Hacedores de la palabra

Conferencia General Abril 1977
Hacedores de la palabra
élder L. Tom Perry
del Consejo de los Doce

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.

L. Tom Perry

Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.

Porque él se considera a si 1 mismo se va, y luego olvida cómo era y Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” (Sant. 1:22-25.)

Cuando estudio las Escrituras, me maravilla ver cuán a menudo el Señor ha considerado necesario recordarnos las bendiciones que nos ha dado y cómo debemos utilizarlas.

Cuando el Señor completó su creación de la tierra e inspeccionó lo que había logrado, vio que era bueno; entonces creó al hombre y a la mujer y les bendijo.  Les dijo que fueran fructíferos y se multiplicaran, que llenaran la tierra y la sojuzgaran.  En el Libro de Mormón hay una confirmación de este mensaje; el justo que trabaje disfrutará de la abundancia y la plenitud de la tierra.  Dad la espalda al trabajo honesto y sólo recogeréis sufrimiento, escasez, dolor y pena.

En las Escrituras de los últimos días, nuevamente el Señor nos ordena:

“No serás ocioso; porque el ocioso no comerá el pan, ni vestirá el vestido del trabajador.” (D. y C. 42:42.)

Por las Escrituras deducimos que es evidente que el Señor desea que utilicemos lees materiales con los cuales tan abundantemente nos ha bendecido.

Durante su ministerio terrenal, el Salvador nos enseñó este principio por medio del ejemplo, la exhortación y la parábola, y un ejemplo de esto lo tenemos en la parábola de los talentos. (Mat. 25:14-30.) En ella el Señor nos habla de un hombre que tenía que viajar a un lejano país y reunió a sus criados para entregarles sus bienes.  A uno de ellos le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno; y así, a cada hombre de acuerdo con sus habilidades. Luego partió.  Aquellos que habían recibido cinco y dos talentos respectivamente, trabajaron diligentemente para duplicar lo que habían recibido.  Pero el que había recibido uno, fue y lo enterró en la tierra, y escondió el dinero de su señor.  A los que habían duplicado los talentos que se les entregaron, su señor les dijo:

“Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” (Mat. 25:21.)

Ahora, el que había recibido uno, fue y cavó en la tierra y trajo su talento, tratando de buscar excusas por no haber hecho producir lo que el amo le había dado.  Su señor no lo saludó diciendo: “Bien”.  En cambio su saludo fue: “Siervo malo y negligente” (Mat. 25:26).  Y después agregó:

“Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos.

Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.” (Mat. 25:21829.)

Como un Rey y Padre amoroso, el Señor ha enseñado a sus hijos la alegría, la satisfacción y las recompensas que recibirán de acuerdo con la forma en que cumplan.

Por haber recibido la luz del evangelio, deberíamos procurar ser mejores en todas las cosas.  Quisiera desafiaras a hacer un esfuerzo especial para magnificar, en cinco aspectos, las oportunidades con las cuales el Señor nos ha bendecido.

Primero, como esposos: Nuestro conocimiento acerca de esta relación eterna, debe incentivarnos a tener la determinación de que esta importante responsabilidad en nuestra existencia terrenal sea todo un éxito.  El presidente Kimball ha dicho:

“El casamiento es quizás la decisión más importante de todas y tiene los efectos de mayor alcance, ya que se relacionan no solamente con la felicidad inmediata, sino con el gozo y el bienestar eternos.  Afecta no solamente a la pareja, sino también a sus familiares, y particularmente a sus hijos y a los hijos de sus hijos, y así a muchas generaciones.” (Marriage and divorce, por Spencer W. Kimball, Deseret Book Co., 1976, pág. 1O.)

Existe un diabólico y conocido plan que trata de socavar las raíces de esta básica y esencial organización.  Satanás y su hábil plan de destruir a la humanidad se ha infiltrado en el terreno sagrado de nuestros hogares.  El está intentando dar encanto a la infidelidad, hacer del divorcio una cosa común y popularizar las relaciones fuera del convenio matrimonial.  En el transcurso de la historia encontramos abundantes evidencias de que tales prácticas destruyen a la humanidad.  Es indudable que con nuestro conocimiento concerniente a la naturaleza eterna de esta sagrada unión entre esposos, debemos tratar con toda diligencia de hacer que nuestro matrimonio sea digno de una bendición celestial.

El profeta José Smith tenía una manera muy particular de solucionar un problema que hubiera tenido con su esposa.  David Whitmer nos relata un incidente entre José y su esposa Emma, de la siguiente manera:

“Una mañana, cuando José Smith se preparaba para continuar con la traducción, su esposa Emma hizo algo que lo irritó sobremanera.  Oliverio y yo subimos, y pocos minutos más tarde José también subió para continuar la traducción, pero no pudo hacer nada; no podía traducir ni una sola sílaba.  Entonces bajó y se dirigió al huerto para suplicar al Señor.  Después de permanecer allí alrededor de una hora, volvió a la casa y le pidió a Emma que lo perdonara; luego subió a reunirse con nosotros, y entonces pudo traducir sin problema alguno.” (Comprehensive History of the Church, por D. H. Roberts, 1: 13 l.)

Me pregunto por cuánto tiempo se prolongarían los problemas entre marido y mujer, si permitiéramos que el Señor nos ayudara a calmar nuestro mal genio y a razonar mesuradamente; si nos arrodilláramos ante El y le pidiéramos fortaleza para lograr el perdón, y perdonar.

Os desafío para que hoy mismo empecéis a hacer de vuestro matrimonio algo especial.  Seguid el consejo de las Escrituras, basad vuestra unión en la fe en Cristo, y arraigadlo y cimentadlo en el amor. (Efe. 3:17.)

Segundo, la mayor de las bendiciones de una unión eterna, es el derecho a tener una familia eterna.  Si es la voluntad del Señor, los matrimonios dignos deben tener hijos, y éstos deben tener el privilegio de venir a la tierra por medio de un linaje altamente favorecido.

Uno de los privilegios más selectos de una Autoridad General, es tener que visitar distintas estacas de la Iglesia, quizás treinta o cuarenta veces durante el año, y hospedarse en la casa de los presidentes de estaca; en esta forma, yo he conocido algunos de los mejores hogares del mundo.  Hace algún tiempo fui asignado a una conferencia de estaca, cuyo presidente es dentista.  Su casa, los muebles y todo en general era una muestra evidente de que había tenido éxito en su carrera.  Creo que él podría haber dado a sus hijos todo lo que pudieran desear.  Sin embargo, los amaba lo suficiente como para enseñarles a ser responsables y se mudó con los suyos a una zona rural, donde podía enseñar a su familia el valor del trabajo.  Fue para mí un placer sentarme con los niños y pedirles que me describieran los proyectos que les habían asignado y por los que eran responsables.  Con gran orgullo ellos me contaron cuántos huevos producían las gallinas por día, cuán alto estaba el maíz, y cuánto ganado había en el campo.  Esta familia tenía como lema la sección 88 de Doctrinas y Convenios, versículo 119:

“Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, aun una casa de oración, de ayunos, de fe, de instrucción, de gloria, de orden, una casa de Dios.”

Os desafío a que hagáis de vuestro hogar, una casa de Dios.

Tercero, al amor, la comprensión y la honestidad en el matrimonio, le sigue en orden de importancia la estabilidad financiera de la unidad familiar.  En la distribución de responsabilidades, el Señor ha dispuesto que el esposo y padre, sea quien provea para la familia.  Los hijos deben crecer con la reconfortante seguridad de que mientras el padre tenga una mente lúcida y un cuerpo fuerte, continuará magnificando sus talentos y desarrollando su carrera.  El hará todo lo que esté a su alcance para prepararse y desempeñarse en su trabajo de manera tal, que pueda proveer bienestar a los suyos.

Padres, sed honestos en vuestros negocios; sed leales a vuestros empleados; tomad la determinación de ser los mejores dentro del campo que habéis elegido para trabajar.  Cada día, haced el máximo esfuerzo por ser más productivos que el día anterior.  Os desafío a que seáis líderes en la profesión y ocupación que desempeñáis.

Cuarto, nos hemos embarcado en el Evangelio de Jesucristo; voluntariamente hemos puesto las manos en el arado; hemos aceptado la obligación de construir el reino de Dios aquí en la tierra.  Las Escrituras nos dicen:

“Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aún más excelente.” (1 Cor. 12:3 l.)

Podemos sentirnos satisfechos sólo si logramos excelencia en las asignaciones que se nos hayan dado dentro de la Iglesia.  Os desafío a que aceptéis con entusiasmo los llamamientos, y que hagáis diligentemente el máximo esfuerzo para lograr el mayor rendimiento.

Quinto, nuestros hijos merecen crecer en un medio ambiente honesto y saludable, y es nuestra obligación y responsabilidad salvaguardar este privilegio para ellos.

Hace unos meses, recibí una carta muy interesante de una madre, en la que me daba un informe de las horas que había dedicado a servir a la comunidad con motivo de la celebración del bicentenario de los Estados Unidos.  Una parte de su carta dice lo siguiente:

“A comienzos del años escolar, asistí a una reunión de comisión de padres, y me enteré de que mi hija, quien está en sexto año, había recibido la asignación de leer cierto libro.  Sentí la necesidad de leerlo yo también para ver si era apropiado para su edad; cuando lo hice me di cuenta de que era totalmente inapropiado para niños de sexto año.  Contenía profanidad, violencia, falta de respeto a los mayores, especialmente hacia los padres, y era en general lóbrego y deprimente, sin nada de amor, belleza ni bondad.  Discutí esto con el director de la escuela y le expresé mi preocupación, a lo que me sugirió que antes de condenarlos, leyera toda la serie de libros y si después aún me sentía de la misma manera, podría escribir mis objeciones en una carta y entregársela, dando ejemplos específicos de los puntos que consideraba criticables.

Seguí su sugerencia y continué leyendo los otros libros, lo que me hizo confirmar que no eran adecuados para nuestros niños; antes de finalizar el último de la serie, sentí el impulso de escribir mi carta.

Tuve la satisfacción de recibir respuesta del ayudante del superintendente del distrito escolar, solicitándome que me presentara en su oficina. El me dijo que no era norma de la escuela tener en sus cursos de lectura libros que contuvieran profanidad y que inmediatamente los quitarían del distrito escolar. Agregó que se sintieron tremendamente avergonzados de que alguien tuviera que señalarles la naturaleza censurable de los libros y que se preocuparían de que aquellas personas que en el futuro revisaran el material de lectura, hicieran un trabajo más responsable.”

Hemos sido bendecidos con la luz del evangelio para orientar, guiar y dirigir nuestra vida.  A través de nuestro estudio y comprensión de las Escrituras, tenemos un conocimiento de las leyes’ del Señor, por medio de las cuales debemos gobernar nuestra conducta terrenal.  Aparejada a esta gran bendición viene la obligación que tenemos de ser una parte de la comunidad en la cual vivimos.  Debemos hacer sentir nuestra influencia para salvaguardar las normas morales en todas partes del mundo; en las villas, pueblos y ciudades donde estén nuestros hogares.  Os desafío a que participéis en el cometido de elevar las normas morales de la comunidad donde viváis.

Es mi deseo que la luz del evangelio os ayude a ver el gran potencial con el cual el Señor nos ha bendecido.  Hay un gran poder en una vida justa.  Ruego que nuevamente nos comprometamos a ser hacedores de la palabra, calificados constructores en el reino de nuestro Padre Celestial; que nuestra vida se vea colmada de dichosas realizaciones; que nuestro conocimiento del evangelio nos ayude a sobresalir en lo que sea que el Señor nos haya llamado a ser.  Humildemente lo ruego en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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