Afrontad a vuestro Goliat

Liahona Mayo de 1987
Afrontad a vuestro Goliat
por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Thomas S. MonsonDe todas las batallas que se han librado a través de los siglos en esa zona del mundo conocida como la Tierra Santa, ninguna resalta más en nuestra mente que la que tuvo lugar en el valle de Ela (1 Samuel 17:2) en el año 1063 a. de J. C. Los registros señalan que sobre un monte, a un lado del valle, se encontraban congregados los temibles ejércitos de los filisteos, dispuestos a marchar directamente hacia el centro de Judá en el valle del Jordán. Sobre otro monte, al otro lado del valle, el rey Saúl también había puesto a sus huestes en orden de batalla para ir en contra de los filisteos.

Los historiadores indican que ambas fuerzas armadas contaban aproximadamente con el mismo número de tropas y poseían el mismo grado de destreza. Sin embargo, los filisteos se las habían arreglado para mantener en secreto su admirable conocimiento en el arte de fabricar formidables armas de hierro para la guerra. El escuchar los martillazos sobre los yunques y ver las nubes de humo ascender hacia el cielo debe de haber acobardado a los soldados de Saúl, ya que hasta el guerrero más nuevo podía reconocer la superioridad de las armas de hierro sobre las de bronce que ellos poseían.

En aquellos tiempos, no era raro que entre los ejércitos contrarios, los campeones resolvieran las disputas desafiando a sus contrincantes a enfrentarse personalmente en el campo de batalla. Esta forma de combate se venía practicando desde hacía mucho tiempo; y en más de una ocasión, principalmente durante la época en que Sansón era juez de los hebreos, el resultado de la lucha entre el representante de cada bando determinaba cuál ejército era el vencedor de una batalla.

El hombre que era gigante

No obstante, en esa batalla fue un filisteo el que se había atrevido a desafiar al campamento de Israel: un verdadero gigante llamado Goliat, de Gat. Algunos relatos antiguos indican que Goliat medía tres metros de altura. Llevaba puestos un casco de bronce en la cabeza, y en el cuerpo una cota de malla (véase vers. 5). La cabeza de su lanza pesaba tanto, que cualquier hombre fuerte y robusto habría tambaleado con sólo levantarla. Su escudo era de un tamaño jamás antes visto, y su espada infundía terror.

Sucedió entonces que el paladín del campamento de los filisteos (véase el versículo 4) se paró y dio voces a los escuadrones de Israel, diciéndoles: “¿Para qué os habéis puesto en orden de batalla? ¿No soy yo el filisteo, y vosotros los siervos de Saúl? Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí” (1 Samuel 17:8.).

El desafío indicaba que si el guerrero israelita lo vencía, entonces los filisteos se convertirían en siervos de Israel; mas si él era el triunfador, los israelitas se convertirían en siervos de los filisteos. De modo que Goliat clamó a gran voz: “Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo” (vers. 10).

Y durante cuarenta días proclamó su desafío aquel gigante, espantando y amedrentando a los varones de Israel, que al sólo verlo “huían de su presencia, y tenían gran temor” (vers. 24).

“Tu siervo irá”

Entre aquellos varones israelitas había uno, sin embargo, que no temblaba de miedo ni huía despavorido. Al contrario, los soldados de Israel se sobresaltaron cuando éste les lanzó una punzante pregunta como señal de reprimenda: “¿No es esto mero hablar?” y dijo a Saúl: “No desmaye el corazón de ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo” (vers. 29 y 32). Se trataba de David, aquel joven pastor, que no hablaba simplemente como lo que era; porque el mismo profeta Samuel le había puesto las manos sobre la cabeza para ungirlo, y desde entonces el Espíritu de Jehová había estado con él.

Entonces Saúl dijo a David: “No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud” (vers. 33). Pero David perseveró, y vistiéndose con la armadura de Saúl, se preparó para enfrentarse con el gigante. Al percatarse de que aquella armadura le impedía moverse con libertad, se despojó de ella en seguida y, tomando su cayado, escogió cinco piedras lisas de un arroyo cercano, y las puso en su saco pastoril. Luego tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo (véase el versículo 40).

Todos recordaremos la expresión de asombro de Goliat, que indignado le dijo al muchacho: “¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos? . . . Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo” (vers. 43-44).

En el nombre del Señor

Entonces David le replicó al filisteo: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado.

“Jehová te entregará hoy en mi mano .. . y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel.

“Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos.

“Y aconteció que cuando el filisteo se levantó y echó a andar para ir al encuentro de David, David se dio prisa, y corrió a la línea de batalla contra el filisteo.

“Y metiendo David su mano en la bolsa, tomó de allí una piedra, y la tiró con la honda, e hirió al filisteo en la frente; y la piedra quedó clavada en la frente, y cayó sobre su rostro en tierra.

“Así venció David al filisteo con honda y piedra; e hirió al filisteo y lo mató, sin tener David espada en su mano.” (Vers. 45-50).

Así se libró aquella batalla y se conquistó la victoria. David se convirtió en un héroe nacional, con un gran destino por delante. Al pensar en David, algunos lo recordaremos como a un joven pastor, comisionado divinamente por el Señor a través del profeta Samuel. Otros lo recordaremos como a un poderoso guerrero, puesto que la historia registra que al verlo salir victorioso de muchas batallas, las mujeres lo perseguían para*idolatrarlo, diciendo al compás del canto y la danza: “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles” (1 Samuel 18:7). O acaso lo imaginemos como a un poeta inspirado o como a uno de los reyes más grandes de Israel. Habrá quienes tengan presente que violó las leyes de Dios y que tomó a Betsabé, la mujer de Urías heteo, y que llegó al punto de tramar la muerte de éste (véase 2 Samuel 11). Cuando yo pienso en David, me gusta recordarlo como al muchacho recto que tuvo el valor y la fé de enfrentar vicisitudes infranqueables, mientras que otros se mostraban vacilantes, y de redimir el nombre de Israel y enfrentarse con aquel gigante de su vida: Goliat, de Gat.

¿Enfrentamos algún Goliat?

Bien podríamos evaluar detenidamente nuestra vida y sopesar nuestro valor y fe. ¿Tenéis que enfrentaros con algún Goliat? ¿Tengo yo que enfrentarme con algún Goliat? ¿Se interpone ese Goliat entre vosotros y la felicidad que deseáis? Quizás vuestro Goliat no lleve consigo una espada, ni os insulte en público para obligaros a tomar una decisión a causa de la vergüenza de que otros escuchen el desafío. Tal vez no mida tres metros de altura, pero es probable que se os presentará en una forma igualmente formidable, y el callado desafío que os extienda os podrá acarrear abochornamiento.

Para unos el Goliat se verá representado en el subyugante vicio del cigarrillo o en el insaciable deseo de ingerir alcohol. Para otros quizás se manifieste en el defecto de una lengua desenfrenada o en un egoísmo que cause despreciar a los pobres y a los oprimidos. La envidia, la codicia, el temor, la pereza, la duda, el vicio, el orgullo, la lascivia, el egoísmo, el desaliento: todos estos pueden constituirse en los Goliats de nuestra vida.

Ese gigante que nos corresponda enfrentar nunca disminuirá de tamaño ni perderá poder o fuerza con simplemente tener el deseo o la esperanza de que lo haga. Por el contrario, su poder y control sobre nosotros aumentará a medida que nos mostremos débiles.

La batalla para salvar nuestra alma no es de menor importancia que la que peleó David. Nuestro enemigo no es menos temible que aquel gigante, ni la ayuda del Dios Todopoderoso se encuentra a una distancia mayor que la que tuvo que salvar aquel muchacho. ¿De qué manera procederemos nosotros? Al igual que los motivos de aquel pastor de antaño, nuestra causa es justa. Se nos ha puesto en esta tierra no para fracasar ni ser víctimas de las tentaciones, sino para triunfar. Debemos conquistar a nuestro gigante; debemos vencer a nuestro Goliat.

Seleccionad cinco piedras lisas

Así como David se dirigió al arroyo y buscó deliberadamente cinco piedras lisas, nosotros también debemos recurrir a nuestro manantial: el Señor. ¿Cuáles piedras lisas seleccionaréis para derrotar al Goliat que está mermando vuestra felicidad y robándoos de grandes oportunidades? Permitidme daros algunas sugerencias.

PRIMERO, BUSCAD LA PIEDRA DEL VALOR, que será esencial para alcanzar la victoria. Al examinar las características de los distintos desafíos de la vida, nos damos cuenta de que lo que resulta fácil de obtener muy raras veces es correcto. De hecho, el curso que nos corresponde seguir algunas veces nos parece imposible, inasequible y sin esperanzas.

De esa manera se les presentó el camino a Laman y Lemuel. Cuando se percataron de la responsabilidad que tenían de ir a la casa de Labán y obtener los registros que el Señor había mandado rescatar, murmuraron, renegando de su deber y arguyendo que se les estaba exigiendo algo sumamente difícil (véase 1 Nefi 3:5). De manera que su falta de valor les hizo perder aquella oportunidad, y entonces se le dio al valiente Nefi, quien respondió ante el pedido: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).

No se puede prescindir de la piedra del valor.

LA SEGUNDA PIEDRA ES LA DEL ESFUERZO. Me refiero al esfuerzo físico y mental.

La decisión de eliminar alguna de nuestras faltas o de corregir algún punto débil es uno de los pasos implícitos del procedimiento que se sigue para lograrlo.

Cuando el Señor dijo “Meted vuestra hoz con fuerza” (véase D. y C. 4:4), no se estaba refiriendo únicamente a la obra misional.

Para cumplir con nuestro deber no basta simplemente con hacer lo que tenemos que hacer, sino en realizarlo cuando corresponde, nos guste o no. Las oportunidades más grandes de crecimiento y desarrollo en la vida se nos presentarán en las épocas de mayor dificultad.

OTRA DE LAS PIEDRAS NECESARIAS ES LA DE LA HUMILDAD. Por medio de revelación divina se nos ha dicho que cuando somos humildes, el Señor, nuestro Dios, nos llevará de la mano y contestará nuestras oraciones (véase D. y C. 112:10).

Y AHORA, ¿HAY QUIEN SE ATREVA A SALIR A COMBATIR A SU GOLIAT SIN LA PIEDRA DE LA ORACIÓN? El reconocer a un poder más grande que el de uno mismo no significa, en manera alguna, auto degradarse, sino más bien sirve de exaltación.

FINALMENTE, RECOJAMOS LA PIEDRA DEL AMOR AL DEBER. Para cumplir con nuestro deber no basta simplemente con hacer lo que tenemos que hacer, sino en realizarlo cuando corresponde, nos guste o no.

La honda de la fe

Una vez armados con esas cinco piedras para lanzarlas con la poderosa honda de la fe, sólo nos queda tomar el cayado de la virtud que nos sostenga, y estaremos listos para enfrentarnos con el gigante Goliat, dondequiera, cuando quiera y como quiera que lo encontremos.

Con la piedra del VALOR se desvanecerá el Goliat del temor, y con la del ESFUERZO se pondrá fin a las indecisiones y la desidia. Con las de la HUMILDAD, ORACIÓN y DEBER se vencerá a los Goliats del orgullo, la envidia y la falta de autorrespeto.

Mas por encima de todo, nunca olvidemos que al ponernos en orden de combate contra los Goliats de nuestra vida, nunca estamos solos. Tal y como lo declaró David al pueblo de Israel, hagamos eco del conocimiento de que “de Jehová es la batalla, y él . . entregará [a los Goliats] en nuestras manos” (1 Samuel17: 47).

Hemos de comprender, sin embargo, que se tiene que pelear la batalla, porque la victoria no se alcanza con la negligencia. Así sucede con todos los combates de la vida. Nunca veremos con anticipación los pormenores de lo que nos espera; debemos prepararnos para enfrentar los desvíos o bifurcaciones que encontraremos en nuestro trayecto. No podremos esperar llegar al final deseado de nuestro viaje si no volcamos nuestros esfuerzos hacia la meta. Todas las decisiones que tomemos deben tener un propósito, porque las oportunidades más grandes de crecimiento y desarrollo en la vida se nos presentarán en las épocas de mayor dificultad.

“Como cordero al matadero”

En la cárcel de Carthage, el profeta José Smith sabía que le esperaba la muerte inminente en manos de una chusma enfurecida. No obstante, la magnitud de su inmensa fe le permitió enfrentarse con el Goliat de la muerte con la entereza que reflejan sus siguientes palabras:

“Voy como cordero al matadero; pero me siento tan sereno como una mañana veraniega; mi conciencia se halla libre de ofensas contra Dios y contra todos los hombres” (D. y C. 135:4).

Tanto en Getsemaní como en Gólgota, Jesús, el Maestro, se vio ante la necesidad de soportar la agonía de un profundo dolor e inmenso sufrimiento incomprensibles para los seres mortales, a fin de llevar a cabo la victoria sobre la tumba. Mas con ese gran amor que sentía hacia el género humano, se despidió asegurándonos lo siguiente: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. . . para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3).

¿Y qué significan estos relatos? Pues que si no hubiera habido una cárcel, tampoco habría habido un José; si no hubiera existido una chusma, no habría habido un mártir, y si no se hubiese dado una cruz, no habría habido un Cristo!

Cuando exista un Goliat en nuestra vida, o bien un gigante de otro nombre, no deberíamos “huir” ni tener gran temor” (véase 1 Samuel 17:24) por tener que luchar en combate con él. Podremos encontrar seguridad y recibir ayuda de Aquel de quien David escribió en su inspirado salmo:

“Jehová es mi pastor; nada me faltará. . . Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmos 23:1, 4).

¡Nuestra será la victoria!

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