afuera espíritus malignos, restauró la vida a los muertos, proveyó consuelo a los afligidos, predicó las buenas nuevas del evangelio de amor, dio testimonio del Padre, enseñó el eterno plan de salvación y puso los cimientos de una organización que proveería lo necesario para la salvación del hombre: su Iglesia. Esta no era la Iglesia de Juan el Bautista, ni la de Pedro, ni la de Pablo, ni la de ningún otro de sus seguidores, sino la Iglesia de Cristo y El mismo estuvo a su cabeza.

El hecho de que Cristo estableciera una Iglesia se encuentra bien documentado en el Nuevo Testamento. En Efesios se nos dice que la Iglesia de, Jesucristo fue “edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efe. 2:20).

El Salvador, hablando de Pedro, dijo:

“Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos: y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mat. 16: 19.)

En su Iglesia Cristo seleccionó a Doce Apóstoles y a un Consejo de Setentas; y habiéndoles investido con autoridad, les envió para que predicaran que el Padre había reconocido a su Hijo. Al aproximarse el Señor Jesucristo a las multitudes reunidas alrededor del templo fue presentado nuevamente por su Padre, quien dijo:

“He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a El oíd.” (3 Ne. 11:7.)

Hacia el fin de su ministerio terrenal, El llevó a sus amados Apóstoles Pedro, Santiago y Juan al monte de la transfiguración. Este hecho se encuentra registrado con las siguientes palabras:

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;  y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.

Y he aquí, les aparecieron Moisés y Elías, hablando con El.

Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.

Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a El oíd.

Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.

Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis.

Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.” (Mat. 17:1-8.)

En nuestra propia dispensación tuvimos la bendita experiencia vivida por el profeta José Smith, y éste es su testimonio al respecto:

“Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo v gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” (J. Smith 2: 17.)

Y éste fue otro testimonio de la autenticidad v la vida de Jesucristo, nuestro Salvador.

Yo os dejo mi testimonio una vez más de la divinidad de este Personaje, Jesucristo, quien se presentó delante de José Smith, quien vino a los nefitas.

Os dejo mi testimonio de la divinidad de esta causa, de la veracidad de esta Iglesia, de la divinidad de sus ordenanzas, de la importancia de la vida celestial en la vida de cada uno de nosotros, y lo hago en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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