El alba rompe

Conferencia General Abril 1978
El alba rompe
élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

El alba rompe de verdad
Y en Sión se deja ver
Tras noche de obscuridad
Bendito día renacer.
(Himnos de Sión, No. l.)

Cuando el sol se oculta y las tinieblas del atardecer se convierten en profunda noche, reinan las sombras, la obscuridad todo lo cubre y se reduce la visión. Aunque los cielos se pueblen de incontable número de estrellas y aunque la luna, reina de la noche, alumbre con sus rayos de luz prestados, con todo, no se vence la obscuridad y la negrura de la noche continúa.

Profundas sombras ocultan a las bestias del campo; los gatos monteses acechan a su presa en silencio; manadas de lobos hambrientos, con sus aullidos cada vez más cercanos paralizan de terror a sus víctimas; en la distancia se oye gritar a los coyotes; en algún lugar ruge un león, y en las sombras profundas un chacal está al acecho esperando para robar la presa de otro. El terror de la noche es real.

Pero finalmente, en la distancia se anuncia el amanecer. El brillo de las estrellas del alba es más intenso; unos pocos rayos de luz rasgan la obscuridad del cielo manchado con algunas nubes. No muy distante, del otro lado de la montaña, en el vientre de la naturaleza se está gestando un nuevo día, mientras la tierra sigue lentamente su curso; la luz de la mañana aumenta y las sombras se disipan. Ya no brillan las estrellas, la luna se oculta y sus reflejos se pierden. El sol se levanta y la luz brillante de los cielos cubre, la tierra.

Con la llegada del amanecer y el brillo del sol, comienzan a retirarse las criaturas de la noche. El león regresa a su morada y los zorros a sus guaridas; el grito de los coyotes ya no se oye y los lobos guardan silencio. El terror que dominaba en las sombras, permanece oculto en las rocas y en las cuevas.

Con el nuevo amanecer, los árboles del bosque y las flores del campo adquieren nueva vida. Despiertan de su sueño las ovejas y los bueyes, y los pájaros del cielo cantan alabanzas al Señor, al Creador del primer día.

Por doquier se ven las bendiciones de vida y luz; es un nuevo día, un día de alegría y regocijo.

Cuando el sol del evangelio se ocultó, hace casi dos mil años, cuando el Sacerdocio fue quitado de la tierra y una pesada obscuridad descendió sobre las congregaciones que una vez conocieron la luz, cuando ya no llegó la luz y verdad de los cielos, y cuando en la tierra ya no hubo más enseñanzas y dirección de profetas y apóstoles, entonces reinó la obscuridad espiritual. Las tinieblas cubrieron la tierra y la obscuridad nubló la mente de la gente (Isa. 60:2). Comenzó la época del oscurantismo, y la luz de los cielos ya no moraba en los corazones de aquellos que decían adorar al Señor.

“Y os será toda visión como palabras de libro sellado.” (Isa. 29:11.)

Los profetas y videntes fueron silenciados; las Sagradas Escrituras ya no estaban al alcance del hombre común. Nadie podía ver el camino hacia la perfección, nadie conocía la forma de volver a la presencia del Eterno. Los peregrinos de la tierra. yendo por caminos prohibidos, se perdieron en la negrura de la noche.

Es verdad que el cielo aún estaba poblado de estrellas, que había muchos hombres buenos y sabios que reflejaban en otros la luz y verdad que ellos tenían. Mes tras mes se levantó la luna nueva para reflejar verdades de los cielos, que el hombre recibía por instinto y razonamiento. Así fueron influenciados San Agustín, Juana de Arco, Maimónides, Miguel Ángel. Galileo, y muchos otros, cada uno reflejando la luz de acuerdo con sus posibilidades. Pero la luz de los cielos ya no iluminaba el estrecho camino que conduce a la vida eterna.

Había sombras profundas en las cuales las bestias del infierno acechaban. Lucifer no dormía. En el Concilio de Nicea y luego, mediante la pluma de Atanasio, ayudó a escribir los credos que denigraron a los verdaderos Dioses del cielo, definiéndolos como una esencia espiritual incomprensible que llena la inmensidad del espacio.

En las palabras de Constantino, Satán puso las bases de un imperio pagano, que se transformó en lo que desde entonces el hombre ha llamado la iglesia universal. Con la espada de Cortés colocó una cruz en manos de los pueblos paganos y les llamó cristianos. Por intermedio de Juan Tetzel vendió indulgencias, a fin de que los pecados de los hombres fueran perdonados por dinero, como éstos suponían que debía ser.

El fue la causa de que la Inquisición floreciera en España, México y Perú, y decenas de miles de los habitantes de la tierra fueran condenados a muerte por “herejes”, como les llamaban. Miles de hugonotes y otros protestantes que estaban en desacuerdo con las leyes eclesiásticas establecidas, fueron asesinados. La religión dominante en esos días era la del miedo, la ignorancia y la superstición; era una religión impuesta por medio de la espada la cual negaba el libre albedrío del hombre.

Aquella fue una negra y larga noche. Los chacales se ocultaban en las sombras, los lobos en el monte, y los coyotes en todas partes. Los leones rugían y los colmillos de las serpientes se hundían una v otra vez en la carne humana. La peste azotó a Europa y había guerras por todas partes. No había moralidad ni decencia y el terror de esa larga noche era muy real.

Pero finalmente aparecieron los heraldos de un distante amanecer: Calvino, Zwinglio, Lutero, Wesley. Ellos eran hombres buenos y sabios, estrellas del amanecer que se levantaron en cada nación, con más brillo que otras. Eran hombres con visión y valor, que estaban hastiados de los pecados e iniquidades de la noche. Estas grandes almas cortaron las cadenas que oprimían a las masas, procuraron hacer el bien y ayudaron a sus semejantes, todo de acuerdo con la luz y el conocimiento que tenían.

En Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza y otras partes, hubo grupos que comenzaron a apartarse de la religión de centurias pasadas, y algunos rayos de luz comenzaron a penetrar la obscuridad.

Muchos de los que buscaban la libertad de adorar a Dios de acuerdo con los dictados de su conciencia, emigraron a América. Un nuevo día se estaba gestando.

Entretanto, la tierra continuaba girando en su curso decretado; aumentó el brillo del amanecer y la luz de la mañana, se templaron los sentimientos del hombre que comenzó a ver a sus semejantes con más ecuanimidad se publicó la Biblia y más personas pudieron leerla y la luz aumentó mientras las tinieblas se disipaban. Estaba próxima la hora en que el sol del evangelio había de levantarse.

Al acercarse el prometido día de la restauración de todas las cosas, el Señor de los cielos en su infinita sabiduría, misericordia y bondad, envió de las cortes de gloria a aquel espíritu cuya preordinada misión era la de establecer la dispensación del cumplimiento de los tiempos. El 23 de diciembre de 1805, José Smith comenzó su vida mortal. El sol estaba a punto de aparecer por detrás de las montañas.

Entonces, en un glorioso día de primavera, el 6 de abril de 1820, se levantó el sol. El gran Dios, con el Señor, Jesucristo a su derecha, bajó de los cielos y se presentó ante el joven José en un bosque al Oeste de Nueva York. Llamándolo por su nombre, el Señor le aconsejó no unirse a ninguna iglesia pues todas estaban en error; le dijo que sus credos eran abominación a la vista de los cielos, que todos aquellos profesores de religión se habían pervertido y se acercaban a El con sus labios, mas su corazón estaba lejos de El; que enseñaban mandamientos y doctrinas de hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella. (Véase José Smith 2: 19.)

Desde aquel momento las estrellas ya no brillaron, la luna ocultó su cara y ya no se necesitaron sus reflejos para penetrar la negrura de la noche. El Dios de los cielos estaba a punto de entregar la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

Casi inmediatamente llegaron ángeles enviados desde la Divina Presencia para enseñar doctrina, conferir poder, autoridad y el Sacerdocio, y dar nuevamente las llaves del reino, las cuales son parte del Santo Apostolado, a fin de que el hombre mortal pueda atar en la tierra y en esa forma, sellar eternamente en los cielos.

Al poco tiempo apareció el Libro de Mormón; se restablecieron la Iglesia y el reino de Dios sobre la tierra lo mismo que las profecías y la revelación. También fueron dados los dones del Espíritu y todas aquellas antiguas señales y milagros se derramaron en abundancia sobre los fieles. Una vez más hubo profecías y don de lenguas, los enfermos fueron sanados, el paralítico caminó, el ciego recobró la visión, y los muertos fueron levantados. Esto sucedió con los Santos de los Últimos Días, así como había sido con los santos de antaño.

Se restauraron las verdades antiguas y revelaron nuevamente cada uno de los antiguos ritos y ordenanzas. Pronto la plenitud del Evangelio sempiterno. el verdadero poder de Dios que salva y exalta al hombre, brilló en toda su gloria, belleza y perfección. El sol del evangelio que se había ocultado el día en que la obscuridad cubrió la tierra, resurgió en el nuevo día de la restauración.

Y con el amanecer del evangelio cubriendo con la verdad toda la tierra, se desvanecieron los terrores de la noche. Donde hubo miedo, ignorancia y superstición, surgieron el amor, la luz y la religión pura. El temor se transformó en valor, la ignorancia en sabiduría, las tradiciones y superstición fueron reemplazadas por la luz y la verdad de los cielos.

Pronto, ya no aullarán los lobos de la debilidad, los chacales del pecado no entorpecerán el reino naciente y el día del gran milenio estará sobre nosotros.

Este es tu día, ¡oh, Sión!

“Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti.

.. y sobre ti será vista su gloria.

Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento. Nunca más se oirá en tu tierra violencia, destrucción ni quebrantamiento en tu territorio, sino que a tus muros llamarás Salvación, y a tus puertas Alabanzas.

… Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria.” (Isa. 60: 1-3, 18-19.)

El alba rompe de verdad
Y en Sión se deja ver.
Tras noche de oscuridad,
Bendito, día renacer.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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