En el ocaso de la vida

Conferencia General Abril 1978
En el ocaso de la vida
hermana Barbara B. Smith
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Todos debemos prepararnos para la vejez, así como también demostrar nuestro afecto hacia aquellos que ya han llegado a ella. Una de las canciones más populares que surgió de la obra musical “Un violinista en el tejado”, se refiere a un matrimonio para el cual el tiempo ha transcurrido tan serenamente que ha pasado casi desapercibido.  Esta canción me trae a la memoria el recuerdo de dos amigos que, al igual que aquella pareja, no se habían dado cuenta de que envejecían. El hombre tenía sesenta y tres años y su esposa cincuenta y cinco; ambos gozaban de salud, eran felices y disfrutaban del empleo que tenían.

Inesperadamente, un día se le comunicó al hombre que tenía que jubilarse de inmediato.  Al llegar el primer lunes después que la jubilación tuvo efecto, él se puso a observar los preparativos de su esposa para irse al trabajo; en ese momento se dio cuenta de que él iba a permanecer solo en la casa, sin nada que hacer; se encontraba sin ocupación, sin pasatiempos, sin algo que le interesara, y sin planes para el futuro. Al despedirse de su esposa en la puerta de su casa esa mañana, exclamó angustiado: “Y yo, ¿qué voy a hacer? ¿Qué va a ser de mí ahora?”

Por cierto, ¿qué podía hacer este hombre, que un día estaba en la cúspide de su carrera y al siguiente se encontró clasificado entre los jubilados y sin un trabajo?  Quedó librado a sus propios medios para encontrar una nueva vida o para vegetar y perecer. Tristemente debo añadir que optó por esto último, y falleció en corto plazo.

Habrá aquellos que dirán que esta crisis en la vida de mis amigos era inevitable.  Esto, hasta cierto punto, es cierto, puesto que envejecer es un proceso natural.

El presidente N. Eldon Tanner nos ha aconsejado:

“Las personas de todas las edades deben darse cuenta de que llegará el día en que serán viejos… algo para lo cual todos debemos prepararnos.” (“Preparándonos para la vejez”, Ensign, diciembre de 1976, pág. 4.)

Muchas y diferentes circunstancias y factores afectan la calidad de la vida de una persona en los años declinantes pero existe una correlación entre la preparación para la vejez y el disfrutar de ella cuando llega.  En Doctrinas y Convenios se nos dice:

“Mas si estáis preparados, no temeréis.” (D. y C. 38:30.)

Permitidme hacer algunas sugerencias.

Primero, podemos comenzar desarrollando desde ahora una buena actitud hacia el ocaso de la vida; podemos aprender a respetar la sabiduría, la experiencia, y el mérito de las personas mayores; podemos fortalecer lazos familiares y apreciar las contribuciones de las varias generaciones dentro de una familia: los niños, los jóvenes y los adultos, incluyendo a los ancianos.

Con consideración y sentido común, una familia puede gozar de experiencias gratificadoras que aumentan el ambiente afectivo, al preocuparse por sus miembros ancianos.

No hay método de enseñanza mejor para inculcar en los niños respeto por la ancianidad y la necesidad que todos tenemos de prepararnos para esa época de la vida, que por medio de cuidar y atender a los ancianos de la familia.

Segundo, podemos practicar los principios de preparación económica viviendo dentro de – nuestros medios y ahorrando en preparación para el día cuando ya no podamos trabajar.

Tercero, podemos hacer del servicio a nuestros semejantes un hábito perenne; los años declinantes pueden permitirnos aún más tiempo para servir, puesto que las horas antes dedicadas a un empleo o a criar una familia, pueden ser usadas para elevar a las familias de otras personas, por medio del servicio en la Iglesia y la comunidad.

Podemos también ennoblecer nuestra vida desarrollando nuevas habilidades, después que han cesado las exigencias de nuestras preocupaciones primordiales, ya que el aprender debe ser una empresa continua.

Finalmente, las prácticas saludables pagan importantes dividendos en los años avanzados. Nuestra salud física aumenta cuando guardamos la Palabra de Sabiduría, comemos diariamente una dieta bien balanceada, practicamos buenos principios e higiene dental, controlamos el peso, obtenemos una adecuada cantidad de descanso, mantenemos un programa de ejercicios, y nos adherimos a procedimientos que aseguren una vida saludable.  Al llegar a la edad de jubilación, algunas personas parecen adoptar la actitud de que ellos ya han hecho su parte y el turno le corresponde a alguien más.  Mas al apartarse de los demás, de acuerdo con los gerontólogos y otros expertos que trabajan con personas de edad avanzada, pueden en realidad apresurar el proceso de avejentamiento.

Mi tía Marta pronto cumplirá 95 años de edad; mas yo desafiaría a cualquier persona a mantener el ritmo que ella lleva.  No parece tener fin todo lo que ella encuentra para hacer.  Asiste a reuniones cívicas, estudia sus asignaciones para las lecciones en la Iglesia y hace contribuciones relevantes a la discusión en el aula.  En la hora de necesidad, ella es la primera en ofrecer servicio caritativo.  A muchas personas les he oído decir que el plato de sopa que ella les ha llevado, era exactamente lo que necesitaban. Mas, en verdad, ¿era la comida, o el gesto afectuoso lo que lo hacía tan especial?

Las hermanas dentro de su distrito de maestra visitante, saben que ella aparecerá en su puerta en los primeros días del mes; cada vez que va al templo asiste a dos o tres sesiones; mantiene al corriente sus registros genealógicos, y ayuda en las tareas de la casa y del jardín; pero creo que su alegría mayor la encuentra en la obra misional: cumplió una misión en California cuando tenía sesenta y cinco años, y desde entonces no creo que haya dejado pasar la más mínima oportunidad para compartir el evangelio.  Siente mucha gratitud por la vida y cada momento lo vive en su plenitud.

Los líderes del Sacerdocio y de la Sociedad de Socorro deben tener presente el gran potencial que poseen aquellos que, como mi tía Marta, están en el ocaso de la vida y pueden rendir gran servicio.  En adición a las asignaciones tradicionales para los ancianos, sugerimos otras como la de servir de “abuelos substitutos”; enseñar en miniclases habilidades tales como tejido, jardinería, repostería, costura, y otras cosas semejantes que muchas mujeres jóvenes necesitan aprender.  Pueden también leer a los que sufran de deficiencias visuales, compilar historias de familia o de barrio, escribir cartas para aquellos que lo necesiten, o enseñar a los que deseen aprender a leer o a escribir.

Para aquellos que poseen el tiempo y la habilidad surgen incontables oportunidades de servicio.

Hasta ahora, he estado hablando de los ancianos que son independientes, pero hay muchos que no pueden serlo; algunos están parcialmente postrados en la cama; otros se hallan afectados por la senilidad, o físicamente incapacitados. Estos ancianos no deben ser ignorados. En muchos casos, se les puede cuidar adecuadamente en su propia casa dándoles ayuda especial, como proveerles diariamente comidas preparadas, hacerles la limpieza y las compras, llevarlos al doctor o a la clínica, y llamarlos por teléfono diariamente; otros requieren ayuda y atención durante las veinticuatro horas del día.  Generalmente aun cuando la familia provea afectuoso cuidado a sus ancianos, tanto los miembros de la misma como el anciano necesitan los servicios sustentadores de otras personas.

Las líderes de la Sociedad de Socorro y los del Sacerdocio deben mantenerse particularmente al tanto de las necesidades de estas familias y sus miembros ya ancianos.

Las personas que no pueden ser independientes necesitan el afecto y la atención de amigos cariñosos, de las maestras visitantes y de los maestros orientadores.

Una mujer abrumada por el trabajo del hogar, puede necesitar unas pocas horas para descansar de la responsabilidad constante de cuidar a una persona mayor, de la misma manera en que una madre joven necesita ese descanso del cuidado constante de sus niños.  El servicio caritativo asignado por la Sociedad de Socorro debe ser la respuesta más natural a estas necesidades.

Hay ocasiones en que las necesidades médicas y físicas de los ancianos pueden atenderse solamente con el cuidado ofrecido en instituciones especiales.  Cuando esto es necesario, las líderes de la Sociedad de Socorro y los del Sacerdocio pueden ayudar a la familia a buscar la institución apropiada.

Después que un miembro de la familia entra en una institución de esta naturaleza, tanto sus familiares corno la Iglesia deben continuar con la demostración de interés por medio de visitas regulares y expresiones de cariño.  Las maestras visitantes, y cuando sea apropiado, las sesiones de la Sociedad de Socorro preparadas especialmente para ancianos que están confinados en esos lugares, pueden ser una bendición para estas hermanas.

Los miembros de la Iglesia obtendrán una mayor comprensión de sus responsabilidades concernientes a los ancianos, si la estaca da buen uso a la nueva película producida por BYU, intitulada El buzón, como punto de enfoque para una discusión sobre las necesidades y las contribuciones de sus miembros ancianos.

Cuando lleguemos a la vejez lo que por cierto ocurrirá- necesitamos enfrentarnos a ella con un valor que surja de la fe y de la preparación.  Como base para todo lo que hagamos por nosotros y por los nuestros, debemos recordar a los ancianos con el espíritu misericordioso de Cristo, en cuya obra nos hallamos involucrados.

Que las palabras del salmista hallen eco en nuestro corazón:

“No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mis fuerzas se acabaren, no me desampares.” (Salmos 71:9.)

Humildemente lo ruego, en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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