El gran profeta de la Restauración

Conferencia General Abril 1976
El gran Profeta de la restauración
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

Continuamente meditamos, oramos y hablamos aquí y en todas partes acerca del Señor, nuestro Redentor. ¡Bendito sea su nombre! Hablamos también de la salvación que está en El, únicamente en El, enseñamos y testificamos que El es nuestro Señor, nuestro Dios, nuestro Rey, y adoramos al Padre en su nombre, así como lo hicieron todos los profetas y los santos de todas las épocas.

Nos regocijamos en El y en su sacrificio expiatorio. Su nombre está sobre todos los demás nombres y toda rodilla se inclinará ante El y toda lengua confesará que El es el Señor, que sin El no podría haber inmortalidad ni tampoco vida eterna.

Pero ahora hablaré de otra persona, de aquél por medio de quien se ha recibido en nuestros días el conocimiento de Cristo y de la salvación, a quien le fueron reveladas estas leyes y verdades relacionadas con nuestro bendito Señor, que permiten a toda persona regresar a la presencia celestial y allí recibir la vida eterna preparada para los fieles.

Hablaré de José Smith, hijo, el gran Profeta de la restauración, el primero en escuchar la voz Celestial en esta dispensación, el que fue instrumento para que el reino de Dios se estableciera nuevamente entre los hombres, a fin de que el gran Jehová pueda cumplir los convenios de la antigüedad, y preparar a su pueblo para que more con El en rectitud sobre la tierra durante un período de mil años.

Todos necesitamos el poder inspirativo del Espíritu Santo mientras hablamos de este Profeta cuya voz, desde ese día, fue la voz del Señor para todos los habitantes en la tierra. Oro para que esa inspiración de lo alto repose sobre cada uno de nosotros en gran abundancia.

Con respecto a este hombre, José Smith, quisiera hacer algunos comentarios.

He aquí un hombre que fue escogido antes de que naciese, quien se contó entre los nobles y grandes en los concilios de la eternidad antes de la fundación de este mundo. Junto con Adán, Enoc, Noé y Abraham, se sentó en concilio con los Dioses cuando se presentaron los planes para la creación de una tierra en la cual los hijos de nuestro Padre pudiesen morar.

En su estado premortal creció en luz, conocimiento e inteligencia, logrando una altura espiritual que muy pocos podrán igualar; después fue preordinado para presidir sobre la más grandiosa de todas las dispensaciones del evangelio. He aquí uno que fue llamado por Dios así como lo fueron los profetas en la antigüedad.

Nacido entre mortales con los talentos y la capacidad espiritual que había obtenido en la preexistencia, estaba listo en el momento preciso para efectuar la obra para la cual había sido preordinado.

En la primavera de 1820 los Dirigentes Supremos del universo rompieron el velo de la oscuridad que por largos años había cubierto la tierra. Escogieron el tiempo, el lugar y la persona, y llegaron de los cielos a una arboleda cercana a Palmyra, Nueva York. Llamaron al joven José por su nombre y le dijeron que la religión pura y perfecta ya no estaba entre los hombres, y que él sería el instrumento en las manos divinas para restaurar la plenitud del evangelio sempiterno.

Después de esa visita, Juan, el mismo que bautizó a nuestro Señor, y Pedro, Santiago y Juan, los Apóstoles presidentes, visitaron al nuevo Profeta como ángeles ministrantes y le confirieron los mismos sacerdocios que ellos poseían durante su ministerio terrenal, o sea el poder y la autoridad de Dios delegados a los hombres sobre la tierra, para que actúen en todas las cosas pertenecientes a la salvación de la humanidad.

Hubo otros visitantes celestiales, Miguel, Gabriel, Rafael, Moisés, Elías el profeta, Elías; cada uno vino según su turno, y le confirieron las llaves, poderes, derechos y prerrogativas que ellos tenían en la antigüedad. José Smith, por lo tanto, llegó a ser el administrador legal, llamado, y comisionado desde lo alto para representar al Señor, para ser su portavoz, para enseñar su evangelio y administrar sus ordenanzas. Su llamamiento no fue una cosa vaga, un deseo indefinido de hacer el bien o enseñar la verdad, sino más bien el mismo llamamiento literal que recibieron en la antigüedad aquellos a quienes Jesús declaró: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Juan 15:16).

He aquí un hombre que vio a Dios y conversó con los ángeles.

Así como con Isaías en los días del rey Uzías, o como con Moisés y setenta de los élderes de Israel en el desierto, así sucedió con José Smith: él también vio al Dios de Israel. El 3 de abril de 1836 en el templo de Kirtland, el Gran Jehová se apareció en toda su gloria así como cuando el sol brilla con toda su fuerza. Y habló con una voz como el rugido de un torrente, testificando de sí mismo con estas palabras:

“Soy el principio y el fin; soy el que vive, el que fue muerto; soy vuestro abogado con el Padre.” (D. y C. 110:4.)

Moroni, “un santo ángel, cuyo semblante era como un rayo, y cuyos vestidos eran puros y blancos, más que ninguna otra blancura” (D. y C. 20:6), entre otros, hizo numerosas apariciones en conexión con la entrega de los escritos inspirados de los antiguos habitantes de las Américas.

He aquí un hombre a quien los cielos le fueron abiertos como un libro, un hombre que recibió revelaciones, visiones y comprendió las profundidades de los grandes misterios del reino por el poder del Espíritu Santo.

Durante este período en el cual hubo un derramamiento de la gracia divina en Kirtland, José Smith vio “la incomparable belleza de la puerta por la cual entrarán los herederos de ese reino, y era semejante a llamas circundantes de fuego; también vi el refulgente trono de Dios, sobre el cual se hallaban sentados el Padre y el Hijo.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 124.)

Su visión de los grados de gloria es el relato más completo y maravilloso de lo que está más allá del velo, y nos ha llegado por medio de este Profeta.  Sus numerosas revelaciones, dadas en el nombre del Señor, ponen de manifiesto las maravillas de la eternidad y las glorias del evangelio tan clara y persuasivamente, como lo hicieron los apóstoles y profetas de la antigüedad.

He aquí un hombre que ha dado a nuestro mundo más escrituras sagradas que ningún otro profeta; de hecho, los escritos que él ha preservado para nosotros y que nos hablan de la voluntad y el deseo del Señor, superan a todos los que han dejado los escritores proféticos más prolíficos del pasado.

Tradujo el Libro de Mormón por el don y el poder de Dios; este libro, que se compara con la Biblia, es un relato de los convenios que Dios hizo con los habitantes de este continente americano y contiene la plenitud del evangelio sempiterno.

Recibió y publicó al mundo muchas de las visiones y revelaciones que explican la comunicación de Dios con su pueblo en nuestros días.  Cerca de 250 páginas de éstas se encuentran en el libro Doctrinas y Convenios y otras, en Historia de la Iglesia.

Por el espíritu de inspiración, revisó y añadió parte a la versión bíblica del rey Santiago, e hizo más que ninguna otra persona para perfeccionar este volumen de santos escritos y devolverlos a su estado primitivo de perfección.  Gran parte de este trabajo está publicado en la Perla de Gran Precio.

Sus dichos y hechos, sus idas y venidas, los detalles de su vida diaria, son bien conocidos.  Su diario, que abarca aproximadamente el período desde que se organizó la Iglesia en Fayette hasta su muerte en Carthage, está publicado por la Iglesia en 6 volúmenes y tiene un total de 3.295 páginas.

He aquí un hombre que, como el Maestro, cuyo siervo fue, echó fuera demonios y sanó a los enfermos.

En el mismo mes en el que la Iglesia se organizó, Newell Knight fue poseído por un espíritu maligno.  Las circunstancias eran tan graves y agonizantes que el angustiado hermano tenía “el rostro desfigurado y los brazos y las piernas torcidos en una manera terrible.  Repentinamente fue arrebatado del suelo y arrojado por todo el cuarto”.  El profeta “reprendió al espíritu inmundo en el nombre de Jesucristo y le mandó salir”.  El hermano Knight vio “al espíritu malo salir de él y desaparecer de sus ojos”.  Después quedó en paz. (Elementos de la Historia de la Iglesia, por Joseph Fielding Smith, pág. 99.)

Jesús efectuó su primer milagro en Caná de Galilea, cuando convirtió el agua en vino.  José también efectuó un milagro en Colesville, New York, cuando por medio del Sacerdocio de Dios expulsó al demonio y le mandó que saliera.

El 22 de julio de 1839, en Commerce (lo que es ahora Nauvoo), Illinois, y en Montrose, Iowa, el profeta fue de casa en casa sanando a los santos enfermos y afligidos.  Entre éstos se encontraban Brigham Young y varios de los Doce.  A un hombre que estaba a las puertas de la muerte, le dijo: “Hermano Fordham, en el nombre de Jesucristo te mando que te levantes de tu cama y seas sanado.”

Wilford Woodruff, quien estaba presente, declaró: “Su voz era como la voz de Dios y no de hombre.  Pareció que la casa se estremeció hasta sus cimientos.  El hermano Fordham se levantó de la cama e inmediatamente sanó.” (Elementos de la Historia de la Iglesia, págs. 284, 285.)

He aquí un hombre que fue perseguido, acosado y finalmente asesinado por el testimonio que dio de Jesucristo.

Lo untaron con alquitrán y lo llenaron de plumas, lo golpearon, lo odiaron, lo echaron fuera, fue perseguido “por causa de la justicia” (Mateo 5:10).  Pasó meses en las viles prisiones de su tiempo y fue víctima de acusaciones falsas.  En una ocasión él y un pequeño grupo de amigos fueron arrestados por una milicia ilegal.  El 1° de noviembre de 1838, una falsa corte marcial, que se puede comparar con la ilegitimidad e infamia del tribunal que llevó a Jesús ante Pilatos, los sentenció a muerte.  La orden que se dio fue la siguiente:

“General de Brigada Doniphan:

Muy señor mío: sírvase llevar a José Smith y a los otros prisioneros a la plaza pública de Far West, y fusilarlos mañana a las 9 de la mañana.

Samuel D. Locas General de División”

El general Doniphan dio respuesta a esta orden, desafiando a su comandante con las siguientes palabras:

“Es un asesinato a sangre fría.  No obedeceré sus órdenes.  Mi brigada partirá para Liberty a las 8 de la mañana, y si usted ejecuta a esos hombres, así Dios me salve, lo haré responder ante un tribunal terrenal.

A.W. Doniphan, General de Brigada.”

(Elementos de la Historia de la Iglesia, pág. 244.)

Finalmente el profeta José Smith, que fue el testigo del Señor y a quien El le prometió “tus días son conocidos, y tus años no serán acortados” (D. y C. 122:9) de acuerdo con el plan divino, fue llamado junto con su hermano Hyrum, el patriarca, a sufrir la muerte de los mártires.

Las últimas palabras del Profeta fueron “¡Oh Señor, Dios mío!” (Véase D. y C. 135:l), palabras que pronunció mientras su espíritu entraba en la esfera en la cual los justos son libres de las persecuciones del mundo, y donde se mezclan con hombres que han sido perfeccionados a través de la sangre expiatoria de Aquel de quienes ellos han sido testigos, encontrando el gozo perfecto y la paz duradera.

He aquí un hombre cuya grandeza descansa en el hecho de que fue un testigo del mismo Señor por quien los profetas de la antigüedad dieron su vida.

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de él: ¡Que vive!

Porque lo vimos, aun a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que El es el Unigénito del Padre.” (D. y C. 76: 22- 23.)

He aquí un hombre que era un Profeta en todo el sentido de la palabra, como podrán testificar todos aquellos que escuchen la voz del Espíritu.

La declaración que se hizo después de su martirio, y que fue aprobada por el Señor, dice:

“José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, con la sola excepción de Jesús, que cualquier otro que ha vivido en él.” (D. y C. 135:3.)

Leamos las palabras del Señor a José Smith, por las cuales un hombre puede juzgar el estado de su propio desarrollo espiritual:

“Desde los cabos de la tierra inquirirán tu nombre; los necios de ti se burlarán, y el infierno se encolerizará en contra de ti; en tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles y los virtuosos constantemente buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano.” (D. y C. 122:1-2.)

Toda persona debería preguntarse cuál es su posición con respecto a José Smith y su misión divina. ¿Tratan de conocer su vida y buscan la salvación que se encuentra sólo en el evangelio de Jesucristo, tal como fue revelado a su Profeta de los últimos días? ¿O se mofan y desprecian a los profetas vivientes del Señor, afirmado que Dios no habla más a los hombres en la manera en que lo hizo antiguamente?  La importante pregunta que toda persona de nuestros días debe contestar, teniendo en cuenta que está en juego su propia salvación, es: ¿Fue José Smith llamado por Dios?

En lo que a mí y a mi casa respecta, buscaremos consejo, autoridad y bendiciones constantes de él y de aquellos que ahora tienen la misma autoridad que él tuvo.

Deseo aclarar, a fin de que no haya un mal entendimiento: nosotros somos testigos de Cristo; El es nuestro Salvador; El está a la puerta “y allí no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque El no puede ser engañado pues su nombre es el Señor Dios” (2 Ne. 9:41).

Pero también somos testigos de José Smith, por medio de quien conocemos a Cristo; él es el administrador legal, a quien se le dio poder para ligar en la tierra así como para sellar en los cielos, a fin de que toda persona pueda ser heredera de la salvación.

En nuestros testimonios ligamos los nombres de Jesucristo y José Smith y declaramos, poniendo a Dios como testigo, que José Smith es su Profeta.  Y lo hacemos en el bendito nombre de Aquel que es el Señor de todos y de quien todos los profetas testifican que es Jesús, el Cristo.  Amén.

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