La autoridad y el poder del Sacerdocio

Conferencia General Abril 1976
La autoridad y el poder del sacerdocio
por el obispo H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente

H. Burke PetersonMis hermanos, estoy especialmente agradecido por la asignación de hablar en esta reunión del sacerdocio. Considero que ésta es la congregación más extraordinaria del sacerdocio en esta dispensación. He estado meditando profundamente sobre la mejor forma de haceros llegar un mensaje que considero de suma importancia y de preocupación vital para todos los hijos de nuestro Padre. He orado y vuelvo a rogar ahora, para que el Espíritu nos acompañe. Os testifico que lo que os digo es verdad, y que en su preparación he sido guiado por el Espíritu. Y suplico que podáis abrir vuestro corazón y que vuestro espíritu sea receptivo.

El progreso espiritual y la felicidad que recibimos como consecuencia, están basados en la comprensión y en la obediencia a los principios del sacerdocio. Considero que hay muchas personas cuya vida está rodeada de infelicidad porque nosotros, hermanos del sacerdocio, no hemos escuchado con toda atención la voz de advertencia del Señor; como El lo ha dicho en varias oportunidades, existen peligros en el uso equivocado del sacerdocio. Todos hemos leído la siguiente revelación muchas veces, y quisiera compartirla con vosotros nuevamente y en el proceso, compararla con la conducta diaria de nuestra vida:

“He aquí, muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos?

Porque tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres, que no aprenden esta lección única:

Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia.” (D. y C. 121:34-36.)

De esto puedo deducir que existe una diferencia entre la autoridad y el poder del sacerdocio; estas dos palabras, refiriéndose al sacerdocio, no son necesariamente sinónimos. Todos los que poseemos el sacerdocio tenemos la autoridad para actuar por el Señor, pero su eficacia o, si gustáis decirlo de otro modo, el poder que recibimos a través de esa autoridad, depende del molde de nuestra vida, depende de nuestra justicia. Repito: “. . . los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia.”

Quisiera decir que muchos de nosotros hemos perdido la perspectiva de una de las razones más importantes de poseer el sacerdocio. Es importante ser un buen maestro, presidente de quórum de élderes, un obispo o un consejero eficaz; dedicamos muchas horas a la capacitación de estos oficiales; y llevar a cabo las ordenanzas vitales del sacerdocio es esencial. Pero aún más importante es aprender a utilizar el sacerdocio para bendecir a nuestra familia y nuestro hogar.

Si vivimos para lograrlo, podemos poseer el poder del Padre Celestial que lleve la paz a un hogar con problemas; el poder que bendiga y reconforte a los niños, que lleve un descanso apacible a los ojos enrojecidos por el llanto de las horas amargas; el poder que lleve felicidad a una noche de hogar, que calme los nervios de una esposa cansada, que guíe a los adolescentes confundidos y vulnerables. Podemos poseer ese poder para bendecir a una hija antes de que salga por primera vez con un joven o antes de su casamiento en el templo, bendecir a un hijo antes de su partida para una misión o para estudiar fuera del hogar. Podemos poseer el poder, mis jóvenes hermanos, de detener los pensamientos viles de un grupo de jóvenes en medio de una conversación vulgar; el poder de sanar enfermos y de llevar una palabra de aliento a los solitarios. Estos son algunos de los importantes propósitos del sacerdocio.

Cuando tenemos el poder para bendecir a las familias en alguna de las formas mencionadas, estamos utilizando la autoridad conferida por Dios para su propósito más exaltado: el de unir a las personas en lazos familiares, y llevar a cabo las ordenanzas del sacerdocio que tendrán valor por toda la eternidad.

Aquel que haya desarrollado el poder y lo utilice para hacer las cosas que he mencionado, considerará honestamente los deseos justos de su familia, aun cuando no coincidan exactamente con los suyos; escuchará a los moradores de su hogar con la misma atención que escucharía a un líder del sacerdocio; escuchará aun hasta al más pequeño de sus hijos.

El bienestar de su familia será para él más importante que su propia comodidad; también aprenderá a controlarse; no buscará la excusa de que tiene un temperamento fuerte, sino que se sobrepondrá al mismo y lo vencerá. ¡No es necesario que su defecto le acompañe de por vida! Además entenderá que una respuesta cálida evita las disputas; su voz nunca sonará con ira en su casa y jamás castigará con enojo.

Aquel que haya desarrollado este poder del sacerdocio, como uno de sus atributos más significativos, tratará con honor, respeto y dignidad a la creación más amorosa del Señor, sus hijas, y no solamente lo hará a través de sus pensamientos; sino también a través de sus acciones.

Hermanos, ¿podéis escuchar al Señor dando consejos a sus hijos? ¿Podéis escucharle advirtiéndonos: “tened cuidado, sed sabios con esa autoridad que os he dado”? Leemos en Doctrinas y Convenios:

“Hemos aprendido por tristes experiencias que la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, al obtener, como ellos suponen, un poquito de autoridad, es empezar desde luego a ejercer injusto dominio.

Por tanto, muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.” (D. y C. 12 1: 39-40.)

Son muchos los hermanos que no entienden lo que significan estas sagradas palabras:

Que no debemos ser desconsiderados.

Que no debemos ser autoritarios. Que no debemos ensalzarnos con orgullo.

Quisiera deciros algo con relación al poder del sacerdocio, puesto que éste puede bendecir la vida de las mujeres. El élder John A. Witdsoe dijo:

“El sacerdocio no está basado en el poder mental, sino que es dado a los hombres dignos… La mujer cuenta con un don de igual magnitud. Los intelectos más sabios de la tierra, entienden el motivo de que en los mismos comienzos, cada espíritu ya fuera designado como masculino o femenino.” Priesthood and Church Gouernment, por John A. Widtsoe, Deseret Book Co.,1954 pág. 90.)

Los hombres no son superiores a las mujeres; no obstante, por la misma naturaleza de algunas de nuestras acciones, hacemos que esta idea predomine. El hecho de que el hombre lleva el sacerdocio y es el oficial presidente en el hogar, así como en las organizaciones de la Iglesia, no lo hace de ninguna forma un ser superior. El sacerdocio consiste en una autoridad divinamente conferida, una gran responsabilidad que solamente podrá cumplirse si junto a su poseedor, existe una esposa devota y feliz. Un hombre solo no podrá llegar a ser exaltado por sí mismo, no obstante cuán grandiosas sean sus obras en la tierra.

Hermanos, haríamos bien en entender que la mayoría de las ideas más brillantes y útiles en la dirección de una familia, surgen como resultado de un intercambio abierto entre marido y mujer y del sabio consejo de nuestras esposas. Las mujeres tienen un espíritu y una habilidad mental absolutamente esenciales en el fortalecimiento de las relaciones familiares, que deben nutrirse y edificarse sobre la autoridad presidente del sacerdocio en el hogar. Las buenas cualidades de nuestras esposas deben alegrarnos y no hacernos sentir disminuidos. El élder Neal A. Maxwell manifestó en una oportunidad: “Estoy agradecido por mi esposa y porque sus cualidades sobrepasan las mías en ciertos aspectos que son críticos en nuestra sociedad”.

Quisiera también recalcar que es sumamente importante que nos preocupemos en igual forma por la capacitación de las señoritas como lo hacemos por la de los jóvenes del sacerdocio. Nos basta con remitirnos a la experiencia de los 2.000 guerreros amonitas de Helamán, para obtener una idea de la capacidad de la mujer. Quisiera ahora citar el libro de Alma:

“Y he aquí, hubo dos mil de estos jóvenes que entraron en este convenio y tomaron las armas de guerra en defensa de su patria.

Y eran todos jóvenes y sumamente animosos, así en cuanto a valor como también vigor y actividad;

y he aquí, no sólo esto, sino eran hombres que a todo tiempo se mantenían fieles en las cosas que les eran confiadas.

Sí, eran hombres de verdad y cordura, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y a marchar rectamente ante él.

Hasta entonces nunca se habían batido, no obstante, no temían la muerte; y estimaban más la libertad de sus padres que sus propias vidas; sí, sus madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría.

Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían.” (Alma 53: 18, 20-21; 56:47-48.)

Para mí es algo más que una simple coincidencia el hecho de que, cuando se menciona a quienes podrían haber sido responsables por el gran valor y espíritu de aquellos dos mil jóvenes, el escritor del relato se sintió inclinado a mencionar solamente la instrucción que ellos habían recibido de sus madres; podría haberse referido a muchas otras personas que hubieran tenido influencia sobre ellos. El hecho de que las madres son una de las claves para fortalecer el Sacerdocio Aarónico, me lleva a pensar que los líderes del sacerdocio, deben dedicar más tiempo a la capacitación de las jóvenes en los principios del sacerdocio, a fin de que las futuras generaciones puedan contar con la misma bendición que tuvieron los 2.000 guerreros de Helamán.

Es evidente que los hermanos del sacerdocio están dedicando gran parte de su tiempo y esfuerzos a la preparación de programas que afecten el carácter y la espiritualidad de los muchachos del sacerdocio, y así debe ser. No obstante, una fracción ínfima de este esfuerzo se pone al servicio de la educación y el desarrollo espiritual de las jóvenes. ¿Cómo podemos esperar de ellas un producto tan refinado si no incrementamos nuestra atención? A menos que las señoritas hayan tenido un modelo y sepan cuáles son las cualidades del sacerdocio que deben buscar en su compañero eterno, habrá muchas familias en generaciones futuras que sufrirán a causa de equivocadas elecciones matrimoniales. Esto no acontecería si los hermanos del sacerdocio se preocuparan por dar el ejemplo apropiado y comprendieran mejor y trabajaran más enérgicamente en la capacitación de las jovencitas.

Y ahora mis hermanos, en conclusión quisiera continuar citando de las Doctrinas y Convenios:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener, en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, longanimidad, benignidad y mansedumbre, y por amor sincero;

Por bondad y conocimiento puro, lo que ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia:

Reprendiendo a veces con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo, y entonces demostrando amor crecido hacia aquel que has reprendido, no sea que te estime como su enemigo;

Y para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que el vínculo de la muerte. Deja que tus entrañas se hinchen de caridad hacia todos los hombres y hacia la casa de fe, y que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios, y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

El Espíritu Santo será tu compañero constante; tu cetro será un cetro inmutable de justicia y de verdad; tu dominio, un dominio eterno, y sin ser obligado correrá hacia ti para siempre jamás.” (D. y C. 121:41-46.)

¡Qué promesa maravillosa! Bendita es vuestra familia si os puede mirar, mis hermanos, como el medio vital que ha de unir vuestro hogar a los cielos.

Os testifico que sé que Jesús es el  Cristo, que El vive, en su Santo Nombre. Amén.

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