La oración

Conferencia General Octubre 1977
La oración
Ezra Taft Benson
Presidente del Consejo de los Doce

Mis amados hermanos y hermanas, porque todos somos hermanos, hijos del mismo Padre en el espíritu, con humildad y gratitud me hallo ante vosotros.

Que el Señor os sostenga y magnifique siempre en vuestro ministerio abnegado.

Ruego hoy que el Espíritu del Señor esté con vosotros mientras hablo acerca del poder de la oración personal, y de cómo podemos mejorar nuestras comunicaciones con nuestro Padre Celestial.

En todo el curso de mi vida, el consejo de depender de la oración es el que he estimado más que cualquier otro que haya recibido. Se ha convertido en parte íntegra de mi ser, un ancla, una fuente constante de fuerza y la base de mi conocimiento de las cosas divinas.

Amonestaciones de las Escrituras en cuanto a la oración

“Recuerda que hagas lo que hagas, o estés donde estés, nunca estás solo”, era el consejo de mi padre. “Nuestro Padre Celestial siempre está cerca. Puedes extender la mano y recibir su ayuda mediante la oración.” He descubierto que este consejo es verdadero.

Abundan en las Santas Escrituras amonestaciones convincentes en cuanto a la importancia de la oración, ejemplos impresionantes del poder de la misma, y consejos sobre la manera de orar eficazmente. Durante su ministerio terrenal Jesús habló “…sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar” (Lucas 18:1). “Velad y orad para que no entréis en tentación” (Mateo 26:41). En esta dispensación El dijo: ` . . . orad a todo tiempo, no sea que el inicuo tenga poder en vosotros y os quite de vuestra posición” (D. y C. 93:49).

Por conducto de José Smith se dio esta. amonestación:

“Y en nada ofende el hombre a Dios, o contra ninguno está encendido su enojo, sino aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas, y no obedecen sus mandamientos.” (D. y C. 59:21.)

Luego tenemos esta instrucción de nuestro Señor resucitado durante su ministerio entre el pueblo nefita en este hemisferio occidental:

…debéis velar y orar siempre, no sea que os tiente el diablo, y os lleve cautivos.

…es necesario que veléis y oréis siempre, no sea que entréis en tentación: porque Satanás desea poseeros para cerniros como a trigo.

Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nombre;

Y cuanto le pidáis al Padre en mi nombre, creyendo que recibiréis, si es justo, he aquí os será concedido.” (3 Nefi 18: 15, 18-20.)

Podemos mejorar nuestra comunicación con el Padre

Deseo ahora sugerir algunas maneras para mejorar nuestra comunicación con nuestro Padre Celestial.

  1. Debemos orar frecuentemente. Debemos estar a solas con nuestro Padre Celestial por lo menos dos o tres veces cada día, “… en la mañana, al mediodía y en la tarde”, como lo indican las escrituras (Alma 34:21). Además, se nos dice que oremos frecuentemente (2 Nefi 32:0; D. y C. 88:126). Esto quiere decir que nuestro corazón debe rebosar, orando constantemente a nuestro Padre Celestial (Alma 34:27).
  2. Debemos encontrar un lugar apropiado donde podamos meditar y orar. Se nos amonesta que esto debe ser “… en vuestros aposentos, en vuestros sitios secretos y en vuestros yermos” (Alma 34:26), es decir, debe ser en un sitio libre de distracciones, “secreto” (3 Nefi 13:5-6).
  3. Debemos prepararnos para orar. Si no nos gusta orar, entonces debemos orar hasta que sintamos el deseo de hacerlo. Debemos ser humildes (D. y C. 112: 10). Debemos suplicar perdón y misericordia (Alma 34:17-18). Debemos perdonar a todo aquel contra quien sintamos rencor (Marcos 11:25). Sin embargo nuestras oraciones serán en vano si “despreciáis al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, y si no dáis de vuestros bienes…” (Alma 34:28).
  4. Nuestras oraciones deben ser significativas y pertinentes. No usemos las mismas frases en cada oración. Cada uno de nosotros se molestaría si un amigo le repitiera las mismas palabras breves todos los días, tratara la conversación como una tarea desagradable y estuviera ansioso por terminar para volverse al televisor y olvidarse de nosotros.

¿Qué debemos pedir en la oración? Debemos orar en cuanto a nuestro trabajo, en contra del poder de nuestros enemigos y del diablo, por nuestro bienestar y el bienestar de los que nos rodean (Alma 34:20; 22, 25, 27). Debemos consultar al Señor concerniente a todas nuestras decisiones y actividades (Alma 37:36-37). Debemos sentir suficiente agradecimiento para darle las gracias por todo lo que tenemos (D. y C. 59:21). Debemos confesar su mano en todas las cosas; la ingratitud es uno de nuestros pecados mayores.

El Señor ha declarado en las revelaciones modernas:

“Y el que recibe todas las cosas con gratitud, será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, aun cien veces, sí, y más.” (D. y C. 78: 19.)

Debemos pedir lo que necesitemos, teniendo cuidado de no pedir las cosas que podrían perjudicarnos (Santiago 4:3). Debemos pedir fuerza para vencer nuestros problemas (Alma 31:31-33). Debemos orar por la inspiración y el

bienestar del Presidente de la Iglesia, las Autoridades Generales, nuestro presidente de estaca, nuestro obispo, nuestro presidente de quórum, nuestros maestros orientadores, miembros de la familia y nuestros directores civiles. Se podrían hacer otras muchas sugerencias, pero con la ayuda del Espíritu Santo sabremos lo que debemos pedir en oración (Romanos 8:26).

  1. Después de hacer una súplica, tenemos la responsabilidad de esforzarnos por lograr aquello que pedimos. Debemos escuchar. Tal vez mientras estemos de rodillas, el Señor quiera aconsejarnos.

“La oración sincera da a entender que cuando pedimos alguna virtud o bendición, debemos hacer un esfuerzo por lograr esa bendición o cultivar esa virtud.” (True to the Faith, por David O. McKay, Bookcraft, 1966, p. 208.)

El poder y la eficacia de la oración

Cuando yo era un misionero joven en el Norte de Inglaterra, en 1922, la oposición contra la Iglesia se intensificó en gran manera. Llegó a tal grado la hostilidad, que el presidente de la misión nos pidió que dejáramos de llevar a cabo nuestras reuniones en la calle, y también en algunos lugares suspendimos el reparto de folletos.

Se nos había invitado a mi compañero y a mí que viajáramos hasta South Shields para hablar en la reunión sacramental. En la invitación nos decían: “Estamos seguros de que podemos llenar la pequeña capilla. Muchas de las personas en este lugar no creen en las falsedades que se publican acerca de nosotros. Si vienen, estamos seguros de que tendremos una reunión muy buena”. Nosotros aceptamos la invitación.

Ayunamos y oramos sinceramente y fuimos a la reunión sacramental. Mi compañero había pensado hablar acerca de los primeros principios, y yo había estudiado mucho preparándome para hablar sobre la apostasía. Se sintió un espíritu admirable en la reunión. Mi compañero habló primero y presentó un mensaje inspirador; después, yo me puse de pie y hablé con una facilidad que jamás había experimentado en mi vida. Cuando me senté, fue cuando me di cuenta de que ni siquiera había mencionado la apostasía. Había hablado acerca del profeta José Smith y dado mi testimonio de su misión divina y de la veracidad del Libro de Mormón. Después de terminada la reunión, se adelantaron muchas personas a felicitarnos, entre ellas muchas que no eran miembros, y que nos dijeron:

“Esta noche hemos recibido un testimonio de que el mormonismo es verdadero. Ahora estamos dispuestos a bautizarnos.”

Esta fue una respuesta a nuestro ayuno y oraciones, porque habíamos orado rogando que pudiéramos decir únicamente aquellas cosas que llegaran al corazón de los investigadores.

En 1946 el presidente George Albert Smith me designó para que fuera a Europa, hecha pedazos por la guerra, restableciera nuestras misiones desde Noruega hasta África del Sur, y estableciera un programa para la distribución de artículos de bienestar a saber, alimentos, ropa, ropa de cama, etc.

Establecimos nuestras oficinas principales en Londres. En seguida hicimos los arreglos preliminares con los jefes militares en el continente. Uno de los primeros hombres que yo deseaba ver era el comandante de las fuerzas norteamericanas en Europa, que se hallaba estacionado en Francfort.

Cuando llegamos a esa ciudad, mi compañero y yo entramos para arreglar una cita con el general. El oficial encargado de ello nos dijo: “Señores, no habrá oportunidad de que puedan ver al general por lo menos hasta dentro de tres días. Está sumamente ocupado, y tiene muchas citas”. Yo respondí: “Es de suma importancia que lo veamos, y no podemos esperar tanto tiempo. Tenemos que estar en Berlín mañana”. El me contestó: “Lo siento mucho”.

Salimos del edificio, subimos a nuestro automóvil, nos quitamos el sombrero y nos unimos en una oración; luego regresamos al edificio y encontramos a otro oficial en el escritorio. A los quince minutos nos hallábamos en la presencia del general. Habíamos orado suplicando que pudiéramos verlo para enternecer su corazón, sabiendo que era requerido que todos los artículos de bienestar, pese a la fuente de donde provinieran, se colocaran en manos de las agencias militares para su distribución.

Nuestro objetivo, como le explicamos al general, era el de distribuir nuestras provisiones a nuestro propio pueblo, mediante nuestras propias vías de comunicación, y también regalar artículos para la alimentación general de los niños.

Le explicamos el programa de bienestar y la manera en que funcionaba. Por último nos dijo: “Muy bien caballeros, procedan a reunir sus provisiones, y para cuando las hayan reunido, puede ser que hayan cambiado los reglamentos”. Respondimos: “General, nuestras provisiones ya están reunidas, siempre las tenemos reunidas. Dentro de las veinticuatro horas a partir del momento en que nos comuniquemos con la Primera Presidencia de la Iglesia en Salt Lake City, vagones de provisiones se hallarán en camino hacia Alemania. Tenemos muchos depósitos llenos de artículos de primera necesidad”. Luego él dijo: “Jamás había sabido de personas con tal visión”. Se enterneció su corazón de acuerdo con lo que habíamos orado que sucediera, y antes de salir de su oficina ya teníamos una autorización por escrito para llevar a cabo nuestra propia distribución, a nuestra propia gente, con nuestra propia manera de comunicación.

Es una satisfacción para el alma saber que Dios está pendiente de nosotros y dispuesto a responder cuando ponemos nuestra confianza en El y hacemos lo justo. No hay lugar para el temor entre los hombres y mujeres que depositan su confianza en el Omnipotente, que no titubean en humillarse para buscar la orientación divina por medio de la oración.

Aunque surjan persecuciones, aunque vengan los fracasos, en la oración podemos hallar nueva confianza, porque Dios hablará paz al alma. Esa paz, ese espíritu de serenidad, es la bendición mayor de la vida.

Como jovencito en el Sacerdocio Aarónico, aprendí este pequeño poema acerca de la oración:

No sé por cuáles métodos se logra,
Mas la oración Dios la contesta, eso lo sé.
Yo sé que El una promesa nos ha dado,
De que siempre oye la oración de fe.
Sé que El la contestará, tarde o temprano,
Así que oro y con calma espero,
Aunque no sé si lo que he solicitado
Vendrá de la manera en que yo quiero.
En sus manos mi oración ya he dejado
Siendo más sabias sus sendas que las mías,
Sé que El me concederá lo suplicado,
O me dará algo más hermoso todavía.
(Oración, por Eliza Hickok. Traducción libre.)

Testimonio de la oración

Testifico que hay un Dios en los cielos que escucha y contesta las oraciones. Yo sé que esto es verdad, porque El ha contestado las mías. Humildemente quisiera instar a todos los que escuchan mi voz, tanto a los miembros como a los que no lo son, que se conserven en comunicación estrecha con nuestro Padre Celestial por medio de la oración.

Nunca jamás en nuestra dispensación del evangelio ha habido mayor necesidad de la oración. Que dependamos constantemente de nuestro Padre Celestial y procuremos concienzudamente mejorar nuestra comunicación con El, es mi sincera súplica, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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