Respetemos nuestro Sacerdocio

Conferencia General Abril 1976
Respetemos nuestro sacerdocio
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerMis amados hermanos, deseo expresar mi agradecimiento al obispo Peterson, pues habló en forma particular del Sacerdocio Aarónico, y al élder Franklin D. Richards, que se refirió al trabajo en el Sacerdocio de Melquisedec, y el presidente Romney, con quien es tan grande privilegio trabajar en la Primera Presidencia, nos ha inspirado a vivir y a trabajar mejor.

Pararse frente a una congregación del sacerdocio es un gran privilegio y una tremenda responsabilidad. En ningún otro lugar del mundo se podría encontrar hombres tan finos, limpios, devotos, honestos y dignos de confianza, que como individuos y como grupo cuenten con un poder tan tremendo. Habéis sido Llamados, ordenados y se os confirió el sacerdocio por parte de aquellos que tienen la autoridad de Dios.

Además, ningún hombre fuera de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene este sacerdocio o autoridad para hablar y actuar en el nombre del Señor. Tiemblo y me estremezco al pararme ante vosotros, y pensar en lo que este cuerpo representa; tiemblo, por la tremenda responsabilidad que descansa sobre el sacerdocio; y me estremezco, porque no estamos haciendo todo lo que el Señor querría que hiciésemos.

Nunca he sentido tan profundamente la necesidad e importancia del sacerdocio en el mundo, y la obligación que tiene cada uno de nosotros de honrar nuestro sacerdocio, magnificar nuestros llamamientos y contribuir con lo que podamos para el progreso de la causa de la verdad, la justicia y la paz en el mundo. A1 hablaros, ruego humildemente que el espíritu y las bendiciones del Señor nos acompañen e inspiren.

La fuerza y el crecimiento de la Iglesia, y la edificación del reino de Dios sobre la tierra, dependen de cómo cumplamos con nuestro deber. Esta noche, desearía referirme a la importancia del sacerdocio, a lo que el Señor espera de aquellos que lo poseen. Debemos comprender todos que no hay nada en el mundo que tenga más poder que el Sacerdocio de Dios. No obstante, temo que muy a menudo haya algunos que lo tomen a la ligera, más como derecho que como privilegio. Muchos parecen creer que sólo la edad determina cuándo uno está capacitado para recibir el sacerdocio o para ser avanzado en él.

Detengámonos por un momento y pensemos en la tremenda importancia que el Señor depositó sobre el Sacerdocio Aarónico cuando éste fue restaurado. Juan el Bautista, quien bautizó al Salvador y fue enviado para llevar a cabo esa restauración, poniendo sus manos sobre la cabeza de José Smith y de Oliverio Cowdery, dijo:

“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves de la ministración de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados . . . ” (D. y C. 13. Cursiva agregada.)

Debemos darnos cuenta de las grandes obras de justicia que pueden ser llevadas a cabo mediante este sacerdocio. El presidente Wilford Woodruff relata una experiencia que tuvo y lo hace de la siguiente manera:

“Me sentí profundamente impresionado tres veces con la idea fija de que debía ir y advertir al padre Hakeman (un antiguo apóstata). Por lo menos, así lo hice, conforme al mandamiento de Dios que me fue dado. La tercera vez que me encontré con él, su casa parecía estar llena de espíritus malignos, y yo me encontraba turbado ante la manifestación. Cuando finalicé con mi advertencia, me fui y él me siguió desde su casa con la intención de matarme.

No tengo dudas en cuanto a sus intenciones, pues se me habían mostrado en una visión. Cuando vino hasta donde yo estaba, cayó muerto a mis pies como si hubiera sido golpeado por un rayo desde los cielos. Era entonces yo un presbítero, mas Dios me defendió y preservó mi vida.

Hablo de esto pues ha sido un principio manifestado en la Iglesia de Dios en esta generación así como en otras. Tuve la administración de ángeles mientras poseía el oficio de presbítero; tuve visiones y revelaciones; viajé miles de kilómetros; bauticé hombres, aun cuando no podía confirmarlos por no tener la autoridad para hacerlo.” (Millennial Star, vol. 53, págs. 641, 642.)

También dijo: “Deseo asimismo recalcar el hecho de que no hay ninguna diferencia en que un hombre sea un presbítero o un apóstol, si él magnifica su llamamiento. Un presbítero posee las llaves de la ministración de ángeles. Nunca en mi vida como apóstol, como setenta, como élder, he tenido mayor protección de parte del Señor que cuando poseía el oficio de presbítero. El Señor me reveló mediante visiones y revelaciones, y mediante el Espíritu Santo, muchas cosas de las que están por venir” (Millennial Star, vol. 53, pág. 629).

Todos comprendemos, por supuesto, que la inspiración y revelación que él recibió como presbítero, y que todos nosotros podemos recibir, son para el beneficio y la guía de un individuo y no para la Iglesia.

La importancia del Sacerdocio Aarónico se pone de manifiesto también en el hecho de que el Señor llamó al obispado como presidencia de este sacerdocio, dándole las llaves y autoridad del mismo. No sé cómo os sentís al respecto, mas cada vez que veo al Sacerdocio Aarónico administrando el sacramento, pienso en el tremendo privilegio que tienen estos jóvenes de poder participar de ese modo. Sé que el Señor desea que sean dignos y reverentes, y que no se siente complacido cuando no lo son.

El Señor menciona otro privilegio y responsabilidad del Sacerdocio Aarónico y lo hace de esta forma:

“Llevad, pues, con vosotros a los que son llamados al sacerdocio menor, y enviadlos delante de vosotros para fijar citas y preparar la vía, y cumplir con las citas que vosotros mismos no podáis”. (D. y C. 84: 107.)

Durante los últimos tres años, he tenido el privilegio de salir como maestro orientador primero con un maestro y luego con un presbítero, con quien estoy haciendo orientación familiar en la actualidad. Ellos hacen los arreglos para las visitas y se turnan para presentar y dirigir la discusión. El otro día mi compañero de orientación familiar me llamó para decirme que el jefe de una de las familias que visitamos, estaba en el hospital y sugirió que fuéramos a verle. Así lo hicimos. (Liahona de enero de 1976, pág. 7.)

Sea cual sea el oficio del sacerdocio que poseamos, si nos guardamos limpios y puros y estamos a tono con el Espíritu del Señor, encontraremos gran dicha y satisfacción en el cumplimiento de nuestros deberes. Al recibir el sacerdocio hacemos ciertos convenios con el Señor, que son sagrados y muy importantes y El espera que los guardemos fielmente. Desearía ahora mencionar parte del convenio del sacerdocio:

“Porque los que son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los que he hablado, y magnifican sus llamamientos, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.

Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón y la simiente de Abrahán, la iglesia y el reino, y los elegidos de Dios.

Y ahora os doy el mandamiento de estar apercibidos en cuanto a vosotros mismos, y de atender diligentemente las palabras de vida eterna.

Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios.” (D. y C. 84:3334, 43-44.)

¡Qué bendición tan sublime, qué promesa, y qué responsabilidad para toda persona que guarde el convenio!

Las cuatro primeras palabras de ese convenio son: “Los que son fieles”.

Con respecto a la fidelidad, desearía decir algunas palabras sobre la Palabra de Sabiduría, la castidad, la honestidad y la fidelidad a los mandamientos. El Señor ha dicho: “Si me amas, guarda mis mandamientos” (Juan 14: 15). Estoy seguro de que todo hombre que se encuentre al alcance de mi voz esta noche, diría que ama al Señor. Mas, ¿cómo lo prueba? “Si me amas, guarda mis mandamientos.”

Comprendo que existe mucho mal en el mundo hoy. Satanás está al acecho, y algunas veces somos tentados por él y sus ejércitos para hacer cosas que sabemos no deberíamos hacer; y en muchos casos sucumbimos a causa de querer ser populares entre nuestras amistades. No obstante, el hecho de poseer el sacerdocio establece una gran diferencia, y debemos estar preparados para ser diferentes, para apartarnos de las vías del mundo y estar listos y dispuestos a trabajar en la obra del Señor, como El nos lo ha pedido. Aun cuando la ciencia ha probado que el uso del té, el café, el tabaco, las drogas y el alcohol es dañino para el cuerpo, el mundo no tiene la Palabra de Sabiduría. Somos diferentes al mundo en que el Señor nos la ha dado a nosotros como mandamiento acompañada de una extraordinaria promesa, según está registrada en la sección 89 de D. y C.

Desearía esta noche compartir una experiencia con vosotros, y narraros una historia relacionada con la observancia de la Palabra de Sabiduría. Cuando era presidente de la Rama de Edmonton, en Canadá, estaba encargado del grupo de presbíteros; solíamos reunirnos en el subsuelo de un edificio destinado a actividades sociales de la comunidad, cuyas paredes y piso estaban muy sucios. Uno de los presbíteros que se llamaba Max, jugaba en el equipo de básquetbol del colegio y era el único miembro de la Iglesia en el equipo. Los otros jóvenes, naturalmente, no ofrecían ningún reparo en usar café, tabaco y a veces alcohol. Max, por supuesto, guardaba la Palabra de Sabiduría estrictamente y solía hablarles a los muchachos de este mandamiento, y las consecuencias de quebrantarlo, diciéndoles que el Señor había prometido que correrían sin cansarse y no desfallecerían al andar; les aseguró que serían mejores jugadores si se abstuvieran del uso de estas cosas. El era uno de los mejores jugadores, y los demás jóvenes lo respetaban. No pasó mucho tiempo antes de que todos comenzaran a guardar la Palabra de Sabiduría. Hace pocas semanas estuve en Huston, Texas y me encontré con aquel joven y su familia, habló de los tiempos en que nos reuníamos en aquel subsuelo y de algunas de las cosas que yo le había enseñado en ese lugar. Luego les relaté yo su experiencia y la influencia que tuvo sobre el equipo de básquetbol, haciendo énfasis en que la gente siempre respeta a quien vive conforme a sus principios.

Quisiera contaros a continuación otra experiencia, esta vez de uno de nuestros jóvenes a quien llamaremos Juan y que había ido al este a una academia de capacitación de oficiales. Un nuevo comandante fue a la academia y tuvieron un banquete en su honor; junto a cada plato había un vaso de cóctel, y cuando llegó el momento, todos los futuros oficiales se pusieron de pie para brindar sosteniendo en alto el vaso de licor; todos, menos uno, quien levantó un vaso de leche. ¡Se requiere un gran valor, para ponerse de pie en un banquete, junto a todos esos oficiales y brindar con un vaso de leche! Naturalmente, el comandante lo vio, y a la finalización de la reunión, se acercó al joven y le preguntó: “¿Por qué brindó con un vaso de leche?” “Señor,” respondió él, “nunca he probado una gota de alcohol en mi vida y tampoco quiero hacerlo, ni mis padres querrían que lo hiciera. Quería brindar por usted, por lo que supuse que usted quedaría satisfecho si brindaba con lo que acostumbro a tomar”. El oficial dijo: “Preséntese en mi oficina por la mañana”. Supongo que el muchacho habrá pasado la noche sin dormir; pero, ¿sabéis lo que sucedió cuando fue a la oficina de su superior a la mañana siguiente? El oficial le asignó un lugar entre su personal dándole esta explicación: “Quiero rodearme de hombres que tengan el valor de hacer lo que piensan que es correcto, sin importarles lo que piensen de ellos los demás”.

En toda mi vida, nunca me enfrenté a un momento en que, viviendo los principios de la Iglesia, me haya visto privado de alguna forma de avanzar o ser reconocido. Por supuesto que nadie puede pensar que está honrando el sacerdocio y magnificando su cargo si quebranta la Palabra de Sabiduría.

Y ahora quiero hablaros de la castidad. La inmoralidad es tan común en el mundo que está llegando a afectar a algunos de nuestros poseedores del sacerdocio. El Señor nos ha dicho claramente: “No cometerás adulterio”. Y Pablo, hablando a los Corintios dijo:

“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones. . . heredarán el reino de Dios.” (1 Cor. 6:9.)

Helamán, hablando a su pueblo, le advirtió con estas palabras:

“Sí, aun ahora mismo, a causa de vuestros asesinatos, vuestras fornicaciones y vuestros crímenes, os estáis madurando para la eterna destrucción; sí, y os sobrevendrá pronto a menos que os arrepintáis.” (Hel. 8:26.)

Doquiera que estemos, relacionados con jóvenes o señoritas, es importante que recordemos quiénes somos, y actuemos conforme a ello, sin permitir que se nos guíe a la tentación, lo que llevará a la transgresión. Somos los hijos de Dios en el espíritu, poseemos el sacerdocio y debemos honrarlo y magnificar sus llamamientos. Infringir la ley de castidad es sumamente desagradable para el Señor, es perjudicial, causa dolor, remordimiento de conciencia, y priva al transgresor de muchas oportunidades y bendiciones que el Señor tiene para los fieles, tales como cumplir una misión, entrar al templo, ser avanzado en el sacerdocio, y poseer cargos de responsabilidad en las organizaciones de la Iglesia.

Todas las noches y todas las mañanas oro humildemente para que nuestros miembros tengan el deseo, la determinación y la fuerza de mantenerse moralmente limpios, y ruego que todos los que estamos aquí esta noche, nos determinemos a vivir como el Señor lo desea, y mantenernos alejados de serias tentaciones y transgresiones.

Quisiera decir ahora unas pocas palabras sobre la honestidad. No existe mayor cualidad de carácter que la honestidad en todo lo que hacemos. Cuando era un niño, mis padres me enseñaron a no mentir jamás.

Si alguno de vosotros es culpable de una transgresión seria o pecado, le exhorto a que lo confiese, se arrepienta y ponga su vida en orden a fin de estar preparado para disfrutar de las bendiciones que no podrá obtener de otro modo. Me apena tener que informar de casos en que tanto hombres como mujeres, han mentido para entrar al templo y para ir a una misión. El Señor ha dicho que nada que sea impuro entrará en la Casa de Dios. Cuando se va a la entrevista con el obispo a fin de obtener una recomendación para el templo o para una misión, se debe comprender que el obispo y el presidente de estaca están representando al Señor, y que sus respuestas y sus promesas son para el Señor. El lo sabe todo y no será burlado.

Conocemos casos de personas que han entrado al templo indignamente y han tenido que soportar una conciencia culpable por muchos años, preguntándose si la ordenanza sería válida. Muchos de ellos han ido al presidente de la Iglesia para pedir perdón y aclarar su situación. Seamos honestos, verídicos, castos, benevolentes y virtuosos. (Artículo de Fe N ° 13.)

Los futuros misioneros deben entender que el Señor quiere para su obra, personas en quienes pueda depositar suma confianza, y que sean dignas en todo sentido para representarle en el campo misional. Si no sois dignos, no aceptéis el llamamiento; pero, mediante el arrepentimiento, preparaos para ir. Es mucho mejor aguardar un año 0 más, que ir indignamente. Tened el valor, la hombría y la determinación de enfrentar los hechos, de decir la verdad, de autoprepararos en todo sentido para hacer aquello que el Señor desea. Escuchemos, y recordemos siempre esta profunda declaración hecha por el hermano Richard L. Evans:

“Algunas veces, y bajo ciertas condiciones es posible escapar de muchas cosas de los muros de una prisión, de los falsos amigos, de las malas compañías, de personas aburridas, de ambientes desagradables, pero nunca de nosotros mismos. Cuando nos acostamos por la noche, nos encontramos con nuestros propios pensamientos, ya sea que nos gusten o no. Cuando despertamos por la mañana, seguimos allí, ya sea que gustemos de nuestra forma de ser o no. Lo más persistente en la vida (y sabemos sin duda que en la muerte también) es nuestra propia conciencia. Siendo esto así, no hay persona más carente de sosiego que aquella que no esté cómoda en presencia de sí misma, no importa en qué dirección vaya, ni cuán rápido, ni cuán lejos.”

El Señor ha provisto una vía mediante la cual uno puede librarse de tal condición:

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y, yo, el Señor, no más los tengo presente. Por esto podéis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y abandonará.” (D. y C. 58:4243.)

Recordemos siempre que como poseedores del sacerdocio somos parte del Ejército Real de Dios. Somos todos voluntarios. Estamos en guerra contra el diablo y el mal de todo tipo. Se trata de una puja entre el bien y el mal, la vida y la muerte. Jesucristo es nuestro líder, nuestro general. Spencer W. Kimball es nuestro comandante. El Sacerdocio es nuestra fortaleza y no debemos debilitar nuestro ejército rompiendo la Palabra de Sabiduría, siendo in-morales, siendo deshonestos, o irresponsables. Tenemos que permanecer fuertes y seguir las órdenes de nuestro comandante.

Si deseamos salir victoriosos, no podemos tener soldados débiles; no podemos tener desertores. Necesitamos y debemos tener un frente leal, devoto, dedicado y unido. No podemos perder si permanecemos limpios, obedientes, y verídicos en la fe. Recordemos también que toda persona desleal debilita nuestro ejército, y oremos por no ser una de ellas. Esta es la obra del Señor en la que estamos embarcados. Esta es su Iglesia y reino aquí sobre la tierra. Somos guiados por el Señor mediante nuestro Presidente y Profeta, Spencer W. Kimball. Que sigamos a nuestro líder, honremos nuestro sacerdocio, magnifiquemos los llamamientos que hemos recibido y probemos ser dignos en toda forma, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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